viernes, 28 de julio de 2017

Fritz Schindelar - El temerario y misterioso Cazador Blanco



Por Eber Gómez Berrade

Fritz Schindelar fue uno de los más refinados cazadores profesionales que surgieron en la era de oro de los safaris en África. Aristócrata de origen austríaco, militar, eximio jinete y tirador, experto polista, mujeriego y jugador. Tenía además un pasado misterioso y una intrigante personalidad. Era muy solicitado por nobles y potentados de la época para guiarlos en sus expediciones. Cazaba a caballo, y sentía una irrefrenable y temeraria atracción por el peligro. Encontró la muerte a temprana edad bajo las garras de un león. Fue sin dudas, un personaje que, de no haber sido real, seguramente hubiera sido creado por la imaginación de algún escritor victoriano de novelas de aventuras.
No es mucho lo que se sabe de la historia de Fritz Schindelar, sin embargo la mayoría de los comentarios que han llegado hasta nuestros días destilan admiración por el magnetismo de su personalidad, y en muchos casos asombro por su comportamiento casi suicida que adquiría frente a situaciones de peligro.
Donde todos concuerdan es en el hecho de que Fritz no era un tipo común. Como cazador profesional, fue uno de los mejores. No sólo porque nunca decía no a nada, sino porque su ascendencia aristocrática lo habilitaba para tratar de igual a igual a lo más rancio de la nobleza europea.
Tenía excelentes cualidades profesionales para la caza mayor. Era un eximio tirador -especialmente con su doble exprés-, experto jinete, rastreador meticuloso y un excelente organizador de safaris. Además trataba muy bien a su personal nativo y desplegaba su savoir faire, tanto entre condes y duques austro-húngaros, como entre mozos de hotel y sirvientes de campamento.
Un párrafo aparte merece su gusto por las mujeres. Las crónicas de la época lo relacionaban siempre con bellas clientes y celebrities extranjeras. Dicen que no prestaba mucha atención a las damas locales de Nairobi, que por otra parte, caían rendidas ante su elegancia y simpatía. Sin embargo, al final de sus días, tuvo una relación con una tal Violet Donkin, bella enfermera inglesa, que trabajaba en el Scott Sanatorium de Nairobi, quien por otra parte, lo asistió en sus últimas horas de convalecencia. 
Como dije, si a un febril escritor de novelas de aventuras o románticas de fines del siglo XIX se le hubiera ocurrido crear un personaje heroico, con todas las de ganar, hubiera creado a Fritz. Algo así como lo que se le ocurrió a Ian Fleming, medio siglo más tarde, cuando inventó a James Bond.

Un pasado misterioso
Siguiendo en esta línea, está claro que todo personaje de estas características, debe tener un pasado misterioso. Bueno, Fritz también lo tenía.
Se cree que nació en 1871 en Austria, y que llegó a África alrededor de 1906, pero no se sabe bien de dónde venía. Las malas lenguas decían que había salido, medio escapado, de Europa debido a un escándalo de polleras.
A pesar de que Fritz no gustaba de hablar mucho sobre su experiencia militar, luego de su muerte, se descubrió en uno de sus álbumes familiares, una foto donde se lo veía a la edad de 18 años, montado en su caballo y como oficial al mando de un regimiento de Húsares Húngaros, compuesto por unos 150 jinetes entre oficiales, suboficiales y soldados. Su porte marcial, y la manera de organizar sus expediciones de caza, mostraban a las claras su educación patricia tan propia de los oficiales austro-húngaros. 
Digamos que por aquel entonces Austria-Hungría era un poderoso Imperio. Creado en 1867, era en sí una monarquía dual, que incluyó como entidad autónoma al reino de Hungría en el Imperio Austríaco bajo el reinado de Francisco José I.
Para tener una idea sobe la extensión del mismo, recordemos que este emperador regía sobre los territorios de lo que hoy serían Austria y Hungría, naturalmente, pero además, República Checa, Eslovaquia, Croacia, Bosnia Herzegovina y parte de Montenegro, Italia, Transilvania, Rumania, Ucrania y Polonia.
Sus súbditos podían ser tanto austríacos como húngaros, pero no podían contar con la doble nacionalidad. Sus fuerzas armadas de tierra eran impresionantes, y constaban de un ejército regular, sumado a dos unidades llamadas el Landwehr austríaco y el Honvédség húngaro. La caballería de donde provenía Fritz, se dividía en brigadas, cada una asignada a un cuerpo de ejército.
Se dice que la Gran Guerra (de 1914 a 1918) terminó con la era de los Imperios en Europa. En el caso del austro-húngaro, fue literalmente así. Al finalizar la contienda, se dividió en varias repúblicas. En 1919 se disuelve definitivamente tras la firma de los tratados de Saint-Germain y Trianon.
Más allá de la anécdota de la foto, el recordado cazador blanco John Hunter, quien fuera colega y amigo de Schindelar, recuerda que éste paradójicamente, también había tenido experiencia como jefe de camareros y encargado de equipajes en algún que otro hotel europeo. Cuentan que muchas veces, él mismo sorprendía a los huéspedes del Norfolk Hotel, legendario reducto de cazadores y exploradores en Nairobi, sirviendo las mesas o ayudando con las maletas a las damas que llegaban al lobby para registrarse, solo pour épater le bourgeois. Lo cierto, asegura Hunter, es que sus cualidades como tirador y jinete, dejaban más que demostrado lo aristocrático de su educación, más allá de los trabajos que Fritz hubo de realizar a lo largo de su vida aventurera.    

Primus inter pares
En una época en donde la industria de safaris del África Oriental Británica, como se la conocía a la colonia de Kenia antes de 1920, era un crisol de legendarios cazadores blancos, convertirse en un “primero entre iguales”, no era poca cosa. Solo recordemos algunos de los nombres que vivían y operaban allí. Tipos como John Hunter, Alan Black (el primer White Hunter de la historia), los hermanos Clifford y Harold Hill, el decano Philip Percival, Bill Judd, Victor Newland, Leslie Tarlton, el veterano Frederick Courtney Selous, y los futuros cazadores Dennis Finch-Hatton y Bror Blixen-Finecke. Todos ellos respetaban y admiraban a Fritz. Todos ellos cazaban en las planicies del Serengueti, bebían y jugaban en el Norfolk y en el Stanley Hotel.
Aclaro que todavía no se había inaugurado en la ciudad el mítico Muthaiga Club, donde el Happy Valley disfrutaba de la vida social y sexual de la colonia.
Cuando Fritz no estaba en safari, era habitual verlo en las galerías del Norfolk jugando cartas, y apostando fuertes sumas de dinero, con varios soberanos de oro en su mesa. Su reconocimiento profesional y el flujo de clientes que lo contrataban, le permitía llevar una vida sibarítica mientras estaba en la ciudad. Tenía gustos caros. Apreciaba los buenos vinos y favorecía el buen comer. Vestía  impecablemente. Cada vez que volvía de un safari, sucio, agotado y con la ropa hecha girones, aparecía dos horas después en el lobby del hotel, perfectamente afeitado, con pantalones de montar tipo breeches, de color blanco, botas de caña alta siempre bien lustradas, y un bigote cuidadosamente engrasado de estilo imperial. Y naturalmente, listo para un trago, una partida de whist o para bailar con algunas de las damas que ocasionalmente se alojaban en el hotel.  
Era considerado además, el mejor polista de la colonia. Lo que no era poca cosa, para un lugar plagado de jinetes ingleses, muchos de ellos provenientes de destinos en la India Imperial, donde el polo era el deporte nacional.
Cazaba siempre a caballo, montado sobre una yegua de polo árabe. Y a la hora de enfrentar especies peligrosas, utilizaba un rifle doble, que dicen, dominaba con maestría. Una vez voló media docena de tejas de un edifico de la avenida principal de Nairobi, sólo por el gusto de mostrar su puntería. No fue muy agradable para los apacibles transeúntes ocasionales de Government Road, pero mostró una vez más su excentricidad y desparpajo. Nunca falló con su doble ante la carga de una fiera peligrosa. Bueno, una vez sí erró, y fue la última.

