martes, 25 de abril de 2017

Conde László Almásy "Andanzas de un Paciente Inglés"




Por Eber Gómez Berrade

La figura del conde László Almásy, fue re descubierta hace dos décadas gracias a la novela y la película “El Paciente Inglés”. Allí se retrata una parte de su vida ficcionada, que tiene a la Segunda Guerra Mundial como escenario omnipresente. Pero por buena que sean ambas obras, apenas si pueden reflejar las extraordinarias vicisitudes de este aristócrata austro-húngaro que descolló en muchas actividades a lo largo de su vida. La menos conocida tal vez, fue la de cazador blanco en África oriental. Entre sus múltiples facetas, se destacó como piloto de avión, mecánico, explorador, arqueólogo, militar condecorado y espía. Hablaba seis idiomas, los beduinos del desierto lo llamaban Abu Ramla, “Padre de las Arenas”, y aún hoy es considerado como el padre de la aviación egipcia. Sin dudas, un personaje fascinante y un cazador atípico que hizo de su vida una entretenida novela de intrigas y aventuras.

Un libro y una película
Michael Ondaatje fue quien en su libro “El Paciente Inglés”, publicado en 1992, rescató del olvido a este personaje. Para eso Ondaatje, escritor nacido en Ceilán (hoy Sri Lanka), eligió dos períodos en la vida de Almásy para contar su propia visión sobre la fidelidad, la traición y el amor en tiempos de guerra. Ubicó a sus personajes en el desierto libio, antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial, y en un monasterio abandonado en Italia, justo al término de la contienda.
Cuatro años después del libro, Anthony Minghella, llevó la historia al cine bajo el mismo nombre. De esa manera, “El Paciente Inglés”, se convirtió en un éxito cinematográfico indiscutido en todo el mundo. Lo cierto es que tanto el libro como la película, pendulan con espíritu borgeano, entre la realidad y la fantasía más absoluta. Ambos tienen el mérito de haber descubierto un personaje que vale la pena conocer, aunque la historia contada está lejos de ser verdadera. En principio Almásy sí exploró el desierto libio en busca del legendario oasis de Zerzura. Y también es cierto que una pareja de arqueólogos, el matrimonio Clayton, se unió a la expedición patrocinada por la Royal Geographical Society de Londres, como lo hicieran en la ficción el matrimonio Clifton. De ahí en más, nada es real. La relación amorosa de Almásy con Lady Clayton, es totalmente improbable, porque era un confeso homosexual. Su participación en la guerra, fue ciertamente más contundente que la que narra la novela, ya que combatió abiertamente bajo las órdenes del Mariscal Rommel en el Afrika Corps. Y no murió en Italia como un ignoto paciente inglés, sino seis años después de terminada la guerra, en Austria y a causa de disentería contraída en un safari de caza mayor en Mozambique. Conocer la historia real de László Almásy, es sin dudas, zambullirse en otra novela, con menos romances pero con mucha más aventura.

Aristócrata y piloto
László Ede Almásy, nació en el seno de una familia aristocrática, el 22 de Agosto de 1895 en la ciudad de Bernstein, en aquel momento territorio Austro-Húngaro. Su padre fue un reconocido explorador, zoólogo y etnógrafo, quien supo transmitir la pasión por la aventura a sus dos hijos László y Janos. A los catorce años, su padre lo envió a una escuela en Graz, Austria. Allí construyó él mismo un planeador, con el que se fracturó tres costillas en su primer despegue. Lejos de intimidarse, el muchacho siguió con su pasión por el vuelo y la mecánica. En 1911 fue enviado a Inglaterra para completar su educación en la Berrow School. Al año siguiente sacó su primera licencia de vuelo. Al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914 decidió volver a su patria, y enlistarse junto a Janos, en el 11° Regimiento de Húsares. Poco tiempo después, estaba combatiendo en el frente oriental, enfrentando a tropas serbias y rusas. Dos años más tarde, al ser transferido a la Fuerza Aérea del Imperio Austro Húngaro, llegó su oportunidad para hacer lo que más le gustaba, volar. En ese cuerpo se convirtió en un as de la aviación, siendo condecorado en 1917 con la Medalla al Valor en Combate, por el Rey Ferdinand de Bulgaria. Un año más tarde, su avión fue derribado en el norte de Italia. Salió con vida, pero a partir de ese momento, y hasta el fin de las hostilidades, fue instructor de vuelo en la ciudad austríaca de Neustadt.
Una vez terminada la guerra, volvió a Inglaterra, donde ingresó al Instituto Técnico Eastborne y fue miembro de su famoso aeroclub. En esta época participo del Movimiento Scout, iniciado por Sir Robert Baden-Powell. 
De vuelta en Hungría, tuvo la oportunidad de codearse con la realeza local, conociendo al Rey Karl IV en persona. Fue gracias a esta relación que recibió el título de conde, aunque existen versiones que aseguran que tal distinción, nunca fue legitimada. Lo cierto es que a Almásy, ese pequeño detalle nunca le importó demasiado.

