jueves, 16 de febrero de 2017
Andreas Madsen - Un cazador de pumas en la Patagonia
Por
Eber Gómez Berrade
El
nombre de Andreas Madsen ya es un ícono en la historia de la Patagonia
argentina. Este pionero nacido en Dinamarca a fines del siglo XIX, exploró
junto al Perito Francisco Moreno, los rincones de la frontera sur con Chile, y
se estableció finalmente sobre el Río de las Vueltas, al pie del cerro Fitz
Roy, en la provincia de Santa Cruz. Fue además marino, ganadero, escritor, cazador
y un convencido conservacionista.
Un viejo amigo mío solía decir que “en la época en la que los barcos eran de madera, los hombres eran de acero”. Lo decía cada vez que recordábamos las hazañas de la fallida expedición antártica de Sir Ernest Shackleton. Esta frase encajaría aquí como anillo al dedo para describir la vida de Madsen. Desde su dura niñez en las costas nórdicas, sus aventuras a bordo de veleros, sus expediciones fronterizas, y hasta sus andanzas al pie de Fitz, lo muestran como un hombre que se hizo a sí mismo, que aprendió por su cuenta oficios y varios idiomas, y que era poseedor de una vasta cultura.
Un viejo amigo mío solía decir que “en la época en la que los barcos eran de madera, los hombres eran de acero”. Lo decía cada vez que recordábamos las hazañas de la fallida expedición antártica de Sir Ernest Shackleton. Esta frase encajaría aquí como anillo al dedo para describir la vida de Madsen. Desde su dura niñez en las costas nórdicas, sus aventuras a bordo de veleros, sus expediciones fronterizas, y hasta sus andanzas al pie de Fitz, lo muestran como un hombre que se hizo a sí mismo, que aprendió por su cuenta oficios y varios idiomas, y que era poseedor de una vasta cultura.
Un Oliver Twist en
Dinamarca
Andreas
Madsen nació en un pueblito danés llamado Handbjerg, ubicado en la costa de la
península de Jutlandia, un 17 de Octubre de 1881.
Sus
padres habían llegado a aquella desolada región, como pioneros algunos años
antes, donde construyeron una pequeña casa con techo de paja. Era sin dudas una
tierra dura, y el pequeño Andreas conoció los rigores de la vida a temprana
edad. Ya a los ocho años, fue enviado a trabajar como ayudante de un granjero
haciendo todo tipo de tareas rurales. Según recordaría siendo adulto, no la
pasó bien durante esos cuatro años que duró este trabajo. Ganaba muy poco, apenas
le alcanzaba para comprarse ropa, y en el invierno, zapatos. A los 12 años, su
vida comenzó a virar. Entro a trabajar para otra familia de granjeros, mucho
más amables y más cultos que el anterior. En aquella casa que contaba con una
biblioteca, trabó relación por primera vez con autores ingleses como
Shakespeare y Dickens, identificándose inmediatamente con los infortunios del
joven Oliver Twist. En esa biblioteca, también había volúmenes escritos por grandes
exploradores africanos como Henry Morton Stanley y David Livingstone, así como
varias obras y relatos de cazadores reconocidos. El descubrimiento de aquellos
autores inflamó su imaginación, fantaseando con tener él mismo, una vida de novela,
plagada de animales salvajes y paisajes exóticos.
Al
poco tiempo, el destino le ofreció la oportunidad de comenzar a vivir su propia
aventura. Luego de pescarse escarlatina, pidió a sus empleadores que le
permitan visitar a sus padres ya que no podía trabajar. La licencia le fue
concedida y el joven Andreas la aprovechó para escaparse. Tomó un tren con los
magros ahorros que había juntado, se dirigió hacia la costa, y allí logró
embarcarse como grumete en un velero con destino a Suecia. Sus días de exploraciones
habían comenzado.
Estuvo
embarcado cuatro años hasta que fue ascendido a marinero. Ganaba bien, conocía
puertos lejanos, ahorraba algo y compraba libros cada vez que podía. A los 19
años se subió a un vapor -el Skanderborg-, con destino a Buenos Aires. Ni bien
desembarcó, decidió abandonar su carrera marinera, y quedarse a explorar estas
tierras. Empezaba así una nueva vida a la par que amanecía el nuevo siglo XX.
Pionero en tierras tehuelches
Luego
de establecerse un tiempo en el barrio de La Boca, junto a algunas familias
escandinavas, decidió en 1901, sumarse a la Comisión de Límites que partía para
el sur argentino, a fin de delimitar las fronteras del país luego de los
tratados firmados con Chile. La Comisión estaba compuesta por exploradores de
reconocida experiencia, como el dinamarqués Ludovico von Platten, el perito
Francisco Moreno y el naturalista Clemente Onelli. Madsen fue contratado por
sus condiciones marineras, útiles en los varios lagos patagónicos que debían
cruzarse, como el Belgrano y el Buenos Aires. En 1903 participó nuevamente de
otra expedición que prepararía el terreno para una comisión mixta compuesta de
argentinos, chilenos y británicos que oficiaban de árbitros entre ambas
naciones. En aquel viaje conoció a numerosos expedicionarios europeos, que
ayudaban y asesoraban en cuestión de límites y fronteras a los dos países
andinos.
Uno
de esos personajes, era el alemán Federico Otten, un taxidermista de Hamburgo
enviado para recolectar especies de fauna autóctona, y que por ese entonces se
dedicaba a la búsqueda de oro. Otten fue el primer cristiano en cruzar el Río
Grande de la Tierra del Fuego, y del Santa Cruz, costeando los lagos Viedma y
San Martín. Ambos aventureros se hicieron muy amigos, y se internaron tierra
adentro, hasta llegar al pie del cerro Fitz Roy. Allí se establecieron los dos,
sobre la costa del lago Viedma.
Poco
tiempo después, Madsen iba a vivir unas peripecias dignas de las “Aventuras de
Robinson Crusoe” o de “Los hijos del Capitán Grant”, como gustaba decir.
Lo
cierto es que hacia fines del mes de abril, el alemán decidió ir por
provisiones a la costa, distante unos 400 kilómetros. “Me voy, y en un
santiamén traeré algunas cosas”, dijo. Su idea era ir cazando ñandúes en el
camino, y con lo producido pagar las provisiones, mientras tanto Madsen, construiría
una casilla. Aquella mañana de abril, Otten aparejó seis caballos cargueros, seis
de montar, y se fue. Era un viaje de un par de meses a la sumo. Tardó seis en
volver.
Durante
ese período, Madsen se fue quedando él mismo sin provisiones, y comenzó a
subsistir cazando guanacos, zorros y ñandúes. Un día, tres meses después de la
partida, no tuvo mejor idea que terminar de amansar un fuerte y brioso potrillo
pangaré, para usarlo en sus cacerías. Al sentarse en el recado, el primer
corcovo enloquecido del pobre animal, lo catapultó al suelo, fracturándose la
clavícula.
Sólo,
en la más absoluta de las soledades, Madsen llegó como pudo a la casilla, se
puso una piedra debajo del sobaco para mantener ubicado el hombro, se vendó el
brazo con arpillera y se recostó en medio del dolor y un incipiente acceso de
fiebre. Al tercer día sin nada que comer y desfalleciente, tuvo que salir,
ensillar una yegua mansa, montarla y cabalgar hasta que logró cazar un guanaco.
A la vuelta, un churrasco sangrante y apenas calentado sobre las brasas, fue a
parar a la panza famélica del sufrido dinamarqués que sólo pensaba en
sobrevivir.
Al
final, el viejo Otten apareció, y contó su historia y el por qué del retraso.
Sucedió que con una importante cantidad de plumas de avestruces (como le dicen
a los ñandúes), llegó a la costa y las vendió a buen precio. Pero en lugar de
ir al almacén para comprar la provista, se fue derechito al boliche. Al cabo de
unos días no le quedaban ni los caballos. Así que tuvo que salir a cazar
avestruces y empezar todo de nuevo.