Entre la locura y la temeridad
Parte del prestigio como cazador profesional radicaba en que hacía todo lo que los clientes le pedían, sin importar el riesgo. Claro que esta es una gran cualidad para alguien en el mercado de servicios, pero el mismo Hunter decía que muchas veces para entender su comportamiento hacía falta un psicólogo.
Hay varias historias que lo pintan de pies a cabeza. 
Una vez, estaba guiando al dueño del banco Barclays de Londres y a sus dos hijas, cuando un rinoceronte atacó a la mayor, quien se trepó desesperada a un árbol. A los gritos pidió ayuda a Fritz, que desmontó y antes de abatir al pobre animal, jugó con él debajo de ese árbol y de la aterrada chica, esquivando sus embestidas mortales.  
Se cuenta que otra vez, le arrojó una botella vacía de cerveza a un león, para obligarlo a cargar y así poder dispararle con su doble. En otra oportunidad, cazando leones, abatió a uno que quedó mal herido, y mientras agonizaba sostuvo la cabeza del temible animal en su regazo, acariciándola hasta que finalmente el león murió. Una locura, sin dudas.
El cliente de ese momento, tomó una fotografía que fue exhibida en el bar del Norfolk con una leyenda escrita de puño y letra por Fritz, que decía: “Muriendo en mis brazos”. John Hunter recuerda que una noche en ese mismo bar, el austríaco discutió fuertemente con otro colega. La discusión se fue haciendo cada vez más violenta, hasta que el cazador le dijo “una palabra más Fritz, y por Dios que morirá usted en mis brazos”.
Esa famosa foto estuvo en el bar hasta el 31 de Diciembre de 1980, cuando una bomba hizo volar por el aire el comedor y el bar del Norfolk, en un ataque terrorista perpetrado por la infame OLP (Organización para la Liberación de Palestina). 

Perros, leones, caballos y videos
Hacia finales de 1913, el empresario y playboy estadounidense Paul Rainey, viajó a África para realizar un safari y filmar algunas escenas de caza, especialmente de leones. Había sido invitado por Lord Delamere un año antes, para que lo ayudara a terminar con varios felinos problemáticos que asolaban las granjas de Naivasha, Nakuru y Elementeita en el Gran Valle del Rift.
Rainey era un aventurero que viajaba por el mundo, filmando y cazando. Otro personaje de novela, que por ejemplo, al ser rechazado por el ejército británico para el servicio activo en la Primera Guerra Mundial por problemas de salud, compró una ambulancia y la condujo hasta el frente occidental europeo, como una forma de participar privadamente en el esfuerzo de guerra.
La idea que tenía era la de cazar leones utilizando perros, los mismos que usaba en Alaska para capturar Grizzlis, y además tomar imágenes de ataques frontales verdaderos. Para eso contactó primeramente a los hermanos Hill, quienes luego de escuchar lo que Rainey quería, rechazaron el trabajo, así como una suculenta paga. Pero al mismo tiempo, recomendaron a Fritz, quien seguramente aceptaría, más que por el dinero, por el placer de enfrentar a las fieras, a caballo y con su doble exprés. Y Fritz aceptó, como era de esperar.

El último safari
Rainey levantó campamento a unos cien kilómetros al oeste de Nairobi. Tenía todos los lujos que se podían tener en ese momento. Hasta contaba con un chimpancé, que fumaba cigarrillos y andaba vestido con ropas de safari diseñadas por Ahmed, el legendario sastre de los cazadores de Kenia.
Toda esa área de caza estaba infestada de leones, tantos que en quince días de safari, cazaron doce machos, pero sin poder filmar ninguna carga. 
Para ello el plan de ambos era que una vez que detectaban al felino, le largaban los perros para acorralarlo y evitar que escape. Luego Fritz se acercaría montado en su yegua de polo y lo atraería hacia Rainey, quien estaría detrás del pesado trípode filmando las escenas. Instantes después abatiría al león desde su montura, antes de que este se coma al camarógrafo. Una mañana a poco de salir del campamento, un león fue localizado en la boca de la garganta Ngasawa. Lo rastrearon por algún tiempo en la zona del Monte Longonot, al sudeste del Lago Naivasha, hasta que los perros lo ubicaron e hicieron que el león se metiera en un matorral. La partida de caza, aprovechó la oportunidad. Colocaron la cámara filmadora a unos 20 metros fuera de la maleza. Fritz propuso internarse en el matorral montado a caballo para atraer al león hacia la cámara. Todos de acuerdo de nuevo, y Fritz desapareció de la vista del grupo a paso cauteloso.
Unos instantes más tarde, se topó con el león. Rainey escuchó el rugido. Una fracción de segundo más tarde, el león saltó directamente sobre la yegua, derribando a Fritz de su silla. Este cayó parado al suelo y alcanzó a disparar los dos cañones de su doble a quemarropa. Pero falló.
El león lo cargó directo, y con sus fauces le abrió el abdomen de dos dentelladas, y huyo nuevamente a la seguridad del pastizal. Al acercarse el resto del grupo para ayudar a Fritz que yacía tendido sobre un charco de sangre, el león volvió a atacar, y ahí sí pudieron abatirlo.
Fritz, con muchos dolores, fue transportado hacia el campamento, donde lo vendaron y trataron las heridas con permanganato de potasio. De allí, fue llevado en el auto de Rainey hasta Naivasha, donde encontraron un médico en el hotel de la zona. A la noche de ese mismo día, lo subieron finalmente en un tren especial que lo condujo hacia Nairobi.
Fue internado en el Scott Sanatorium, donde trabajaba Violet, su novia de entonces. En medio de sufrimientos insoportables, murió tres días después, el 26 de Enero de 1914. El parte de defunción acusaba un cuadro agravado de peritonitis. Fue enterrado en el cementerio sur de Nairobi.
Como Aquiles, murió joven pero su recuerdo sobrevive. Sin embargo, con él también comenzaron a desaparecer varias épocas. La de los imperios, de a poco la de los dandis aventureros, y por último, la de los legendarios Cazadores Blancos, aquellos distinguidos caballeros que dieron brillo a la era más trascendente de los safaris en África.  






domingo, 25 de junio de 2017

Barón Bror von Blixen-Finecke "Amoríos y fieras salvajes"




Por Eber Gómez Berrade

El Barón von Blixen-Finecke fue uno de los más refinados cazadores blancos que operaron en el Este de África entre las dos guerras mundiales. Estuvo casado con la escritora danesa Karen Dinesen, quien lo recuerda en su clásica obra “Out of Africa”, con exquisita pluma y algo de parcialidad. Se casó cuatro veces y vivió innumerables romances. Fue socio de Philip Percival, el decano de los cazadores. Amigo de Hemingway y de su esposa, la corresponsal de guerra Martha Gelhorm. Guió al Príncipe de Gales entre otras tantas celebridades y escribió un libro autobiográfico, que se convirtió en un clásico de la literatura de safaris en África.
Paradójicamente y debido a las semblanzas descriptas por Karen Dinesen en su libro, y posteriormente, con la actuación de Karl Maria Brandauer que lo interpreta en la película “Africa mía”, queda la impresión de que Blixen ha sido un personaje secundario, apenas la contra figura de un carismático Finch Hatton, encarnado por Robert Redford. Cuando en realidad, fue uno de los profesionales más buscados de su tiempo y un explorador intrépido que recorrió el este de África como pocos. Su vida sin dudas, hubiera sido digna de ser contada en una película propia.  
Injusticias de Hollywood aparte, lo que sí es verdad es que fue muy mujeriego. Le tocó vivir además en el famoso “Happy Valley” de Kenia, en la década del 1920. Un polo de atracción de hombres y mujeres apasionados por la aventura, tanto en la naturaleza como en la intimidad de las habitaciones. El famoso Muthaiga Club de Nairobi, fue mudo testigo de infinidad de indiscreciones, amoríos, traiciones y excesos de todo tipo. Y Bror fue sin dudas, uno de los personajes principales de esa era.

Suecia natal
Su nombre completo era Bror Frederik von Blixen-Finecke. Nació, junto con su hermano gemelo Hans, un 25 de Julio de 1886, en el estado sueco de Nasbyholm, en el seno de una familia aristocrática, por lo que recibió el título de Barón.
Ya de chico mostró una afición por la caza, los caballos y los perros que era  inversamente proporcional a su afición por el estudio y la disciplina.
Sin embargo, su educación fue buena y eligió dedicarse a la agricultura. Al terminar el colegio, pudo manejar un pequeño establecimiento agropecuario local. La zona de Nasbyholm tenía también, excelentes campos para la caza menor, y allí fue donde se enamoró de Karen Dinesen, su prima segunda, con quien comenzó de inmediato a hacer planes para casarse e irse a vivir al extranjero.

