lunes, 20 de abril de 2015

Cazadores y Guerreros (Primera Parte)


Por Eber Gómez Berrade

La caza y la guerra han estado unidas desde la noche de los tiempos. Durante siglos la cacería fue utilizada por los caballeros y nobles como entrenamiento militar en tiempos de paz. Los años pasaron, ambas actividades se profesionalizaron, pero siempre siguieron unidas de alguna manera. Militares que se convirtieron en cazadores y cazadores transformados en soldados, vivieron días de acción y aventuras en exóticos teatros de operaciones de ignominiosos conflictos imperiales.
En esta primera parte, me enfocaré en aquellos cazadores guerreros de fines del siglo XIX y principios del XX. Un período histórico destacado en la historia militar, imbricado con la más grande era de los safaris africanos.

Exploradores, soldados y cazadores
Hacia mediados siglo XIX, África era aún un continente que estaba a punto de ser descubierto. Muchos mapas de la época tenían grandes espacios en blanco, con la leyenda de “terra incógnita” en el centro. Esto naturalmente seducía a todo tipo de exploradores, geógrafos y aventureros, que se internaban tierra adentro en busca de las Montañas de la Luna, las fuentes del Nilo, la ciudad prohibida de Harar, oasis perdidos y lagos sin nombres. Sin dudas, dos de los más paradigmáticos de estos personajes fueron John Hanning Speke y Sir Richard Francis Burton. Ambos llevaron a cabo dos expediciones en el este de África, que comenzaría con el descubrimiento de los lagos Tanganika y Victoria, y terminaría en una agria disputa entre los dos, y en  el suicidio de Speke algunos años más tarde. Burton era capitán del Ejército de la Compañía de las Indias Orientales y Speke teniente en el Ejército Indio, en la India Imperial Británica. A diferencia de Burton, Speke era un ávido cazador. Al inicio de su viaje a África, su principal motivación era la caza, no la exploración geográfica. 
Algo similar le sucedió al joven escocés Roualeyn George Gordon-Cumming, que siguió sus ansias de aventuras y se enlistó en el Ejército de la Compañía de las Indias Orientales. Luego de una corta temporada en el subcontinente, decidió probar suerte en Sudáfrica e ingresó en los Cape Mounted Rifles, en 1843. Allí descubrió el lugar ideal para desarrollar su pasión: planicies llenas de antílopes, fieras peligrosas y tribus desconocidas. Gordon Cumming se dedicó de lleno a la caza, y registró sus aventuras en un libro que se convirtió en un clásico de la literatura cinegética de todos los tiempos. Otro de los grandes cazadores del siglo XIX fue el mayor Sir William Cornwallis Harris, un inglés que para variar, también ingreso como ingeniero en el ejército de la Compañía, en India, alcanzado finalmente el grado de mayor. Una licencia por enfermedad lo llevó a Ciudad del Cabo, y de allí, ya restablecido, se lanzó en un safari hacia el Transvaal, en el centro de Sudáfrica. Escribió un total de cinco libros con las aventuras de sus cacerías.

Casi al terminar aquel siglo, el teniente coronel e ingeniero John Henry Patterson, fue comisionado por el gobierno británico para construir un puente sobre el río Tsavo. Fue él, el protagonista que tuvo a su cargo la caza de dos leones legendarios cebados con carne humana, los famosos “Ghost” y “Darkness” (Fantasma y Oscuridad), como los llamaban los aterrados nativos indios empleados por el ferrocarril. Patterson alcanzó fama mundial por este incidente, escribió un libro contando su historia, y se ganó la amistad del presidente estadounidense Theodore Roosevelt, quien lo invitó a la Casa Blanca para conocer detalles de aquellos carniceros de Tsavo.
De hecho, el mismo Roosevelt fue también un militar prestigioso en sus días, quien colaboró en la creación del Primer Regimiento de Caballería Voluntaria de Estados Unidos, conocido como los “Rough Riders”. Este regimiento sirvió durante la Guerra Hispano-Estadounidense, o Guerra de Cuba, en el año 1898. “Teddy” Roosevelt fue además de militar, un político brillante que se convirtió en el vigésimo sexto presidente de ese país, un cazador incansable que recorrió varios continentes en busca de diferentes especies que enviaría a museos de Estados Unidos, y un escritor prolífico con numerosos libros dedicados a la caza mayor, entre ellos el de su safari de casi un año en el continente negro.
El siglo XIX terminaba, y con él, el flujo de militares que desembarcaban en África para cazar deportivamente. Uno de los últimos de esta especie, fue el austriaco Fritz Schindelar. Fritz llegó a Nairobi en 1906 y si bien no hay muchas certezas de su historia antes de aquel desembarco, se sabe que sirvió con el grado de comandante en un regimiento de caballería de los Húsares Húngaros. Un tipo de sangre fría, dicen. Bon vivant, audaz, seductor, consumado jinete y excelente tirador de rifle doble. Su afición era la caza de leones a caballo. El motivo de su temprana muerte, también. 