Cazando “leones” en
Patagonia
Madsen
aprendió a cazar en la Patagonia. Primero para alimentar las expediciones en
las que formaba parte, y muchas veces para salvar sus rebaños de ovejas de las
garras de los predadores. Cazó de todo, ciervos, guanacos, ñandúes, zorros y muchos
pumas, o “leones”, como lo llaman los gauchos.
El
primer puma que cazó fue en 1902, durante la expedición comandada por von
Platten en las nacientes del Río Deseado. Fue una noche cuando ya toda la
partida estaba en el sobre alrededor de un fuego extinguido, que vio casi
encima de él, un enorme león. La escena
le recordó por un momento a aquellos feroces ataques de tigres de Bengala
descriptos por Salgari en Sandokan. Aunque este felino nunca saltó, y se mantenía
estático. Sigilosamente preparó su Máuser Argentino 7.65, y avisó a uno de sus compañeros,
para que lo respalde con un revólver. A la cuenta de tres, ambos dispararon. Luego
del estruendo, el león ya no estaba. Decidieron no seguirlo en la oscuridad. Al
alba, a no más de un centenar de metros de donde estaban, descubrieron rastros
de sangre. Y a poco andar, encontraron al pobre animal sin vida, que resultó
ser una leona enorme. “Me sentía casi un pionero en su primera aventura de caza
mayor -recordaría Madsen años después- aunque la lucha no fue muy caballeresca,
aquel primer lance resultó bastante excitante y alentador”.
Durante
sus viajes, Madsen cuenta que usaba un fusil Máuser 1891, modelo Argentino, un
Martin (presumiblemente de la armería Martin Meylin de Pensilvania, usado
tempranamente en la conquista del Oeste americano), una escopeta de dos caños,
y un revólver calibre 44.
Naturalmente
en el curso de las expediciones, los encuentros con los leones eran frecuentes,
pero no sólo el Máuser retumbaba para abatir leones. Madsen recuerda que un 25
de Mayo, fiesta patria y con nieve a pleno, se dirigían hacia lo que hoy es
Comodoro Rivadavia, o Rada Tilly por aquel entonces. Cuando el guía de la
expedición, el cacique Kankel, oriundo del río Senguer, descubrió un rastro
fresco de puma y se lanzó tras él a todo galope. Madsen lo siguió y allí tuvo
la oportunidad de presenciar una escena inolvidable: al tehuelche cazando un
enorme puma de casi tres metros, usando sólo sus boleadoras.
Iban
a pasar unos pocos años para que Madsen pudiera hacer lo mismo, casi con tanta
baqueanía como el cacique, aunque jamás volvió a ver un león tan grande como el
de aquel 25 de Mayo.
Los
leones eran casi una plaga para los ganaderos que veían como sus majadas de
ovejas eran diezmadas en el correr de una sola noche. A Madsen, la cacería de
este noble felino, le despertaba fascinación, pero siempre la llevó a cabo como
una forma de subsistencia. Así lo relata en sus escritos, donde cuenta los
detalles de una gran cantidad de cacerías de pumas en las que participó. Sin
embargo, en todo momento tuvo una clara consciencia conservacionista, no sólo
en lo que respecta a la fauna silvestre sino también al medio ambiente en
general. Fue -de hecho-, uno de los impulsores que bregaron para que esas
tierras santacruceñas fueran convertidas en parques nacionales.
Aventuras al pie del
Fitz Roy
Luego
de sus andanzas expedicionarias, este danés errante, se dedicó a tareas
rurales, cuidando tropillas de caballos y guiando yuntas de bueyes. Fue capataz
en algunas estancias de la zona, empleado del aserradero de la empresa Bonvalot
& Cía., y de una firma lanera donde comandaba un pequeño bote haciendo la
ruta que va del Lago Viedma hasta el Atlántico, a través del río de la Leona,
el lago Argentino y el río Santa Cruz, convirtiéndose en el primer hombre en
navegar este curso de agua. Fue además uno de los primeros que recorrió la ruta
que une el lago Viedma con Mata Amarilla, camino que solía hacer en carro de
bueyes, guiándose sólo con brújula y muchas veces en medio de fuertes neviscas
y tormentas. Jamás abandonó su pasión por la aventura.
En
el año 1912 viajó a Dinamarca. Visitó su pueblito natal en la península de
Jutlandia, y allí mismo se volvió a encontrar con quien fuera su novia, y quien
a la edad de 7 años, le prometiera su mano. Lo increíble fue que, como si la
historia hubieras sido escrita por un guionista de novelas románticas, la
pequeña Fanny, Steffanny Thomsen, estaba aún esperándolo. No había más que
pensar. Se casaron y vivieron allí hasta que estalló la Primera Guerra Mundial.
En
ese fatídico año de 1914 decidió retornar a Argentina con su esposa, y
establecerse nuevamente en la zona del lago Viedma. En reconocimiento a su
labor para el Estado Argentino, el gobierno le arrendó unas 20.000 hectáreas
sobre el Río de las Vueltas, 17.000 sobre la margen oeste y 3.000 sobre la
este. Allí finalmente estableció su estancia, edificó su casco sobre la costa
del río, y pasó casi todo el resto de su vida. Crió una familia con cuatro
hijos: Peter Christian, Karl Richard, Fitz Roy y Anna Margarethe, y hasta tuvo
tiempo para escribir memorias y relatos de sus aventuras.
En
1948 editó su primer libro llamado “La Patagonia Vieja”, una exquisita
colección de historias de un tiempo ido en un lugar inhóspito, y en 1956, un
volumen de relatos de cacerías, el clásico: “Cazando pumas en la Patagonia”, un
incunable para los amantes de la literatura cinegética. Años más tarde
aparecería una recopilación de cartas personales e historias editadas bajo el
título de “Relatos nuevos de la Patagonia vieja”.
Cuarteles de invierno
Su
querida esposa Fanny falleció en 1950, y en esa década su estancia se fue
convirtiendo en el “campamento base” para las expediciones que se lanzaban a la
conquista del Fitz Roy y el Cerro Torre, dos de las montañas más difíciles y peligrosas
de escalar en el mundo entero.
Por
esa casa pasaron los legendarios montañistas Lionel Terray y Guido Magnone en
1952, antes de subir el Fitz Roy por primera vez; los míticos José Luis
Fonrouge y Carlos Comesaña quienes en 1965 se convirtieron en los primeros
argentinos en abrir rutas de ascenso en esas paredes, y hasta los polémicos Cesare
Maestri y Tony Egger, que en 1952 se lanzaron a la conquista del temible Cerro
Torre.
Desde
aquellos días, la estancia Madsen se convirtió en un lugar icónico para la
historia grande del montañismo mundial. Hoy es un museo, y la vieja casa principal
sigue siendo un lugar agradable, que rememora la vida rural de antaño y que
para los que conocemos su historia, nos transmite una energía especial, mezcla
de admiración, nostalgia y misterio.
En el año 1963 Madsen decidió mudarse a la ciudad de San Carlos de Bariloche donde vivían sus hijos Anna y Peter. Dos años más tarde falleció, un 1 de Septiembre de 1965. Sus restos fueron trasladados en 1972 de vuelta hacia su lugar el mundo, y enterrados en un pequeño jardín junto a su esposa e hijos. Desde ese lugar, la vista del cerro Fitz Roy y del Parque Nacional Los Glaciares -hoy Patrimonio de la Humanidad-, no puede ser más sobrecogedora. Al entrar a la casa todavía se ve un pequeño cartel de madera, con el lema “Pensar alto, sentir hondo, hablar claro”. Palabras por las que vivió este danés errante, que cazaba pumas y amó la Patagonia.
domingo, 8 de enero de 2017
Balística para el continente negro
Por
Eber Gómez Berrade
La
balística es sin dudas uno de los temas preferidos en los fogones de los
campamentos de safaris desde la noche de los tiempos. Los valores y
coeficientes que resultan del uso de diferentes calibres, el comportamiento de
los proyectiles de caza en la balística exterior y terminal, y su relación con
las diferentes especies de fauna, dependiendo de su contextura física y
peligrosidad, será a la larga, un conocimiento de gran utilidad para el
cazador, que le ayudará en la obtención de los tan ansiados trofeos africanos.