Memorias de África
Para ese entonces las historias de safaris africanos realizados por alguno de sus familiares, había inflamado la imaginación de los dos jóvenes, sellando el destino de su futura y corta relación. Así fue que Bror zarpó para el África oriental Británica (como se denominaba a Kenia por aquellos años), y adquirió una parcela de tierra a unos 15 kilómetros al oeste de Nairobi, para convertirla en una plantación de café. El emprendimiento se llamó Karen Coffee Company. Tenía 26 años y ni la menor idea de lo que estaba por vivir en los años venideros.
Así fue que algunos meses después de su llegada a la colonia británica, estalló la primera guerra mundial, implicando al Imperio en la más grande conflagración jamás vivida, hasta ese momento.
Mientras los ingleses y franceses se aprestaban a combatir a los alemanes en las trincheras de Europa, Karen -a quien todos llamaban Tanne-, arribó en barco al puerto de Mombasa, y sin perder mucho tiempo, se casó con Bror. En el barco rumbo a África, Karen conoció al general alemán Paul von Lettow-Vorbeck y al Príncipe Guillermo de Suecia, hermano del futuro rey Gustav VI. Fue Guillermo quien se ofreció llevar desde Mombasa, a la pareja de recién casados en su vagón especial del tren a Nairobi. Al amanecer, Karen y Bror desayunaron a bordo con una vista increíble de las planicies Athi, un sol inmenso y manadas interminables de fauna salvaje. El matrimonio iba sobre rieles, literalmente.
Ya establecidos en su propiedad, la pareja disfrutaba de la convivencia, de sus nuevos y muchos amigos, de fiestas en el Muthaiga y de excursiones de caza. Bror inició a Karen en la caza mayor y le regaló un Mannlicher Shoenauer calibre .256, ideal para especies de planicie.

Los años de la Gran Guerra
Los efectos de la guerra en Francia, no se hicieron esperar mucho para llegar a la colonia africana. Karen comenzó a ser sospechada de colaboración con Alemania por parte de algunos granjeros ingleses, aduciendo su amistad con el general von Lettow, quien era en ese momento la mayor amenaza a las tropas británicas en la frontera con Tanganica. Sin embargo, las dudas sobre su lealtad se disiparon cuando se conoció la noticia de que su hermano, Thomas Dinesen, había sido condecorado por el mismísimo Rey Jorge de Inglaterra  con la Cruz Victoria al valor, mientras servía en el regimiento de Rifleros del Quebec Canadiense. Bror mismo estuvo involucrado con el esfuerzo de guerra británico en la colonia. Se unió como voluntario en las fuerzas de caballería Sudafricana denominada Bowker´s Horse, que estaban desplegadas en la frontera con la Tanganica en poder alemán. Allí junto a las tropas de Lord Delamere, intentaban detener el avance germano de las catorce compañías de la temible Schutztruppe, comandada por el general von Lettow-Vorbeck.

Safaris y amoríos
Aquellos años que duró el conflicto estuvieron lejos de ser idílicos. La economía colapsó, los precios de los commodities se dispararon, los hombres marchaban voluntarios al frente de batalla, las mujeres y los niños eran internados en campamentos del Ejército, por temor a ser blanco de una revuelta indígena. El matrimonio con Karen también cayó en desgracia. La guerra no tuvo tanto que ver, más bien las infidelidades de Bror que ya eran muy evidentes y nada discretas. Karen se contagió sífilis de su esposo, y debido a eso, perdió toda esperanza de ser madre.
Para 1921 la pareja estaba divorciada, la compañía vendida y Bror iniciaba así una nueva vida, como cazador blanco. Esta nueva etapa incluía un nuevo amor, como era de esperarse.
La elegida fue una bella mujer casada, llamada Jacqueline Birkbeck, apodada Cockie. El amorío surgió mientras el esposo de Cockie se encontraba de viaje en Inglaterra. El romance duró bastante tiempo, para los estándares de Bror, claro. La pareja se casó en 1928 y en esos años, su situación económica no era muy buena. A pesar de su éxito como cazador blanco, siempre parecía hallarse al borde de la quiera.
Cuentan los que lo conocieron, que era incansable. Podía seguir el rastro de un elefante durante días, o pasarse noches bebiendo y contando historias sin mostrar la menor fatiga. Cuando no guiaba clientes, salía a explorar, nuevos lugares para sus cacerías junto a sus nativos. Siempre tuvo una excelente relación con su personal, especialmente con Simba, un rastreador de la tribu WaLiangulu. Los nativos, siempre adeptos a re bautizar a los blancos con nombres más apropiados que los propios, lo llamaron Waboga, ganso salvaje, en idioma Mbulu.
Blixen recorrió prácticamente todo el este de África. Abrió caminos en regiones inhóspitas, que serían utilizadas años más tarde por guarda parques y cazadores. Recorrió extensivamente lo que luego sería el Parque Nacional Tsavo y cazó a lo largo del río Tiva, las colinas Dakadima y Mutha, Tanganica, Uganda, Sudán, y también viajó por el lago Chad, Tombuctú y el Congo Belga en el África central.  Cazó incontables especies de planicie, los cinco grandes de caz apeligrosa, bongo y eland gigante de Lord Derby, y llegó a obtener cuatro elefantes de más de 116 libras en un safari, un record sólo superado muchos años más tarde en la década del 50.  
Fue también uno de los primeros en utilizar aviones para hacer reconocimiento de áreas de caza, detectar manadas y elegir lugares apropiados para eventuales campamentos. Hasta ese entonces, el uso de aviones como ayuda a la cacería, estaba en discusión desde el punto de vista de la ética deportiva. Finalmente, la legendaria EAPHA (East African Professional Hunter´s Association), liderada por Philip Percival, decidió que la incipiente aeronáutica podría asistir a la industria de safaris, siempre y cuando se mantuviesen y respetasen las leyes de la caza, de acuerdo a los más estrictos códigos de ética británicos. Como Bror no era aviador, la encargada de pilotear el avión en el que él viajaba, era Beryl Markham. Una joven intrépida e inteligente, que recordaba por su belleza a Greta Garbo en sus mejores años, y era una consumada aviadora. Beryl era además una excelente amazona y criadora de caballos de carrera. Pero fue en la aviación y en la literatura donde encontró el reconocimiento internacional. Los dos sobrevolaban el Voi, Maktau, Kasigu en las áreas de Kilibasi, y muchos otros lugares de Kenia, buscaban desde el aire manadas de elefantes, acampaban en medio de la sabana y bebían champagne en interminables fogones. Naturalmente lo que siguió es fácilmente imaginable. Se convirtieron en amantes por algún tiempo. Luego Beryl comenzó a salir con Dennis Finch Hatton, que era en ese entonces, el amante de Karen Blixen, la ex de Bror. No por nada le decían “Happy Valley” a Kenia en la década del 20.

Safaris y clientes
En su carrera profesional fue contratado por poderosos empresarios y celebridades internacionales. Era uno de los cazadores más solicitados. Guió entre otros, a Winston Guest, renombrado polista estadounidense; a Sir John Delves Broughton, un terrateniente inglés casado con una bella, joven y no muy leal esposa; a Eduardo, Príncipe de Gales, heredero al trono de la corona Británica; al magnate estadounidense Alfred Vanderbilt; y al coronel Richard Cooper, héroe de guerra y millonario inglés, muy bien conectado en la sociedad inglesa y norteamericana, con quien Blixen forjó una gran amistad durante años. Cooper fue quien le presentó a Ernest Hemingway. Desde el primer momento, el escritor y el cazador revelaron muchos puntos en común. A ambos los apasionaba África, la caza mayor, la pesca, la aventura, las mujeres y la bebida. Se cree que “Papa” Hemingway se inspiró en la personalidad de Bror para crear el personaje de Robert Wilson, aquel cazador blanco protagonista del cuento  “La corta y feliz vida de Francis Macomber”, en donde la esposa del cliente, mata a su marido en un safari, para quedarse con el cazador profesional. Nunca sabremos si fue así o no, lo cierto es que hay varias versiones sobre los hechos que pudieron haber inspirado a Hemingway para escribir esa obra. Ahora algo es evidente, la personalidad mujeriega de Bror caía como anillo al dedo para alimentar esa teoría.
A pesar de ser uno de los cazadores blancos mejor pagos de África, la situación económica de Bror y su esposa Cockie no mejoraba. Fue por eso que su amigo y cliente, el coronel Cooper, le ofreció a la pareja una renta de 800 libras al año para administrar una plantación de café de su propiedad en Tanganica. La pareja aceptó y comenzó a trabajar en la granja, mientras además Bror guiaba algún que otro safari de manera esporádica. Eso era lo que lo apasionaba. Eso y las mujeres, naturalmente.
Un día en 1932, llegó de visita a la granja donde trabajaba, Eva Dickson, una bellísima sueca. Rubia, alta, con piernas interminables, aventurera, piloto de rally, aviadora y escritora. En ese momento, Cockie estaba justo en Inglaterra visitando a su familia. A esta altura, creo que tampoco es muy difícil adivinar lo que sigue. Tórrido romance, infidelidad, divorcio de Cockie, y finalmente boda con Eva, un par de años más tarde. El titulo de Baronesa Blixen, iba a pasar de manos una vez más.