Cazador Blanco en África
La afición de Almásy por la caza comenzó en su temprana infancia. Influenciado por las dotes aventureras de su padre, Almásy escuchaba sus historias, devoraba literatura cinegética y disparaba cada vez que podía en los inmensos parques que rodeaban el castillo familiar. La caza era casi una obligación para un joven de la aristocracia austro-húngara. Tenía una gran facilidad para aprender idiomas, solvencia en el manejo de armas, y una gran puntería, que según dicen, le fue muy útil en sus safaris abatiendo animales peligrosos heridos por sus clientes. Sin embargo, fueron sus conocimientos de mecánica y sus condiciones de piloto, los que lo llevaron a emplearse en la fábrica Steyr de Automóviles en el año 1921, como agente de la compañía, piloto de pruebas y de competición. Allí volvió a destacarse como deportista, ganando varias carreras organizadas por esa fábrica austríaca. En el año 1926 convenció a un amigo suyo -muy rico y de sangre azul-, el Príncipe Antal Eszterházy, para que lo acompañara en un rally africano patrocinado por Steyr. La ruta elegida iría desde Alejandría en Egipto, hasta Jartum, en el Sudán. Luego de terminado el rally, ambos comenzaron un safari de caza mayor utilizando los mismo automóviles, y se dirigieron hasta el río Dinder, un tributario del Nilo Azul, que recorre Etiopía y Sudán. Una ruta que nunca había sido recorrida por europeos, y mucho menos en auto. Esta expedición duró dos meses, lo convirtió en el primer deportista en cruzar el desierto de Nubia, y marcó otro punto de inflexión en su vida. Su pasión por la exploración de los grandes desiertos.  
A partir de entonces, Almásy volvería a esos lugares inhóspitos una y otra vez, probando vehículos de Steyr, cazando y guiando por todo el Este de África. 
En 1929 lideró un safari guiando al Príncipe Ferdinand de Liechtenstein y al empresario británico Anthony Brunner. La partida llevó dos camiones Steyr, especialmente preparados para conducir en la arena, y partió de Mombasa, en Kenia, con rumbo hacia El Cairo. Para registrar el safari, llevaron al camarógrafo Rudi Mayer, quien realizó un documental denominado “A través de África en automóvil”. En este largo safari, Almásy y sus clientes cazaron leones, búfalos, hipopótamos y numerosas especies de planicies, algunas de las cuales aún hoy figuran en el libro de records de Rowland Ward.
Además de coleccionar trofeos de caza, y probar los camiones Steyr, el grupo recorrió el famoso Dar el Arbain, la “Ruta de los 40 Días”, que antiguamente conectaba el tráfico de mercaderías y esclavos desde Egipto hasta Sudán. Además fueron los primero europeos en cruzar el Sudd, el truculento e inmenso pantano formado por el Nilo Blanco en el Sudán del Sur. Todo un hito de la exploración moderna.
Al año siguiente, Almasy volvió a liderar otro safari, pero esta vez guiando al Conde Szigmond Szechenyi, y al Príncipe Youssef Kemal al-Dine Hussain, cazador, renombrado explorador de desierto y muy rico, quien luego patrocinaría las expediciones arqueológicas de Almásy. De esa manera, fue tejiendo una extensa red de clientes nobles y aristócratas, que guiaba en safaris en Tanzania, Kenia, Sudan, Uganda y Etiopía.