Etimológicamente,
balística es el estudio y uso de las leyes naturales que gobiernan y predicen la
trayectoria de proyectiles. Como sabemos se diferencias tres etapas en la
balística de un proyectil: la interior, que estudia los fenómenos que suceden dentro
del cañón (desde la ignición hasta que la bala abandona el cañón); la exterior,
que es el vuelo del proyectil desde la boca del cañón hasta alcanzar el blanco;
y la terminal, que refleja el comportamiento del proyectil dentro del animal
(en nuestro caso), y analiza los efectos que causa dicho proyectil en los
tejidos.
En
el caso de este artículo, me centraré mayormente en las características de la
balística exterior y terminal, y de su relación con los grupos de especies de
fauna africana, divididas de acuerdo a su contextura anatómica y peligrosidad.
En
balística se utilizan algunos términos y conceptos que vale la pena refrescar, como
la velocidad, la energía, la densidad seccional, el coeficiente balístico, etc.
Existen
además otros factores de análisis como la construcción del proyectil, la forma
y el calibre, con el que naturalmente estamos más familiarizados.
La
velocidad, que se mide en pies por segundo, es la relación que se establece
entre la distancia que recorre un proyectil y el tiempo que tarda en
recorrerlo.
Energía,
medida en pies por libras, es la expresión matemática para el trabajo potencial
de un proyectil. Depende de la velocidad y de la masa de la bala.
La
densidad seccional, que es el coeficiente entre el peso del proyectil medido en
libras y su diámetro al cuadrado medido en pulgadas. En balística exterior, se
relaciona directamente con el coeficiente balístico, en balística terminal,
este ratio influirá en la capacidad de penetración del proyectil.

El momentum, así como suena, es un coeficiente que surge de la multiplicación del peso del proyectil en grains, por su velocidad en pies por segundo, dividido 7.000 (para convertir los grains a libras, ya que 7.000 grains equivalen a 1 libra). En buen cristiano, este valor sirve para analizar la capacidad de detención de un proyectil independientemente del valor de la energía que desarrolle.
El
coeficiente balístico es fundamental para el análisis de la balística exterior,
ya que refiere a la manera en que el proyectil penetra en el aire, venciendo la
resistencia en el vuelo, y es lógicamente inversamente proporcional a su
desaceleración. Como es de imaginar, este coeficiente variará de acuerdo a la
forma del proyectil, su peso y la densidad seccional. A mayor número del
coeficiente, menor será la desaceleración (volará mejor la bala).
Existen
además otros conceptos en balística aplicada
a la cacería como por ejemplo la habilidad de un proyectil de “parar” la
carga de un animal, que se conoce como poder de parada, o en inglés “stopping
power” o “knockdown power”. John “Pondoro” Taylor, lo llamaba KO (Knock Out),
en su clásico “African Rifles and Cartridges”, un libro que aún hoy considero
como la Biblia en esta materia. En este sentido, podríamos decir que hay dos
escuelas, una colonial (de los viejos cazadores ingleses en África) que
favorecía el uso de grandes calibres, con puntas pesadas y que desarrollan
moderadamente bajas velocidades. La escuela americana o moderna, al contrario,
se inclina por calibres más pequeños, que alcanzan una mayor velocidad y
entregan más energía, provocando una mayor letalidad. A esta letalidad se la
conoce como “poder letal” o “killing power”. Recuerdo un artículo muy interesante
que hiciera hace algunos años mi gran amigo Carlos Coto, acerca de las teorías
de John Taylor y Finn Aagaard sobre el “killing power”, que vale la pena re
leer.


Naturalmente
ambas posturas no solo tienen admiradores y detractores, sino que además son
correctas de acuerdo a las condiciones de la caza que se lleve a cabo, es
decir, considerando el tipo de animal, su tamaño, peligrosidad dada por la
velocidad de carga, etc.
Una balística
especializada
Todos
estos conceptos precedentes, tendrán validez a la hora de decidir el calibre y
tipo de munición a utilizar en un safari. Esto naturalmente va a depender del
tipo de especie que se busque, por lo que en términos de balística terminal,
podría dividirla en cuatro categorías en función del tamaño y dureza de la
piel:
1.- Tamaño pequeño/mediano y piel
fina

Las especies que entran en esta categoría son naturalmente las de planicie, y van desde los “tiny ten” o antílopes pigmeos como los duikers, steenboks, dik dik, etc. , hasta aquellos de porte mediano como impalas, facoceros, orix, kudu, gnus, blesbok, etc. Para estas especies, que en promedio se cazan a distancias medianas (que se dan en un rango de 100 a 300 metros), el cazador debería elegir su calibre ideal basándose en los conceptos de coeficiente balístico, energía y velocidad. Debido a la distancia recorrida desde que el proyectil abandona el cañón hasta que impacta, la balística exterior se convierte en un factor crítico de análisis a tener en cuenta. Un alto coeficiente balístico, sumado a un calibre pequeño que desarrolle mayor velocidad, asegurando la letalidad, no en el poder de detención, sino en la energía entregada en la pieza a abatir, es lo que debería buscarse en la elección del calibre. En este sentido, calibres como el .243 Win, el .270 Win, y hasta el .223 Rem, con puntas que van de 50 a 150 grs con un rango de velocidades de 1.500 y 3000 pies por segundo, conforman valores adecuados para abatir tanto a un duiker como a un orix en distancias medianas. Un escalón más arriba, los .30 como el 308Win. o el 30-06 Springfield, con rangos de peso de puntas de 150 a 200 grs., y velocidades de 2.200 pies por segundo, son también óptimos y hasta más recomendables para su uso efectivo en el terreno en condiciones de safari. Aquí quisiera abrir un paréntesis, para aclarar que la elección de los calibres pequeños, es válida desde el punto de vista balístico, aunque en lo personal, los considero una elección demasiado acotada y por qué no, un tanto arriesgada, para quien vaya a un safari de planicie, sin experiencia en esta clase de especies, y que tal vez, combine su cacería con animales de porte mayor.
En
esta segunda categoría podría incluir eland, jirafa y cebra. Aquí las
distancias habituales de tiro, son similares a las del grupo anterior, por lo
que vale de igual manera, la importancia del coeficiente balístico en el
resultado final de la cacería. Sin embargo, en estos casos, a la característica
de balística exterior, se suma la efectividad del proyectil en la etapa de la
balística terminal, para garantizar un contundente poder de parada o KO. A la
hora de elegir el calibre ideal, y la munición adecuada, habrá que evaluar la densidad
seccional, que estará directamente ligada a la penetración. Para estos animales
de mayor masa tisular, los calibres elegidos deberían ser, desde el famoso 7mm
Rem. Mg., hasta los de la gama de los .30 en sus versiones magnum, como el 300
Win Mag, 300 Weatherby Mg, el 300 H&H Mg o el 338 Win. Mg, con puntas que
van desde 150 grs. a los 250 grs., y con un rango de velocidades de 2.800 a
3.200 pies por segundo, dependiendo el calibre, claro.
En
esta categoría la velocidad desarrollada por los calibres magnum, es importante
para mantener una trayectoria razonable en una distancia considerable. La construcción
y forma de la punta, que deberá ser blanda, es también fundamental para
garantizar la apropiada penetración en grandes masas musculares y óseas,
generando un mayor canal de herida.