Otra nueva esposa
Así, en 1935 la pareja se casó en Nueva York, y se fue de luna de miel en un crucero de pesca por Cuba y las islas Bahamas, junto a Hemingway y su nueva esposa, Martha Gelhorm, reconocida e audaz corresponsal de guerra estadounidense.
Las aventuras de Eva iban a llegar a la tapa de los diarios de la época en más de una oportunidad. Se convirtió en la tercera mujer sueca que obtuvo su licencia de piloto de avión. Manejó desde Nairobi hasta Estocolmo y se convirtió así en la primera mujer que atravesó el desierto del Sahara en auto. Participó en varias expediciones científicas en Kenia, y en 1935 cubrió como reportera de guerra la crisis de Abisinia, en la actual Etiopía.
Dos años más tarde, decidió unir en solitario Suecia y China en automóvil, a través de la Ruta de la Seda. Partió de Estocolmo, atravesó Alemania, Polonia, Rumania, Turquía, Siria, Irán, Afganistán e India. En Calcuta enfermó y decidió volver a Europa, de la misma manera: sola y en automóvil. En su camino de vuelta en Bagdad, una noche de Marzo de 1938, luego de una cena en un hotel, perdió el control de su vehículo, chocó y murió en el acto. La embajada envió a Bror un telegrama informándole la terrible noticia, pero como estaba en safari recién lo recibió a su regreso a la ciudad, en el mes de Julio. Para ese entonces, el cuerpo de Eva había sido enviado a Estocolmo y enterrado hacía ya tres meses.  

Suecia finalmente

Ese año marcaría otro punto de inflexión en la vida de barón Blixen. Además de perder a su esposa, decidió abandonar definitivamente la cacería profesional y se mudó a Suecia. En Estocolmo volvería a casarse por cuarta vez, y se estableció cerca de su familia y amigos, pero lejos, muy lejos de la aventura.
No pasó mucho tiempo de esta vida tranquilla y familiar, que el 4 de Marzo de 1946 protagonizó un accidente de auto, encontrando la muerte de manera instantánea. Así terminó su vida, luego de haberse enfrentado a fieras salvajes, aviones precarios y maridos celosos. Tenía entonces 60 años. Dejó tras de sí, muchas historias divertidas, encuentros mano a mano con los cinco grandes, un libro autobiográfico llamado “African hunter”, y una excelente reputación profesional que lo ubica sin lugar a dudas, entre los mejores cazadores blancos que vivieron durante la legendaria época de oro de los safaris en el continente negro.




martes, 25 de abril de 2017

Conde László Almásy "Andanzas de un Paciente Inglés"




Por Eber Gómez Berrade

La figura del conde László Almásy, fue re descubierta hace dos décadas gracias a la novela y la película “El Paciente Inglés”. Allí se retrata una parte de su vida ficcionada, que tiene a la Segunda Guerra Mundial como escenario omnipresente. Pero por buena que sean ambas obras, apenas si pueden reflejar las extraordinarias vicisitudes de este aristócrata austro-húngaro que descolló en muchas actividades a lo largo de su vida. La menos conocida tal vez, fue la de cazador blanco en África oriental. Entre sus múltiples facetas, se destacó como piloto de avión, mecánico, explorador, arqueólogo, militar condecorado y espía. Hablaba seis idiomas, los beduinos del desierto lo llamaban Abu Ramla, “Padre de las Arenas”, y aún hoy es considerado como el padre de la aviación egipcia. Sin dudas, un personaje fascinante y un cazador atípico que hizo de su vida una entretenida novela de intrigas y aventuras.

Un libro y una película
Michael Ondaatje fue quien en su libro “El Paciente Inglés”, publicado en 1992, rescató del olvido a este personaje. Para eso Ondaatje, escritor nacido en Ceilán (hoy Sri Lanka), eligió dos períodos en la vida de Almásy para contar su propia visión sobre la fidelidad, la traición y el amor en tiempos de guerra. Ubicó a sus personajes en el desierto libio, antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial, y en un monasterio abandonado en Italia, justo al término de la contienda.
Cuatro años después del libro, Anthony Minghella, llevó la historia al cine bajo el mismo nombre. De esa manera, “El Paciente Inglés”, se convirtió en un éxito cinematográfico indiscutido en todo el mundo. Lo cierto es que tanto el libro como la película, pendulan con espíritu borgeano, entre la realidad y la fantasía más absoluta. Ambos tienen el mérito de haber descubierto un personaje que vale la pena conocer, aunque la historia contada está lejos de ser verdadera. En principio Almásy sí exploró el desierto libio en busca del legendario oasis de Zerzura. Y también es cierto que una pareja de arqueólogos, el matrimonio Clayton, se unió a la expedición patrocinada por la Royal Geographical Society de Londres, como lo hicieran en la ficción el matrimonio Clifton. De ahí en más, nada es real. La relación amorosa de Almásy con Lady Clayton, es totalmente improbable, porque era un confeso homosexual. Su participación en la guerra, fue ciertamente más contundente que la que narra la novela, ya que combatió abiertamente bajo las órdenes del Mariscal Rommel en el Afrika Corps. Y no murió en Italia como un ignoto paciente inglés, sino seis años después de terminada la guerra, en Austria y a causa de disentería contraída en un safari de caza mayor en Mozambique. Conocer la historia real de László Almásy, es sin dudas, zambullirse en otra novela, con menos romances pero con mucha más aventura.

Aristócrata y piloto
László Ede Almásy, nació en el seno de una familia aristocrática, el 22 de Agosto de 1895 en la ciudad de Bernstein, en aquel momento territorio Austro-Húngaro. Su padre fue un reconocido explorador, zoólogo y etnógrafo, quien supo transmitir la pasión por la aventura a sus dos hijos László y Janos. A los catorce años, su padre lo envió a una escuela en Graz, Austria. Allí construyó él mismo un planeador, con el que se fracturó tres costillas en su primer despegue. Lejos de intimidarse, el muchacho siguió con su pasión por el vuelo y la mecánica. En 1911 fue enviado a Inglaterra para completar su educación en la Berrow School. Al año siguiente sacó su primera licencia de vuelo. Al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914 decidió volver a su patria, y enlistarse junto a Janos, en el 11° Regimiento de Húsares. Poco tiempo después, estaba combatiendo en el frente oriental, enfrentando a tropas serbias y rusas. Dos años más tarde, al ser transferido a la Fuerza Aérea del Imperio Austro Húngaro, llegó su oportunidad para hacer lo que más le gustaba, volar. En ese cuerpo se convirtió en un as de la aviación, siendo condecorado en 1917 con la Medalla al Valor en Combate, por el Rey Ferdinand de Bulgaria. Un año más tarde, su avión fue derribado en el norte de Italia. Salió con vida, pero a partir de ese momento, y hasta el fin de las hostilidades, fue instructor de vuelo en la ciudad austríaca de Neustadt.
Una vez terminada la guerra, volvió a Inglaterra, donde ingresó al Instituto Técnico Eastborne y fue miembro de su famoso aeroclub. En esta época participo del Movimiento Scout, iniciado por Sir Robert Baden-Powell. 
De vuelta en Hungría, tuvo la oportunidad de codearse con la realeza local, conociendo al Rey Karl IV en persona. Fue gracias a esta relación que recibió el título de conde, aunque existen versiones que aseguran que tal distinción, nunca fue legitimada. Lo cierto es que a Almásy, ese pequeño detalle nunca le importó demasiado.

Cazador Blanco en África
La afición de Almásy por la caza comenzó en su temprana infancia. Influenciado por las dotes aventureras de su padre, Almásy escuchaba sus historias, devoraba literatura cinegética y disparaba cada vez que podía en los inmensos parques que rodeaban el castillo familiar. La caza era casi una obligación para un joven de la aristocracia austro-húngara. Tenía una gran facilidad para aprender idiomas, solvencia en el manejo de armas, y una gran puntería, que según dicen, le fue muy útil en sus safaris abatiendo animales peligrosos heridos por sus clientes. Sin embargo, fueron sus conocimientos de mecánica y sus condiciones de piloto, los que lo llevaron a emplearse en la fábrica Steyr de Automóviles en el año 1921, como agente de la compañía, piloto de pruebas y de competición. Allí volvió a destacarse como deportista, ganando varias carreras organizadas por esa fábrica austríaca. En el año 1926 convenció a un amigo suyo -muy rico y de sangre azul-, el Príncipe Antal Eszterházy, para que lo acompañara en un rally africano patrocinado por Steyr. La ruta elegida iría desde Alejandría en Egipto, hasta Jartum, en el Sudán. Luego de terminado el rally, ambos comenzaron un safari de caza mayor utilizando los mismo automóviles, y se dirigieron hasta el río Dinder, un tributario del Nilo Azul, que recorre Etiopía y Sudán. Una ruta que nunca había sido recorrida por europeos, y mucho menos en auto. Esta expedición duró dos meses, lo convirtió en el primer deportista en cruzar el desierto de Nubia, y marcó otro punto de inflexión en su vida. Su pasión por la exploración de los grandes desiertos.  
A partir de entonces, Almásy volvería a esos lugares inhóspitos una y otra vez, probando vehículos de Steyr, cazando y guiando por todo el Este de África. 
En 1929 lideró un safari guiando al Príncipe Ferdinand de Liechtenstein y al empresario británico Anthony Brunner. La partida llevó dos camiones Steyr, especialmente preparados para conducir en la arena, y partió de Mombasa, en Kenia, con rumbo hacia El Cairo. Para registrar el safari, llevaron al camarógrafo Rudi Mayer, quien realizó un documental denominado “A través de África en automóvil”. En este largo safari, Almásy y sus clientes cazaron leones, búfalos, hipopótamos y numerosas especies de planicies, algunas de las cuales aún hoy figuran en el libro de records de Rowland Ward.
Además de coleccionar trofeos de caza, y probar los camiones Steyr, el grupo recorrió el famoso Dar el Arbain, la “Ruta de los 40 Días”, que antiguamente conectaba el tráfico de mercaderías y esclavos desde Egipto hasta Sudán. Además fueron los primero europeos en cruzar el Sudd, el truculento e inmenso pantano formado por el Nilo Blanco en el Sudán del Sur. Todo un hito de la exploración moderna.
Al año siguiente, Almasy volvió a liderar otro safari, pero esta vez guiando al Conde Szigmond Szechenyi, y al Príncipe Youssef Kemal al-Dine Hussain, cazador, renombrado explorador de desierto y muy rico, quien luego patrocinaría las expediciones arqueológicas de Almásy. De esa manera, fue tejiendo una extensa red de clientes nobles y aristócratas, que guiaba en safaris en Tanzania, Kenia, Sudan, Uganda y Etiopía.