El Padre de las Arenas
Las valiosas conexiones sociales de Almásy, también lo llevaron a participar en diversas exploraciones en el norte de África. No todas exitosas, valga la aclaración. En 1931, acompañando al Conde Nándor Zichy, partió de Budapest en un biplano De Havilland Gipsy Moth con la intención de explorar el desierto Libio desde el aire. Se fueron a pique cerca de Aleppo, en Siria, salvándose de milagro. Del avión no quedó nada.  
Lejos de rendirse, Almásy redobló la apuesta, y al año siguiente se embarcó en otra expedición, pero esta vez más ambiciosa en busca de la legendaria Zerzura, “el oasis de los pájaros”, una mítica ciudad perdida mencionada por Heródoto como la Ciudad de Dionisio.
Lo acompañaron esa vez, tres exploradores británicos, Sir Robert Clayton East-Clayton y su esposa Lady Dorothy, el piloto comandante Hugh Penderel y Patrick Clayton. Además de autos especialmente diseñados para las dunas, volvieron a usar un biplano De Havilland Gipsy Moth. Por tierra y por aire pudieron explorar y cartografiar la meseta del Gilf Kebir, de una gran riqueza arqueológica. Finalmente en 1933, y luego de varias exploraciones, el grupo descubrió el Paso de Aqaba que corta en dos el Gilf Kebir. Luego llegó al oasis de Kufrah, y posteriormente descubrió el tercer valle de Zerzura. Con esas áreas debidamente mapeadas -y que eran anunciadas por la leyenda-, el mítico oasis pudo ser ubicado definitivamente.
A partir de ese año y hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1939, Almásy llevó adelante numerosas incursiones en el desierto norafricano junto a otros destacados exploradores como el Dr. László Kadar, Richard Bermann, Joachim von der Esch y el brigadier Ralph Bagnold, fundador del mitológico Long Range Desert Group del Ejército Británico -los comandos que supieron atosigar a las fuerzas del Zorro del Desierto en la Segunda Guerra-.
Es ésta etapa de su vida, la que Ondaatje retrata en su novela. Entre sus logros arqueológicos más destacados figuran, el descubrimiento de la Cueva de los Nadadores, repleta de pinturas rupestres del neolítico, ubicada en la meseta del Gilf Kebir, y la exploración del Gran Mar de Arena de Abu Ballas, en el que buscaban indicios del ejército perdido del rey Persa Cambises II, del que también hablaba Heródoto en sus escritos.
Paralelamente a sus actividades arqueológicas, Almásy se dedicó a la aviación en Egipto. Recibió la primera licencia de piloto expedida en ese país, fundó la primera escuela de vuelo a vela, dictó cursos en el aeropuerto de Almaza en el Cairo, y realizó el primer vuelo en planeador sobre las pirámides de Giza. El impulso que le dio a la incipiente aeronáutica egipcia, aún es recordado en la actualidad.

La Segunda Guerra Mundial

Con el estallido de la guerra en 1939, terminaron los días de Almásy en Egipto. Por lo menos como civil. Una de las primeras cosas que hizo, fue volver a Hungría y enlistarse como oficial en la Fuerza Aérea Húngara.  A estas alturas, con los conocimientos que tenía sobre el desierto del norte de África, especialmente de las rutas en la frontera entre Libia y Egipto, los idiomas que hablaba -entre ellos el árabe-, y su pasado militar, los británicos creían que espiaba para los italianos, y los italianos que lo hacía para los británicos. Lo cierto es que al ingresar en la aeronáutica húngara, y Hungría ser un aliado de Alemania, Almásy fue asignado al Afrika Corps de Rommel como capitán de la Luftwaffe. 
Su misión más resonante en esa área fue la denominada Operación Salam, que consistió en infiltrar a dos espías alemanes que debían llegar a El Cairo, en manos de los británicos. La tarea era guiarlos a través de los oasis, a lo largo de 3.000 kilómetros, y detrás de las líneas enemigas en el desierto libio. La operación organizada por la inteligencia alemana, contó con apoyo de la División Brandeburgo. Almásy atravesó el desierto exitosamente, y dejó a los espías en la ciudad egipcia de Asiut. La misión subsiguiente (sin participación de Almásy), la Operación Cóndor, terminó en un rotundo fracaso, debido a que los analistas de inteligencia británicos de Bletchley Park, habían descifrado los códigos que usaban los espías alemanes. Por su participación en la Operación Salam, Almásy fue condecorado con la Cruz de Hierro y la promoción al grado de Mayor en el ejército de Rommel.   