En
esta categoría entran los leones, leopardos y chitas, y podría incluir al
cocodrilo. En realidad, felinos y cocodrilo comparten la característica de una
piel fina, pero difieren enormemente no sólo en su peligrosidad por la
capacidad de ataque sino en la manera de ser cazados. En este sentido, lo más
relevante de este grupo, es el de animales con una contextura física, muscular
y ósea similar a los de planicie, pero que pueden provocar con una gran
capacidad de daño al cazador. Tanto leones como leopardos se convierten en
pesadillas ante la eventualidad de ser heridos, o simplemente en el caso de que
sientan que su espacio vital es vulnerado. Desde estas páginas, ya he hablado
sobre la caza de ambas especies, pero digamos que en términos de balística,
encontramos dos escenarios posibles. En primer lugar, el primer disparo, por
ejemplo, desde un apostadero, donde el poder letal será fundamental. En segundo
lugar, el resto de los disparos, que se sucederán si el primero no fue letal,
en donde el poder de detención se convertirá en prioritario. Naturalmente al
momento de elegir, no se cambiarán armas para una u otra situación como lo
haríamos con palos de golf frente a dos hoyos ubicados a diferentes distancias.
De hecho, para eso, estará el back up del o los cazadores profesionales que
acompañen la partida, en caso de una carga directa. Desde el punto de vista del
cazador, cualquier calibre apto para el grupo anterior, puede funcionar
perfectamente, es decir desde el 7mm Rem Mg, hasta cualquiera de la gama de los
.30 magnum. Es más, como las distancias serán generalmente inferiores a 100
metros, no serán necesarios proyectiles que alcancen altas velocidades, por lo
que el tradicional 30-06, por ejemplo, podrá funcionar perfectamente bien.
Sin
embargo, como siempre estará la posibilidad de tener que detener una carga,
calibres mayores son lo recomendado. De hecho, la legislación de muchos países
africanos, indica como mínimo al 375 H&H Mg para especies de caza
peligrosa. Y la escuela inglesa, incluso, señalaba la variedad de 300 grs. de
punta para ese calibre venerable, como la de mejor performance de toda la gama,
ya que alcanza velocidades que van desde 2.300 a 2.500 pies por segundo, una
energía superior a los 4.000 pies por libra, con un bajo coeficiente balístico
de alrededor de 0.260, y una extraordinaria densidad seccional de alrededor de
0.300. Más allá de estas categorizaciones, está claro que la versatilidad de
este calibre, lo hace apto para todo tipo de fauna, y lo convierte en el gran
“todo terreno” de África.
En
el caso del cazador profesional que se enfrente al escenario de un felino
herido y en ataque, seguramente el calibre será mayor, siendo muy popular el
458 Win.Mg, o incluso el 416 Rigby. Por supuesto que de ahí para arriba, todo
funciona, dependiendo de la habilidad del profesional. Digamos sí, que no es
frecuente utilizar grandes stoppers para tiros de back up, en la cacería de un
león o un leopardo.
En
este grupo se definen el resto de los llamados, cinco grandes, incluyendo al
hipopótamo. Constituyen, para muchos cazadores, el epítome de la caza en
África. Elefantes, búfalos, rinocerontes e hipopótamos, forman el club de los
más grandes y los más peligrosos. Las características balísticas de los
calibres y municiones adecuados, difieren de la de los grupos anteriores. Aquí
predominan los tiros a corta distancia (50 metros aproximadamente) y las
situaciones de carga a muy cortas distancia (10 a 5 metros aproximadamente) y a
gran velocidad.
Si bien es cierto que
en estos casos también se abren dos escenarios, el del primer disparo y el
resto, va a depender de cada especie el uso de combinaciones de puntas blandas
y sólidas, o exclusivamente sólidas. Por ejemplo, para un primer disparo a un
búfalo donde el blanco vital lo conforma el corazón y los pulmones, las puntas
blandas de expansión controlada, harán un mejor trabajo, que las sólidas. En
cambio, en caso de un tiro al cerebro donde haya que atravesar el boss y el
casco craneal, sólo las sólidas garantizarán la penetración adecuada para
interesar el cerebro. En el caso del elefante, por la enorme masa tisular
(muscular y ósea), los proyectiles sólidos son los únicos recomendables para
alcanzar una penetración efectiva.
En cuanto a calibres,
predomina en este grupo, la escuela colonial inglesa, de proyectiles de baja
velocidad y gran masa, que posibilite un contundente poder de detención. De los
.40 para arriba, todo sirve. Claro que depende mucho, el factor del retroceso,
que en manos inexpertas, puede actuar en contra de la efectividad de la
munición. Calibres como el 404 Jeffery, 416 Rigby, 458 Win.Mg, 470 NE, 500/465
NE, 505 Gibbs, 577NE o 500 Jeffery, son los más comunes en manos de
profesionales especializados en cacería de elefantes en sábana y selva, ya que
garantizan un definitivo “stopping power”. Las velocidades en este rango de
calibres no superan los 2.300 pies por segundo, las puntas variarán de 400 a
550 grains, y los valores de densidad seccional rondarán los 0,320 en promedio.
Cuando
hace muchos años, el querido Harry Selby, profesional preferido de Robert
Ruark, acuñó la frase “use enough gun”, algo así como use un calibre
suficiente, pensó seguramente en las características balísticas desarrolladas
por municiones capaces de parar a estos monstruos en una carga directa. Sin
embargo, y en mi opinión, considero que la elección del calibre adecuado para
abatir caza mayor, va más allá del análisis de fórmulas balísticas. Debería
incluir además, tres aspectos básicos que no sólo no invalidan los cálculos
aritméticos, sino que contribuyen a alcanzar un mejor desempeño en la cacería. En
primer lugar, considero una falacia el concepto de que “cuanto más grande,
mejor”. En términos balísticos, tal vez, pero en términos prácticos, va a
depender mucho del adecuado manejo del arma que tenga el cazador. No
necesariamente un calibre mayor es mejor, si en ese caso particular, el cazador
no puede manejar con solvencia el retroceso (o el miedo previo al retroceso) lo
que en inglés se denomina “flinching”. En segundo lugar, una regla de oro que siempre
mencionaba otro gran amigo, el capitán Carlos Canobbio: jamás disparar, si no
se cuenta con la humana certeza de abatir la pieza al primer disparo. La caza
mayor no es billar, y nunca se debería tomar el riesgo de disparar sin estar interiormente
confiado. Como comenté en su momento en estas mismas páginas, errar un disparo,
o peor, herir al animal en África, resultará caro si se trata de especies de
planicie, y sin dudas, mucho más caro y peligroso, si se está detrás de algunos
de los Cinco Grandes. Por último, el tercer aspecto: la correcta ubicación del
proyectil en los órganos vitales. El apropiado conocimiento de la anatomía del
animal que se va a cazar, junto con la correcta habilidad en la técnica de
tiro, serán las fronteras entre el éxito y un estrepitoso fracaso. Nadie
expresa mejor esta máxima que el legendario Tony Sánchez Ariño, cada vez que le
preguntan sobre el mejor calibre para cazar elefantes, y él suele responder siempre
lo mismo: el mejor calibre es “la bala en su sitio”. Lapidariamente cierto.
martes, 1 de noviembre de 2016
"Denis Finch-Hatton, Cazador Blanco de Sangre Azul"
Por
Eber Gómez Berrade
El
Honorable Denys Finch Hatton fue el epítome del cazador blanco de principios
del siglo XX en el continente negro. Inglés, de origen noble y egresado de Eton
College, poseía modales refinados y una gran cultura, pero tenía además un
prolijo conocimiento de su profesión, y una enorme pasión por la aventura. Guió
en safaris a lo más granado de la realeza británica, combatió en la Primera
Guerra Mundial y fue amante de la escritora Karen Blixen. Robert Redford lo
inmortalizó en el cine, a su manera, rescatándolo para la gran platea. Fue sin
dudas, un personaje irrepetible, un gentleman hunter, que marcó una época en
los safaris en África. Nada menos que la era dorada.