El siglo más violento
El siglo XX comenzó y terminó en guerra. La lucha entre británicos y colonos holandeses en Sudáfrica, inauguró cien años signados por la violencia. Casi al finalizar esta contienda, se desató la guerra Ruso-Japonesa que culminó en 1905. Nueve años después, estallaría la Gran Guerra, la que iba a terminar con todas las guerras. No fue así, claro. Pero se convirtió en la puerta de entrada a la guerra moderna, tal cual la conocemos hoy, con tropas blindadas, aviación, gases venenosos, y un oprobioso etcétera.
Desde allí, la historia es más o menos conocida: a la Primera, le siguió la Segunda de 1939 a 1945, la guerra de Corea, la de Vietnam, diversos conflictos poscoloniales de baja intensidad, como los ocurridos en  Rhodesia y Sudáfrica, y por último, las guerras en Medio Oriente y en el Golfo Pérsico.

Lo cierto es que luego de la etapa de los militares que llegaban a África para cazar, comenzó la etapa de los militares que llegaban para pelear. La guerra Boer otorgaba el marco ideal para estos muchachos en busca de acción. Eso mismo pensaron los australianos Victor Marra Newland y Leslie Jefferies Tarlton. La foja de servicio de Newland recuerda que fue oficial en el Light Horse en Sudáfrica. Luego -en la Primera Guerra- sirvió en el King African Rifles con el grado de mayor, obteniendo la Cruz Militar y la Orden del Imperio Británico. Tarlton por su parte, sirvió en la Gorringe´s Flying Column luchando contra los Boer comandos en Ciudad del Cabo. Lo destacable es que una vez terminada la guerra, ambos ganarían fama internacional por convertirse en los propietarios de la primera compañía de safaris de África: Newland & Tarlton Safaris, que abrió sus puertas en Nairobi en el año 1904. Un semillero de cazadores blancos.
El capitán G.H. “Flash” Jack Riddell fue uno de aquellos cazadores. Egresado de la prestigiosa academia militar de Sandhurst, “Flash” era dueño de una personalidad excéntrica. Luchó contra los boers, y antes, en la India, junto a su amigo, camarada y compañero de safaris, Winston Churchill.
El comandante Robert Foran, en cambio, fue primero a África y luego a la India. Se ofreció voluntario para pelear contra los colonos holandeses, y luego fue enviado a la India a luchar contra las tribus rebeldes de las montañas Waziri. Volvió a África, pero no como soldado sino como comandante de policía en el África Oriental Británica (Kenia). Mientras se ocupaba de cuidar la ley y el orden, se dedicó a cazar ilegalmente marfil en territorios fronterizos pertenecientes al Rey Leopoldo de Bélgica y en el Enclave de Lado. Se cuenta que Foran llegó a abatir unos 250 elefantes de más de 150 libras. Cazó en diferentes países del mundo: Burma, India, en las Rocallosas, en México y en Alaska. Dejó registro de sus aventuras en libros excelentemente escritos.
Foran no fue el único que llegó como soldado y terminó en cazador de marfil. Pete Pearson, viajó desde Australia para sumarse al esfuerzo bélico en 1900. Se enroló voluntario en una unidad montada. Al término de la contienda, se dedicó a la caza del elefante, convirtiéndose en uno de los más grandes cazadores de marfil de todos los tiempos. De manera similar, el mayor Gordon Henry Anderson, otro de los grandes “marfileros”, se incorporó a los 21 años al Regimiento de Caballería Paget, para luchar contra los boers. Su carrera militar continuó por un largo período. Fue transferido al 18° de Húsares Reales como segundo teniente, y terminado el conflicto, fue enviado a la Infantería Montada de la Fuerza de la Frontera del Oeste de África, en el norte de Nigeria. Allí comenzó su afición por la caza mayor, y particularmente por la del elefante a la que iba a dedicarse profesionalmente como cazador de marfil hasta el estallido de la guerra del 14. Luego de servir en Bélgica, y más tarde en África Oriental Alemana (Tanzania), se convirtió en un destacado cazador blanco. Tuvo entre su selecta clientela a los Duques  de York, al Rey Jorge VI y a su hija, la actual reina Elizabeth II de Inglaterra.
  