El Padre de las Arenas
Las valiosas conexiones sociales de Almásy, también lo llevaron a participar en diversas exploraciones en el norte de África. No todas exitosas, valga la aclaración. En 1931, acompañando al Conde Nándor Zichy, partió de Budapest en un biplano De Havilland Gipsy Moth con la intención de explorar el desierto Libio desde el aire. Se fueron a pique cerca de Aleppo, en Siria, salvándose de milagro. Del avión no quedó nada.  
Lejos de rendirse, Almásy redobló la apuesta, y al año siguiente se embarcó en otra expedición, pero esta vez más ambiciosa en busca de la legendaria Zerzura, “el oasis de los pájaros”, una mítica ciudad perdida mencionada por Heródoto como la Ciudad de Dionisio.
Lo acompañaron esa vez, tres exploradores británicos, Sir Robert Clayton East-Clayton y su esposa Lady Dorothy, el piloto comandante Hugh Penderel y Patrick Clayton. Además de autos especialmente diseñados para las dunas, volvieron a usar un biplano De Havilland Gipsy Moth. Por tierra y por aire pudieron explorar y cartografiar la meseta del Gilf Kebir, de una gran riqueza arqueológica. Finalmente en 1933, y luego de varias exploraciones, el grupo descubrió el Paso de Aqaba que corta en dos el Gilf Kebir. Luego llegó al oasis de Kufrah, y posteriormente descubrió el tercer valle de Zerzura. Con esas áreas debidamente mapeadas -y que eran anunciadas por la leyenda-, el mítico oasis pudo ser ubicado definitivamente.
A partir de ese año y hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1939, Almásy llevó adelante numerosas incursiones en el desierto norafricano junto a otros destacados exploradores como el Dr. László Kadar, Richard Bermann, Joachim von der Esch y el brigadier Ralph Bagnold, fundador del mitológico Long Range Desert Group del Ejército Británico -los comandos que supieron atosigar a las fuerzas del Zorro del Desierto en la Segunda Guerra-.
Es ésta etapa de su vida, la que Ondaatje retrata en su novela. Entre sus logros arqueológicos más destacados figuran, el descubrimiento de la Cueva de los Nadadores, repleta de pinturas rupestres del neolítico, ubicada en la meseta del Gilf Kebir, y la exploración del Gran Mar de Arena de Abu Ballas, en el que buscaban indicios del ejército perdido del rey Persa Cambises II, del que también hablaba Heródoto en sus escritos.
Paralelamente a sus actividades arqueológicas, Almásy se dedicó a la aviación en Egipto. Recibió la primera licencia de piloto expedida en ese país, fundó la primera escuela de vuelo a vela, dictó cursos en el aeropuerto de Almaza en el Cairo, y realizó el primer vuelo en planeador sobre las pirámides de Giza. El impulso que le dio a la incipiente aeronáutica egipcia, aún es recordado en la actualidad.

La Segunda Guerra Mundial

Con el estallido de la guerra en 1939, terminaron los días de Almásy en Egipto. Por lo menos como civil. Una de las primeras cosas que hizo, fue volver a Hungría y enlistarse como oficial en la Fuerza Aérea Húngara.  A estas alturas, con los conocimientos que tenía sobre el desierto del norte de África, especialmente de las rutas en la frontera entre Libia y Egipto, los idiomas que hablaba -entre ellos el árabe-, y su pasado militar, los británicos creían que espiaba para los italianos, y los italianos que lo hacía para los británicos. Lo cierto es que al ingresar en la aeronáutica húngara, y Hungría ser un aliado de Alemania, Almásy fue asignado al Afrika Corps de Rommel como capitán de la Luftwaffe. 
Su misión más resonante en esa área fue la denominada Operación Salam, que consistió en infiltrar a dos espías alemanes que debían llegar a El Cairo, en manos de los británicos. La tarea era guiarlos a través de los oasis, a lo largo de 3.000 kilómetros, y detrás de las líneas enemigas en el desierto libio. La operación organizada por la inteligencia alemana, contó con apoyo de la División Brandeburgo. Almásy atravesó el desierto exitosamente, y dejó a los espías en la ciudad egipcia de Asiut. La misión subsiguiente (sin participación de Almásy), la Operación Cóndor, terminó en un rotundo fracaso, debido a que los analistas de inteligencia británicos de Bletchley Park, habían descifrado los códigos que usaban los espías alemanes. Por su participación en la Operación Salam, Almásy fue condecorado con la Cruz de Hierro y la promoción al grado de Mayor en el ejército de Rommel.   

Un aventurero hasta el fin
Al terminar la guerra, en 1945, volvió a Hungría, que para ese entonces estaba ocupada por los soviéticos. Teniendo en cuenta su participación como oficial alemán, quedó arrestado inmediatamente por el gobierno comunista húngaro, y fue acusado de crímenes de guerra y traición a la patria por haber servido a una potencia extranjera. Pero como si esto no fuera ya suficiente material para una extensa novela de aventuras, Almásy le agregó condimento a uno de los últimos capítulos. Se fugó de la prisión. Y ayudado por quien?, por el MI6 de la inteligencia británica. La misma que lo había perseguido un par de años antes por los desiertos de Libia. Los británicos le dieron un pasaporte falso bajo el nombre de Josef Grossman y lo introdujeron en Austria. Perseguido por comandos de la KGB, lo llevaron a Roma y de ahí a El Cairo nuevamente. Como es de imaginarse, aún no está clara la participación ni los motivos de la inteligencia británica, pero todo hace suponer que la ayuda en la fuga, fue alguna retribución por servicios prestados en la guerra como doble espía. 
Establecido nuevamente en El Cairo, retomó su vieja profesión de Cazador Profesional. El mundo de los safaris había cambiado desde sus andanzas en la década del 20, sin embargo supo adecuarse al negocio una vez más. Paralelamente, en Diciembre de 1950, el Rey Faruq de Egipto, lo nombró director del Instituto de Investigación del Desierto Egipcio.
En 1951, durante una visita a Salzburgo, en Austria, cayó enfermo por disentería, una infección que contrajo en un safari de caza en Mozambique el año anterior. Su último safari. Finalmente una ameba pudo lo que el desierto, animales de caza peligrosa, accidentes aéreos, soldados y espías no pudieron lograr. Falleció el 22 de Marzo de ese año y fue enterrado en esa ciudad. El epitafio en su tumba dice: “Piloto, Explorador del Sahara y descubridor del Oasis de Zerzura”. Breves y justos calificativos para quien nunca en su vida, fue un paciente inglés.  


lunes, 27 de marzo de 2017

10 claves para enfrentar los 5 Grandes



Por Eber Gómez Berrade


Adentrarse en el continente africano para cazar cualquiera de las especies de caza peligrosa, demanda al cazador deportivo, una serie de conocimientos específicos para realizar su tarea con éxito y de una manera segura. Así es que el conocimiento de patrones de comportamiento animal, -mandatorio en el trabajo del profesional-, será sin dudas también muy útil para el cazador en su safari. En este artículo, presentamos un decálogo de pautas a tener en cuenta, para comprender algunas características de comportamiento de las especies de caza peligrosa en África.
  