Finch
Hatton no tuvo una vida larga pero sí, muy intensa, y en un punto, paradójica. Fue
cazador blanco sólo durante seis años, pero dejó una impronta indeleble en la
comunidad de profesionales que perdura hasta hoy día. Nunca se casó, pero tuvo
amoríos con prominentes damas de sociedad en Nairobi. No escribió ningún libro,
pero hay muchos escritos sobre él. Se consideraba un pacifista, pero fue
condecorado con la Cruz Militar por sus servicios en combate durante la Gran
Guerra. Era calvo, los somalíes los llamaban “bedar” (el pelado), pero fue
interpretado por un rubio y pintón Redford, que hablaba con acento yanqui en la
película “Out of Africa” (o “África mía”, como se la conoció en estas tierras),
mientras el verdadero, tenía un acento muy inglés -típico de los egresados de
los colegios públicos- al que hoy le dirían “posh”. Tal vez la razón por la que
ha sobrevivido en la memoria, fue su personalidad. Más allá de las
características de su vida aventurera, Finch Hatton siempre fue muy querido y
respetado por todos: su familia, compañeros de escuela, amigos, amantes,
colegas y clientes. Era noble por sus ancestros, pero además se ajustaba a la
definición de nobleza de la que hablaba Ernest Hemingway, aquello de que ser
noble no es ser mejor que el otro, sino que es ser uno mismo cada vez mejor.
Una educación
aristocrática
Denys
George Finch Hatton nació un 24 de abril de 1887. Su padre Henry Stormont Finch
Hatton, fue el decimotercer Conde de Winchilsea. Su madre, Anne Codrington era
hija de un almirante de la flota británica, descendientes de veteranos marinos
que pelearon en la batalla de Trafalgar. Fue el segundo de tres hermanos. Tuvo una infancia feliz como
era de esperarse en gente de su clase, y en sus años de primera juventud, su
imaginación estuvo inflamada por las aventuras de los exploradores de fines del
siglo XIX. Libros de viajes, novelas, revistas, publicidades y anuncios
hablaban de tribus caníbales, parajes prehistóricos, y regiones en blanco en
los mapas del Imperio. Livingstone y Stanley se codeaban con personajes
ficticios como Allan Quatermain y Tom Sawyer. La aventura estaba de moda en
aquellos días.
Para
adquirir una educación superior, sus padres lo enviaron al Eton College, uno de
los más exclusivos de Inglaterra. Allí cultivó el placer de la lectura de
Shakespeare y los escritores románticos como Coleridge y Wordsworth, pero
también la afición por el deporte, como todo joven de la época. Se destacó en cricket,
fútbol y golf. Y además resultó ser un muy buen tirador tanto de rifle como de escopeta.
Cualidades que le serían muy útiles en el futuro.
Su
educación posterior lo llevó al Brasenose College en Oxford, donde no se
distinguió demasiado. Los amoríos con bellas muchachas, los deportes y los
amigos, le ocupaban toda su atención.
El descubrimiento de África
No
fue hasta 1910, a la edad de 23 años, cuando viajó por primera vez al
continente negro y descubrió que allí era donde quería estar. Desembarcó en Ciudad
del Cabo, Sudáfrica y luego de una breve estadía, se volvió a embarcar hacia
Mombasa, en el África Oriental Británica. En 1911 aún estaba aclimatándose a la
vida en esa parte de África, y ya había decidido que ese sería su lugar en el
mundo. Compró una propiedad en la margen occidental del Gran Valle del Rift, y
al año siguiente, se asoció con un amigo y compraron una cadena de almacenes
pequeños. Hasta 1914 se abocó a diferentes negocios, mientras exploraba nuevos
lugares y cazaba lo que se le ponía a tiro.
Eso
sí, el gusto por las mujeres, los deportes y los amigos no había cambiado.
Denys
fue miembro del Muthaiga Club de Nairobi, y estuvo entre los catorce que
participaron de la cena de inauguración en el año nuevo de 1913.
En cumplimiento del
deber

Al estallar la Primer Guerra Mundial en 1914, la población masculina, capaz de sostener un fusil, en las ciudades y pueblos diseminados a lo largo y ancho del Imperio Británico, se enlistó sin dudarlo en las fuerzas armadas para defender a su Rey y su país. Denys, naturalmente, fue uno de ellos. Al igual que su amigo el Honorable Berkley Cole. De hecho, Cole había estado al mando del regimiento del Noveno de Lanceros en la India, por lo que se le dio la tarea de organizar a tropas irregulares de nativos somalíes. Denys, claro se plegó a esta operación.
Los años de la guerra los pasó en servicio activo luchando contra las
tropas del general alemán von Lettow-Vorbeck en la frontera con la Tanganica
alemana. Fue condecorado con la Cruz Militar en 1916, algo bastante inusual
para la época, y poco antes del fin de la contienda, fue desplegado a Medio
Oriente, donde los ingleses combatían junto a tropas árabes, a los turcos del
Imperio Otomano, aliado de los alemanes.
Amores y safaris
Al
fin de la guerra en 1918, decidió continuar con sus negocios en Kenia, seguir
cazando y hacer nuevos amigos, muchos de ellos, cazadores blancos. Mantuvo amistad con los personajes
que hoy son historia pura. El decano Philip Percival, quien fue su mentor, Andy
Anderson, Alan Black, y el legendario John Hunter con quien cazó en Masailand.
Trabó amistad también con el hijo de Teddy Roosevelt, Kermit, un gran cazador
que acompañaba a su padre en expediciones y safaris, y al que conoció en su
misión en Medio Oriente. Entre sus nuevas amistades, hubo dos que marcarían su
futuro: el
Barón sueco Bror von Blixen-Finecke y su esposa, la escritora danesa Karen
Blixens. Con Bror no sólo compartían el
gusto por la caza, sino que un poco más tarde, también el amor por la misma
mujer.
De
hecho, la pareja se divorció en 1925, lo que allanó el camino para la relación de
Karen con Denys. Al poco de comenzar a salir, se mudó a la granja que ella
tenía al pie de las colinas Ngong. Fue ahí también donde estableció la
base para su nuevo negocio de safaris. Ese mismo año cumplía 38 años y dio el
gran salto. Tuvo su primer cliente, un estadounidense de apellido Maclean, a
quien guió en un extenso safari. Más tarde trabajó para la empresa Safariland,
guiando a potentados y aristócratas europeos. Cazó en Kenia, Tanzania, Uganda,
en la famosa selva de Ituri, y en el Congo. El cénit de su carrera lo alcanzó
en 1928, cuando lideró el safari del Príncipe de Gales, heredero al trono de la
corona británica, quien años más tarde sería el Rey Eduardo VIII (recordado por
haber abdicado al trono por el amor de Wally Simpson).
De
aquellos años, Karen recuerda en su libro “Out of Africa”, que Denys le enseñó
latín, y a leer la Biblia y los poetas griegos. Cuenta también que él sabía de
memoria grandes partes del Antiguo Testamento y siempre llevaba una Biblia en
sus safaris, lo que le valió el respeto de los nativos musulmanes.
Era
amante de la música y del arte en general. Cierta vez le regaló a Karen un
gramófono. Toda una novedad tecnológica para una granja en medio de la sabana
africana a mediados de los años 20. Karen aseguraba que Denys parecía un
caballero de los tiempos de los Estuardo. Un personaje isabelino que podría
pasearse tranquilamente junto a Sir Francis Drake sin desentonar, aunque
hubiera destacado en cualquier época de la historia del hombre.