La Gran Guerra
Los disparos de Gavrilo Princip que asesinaron al archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo, retumbaron en el mundo entero de 1914. Fue tal la magnitud de esta conflagración, que convocó a jóvenes de todos los rincones del planeta.
El italiano Aurelio Rossi, uno de los pocos cazadores de marfil (no británicos) de los que se tienen registros, se enlistó como voluntario en el 9° Batallón de Asalto Italiano para combatir a los ingleses, lo que hizo en forma destacada. Luego de la guerra, se dedicó a cazar elefantes por todo el continente. Recorrió el Congo, la Tanganika, Kenia, Uganda, Sudán, Camerún, Guinea, Liberia y Costa de Marfil. Volvió a servir a su patria en la Segunda Guerra Mundial, otra vez como voluntario para combatir con las tropas de Mussolini. Se hizo cargo del 9° Noveno Batallón de Eritrea, y murió en El Alamein en 1942 a los 44 años de edad.  

En la India, Jim Corbett, el legendario cazador de tigres y leopardos antropófagos, también acudió al llamado de las armas ni bien estalló el conflicto. Su misión fue la de reclutar nativos provenientes de los poblados de las colinas del Himalaya, y convertirlos en soldados del Imperio británico. Por su actuación le fue concedido el grado de capitán. Su foja de servicios da cuenta también de su trabajo en la Segunda Guerra, donde entrenó en técnicas de combate de selva, a las tropas que serían enviadas a Burma para luchar contra los japoneses. En 1943 contrajo tifus y fue dado de baja del ejército por enfermedad con el grado de Coronel.
En la colonia de Kenia, el 85% de la población masculina revistaba en las fuerzas armadas al poco tiempo de estallar la guerra. Los cazadores blancos (ingleses y extranjeros) se enrolaron en masa prácticamente.
El barón sueco Bror von Blixen-Finecke, uno de los más refinados cazadores profesionales de Kenia, se enroló voluntario en la East African Mounted Rifles. Blixen-Finecke estaba casado en ese entonces con la escritora Karen Blixen, autora de la novela “África mía”.
La contrafigura de Bror Blixen en aquella novela, era el Honorable Denys Finch-Hatton, amante de su esposa, también cazador blanco y para el momento de la guerra, miembro de una unidad de irregulares somalíes, al mando de su amigo Berkley Cole. Cole había servido en el 9° de Lanceros en India, y era un líder nato. Ambos completaban misiones de reconocimiento en la frontera con la Tanganika alemana, recabando valiosa información de inteligencia, para ser analizada por el coronel Richard Meinertzhagen.


Dueño de una personalidad muy particular, Meinertzhagen 
era también cazador, ornitólogo y explorador. Fue asignado originalmente al King African Rifles, y con el tiempo se convirtió en jefe de la inteligencia británica en África oriental. Para ello reclutó a cazadores profesionales como Bill Judd y Jack Riddel en su equipo. Por su trabajo fue condecorado con la Orden de Servicio Distinguido. Luego de la campaña africana, el coronel se dirigió a Medio Oriente donde colaboró con Lawrence de Arabia, en la revuelta árabe y con el general Allenby en la captura de Jerusalén, en posesión de los turcos.