1.- Conocer la zona de seguridad
La diferencia entre los cinco grandes (u ocho, si agregamos dos especies de rinocerontes, y sumamos al cocodrilo y al hipopótamo), con lo que se denomina, especies de planicie, radica básicamente la reacción que tienen los animales de ambas categorías ante una agresión, o ante la invasión de su zona de seguridad. Claramente en el caso de las especies de planicie, huirán. En el caso de los cinco grandes, también lo harán, pero además podrán atacar al agresor o al invasor. El ataque, está dentro de su menú de comportamiento.
Existen dos áreas que perciben los animales, a las que podría denominar de escape y de ataque. La de escape, es obviamente más grande que la de ataque, y ambas variarán de acuerdo a cada especie, y a las condiciones especiales en cada caso. Una hembra de elefante si está con cría, tendrá áreas considerablemente mayores a las de un macho viejo y solitario. Para poner un ejemplo, en el caso de un león, la zona de escape varía entre un radio de 35 a 50 metros. Su zona de ataque, en cambio, se reduce de 10 a 20 metros. Cualquiera que la atraviese, estará a merced de una carga. Conocer de antemano estas distancias, así como la velocidad de cada especie (que en el  caso particular del león alcanza los 18 metros por segundo), es clave para estar adecuadamente preparado a la hora de medirse en un mano a mano con cualquier animal peligroso.

2.- Evaluar los riesgos de la aproximación
Los animales reaccionan en forma diferente si lo que se acerca es una camioneta o un humano a pie. La razón, es obvia, el vehículo no es percibido como humano y por lo tanto como un riesgo. Cualquiera de las especies de caza peligrosa de África, tomarán al hombre como un potencial agresor, escapándose o atacándolo. Como mecanismo de detección y alerta, cada especie posee diferentes características. Los rinocerontes tienen una pobre agudeza visual, por lo que dependen de su percepción del movimiento. Leones y leopardos se caracterizan por su vista, y los elefantes por su fino olfato. Conocer las características sensoriales que activarán pautas de comportamiento en cada especie, será clave para tomar precauciones en la aproximación. En todos los casos, si el encuentro a pie con uno de estos animales es involuntario, es decir que no se está en actitud de cacería, lo importante es detenerse, ubicar exactamente donde está el animal, y comenzar a alejarse despacio, sin correr y ni perderlo de vista, saliendo de su zona de ataque. Si esta maniobra resulta exitosa, el animal tendrá la oportunidad de alejarse de lo que él considera un riesgo. Si no lo es, la carga estará asegurada, y el cazador deberá estar listo para enfrentarla.   

3.- Definir el concepto personal de trofeo
Una de las condiciones que históricamente se tenía en cuenta para elegir a un león como trofeo, era por su melena. Los famosos leones de melena negra, siempre han sido los más buscados por los cazadores de todos los tiempos. Sin embargo, hoy en día, al haberse convertido en una especie con estado de protección, la legislación de varios países africanos, permite cazar solo aquellos machos que sea mayores de seis años. Naturalmente la melena es un signo de edad, pero no el único. Le sirve al macho como protección en caso de pelea, y como instrumento para el cortejo con las hembras. Pero en ningún caso, es sinónimo de bravura o agresividad. Un león macho, de más de seis años, puede tener poca melena o casi ninguna, dependiendo de las zonas donde habite, y aún así ser un ejemplar muy agresivo y desafiante. Recordemos que los famosos leones cebados de Tsavo, aquella pareja llamada el “Fantasma” y la “Oscuridad”, cazados por el coronel Paterson, no tenían melena, y aún así, tuvieron una peligrosidad legendaria. Definir previamente cuál será el resultado último de la cacería, ayudará mucho en la manera de llevarla a cabo. La premisa de que, más grande es mejor, hoy afortunadamente está quedando atrás, para dar paso al concepto de que más viejo, es mejor. Este es el nuevo paradigma conservacionista que privilegia la madurez sobre el tamaño, en la consideración personal del trofeo.

4.- Buscar el desafío
Parte de este nuevo paradigma que re-significa el concepto de trofeo, se da en la búsqueda del macho solitario. Una característica que se acontece frecuentemente entre los elefantes, algunos hipopótamos y por supuesto los búfalos del Cabo. Originalmente el trofeo a considerar en el caso de estos últimos, ha sido siempre el tamaño de sus cuernos, y particularmente el tamaño de su “boss”, o protuberancia frontal, que entre otras cosas es un indicativo de la edad del ejemplar. Si bien es cierto que muchos machos tirables, se encuentran en medio de manadas, hay algunos a los que se los encuentra apartados y a los que se los denomina “dagga boys”. El término “dagga” significa barro, y se los llama así porque suelen revolcarse en el barro de los pantanos y riachos, para proteger su piel por la falta de pelaje que acaece por la edad. La atracción que despiertan estos ejemplares entre los cazadores, se centra en que son animales viejos, que ya han pasado su etapa de reproducción, pero también suelen ser más astutos, temperamentales y agresivos que sus congéneres más jóvenes. Muchas veces, su cornamenta está en regresión o con algún cuerno roto, sin embargo y a pesar de esta característica, su caza sigue atrayendo a cazadores que ponderen el desafío y el riesgo de un lance peligroso.

5.- Conocer los hábitos
Se sabe que los hipopótamos son los mamíferos que más muertes causan en África anualmente. Generalmente esto sucede con pobladores nativos y no con partidas de caza, sin embargo su inclusión a la lista de animales de caza peligrosa, está más que justificada. Hay varias situaciones en las que pueden ser cazados, la mayoría sucede cuando están en el agua. Sin embargo, la posibilidad de tirarles -estando tanto el cazador, como el animal en tierra-, es la que más atrae al deportista. Para que se de esta situación, hay que tener en cuenta los hábitos alimenticios de esta especie. Los hipopótamos salen del agua para alimentarse cuando baja el sol, cuando pueden proteger su piel de las radiaciones solares y de la deshidratación. Independientemente de las grandes distancias que pueden recorrer caminando por las noches, (10 kilómetros o más si la comida escasea), los dos momentos para ubicarlos en tierra en condiciones legales de caza, son al atardecer y al amanecer cerca de los cursos de agua. En estos casos, su peligrosidad aumenta considerablemente, por encontrarse fuera de su área de seguridad. En tierra una carga directa puede alcanzar una velocidad de 12.5 metros por segundo. Si el cazador se adecua a estas circunstancias, podrá tener la oportunidad de experimentar todo un desafío cargado de adrenalina.

6.- Identificar pautas de comportamiento  
Cuando hablamos de elefantes, identificar correctamente este compartimiento puede ser la diferencia entre la vida y la muerte del cazador. Es habitual que cuando un elefante percibe una invasión en su zona de seguridad, que esté al borde de su área de escape y entre peligrosamente a su área de ataque, cargue directamente hacia el invasor. Muchas veces, también, esta carga no es más que una forma de amedrentar y al mismo tiempo evaluar las verdaderas intenciones del agresor. Lo cierto es que es muy difícil identificar ambos comportamientos, aunque no imposible. En líneas generales, toda carga que se produzca rompiendo ramas, levantando polvo, con las orejas abiertas y barruntando estruendosamente, suele ser para amedrentar. Los ataques reales, generalmente ocurren luego de varios intentos de intimidación, o en el caso de que el animal se sienta acorralado y sin vías de escape. Entonces el ataque sobrevendrá directamente, en línea recta, y con una actitud amenazante y decidida. Naturalmente una simple intimidación puede virar a una carga directa. Estas son situaciones muy difíciles de identificar, incluso para los cazadores profesionales, que muchas veces esperan a último momento para confirmar la actitud. Esto fue lo que le sucedió el año pasado, a Ian Gibson, un profesional de Zimbabwe, quien esperó hasta el último instante para parar a un macho en celo en carga directa. Le disparó su .458 Win. Mg. A 10 yardas y no lo detuvo. El elefante herido en el cráneo lo atropelló, causándole la muerte inmediata.

7.- Mantenerse alerta
Cazar ejemplares en una manada, requiere un conocimiento especial y mucha experiencia por parte del cazador profesional, que deberá saber distinguir las posibles amenazas y tomar las medidas necesarias para resguardarse. Es posible que en una manda de búfalos o de elefantes, se encuentren machos en celo, o hembras con crías. Sin dudas, dos de los factores de riesgo más graves para el invasor que traspase la zona de seguridad. El celo en los animales produce altos niveles de testosterona en la sangre, que provocan agresividad al percibir un riesgo en sus chances de aparearse. En el caso de las hembras preñadas o con cría, la agresividad está dada por el impulso genético de defender la progenie, ampliando considerablemente su área de ataque, en la que el invasor no podrá ingresar sin ser repelido. La identificación de ejemplares de este tipo, será por lo tanto vital para poder tomar los recaudos necesarios y evitar los riesgos de una carga segura.