La
pareja no sólo compartía la cama, la música y la literatura. La caza los
apasionaba también, y era frecuente verlos salir de safari con la sola compañía
de un criado kikuyu. Una noche, la noche de un cumpleaños de Denys, decidieron
ir en busca de dos leones que merodeaban la propiedad de Karen. Había luna
llena, pero las nubes y la llovizna la tapaban más de lo recomendable. A poco
andar, Karen que iluminaba el camino con una simple linterna de mano, descubrió
de repente a uno de los leones, parado, justo en frente. La sorpresa de esa
visión la petrificó, hasta que un segundo después la sacudió el sonido del
disparo del doble de Denys. El león cayó fulminado. Estaban recién en la mitad
de la tarea. Había que seguir buscando con la luz, al segundo. No lejos de ahí,
el otro león caminaba huyendo de la escena, hasta que se detuvo y dio vuelta la
cabeza. Otro disparo sonó, pero esta vez la bestia resultó herida, y la carga
fue inminente. El cañón izquierdo del doble de Denys volvió a tronar, y esa
vez, sí lo paró en seco. Había disparado a un león herido, en plena carga, de
noche y con la ayuda de un tembloroso haz de luz de una interna. Sin dudas, su
trabajo lo conocía muy bien.


Finch Hatton tenía entonces un Rigby en calibre .350,
un mediano a cerrojo, que con puntas blandas de 225 grains, era adecuado para
todo tipo de caza de planicie, e incluso veces lo utilizaba para leopardos y leones.
Tenía también un venerable Mannlicher austríaco en calibre 6.5mm, y por
supuesto un “stopper” para back up, un rifle doble hecho en Londres, marca Charles
Lancaster, en calibre .450NE (3 ¼), que utilizaba con puntas sólidas para
elefantes, búfalos e hipopótamos. En su armero tenía también una escopeta
inglesa del 20, que usaba tanto en África para tirar gallinas de Guinea, como
en Lincolnshire para faisanes y conejos.
Las malas lenguas en Nairobi,
decían que mientras salía con Karen, coqueteaba con una joven llamada Beryl
Markham. Beryl era todo un personaje. Bellísima e intrépida, fue entrenadora de
caballos de carrera y, más tarde, piloto de avión. De hecho, se convirtió en la
primera piloto que cruzó el océano Atlántico de Este a Oeste en solitario.
Se cree que fue Finch Hatton
quien inspiró a la joven Beryl a dedicarse a la aviación. Beryl realizaba vuelos
de correo y de avistamiento de fauna, algo que luego sería de uso común. Finch
Hatton también usó un avión para descubrir manadas de animales, identificar
áreas anegadas por las lluvias o buscar lugares para campamentos.
Al comienzo la Asociación de Cazadores Profesionales del Este de África (EAPHA), la legendaria organización y madre de las actuales asociaciones del presente, consideraba el uso de aviones como auxiliar de la caza era controvertido por considerarlo anti deportivo. Luego, Phil Percival, presidente de esa institución, accedió ante los argumentos de que el avistaje de manadas desde el aire, no infringía los estrictos códigos de ética cinegética por los que se regían los cazadores blancos.
Al comienzo la Asociación de Cazadores Profesionales del Este de África (EAPHA), la legendaria organización y madre de las actuales asociaciones del presente, consideraba el uso de aviones como auxiliar de la caza era controvertido por considerarlo anti deportivo. Luego, Phil Percival, presidente de esa institución, accedió ante los argumentos de que el avistaje de manadas desde el aire, no infringía los estrictos códigos de ética cinegética por los que se regían los cazadores blancos.
El Gypsy Moth y el fin
“Vamos
a visitar a las águilas”, solía decirle Finch Hatton a Karen, al llevarla a
volar en su avión biplano. Esos vuelos fueron unos de los recuerdos más
emocionantes y queridos que tuvo la escritora, y los relata maravillosamente bien
en sus libros autobiográficos. Volaban sobre el Serengueti, sobre el inabarcable
cráter Ngorongoro, sobre la ruta de los gnus o entre los pelícanos rosados del
lago Naivasha.
Finch
Hatton aprendió a volar en 1929 y en el verano de 1930, compró en Inglaterra su
propio avión, un de Havilland Gypsy Moth biplano.
Cuando
aún estaba afianzándose como piloto, y acostumbrándose a su nueva adquisición,
tuvo un accidente en la propiedad de su hermano, en Haverholme. En un despegue
arriesgado, golpeó la copa de unos árboles, dañando levemente el avión, pero
sin sufrir él ninguna lesión.
Casi
un año más tarde, el destino cambiaría irreparablemente, pero esta vez en
África. Una fresca mañana del 14 de mayo de 1931 despegó del aeródromo de Voi (cerca
del actual Parque Nacional de Tsavo), en busca de elefantes. Lo acompañaba su Hamisi,
su sirviente somalí. Según John Hunter, que casualmente estaba en la zona cazando
con un cliente estadounidense y fue testigo, a poco de despegar, Finch Hatton sobrevoló
la pista dos veces, y luego simplemente, cayó en picada hacia la tierra. El
biplano comenzó a incendiarse. Los dos tripulantes murieron en el acto. Fue
Hunter quien suspendió su safari y trasladó los restos de Finch Hatton a
Nairobi.
En vida, Denys había pedido que sus restos descansasen en las colinas
Ngong. Y así se cumplió su última voluntad. Sin embargo, su alma, o parte de
ella, quedó en Eton, Una parte que nunca abandonó esos claustros. El otro lugar
a donde también pertenecía. En uno de los puentes del colegio, hay una placa
que aún hoy lo recuerda. Dice “Famoso en estos campos, y por sus muchos amigos,
grandemente querido. Denys Finch Hatton 1900-1906”.


En Ngong, su hermano hizo erigir un obelisco sobre su tumba, y colocó una
placa con su nombre, y los años de nacimiento y muerte. Como epitafio, eligió una
cita del poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, perteneciente a La Balada del
viejo marinero, que dice: “Reza mejor, quien mejor ama todas las cosas,
hombres, pájaros y bestias”. Se dice que
luego de su entierro, una pareja de leones solía echarse sobre su tumba cada
atardecer. Tal vez haya sido cierto. Tal vez no. Pero es una linda historia que
culmina con el nacimiento de una leyenda de la caza mayor en África, que
perdura hasta nuestros días.
martes, 16 de agosto de 2016
Nueva Zelandia - Un paraíso para el cazador

Por Eber Gómez Berrade
Nueva
Zelandia es sin lugar a dudas, uno de los lugares más bellos del mundo. Aislada
en medio del Pacífico sur, ofrece de todo para el turismo, desde
infraestructura y escenarios imponentes, hasta habitantes amables y bien
dispuestos con el visitante extranjero. Las islas que la componen prácticamente
no cuentan con animales autóctonos, a excepción de aves. Sin embargo desde
mediados del siglo XIX se han venido implementando políticas de introducción y
manejo de fauna con un éxito considerable, y hoy dispone de un variado menú de
opciones cinegéticas que han convertido a estas tierras australes, en un
destino ineludible para el cazador internacional.
Otro nuevo mundo
Nueva
Zelandia pertenece al continente de Oceanía, al igual que Australia, otro
característico destino de caza mayor. Está compuesta por un archipiélago con
dos islas mayores, la Norte y la Sur, y numerosas islas más pequeñas, como la
Stewart y la Chatham, y algunas que son, a su vez, estados autónomos, como las
Cook y Niue. Estas islas fueron visitadas por primera vez por Juan Fernández,
un navegante español en 1576. Luego por el explorador holandés Abel Tasman en
1642, quien le dio el nombre actual, y posteriormente por el Capitán inglés
James Cook en 1769, quien exploró toda la costa y despertó el interés de la
corona británica por su posesión. Pero no fue hasta el año 1840 - cuando se
celebró un tratado con los nativos maoríes-, que las islas pasaron a ser una
colonia más del Imperio británico. Dominio que ese extiende hasta hoy, ya no
como colonia, sino como país independiente miembro de la comunidad de naciones
(Commonwealth), manteniendo a Isabel II, como la reina de Nueva Zelandia.