Disparos desde el aire
Seguramente la mayoría de los lectores habrá escuchado alguna historia del famoso “Karamojo” Bell, de sus safaris y de sus cacerías de elefantes con disparos quirúrgicos. Karamojo fue uno de los más grandes cazadores de marfil, y un muy hábil escritor. Pero también un soldado. Un aviador, en realidad. Al estallar la guerra se fue a Inglaterra donde recibió entrenamiento como piloto. De allí lo enviaron de vuelta al este de África como teniente de vuelo, donde participó de incontables misiones. Cómo anécdota se cuenta que de vez en cuando disparaba a los alemanes desde la carlinga de su biplano con el mismo 275 Rigby que usaba para cazar elefantes. Alcanzó el grado de capitán del Royal Flying Corps, antecedente inmediato de la Royal Air Force británica.
Alemania también tuvo sus cazadores y guerreros que atormentaban a los aliados desde el aire. El ícono de la fuerza aérea alemana fue sin dudas, Manfred von Richtofen, el Barón Rojo. Una aristócrata, amante de la cacería que al mando de sus biplanos y triplanos Fokker, logró derribar 80 aeronaves enemigas, hasta que él mismo fue abatido en 1918, a orillas del río Somme, en el norte de Francia.
Prácticamente de la misma edad y similar prosapia, Hermann Goering, otro cazador y aristócrata alemán, se enlistó en la incipiente fuerza aérea alemana, distinguiéndose por sus hazañas de combate. A diferencia del Barón Rojo, que se convirtió en un ejemplo de gallardía y caballerosidad, Goering dejó tras de sí la infame reputación de haber comandado la Luftwaffe en la Segunda Guerra Mundial, y de haber sido uno de los más importantes jerarcas nazis del Tercer Reich.

Cazadores legendarios en acción
R.J. Cunninghame, tardó un poco en enrolarse. Iniciada la guerra mundial, continuó guiando safaris en África, hasta que fue perseguido por tropas alemanas que buscaban capturarlos. Logró escapar, ingresó en territorio británico y ahí sí, se enlistó en el ejército. A pesar del enorme conocimiento del bush africano -había sido uno de los guías de Roosevelt en su gran safari-, fue enviado al frente francés, y puesto al mando de un cuerpo de ambulancia norteamericano. Al poco tiempo logró que lo mandaran nuevamente a África, donde se incorporó a la inteligencia con el grado de mayor, siendo condecorado con la Cruz Militar.
Otro que guió al presidente norteamericano y se enlistó en el ejército en el área de inteligencia, fue Philip Percival, el “decano de los cazadores”. Luego de la guerra, Percival iba a guiar a Ernest Hemingway, quien lo inmortalizó en las páginas de “Las verdes colinas de África”.
Si hablamos de decanos y leyendas, Frederick Courteney Selous, no puede faltar en la lista de cazadores guerreros. Al estallar la Primera Guerra Mundial, Selous ya era una leyenda en el imperio. Explorador, naturalista, escritor, y por sobre todo cazador. Fue amigo personal y guía de Roosevelt en su safari. A pesar de su edad (tenía 64 años de edad), se unió a la “Legion of Frontiersmen”, una unidad perteneciente al 25° Batallón Real de Fusileros. Este regimiento contaba entre sus filas con varios cazadores blancos: Alan Black;  George Outram; Martin Ryan; Johnny Boyes, el legendario Rey de los Kikuyus; y el mayor P.J. Pretorious.
Este batallón de cazadores luchaba palmo a palmo contra las fuerzas del general alemán Paul Emil von Lettow-Vorbeck, en la frontera con la Tanganika alemana. Lettow-Forbeck, fue en su punto, un adalid de la historia militar contemporánea.  Desarrolló como nadie la guerra de guerrilla, llevada a cabo por la “Schutztruppe”, fuerza compuesta por tropas nativas al mando de oficiales germanos. Fue un clásico representante de la escuela militar prusiana, honorable y temible en el terreno. Fue también el responsable de la muerte de Selous, algo de lo que nunca estuvo orgulloso.
Una mañana de Enero de 1917, a orillas del río Rufiji, uno de sus francotiradores abatió a uno de los últimos héroes del Imperio Británico. La bala le entró por la boca y Selous cayó fulminado. Ese lugar se llamaba Behobeho. Hoy se lo conoce como la Reserva Nacional Selous, en Tanzania. Una de las áreas de caza más grandes del mundo. Von Lettow-Forbeck culminó la guerra sin ser derrotado. Se rindió solo cuando capituló Alemania. En ese momento sus fuerzas contaban con unos miles de askaris nativos, 155 soldados europeos, un pequeño cañón, 24 ametralladoras y 14 rifles automáticos Lewis. En reconocimiento al honor demostrado en combate y a su valor, el Comando Aliado le permitió a él y a sus hombres prisioneros, desfilar portando sus armas frente a las fuerzas vencedoras.



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