8.- Aprender a ver en el bush
Distinguir los detalles en el monte, es una característica que se alcanza con el tiempo. Algo que es escaso, si pensamos en un cazador que se interna en un ambiente que no conoce, como suele suceder con los extranjeros en un safari en África. Para suplantar esa falta de experiencia, es recomendable estudiar  algunos patrones de comportamiento que tienen las especies para camuflarse y mimetizarse. Algunas especies desarrollan un pelaje de color similar al terreno para esconderse, como el caso del león. Otras poseen pelaje con coloración disruptiva, para “desfigurar” su forma corporal y esto lo logran con rayas, o con manchas obscuras, como el caso de los leopardos. Los búfalos, en cambio poseen la capacidad de “disfrazarse” de algo no viviente, por ejemplo una roca o una sombra en medio del monte, manteniéndose inmóviles por un largo período. Existen varios patrones de ocultamiento en la naturaleza que son realmente asombrosos. Tal vez el ojo del cazador no pueda distinguir la pieza a un simple golpe de vista, pero le ayudará un poco, conocer cuáles son los mecanismos de defensa mimética de la especie que está cazando.     

9.- Identificar hábitat y territorio
Otra condición bastante útil para enfrentar especies de caza peligrosa, es saber diferenciar el hábitat del territorio. Esto es importante, en especial para aquellas especies consideradas territoriales, como es el caso de los leones y leopardos. Se denomina territorio al terreno marcado por una animal mediante secreción glandular o excreciones urogenitales. Los territorios son específicos en cada especie. Por ejemplo, un león y un leopardo, pueden convivir en un mismo hábitat, y sus territorios pueden sobreponerse, sin embargo ninguna especie se defenderá de la otra, hasta tanto no exista una amenaza real de acuerdo a criterios de sobrepoblación o disponibilidad de alimento. El hábitat, generalmente mucho más grande que el territorio, es el área que requiere un individuo de la especie para vivir. El territorio en cambio, es el área de uso temporario que necesitará y defenderá para satisfacer sus requerimientos de supervivencia inmediata. La identificación del territorio de un ejemplar determinado, dentro de su hábitat, será información clave para lograr su captura.

10.- Diferenciar agresividad con curiosidad
Es muy difícil medir los niveles de agresividad de una especie determinada. Un caso típico que permite la comparación, es el de los rinocerontes. Cuál es el más agresivo, el negro o el blanco. En principio hay concenso de que el negro se lleva las palmas de mal carácter. Sin embargo, al momento de definir un grado de agresividad de una especie, se debe tener en cuenta la diferencia entre ser agresivo y curioso. En realidad, los negros, son más curiosos por sus deficiencias visuales, lo que se ha confundido con agresividad. Naturalmente que un animal curioso, se acercará peligrosamente al humano, hasta que finalmente se de cuenta de la amenaza, y consecuentemente, ataque. Esto es muy común también en elefantes. Si bien es cierto que los rinocerontes están prácticamente fuera del menú de un cazador promedio, es muy común toparse con ellos cazando en áreas free range en el sur de África.   




jueves, 16 de febrero de 2017

Andreas Madsen - Un cazador de pumas en la Patagonia




Por Eber Gómez Berrade

El nombre de Andreas Madsen ya es un ícono en la historia de la Patagonia argentina. Este pionero nacido en Dinamarca a fines del siglo XIX, exploró junto al Perito Francisco Moreno, los rincones de la frontera sur con Chile, y se estableció finalmente sobre el Río de las Vueltas, al pie del cerro Fitz Roy, en la provincia de Santa Cruz. Fue además marino, ganadero, escritor, cazador y un convencido conservacionista. 
Un viejo amigo mío solía decir que “en la época en la que los barcos eran de madera, los hombres eran de acero”. Lo decía cada vez que recordábamos las hazañas de la fallida expedición antártica de Sir Ernest Shackleton. Esta frase encajaría aquí como anillo al dedo para describir la vida de Madsen. Desde su dura niñez en las costas nórdicas, sus aventuras a bordo de veleros, sus expediciones fronterizas, y hasta sus andanzas al pie de Fitz, lo muestran como un hombre que se hizo a sí mismo, que aprendió por su cuenta oficios y varios idiomas, y que era poseedor de una vasta cultura.

Un Oliver Twist en Dinamarca
Andreas Madsen nació en un pueblito danés llamado Handbjerg, ubicado en la costa de la península de Jutlandia, un 17 de Octubre de 1881.
Sus padres habían llegado a aquella desolada región, como pioneros algunos años antes, donde construyeron una pequeña casa con techo de paja. Era sin dudas una tierra dura, y el pequeño Andreas conoció los rigores de la vida a temprana edad. Ya a los ocho años, fue enviado a trabajar como ayudante de un granjero haciendo todo tipo de tareas rurales. Según recordaría siendo adulto, no la pasó bien durante esos cuatro años que duró este trabajo. Ganaba muy poco, apenas le alcanzaba para comprarse ropa, y en el invierno, zapatos. A los 12 años, su vida comenzó a virar. Entro a trabajar para otra familia de granjeros, mucho más amables y más cultos que el anterior. En aquella casa que contaba con una biblioteca, trabó relación por primera vez con autores ingleses como Shakespeare y Dickens, identificándose inmediatamente con los infortunios del joven Oliver Twist. En esa biblioteca, también había volúmenes escritos por grandes exploradores africanos como Henry Morton Stanley y David Livingstone, así como varias obras y relatos de cazadores reconocidos. El descubrimiento de aquellos autores inflamó su imaginación, fantaseando con tener él mismo, una vida de novela, plagada de animales salvajes y paisajes exóticos.
Al poco tiempo, el destino le ofreció la oportunidad de comenzar a vivir su propia aventura. Luego de pescarse escarlatina, pidió a sus empleadores que le permitan visitar a sus padres ya que no podía trabajar. La licencia le fue concedida y el joven Andreas la aprovechó para escaparse. Tomó un tren con los magros ahorros que había juntado, se dirigió hacia la costa, y allí logró embarcarse como grumete en un velero con destino a Suecia. Sus días de exploraciones habían comenzado.
Estuvo embarcado cuatro años hasta que fue ascendido a marinero. Ganaba bien, conocía puertos lejanos, ahorraba algo y compraba libros cada vez que podía. A los 19 años se subió a un vapor -el Skanderborg-, con destino a Buenos Aires. Ni bien desembarcó, decidió abandonar su carrera marinera, y quedarse a explorar estas tierras. Empezaba así una nueva vida a la par que amanecía el nuevo siglo XX.

Pionero en tierras tehuelches
Luego de establecerse un tiempo en el barrio de La Boca, junto a algunas familias escandinavas, decidió en 1901, sumarse a la Comisión de Límites que partía para el sur argentino, a fin de delimitar las fronteras del país luego de los tratados firmados con Chile. La Comisión estaba compuesta por exploradores de reconocida experiencia, como el dinamarqués Ludovico von Platten, el perito Francisco Moreno y el naturalista Clemente Onelli. Madsen fue contratado por sus condiciones marineras, útiles en los varios lagos patagónicos que debían cruzarse, como el Belgrano y el Buenos Aires. En 1903 participó nuevamente de otra expedición que prepararía el terreno para una comisión mixta compuesta de argentinos, chilenos y británicos que oficiaban de árbitros entre ambas naciones. En aquel viaje conoció a numerosos expedicionarios europeos, que ayudaban y asesoraban en cuestión de límites y fronteras a los dos países andinos.
Uno de esos personajes, era el alemán Federico Otten, un taxidermista de Hamburgo enviado para recolectar especies de fauna autóctona, y que por ese entonces se dedicaba a la búsqueda de oro. Otten fue el primer cristiano en cruzar el Río Grande de la Tierra del Fuego, y del Santa Cruz, costeando los lagos Viedma y San Martín. Ambos aventureros se hicieron muy amigos, y se internaron tierra adentro, hasta llegar al pie del cerro Fitz Roy. Allí se establecieron los dos, sobre la costa del lago Viedma.
Poco tiempo después, Madsen iba a vivir unas peripecias dignas de las “Aventuras de Robinson Crusoe” o de “Los hijos del Capitán Grant”, como gustaba decir.
Lo cierto es que hacia fines del mes de abril, el alemán decidió ir por provisiones a la costa, distante unos 400 kilómetros. “Me voy, y en un santiamén traeré algunas cosas”, dijo. Su idea era ir cazando ñandúes en el camino, y con lo producido pagar las provisiones, mientras tanto Madsen, construiría una casilla. Aquella mañana de abril, Otten aparejó seis caballos cargueros, seis de montar, y se fue. Era un viaje de un par de meses a la sumo. Tardó seis en volver.
Durante ese período, Madsen se fue quedando él mismo sin provisiones, y comenzó a subsistir cazando guanacos, zorros y ñandúes. Un día, tres meses después de la partida, no tuvo mejor idea que terminar de amansar un fuerte y brioso potrillo pangaré, para usarlo en sus cacerías. Al sentarse en el recado, el primer corcovo enloquecido del pobre animal, lo catapultó al suelo, fracturándose la clavícula.
Sólo, en la más absoluta de las soledades, Madsen llegó como pudo a la casilla, se puso una piedra debajo del sobaco para mantener ubicado el hombro, se vendó el brazo con arpillera y se recostó en medio del dolor y un incipiente acceso de fiebre. Al tercer día sin nada que comer y desfalleciente, tuvo que salir, ensillar una yegua mansa, montarla y cabalgar hasta que logró cazar un guanaco. A la vuelta, un churrasco sangrante y apenas calentado sobre las brasas, fue a parar a la panza famélica del sufrido dinamarqués que sólo pensaba en sobrevivir.
Al final, el viejo Otten apareció, y contó su historia y el por qué del retraso. Sucedió que con una importante cantidad de plumas de avestruces (como le dicen a los ñandúes), llegó a la costa y las vendió a buen precio. Pero en lugar de ir al almacén para comprar la provista, se fue derechito al boliche. Al cabo de unos días no le quedaban ni los caballos. Así que tuvo que salir a cazar avestruces y empezar todo de nuevo. 
 