Desde
el punto de vista político, constituye un caso ejemplar a escala mundial. Sus
ciudades cuentan con una excelente calidad de vida, posee altos niveles de
educación, desarrollo humano y respeto a los derechos civiles, y a la vez ostenta
unas casi inexistentes tasas de desempleo y de corrupción.
La
población, mayoritariamente de origen europeo y con una minoría maorí, convive
armónicamente y ha heredado como parte de la cultura británica, el gusto por el
deporte. Se destacan claramente en el rugby, el cricket, el montañismo y
naturalmente la caza deportiva. Fue esa misma inmigración europea la que
comenzó a introducir fauna exótica a fines del siglo XIX, ya que por el
aislamiento geográfico del archipiélago, la única fauna nativa estaba compuesta
mayoritariamente por aves.
Por
aquellos años, los neozelandeses crearon las llamadas “Sociedades de
aclimatación”, encargadas de la importación de fauna para consumo y recreación.
Algo que aún perdura, pero que hoy se denomina Departamento de Conservación.
Por
otra parte, el país tiene un sistema mixto de cacería en propiedades privadas y
estatales como los Parques Nacionales. El cazador puede encontrar propiedades
cercadas (farms) o extensiones libres (free range).
La
caza mayor es muy popular, tanto para los extranjeros como para los locales. De
hecho el país cuenta con uno de los niveles más altos en posesión de armas de
fuego por parte de civiles.
El reinado del Ciervo
Colorado
Una
de las primeras especies que introdujeron en Nueva Zelandia fue el Ciervo
Colorado, proveniente de Escocia e Inglaterra. La primera vez fue en al año
1851, cuando Lord Petre, un terrateniente inglés llevó a la isla Sur, un macho
y una hembra, proveniente de su campo en Essex, Inglaterra. La experiencia no
tuvo éxito, ya que la hembra fue matada antes de procrear. Diez años después,
volvió a intentarlo, con un macho y dos hembras. Y ahí sí, la cosa funcionó.
Las crías se multiplicaron y se convirtieron en los primeros colorados de la
isla Sur. Años más tarde, el Windsor Great Park, propiedad de la corona
británica, obsequió a Sir Frederick Weld, una pareja de ciervos que fueron
liberados cerca e Wellington, en la isla Norte. El parque continuaría con la
introducción de ejemplares hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial en
1914.
La
adaptación de esta especie a diferentes medio ambientes es formidable. Los
argentinos lo sabemos muy bien. Pero en Nueva Zelandia, el crecimiento de las
poblaciones fue explosivo. Algunos datos a manera de ilustración: desde 1851
hasta 1926 se introdujeron más de 800 ciervos; en 1927 el Estado pagó por primera
vez a cazadores para cazar de ciervos que ingresaban en propiedades del
Servicio Forestal; y en 1931 el gobierno comenzó con operaciones de control y
raleo. Entre 1931 y 1975, se mataron más de un millón de ciervos en estas operaciones.
Aún hoy, se llevan adelante raleos que complementan las acciones de cría
intensiva y manejo genético para el mejoramiento poblacional.
En
este sentido, los orígenes de los característicos ciervos neozelandeses, hay
que buscarlo en las islas británicas. De hecho, la mayor parte de los planteles
introducidos fueron originarios de Invermark, en Escocia, y de Warnham, de la
abadía de Woburn y del Windsor Great park en Inglaterra.
Política de
introducción de especies
Si
bien el Colorado ha ganado notoriedad por su adaptación al medio, y por la
implementación de mejoramiento genético que ha caracterizado a Nueva Zelandia
en las últimas décadas, otras muchas especies fueron llevadas a las islas con
singular éxito también.
El
Ciervo Sambar, por ejemplo, fue introducido en 1875, proveniente de ejemplares
llevados de Sri Lanka e India. También hacia fines del siglo XIX, fue
introducido el Ciervo Rusa, proveniente de Timor Oriental, Java y Bali, donde
encontró su lugar en el mundo en la región de Te Urewera y a orillas del río
Whakatane en pleno territorio maorí. Ya durante el siglo XX le siguieron el
Tahr, que se introdujo en 1904 en las montañas denominadas Alpes del Sur,
ubicadas en la isla Sur del país, desde su Himalaya natal. Aquellos primeros
ejemplares fueron un obsequio al gobierno neozelandés, de Herbrand Russell, Duque de Bedford.
De
Inglaterra también llegaron los Ciervos Dama y Jabalíes, primero en 1860 y
luego en una segunda tanda en 1910. Los Elk o Wapitis, llegaron en 1905 a la
zona de Fiordland, en la isla Sur, provenientes de América del Norte. Ese mismo año, desembarcaron los Ciervos Sika,
originarios de Japón, pero criados en el Parque de la Abadía de Woburn, en
Inglaterra. Estos ciervos se adaptaron tan bien, que hoy ocupan el segundo puesto
en mayor distribución territorial, luego de los Colorados.

En 1907 arribaron las gamuzas o chamois, regalo del Emperador austríaco Francisco José. Esta característica especie pasó de los Alpes europeos, a los Alpes neozelandeses, adaptándose perfectamente bien. No con tanto éxito, se liberaron unos diez Alces en la región de Fiordland hacia 1910, la mayoría murieron, sin embargo aún pueden verse algunos ejemplares de no muy buena calidad.
Un
historia singular es la de la llegada de los carneros Arapawa, una raza
descendiente de las ovejas Merino, a Nueva Zelandia. Los Arapawas, no fueron
introducidos con fines cinegéticos, sino que fueron liberados alrededor de 1773,
por productores laneros en la isla de Arapawa, al sur del archipiélago neozelandés,
con el fin de proveer de alimento a las tripulaciones de balleneros y cazadores
de focas que llegaban a esas costas.
Menú de cacería neozelandesa
Si bien el Ciervo Colorado es la joya en la corona
de la cacería en Nueva Zelandia, en mi opinión, la mayor atracción que
despierta este destino radica en las especies exóticas, por lo menos desde el
punto de vista de un deportista argentino. Especies que -por otra parte- sólo
pueden encontrarse allí, o donde son más accesibles y económicas de cazar.
Es cierto que cuando se menciona Nueva Zelandia, lo
primero que viene a la mente es la imagen de un monstruoso colorado,
probablemente desarrollado genéticamente, con puntajes ridículamente altos (de
600 puntos SCI o más) al igual que sus costos.
Sin embargo, aquel que esté en
busca de esta clase de trofeos, también podrá encontrarlos en nuestro país, que
cuenta con cotos y criaderos de primer nivel, y que disponen de planteles con
genética neozelandesa que nada tienen que envidiarles a sus parientes de
Oceanía. Así que para qué irse tan lejos, a buscar algo que podemos conseguir
acá cerca. Obviamente Nueva Zelandia también dispone de una
oferta de Colorados de buena calidad, pero sin exageraciones, “free range” y
acomodados a bolsillos más exiguos. De todas maneras, la observación también es
válida en este punto. A lo sumo, recomiendo al cazador de Colorados
empedernido, que no desaproveche la oportunidad de buscar esas otras especies
exóticas para complementar su cacería, que a mi entender es lo mejor que ofrece
este archipiélago oceánico.
Sin embargo, aquel que esté en
busca de esta clase de trofeos, también podrá encontrarlos en nuestro país, que
cuenta con cotos y criaderos de primer nivel, y que disponen de planteles con
genética neozelandesa que nada tienen que envidiarles a sus parientes de
Oceanía. Así que para qué irse tan lejos, a buscar algo que podemos conseguir
acá cerca. Obviamente Nueva Zelandia también dispone de una
oferta de Colorados de buena calidad, pero sin exageraciones, “free range” y
acomodados a bolsillos más exiguos. De todas maneras, la observación también es
válida en este punto. A lo sumo, recomiendo al cazador de Colorados
empedernido, que no desaproveche la oportunidad de buscar esas otras especies
exóticas para complementar su cacería, que a mi entender es lo mejor que ofrece
este archipiélago oceánico.
Tahr del Himalaya
Como es fácil de imaginar, la cacería del Tahr
ofrece un gran desafío para el cazador amante de la montaña, con uno de los trofeos
más preciados. Si bien machos y hembras tienen cuernos, los de los machos son
más grandes y pesados como ocurre generalmente, alcanzando las 11 a 13 pulgadas
de longitud, y un peso promedio de 150 kilos. Si bien técnicamente el trofeo lo
constituyen los cuernos, su piel con el largo pelaje blanco es tan apreciado
como su cornamenta. El único detalle negativo que puedo mencionar es el olor,
que no es más que un gaje del oficio, y menor por cierto, en comparación con
las satisfacciones que ofrece la caza de esta especie en medio de los
imponentes picos nevados de los Alpes neozelandeses. La mejor época de caza se
extiende de Mayo a Julio, cuando su pelaje está en todo su esplendor. Gamuza
La Gamuza o Chamois es la otra
gran alternativa alpina que ofrece Nueva Zelandia, y al ser también una cacería
de montaña, demanda una mayor exigencia. Sin dudas es un gran complemento para
los que vayan a buscar Tahr, ya que también su hábitat se encuentra en los
Alpes de la isla Sur, y si bien pueden ser cazadas todo el año, su pelaje está
en su mejor momento en los meses de Abril a Mayo.
Ciervo Sika
En
un artículo que publiqué en la edición 207 de VIDA SALVAJE de Junio del año
pasado, describí la cacería de lo que denominé “Los otros ciervos”. Allí varios
de esas especies se encuentran en Nueva Zelandia, como es el caso del Ciervo
Sika, el Rusa, el Sambar, el Cola Blanca y el Elk. El Sika es asiático,
originario de Siberia, Manchuria, China, Corea, Japón y Taiwán, y es el mejor ejemplo de una especie
exótica que puede ser cazada en un destino “popular” y a un costo económico.
Los machos alcanzan el metro y medio de altura en promedio, pesan alrededor de 80
kilos y desarrollan una cornamenta de ocho puntas, que en algunos casos puede
llegar a doce. Se los encuentra en el centro de la isla Norte, y en as montañas
Kaweka y Kaimana al el este de esa isla. Su brama es en Abril.
Ciervo Dama
No hay mucho que explicar de este cérvido europeo,
ya que es una de las especies que mejor se han adaptado en las pampas
argentinas. Sin embargo, debo aclarar que la calidad de los trofeos neozelandeses,
es en promedio considerablemente mejor que los que tenemos aquí. Si alguien
busca un dama paletudo, este es el lugar, sin dudas. Su cacería se extiende de
Marzo a Septiembre, y su brama es en Abril y principios de Mayo. Es común
encontrar allá también, animales con pelajes de diferentes coloraciones, marrón
claro, blanco, moteado, marrón oscuro, etc. Se los puede encontrar en ambas
islas por igual.
Ciervo Sambar
El
Sambar es otro cérvido proveniente de Asia, más precisamente de India,
Bangladesh, Sri Lanka, Malasia, Indonesia y las Filipinas. Es un típico ciervo
de seis puntas, similar al Axis (también asiático). Los machos alcanzan una
altura que va de medio metro a un metro medio, con un peso promedio de 150
kilos, lo que lo ubica detrás del Elk y del Colorado en términos de tamaño. La
coloración de su piel es marrón con una mancha blanca en el cogote, característica
de su especie, teniendo algunos pelajes blancos en el vientre, en las patas y
cerca de la cola. La mejor época de cacería va desde Mayo a Julio, y se los
encuentra en la isla Norte.
Ciervo Rusa
El
Rusa es muy similar al Sambar, de hecho es una sub especie técnicamente
hablando. Provienen originalmente de las
islas de Timor Oriental, Java y Bali, y se ha adaptado perfectamente en la isla
Norte donde están los mejores trofeos. Tiene hábitos bastante similares al
ciervo Axis, se mueve en planicie por su refinado sentido de alertas ante
predadores, es muy elusivo y difícil de recechar. Su pelaje es una mezcla entre
marrón y gris, su estatura ronda el metro y su peso difícilmente sobrepasa los
130 kilos. La época de su cacería se extiende de Abril hasta Agosto.
Ciervo Cola Blanca
El
ciervo emblemático de América del Norte, puede ser cazado en Nueva Zelandia
también, donde se halla la única población de las subespecies boreales en el
hemisferio austral, aunque son más pequeños que sus parientes americanos, en
términos de medida corporal y cornamentas. Se lo puede cazar todo el año y se
los encuentra al sur de la isla Sur, en el Lago Wakatipu, y en la isla Stewart
en donde hay grandes manadas en campo abierto.
Elk o WapitiNueva Zelandia es uno de los mejores lugares para la caza del Elk, al igual que América del Norte y Europa boreal. Se han detectado algunos ejemplares mezclados con Colorados en la región de Fiordland, al suroeste de la isla Sur donde conviven ambas especies, por lo que la Fiordland Wapitii Foundation, está llevando a cabo actualmente, operaciones de raleo de colorados, para separar ambas especies con muy buenos resultados, que muestran un mayor grado de pureza genética. Los Elks pueden ser cazados desde mediados de Febrero hasta Septiembre, siendo su brama en Marzo y Abril. Los que se decidan por este destino para cazarlos, pueden esperar encontrar cornamentas de hasta 400 puntos SCI en varias regiones free range.
Arapawa
Los carneros Arapawa suelen mezclarse con chivos salvajes
por lo que muchas veces son difíciles de detectar. Con cuernos espiralados que
pueden sobrepasar el metro de longitud, y pelaje marrón ofrecen un atractivo
desafío al cazador, que sin someterse a los rigores de la alta montaña como en
el caso del Tahr y de la Gamuza, podrá acceder a un trofeo único, exótico y
característico de las islas de Oceanía.
Ultimas consideraciones
Hay más especies en el menú cinegético neozelandés
que podemos llamar complementarias. Me estoy refiriendo a otras clases de
carneros y a jabalíes. Las especies de ovejas cazables son las variedades de
Guadalupe, Blanca, Fancesa, de las Hébridas, Booroola y Merino de Bengala. Los
jabalíes, son los del tipo europeo, “sus scrofa”, idénticos a los que recorren
nuestras aguadas pampeanas. Estas especies pueden ser cazadas como complemento
de algún paquete o si se da la oportunidad se ponen a tiro, pero difícilmente
ameriten un viaje específico para obtenerlas.
Si luego de leer estas líneas, está casi
decidido a encarar una expedición al archipiélago, le sugiero que vaya pensando
en un rifle bueno, pero con una mira excelente. Muchas de estas especies habitan
en la montaña y dan tiros muy largos. Por ello los calibres sugeridos deberían
rondar la gama de los 7mm Rem Mg, .300WinMg, o .338 Win. Mg, que desarrollan
una potencia adecuada y un coeficiente balístico insuperable a largas
distancias. Munición blanda de la mejor calidad que pueda encontrar, y un mínimo
entrenamiento aeróbico que le permita disfrutar caminatas en desnivel sin
mayores esfuerzos.
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