Cazando “leones” en Patagonia
Madsen aprendió a cazar en la Patagonia. Primero para alimentar las expediciones en las que formaba parte, y muchas veces para salvar sus rebaños de ovejas de las garras de los predadores. Cazó de todo, ciervos, guanacos, ñandúes, zorros y muchos pumas, o “leones”, como lo llaman los gauchos.
El primer puma que cazó fue en 1902,  durante la expedición comandada por von Platten en las nacientes del Río Deseado. Fue una noche cuando ya toda la partida estaba en el sobre alrededor de un fuego extinguido, que vio casi encima de él, un enorme león. La  escena le recordó por un momento a aquellos feroces ataques de tigres de Bengala descriptos por Salgari en Sandokan. Aunque este felino nunca saltó, y se mantenía estático. Sigilosamente preparó su Máuser Argentino 7.65, y avisó a uno de sus compañeros, para que lo respalde con un revólver. A la cuenta de tres, ambos dispararon. Luego del estruendo, el león ya no estaba. Decidieron no seguirlo en la oscuridad. Al alba, a no más de un centenar de metros de donde estaban, descubrieron rastros de sangre. Y a poco andar, encontraron al pobre animal sin vida, que resultó ser una leona enorme. “Me sentía casi un pionero en su primera aventura de caza mayor -recordaría Madsen años después- aunque la lucha no fue muy caballeresca, aquel primer lance resultó bastante excitante y alentador”.
Durante sus viajes, Madsen cuenta que usaba un fusil Máuser 1891, modelo Argentino, un Martin (presumiblemente de la armería Martin Meylin de Pensilvania, usado tempranamente en la conquista del Oeste americano), una escopeta de dos caños, y un revólver calibre 44. 
Naturalmente en el curso de las expediciones, los encuentros con los leones eran frecuentes, pero no sólo el Máuser retumbaba para abatir leones. Madsen recuerda que un 25 de Mayo, fiesta patria y con nieve a pleno, se dirigían hacia lo que hoy es Comodoro Rivadavia, o Rada Tilly por aquel entonces. Cuando el guía de la expedición, el cacique Kankel, oriundo del río Senguer, descubrió un rastro fresco de puma y se lanzó tras él a todo galope. Madsen lo siguió y allí tuvo la oportunidad de presenciar una escena inolvidable: al tehuelche cazando un enorme puma de casi tres metros, usando sólo sus boleadoras.
Iban a pasar unos pocos años para que Madsen pudiera hacer lo mismo, casi con tanta baqueanía como el cacique, aunque jamás volvió a ver un león tan grande como el de aquel 25 de Mayo.
Los leones eran casi una plaga para los ganaderos que veían como sus majadas de ovejas eran diezmadas en el correr de una sola noche. A Madsen, la cacería de este noble felino, le despertaba fascinación, pero siempre la llevó a cabo como una forma de subsistencia. Así lo relata en sus escritos, donde cuenta los detalles de una gran cantidad de cacerías de pumas en las que participó. Sin embargo, en todo momento tuvo una clara consciencia conservacionista, no sólo en lo que respecta a la fauna silvestre sino también al medio ambiente en general. Fue -de hecho-, uno de los impulsores que bregaron para que esas tierras santacruceñas fueran convertidas en parques nacionales.
     
Aventuras al pie del Fitz Roy
Luego de sus andanzas expedicionarias, este danés errante, se dedicó a tareas rurales, cuidando tropillas de caballos y guiando yuntas de bueyes. Fue capataz en algunas estancias de la zona, empleado del aserradero de la empresa Bonvalot & Cía., y de una firma lanera donde comandaba un pequeño bote haciendo la ruta que va del Lago Viedma hasta el Atlántico, a través del río de la Leona, el lago Argentino y el río Santa Cruz, convirtiéndose en el primer hombre en navegar este curso de agua. Fue además uno de los primeros que recorrió la ruta que une el lago Viedma con Mata Amarilla, camino que solía hacer en carro de bueyes, guiándose sólo con brújula y muchas veces en medio de fuertes neviscas y tormentas. Jamás abandonó su pasión por la aventura. 
En el año 1912 viajó a Dinamarca. Visitó su pueblito natal en la península de Jutlandia, y allí mismo se volvió a encontrar con quien fuera su novia, y quien a la edad de 7 años, le prometiera su mano. Lo increíble fue que, como si la historia hubieras sido escrita por un guionista de novelas románticas, la pequeña Fanny, Steffanny Thomsen, estaba aún esperándolo. No había más que pensar. Se casaron y vivieron allí hasta que estalló la Primera Guerra Mundial.
En ese fatídico año de 1914 decidió retornar a Argentina con su esposa, y establecerse nuevamente en la zona del lago Viedma. En reconocimiento a su labor para el Estado Argentino, el gobierno le arrendó unas 20.000 hectáreas sobre el Río de las Vueltas, 17.000 sobre la margen oeste y 3.000 sobre la este. Allí finalmente estableció su estancia, edificó su casco sobre la costa del río, y pasó casi todo el resto de su vida. Crió una familia con cuatro hijos: Peter Christian, Karl Richard, Fitz Roy y Anna Margarethe, y hasta tuvo tiempo para escribir memorias y relatos de sus aventuras.
En 1948 editó su primer libro llamado “La Patagonia Vieja”, una exquisita colección de historias de un tiempo ido en un lugar inhóspito, y en 1956, un volumen de relatos de cacerías, el clásico: “Cazando pumas en la Patagonia”, un incunable para los amantes de la literatura cinegética. Años más tarde aparecería una recopilación de cartas personales e historias editadas bajo el título de “Relatos nuevos de la Patagonia vieja”.

Cuarteles de invierno
Su querida esposa Fanny falleció en 1950, y en esa década su estancia se fue convirtiendo en el “campamento base” para las expediciones que se lanzaban a la conquista del Fitz Roy y el Cerro Torre, dos de las montañas más difíciles y peligrosas de escalar en el mundo entero.
Por esa casa pasaron los legendarios montañistas Lionel Terray y Guido Magnone en 1952, antes de subir el Fitz Roy por primera vez; los míticos José Luis Fonrouge y Carlos Comesaña quienes en 1965 se convirtieron en los primeros argentinos en abrir rutas de ascenso en esas paredes, y hasta los polémicos Cesare Maestri y Tony Egger, que en 1952 se lanzaron a la conquista del temible Cerro Torre.
Desde aquellos días, la estancia Madsen se convirtió en un lugar icónico para la historia grande del montañismo mundial. Hoy es un museo, y la vieja casa principal sigue siendo un lugar agradable, que rememora la vida rural de antaño y que para los que conocemos su historia, nos transmite una energía especial, mezcla de admiración, nostalgia y misterio.

En el año 1963 Madsen decidió mudarse a la ciudad de San Carlos de Bariloche donde vivían sus hijos Anna y Peter. Dos años más tarde falleció, un 1 de Septiembre de 1965. Sus restos fueron trasladados en 1972 de vuelta hacia su lugar el mundo, y enterrados en un pequeño jardín junto a su esposa e hijos. Desde ese lugar, la vista del cerro Fitz Roy y del Parque Nacional Los Glaciares -hoy Patrimonio de la Humanidad-, no puede ser más sobrecogedora. Al entrar a la casa todavía se ve un pequeño cartel de madera, con el lema “Pensar alto, sentir hondo, hablar claro”.  Palabras por las que vivió este danés errante, que cazaba pumas y amó la Patagonia.