Un aventurero hasta el fin
Al terminar la guerra, en 1945, volvió a Hungría, que para ese entonces estaba ocupada por los soviéticos. Teniendo en cuenta su participación como oficial alemán, quedó arrestado inmediatamente por el gobierno comunista húngaro, y fue acusado de crímenes de guerra y traición a la patria por haber servido a una potencia extranjera. Pero como si esto no fuera ya suficiente material para una extensa novela de aventuras, Almásy le agregó condimento a uno de los últimos capítulos. Se fugó de la prisión. Y ayudado por quien?, por el MI6 de la inteligencia británica. La misma que lo había perseguido un par de años antes por los desiertos de Libia. Los británicos le dieron un pasaporte falso bajo el nombre de Josef Grossman y lo introdujeron en Austria. Perseguido por comandos de la KGB, lo llevaron a Roma y de ahí a El Cairo nuevamente. Como es de imaginarse, aún no está clara la participación ni los motivos de la inteligencia británica, pero todo hace suponer que la ayuda en la fuga, fue alguna retribución por servicios prestados en la guerra como doble espía. 
Establecido nuevamente en El Cairo, retomó su vieja profesión de Cazador Profesional. El mundo de los safaris había cambiado desde sus andanzas en la década del 20, sin embargo supo adecuarse al negocio una vez más. Paralelamente, en Diciembre de 1950, el Rey Faruq de Egipto, lo nombró director del Instituto de Investigación del Desierto Egipcio.
En 1951, durante una visita a Salzburgo, en Austria, cayó enfermo por disentería, una infección que contrajo en un safari de caza en Mozambique el año anterior. Su último safari. Finalmente una ameba pudo lo que el desierto, animales de caza peligrosa, accidentes aéreos, soldados y espías no pudieron lograr. Falleció el 22 de Marzo de ese año y fue enterrado en esa ciudad. El epitafio en su tumba dice: “Piloto, Explorador del Sahara y descubridor del Oasis de Zerzura”. Breves y justos calificativos para quien nunca en su vida, fue un paciente inglés.  


lunes, 27 de marzo de 2017

10 claves para enfrentar los 5 Grandes



Por Eber Gómez Berrade


Adentrarse en el continente africano para cazar cualquiera de las especies de caza peligrosa, demanda al cazador deportivo, una serie de conocimientos específicos para realizar su tarea con éxito y de una manera segura. Así es que el conocimiento de patrones de comportamiento animal, -mandatorio en el trabajo del profesional-, será sin dudas también muy útil para el cazador en su safari. En este artículo, presentamos un decálogo de pautas a tener en cuenta, para comprender algunas características de comportamiento de las especies de caza peligrosa en África.
  
1.- Conocer la zona de seguridad
La diferencia entre los cinco grandes (u ocho, si agregamos dos especies de rinocerontes, y sumamos al cocodrilo y al hipopótamo), con lo que se denomina, especies de planicie, radica básicamente la reacción que tienen los animales de ambas categorías ante una agresión, o ante la invasión de su zona de seguridad. Claramente en el caso de las especies de planicie, huirán. En el caso de los cinco grandes, también lo harán, pero además podrán atacar al agresor o al invasor. El ataque, está dentro de su menú de comportamiento.
Existen dos áreas que perciben los animales, a las que podría denominar de escape y de ataque. La de escape, es obviamente más grande que la de ataque, y ambas variarán de acuerdo a cada especie, y a las condiciones especiales en cada caso. Una hembra de elefante si está con cría, tendrá áreas considerablemente mayores a las de un macho viejo y solitario. Para poner un ejemplo, en el caso de un león, la zona de escape varía entre un radio de 35 a 50 metros. Su zona de ataque, en cambio, se reduce de 10 a 20 metros. Cualquiera que la atraviese, estará a merced de una carga. Conocer de antemano estas distancias, así como la velocidad de cada especie (que en el  caso particular del león alcanza los 18 metros por segundo), es clave para estar adecuadamente preparado a la hora de medirse en un mano a mano con cualquier animal peligroso.

2.- Evaluar los riesgos de la aproximación
Los animales reaccionan en forma diferente si lo que se acerca es una camioneta o un humano a pie. La razón, es obvia, el vehículo no es percibido como humano y por lo tanto como un riesgo. Cualquiera de las especies de caza peligrosa de África, tomarán al hombre como un potencial agresor, escapándose o atacándolo. Como mecanismo de detección y alerta, cada especie posee diferentes características. Los rinocerontes tienen una pobre agudeza visual, por lo que dependen de su percepción del movimiento. Leones y leopardos se caracterizan por su vista, y los elefantes por su fino olfato. Conocer las características sensoriales que activarán pautas de comportamiento en cada especie, será clave para tomar precauciones en la aproximación. En todos los casos, si el encuentro a pie con uno de estos animales es involuntario, es decir que no se está en actitud de cacería, lo importante es detenerse, ubicar exactamente donde está el animal, y comenzar a alejarse despacio, sin correr y ni perderlo de vista, saliendo de su zona de ataque. Si esta maniobra resulta exitosa, el animal tendrá la oportunidad de alejarse de lo que él considera un riesgo. Si no lo es, la carga estará asegurada, y el cazador deberá estar listo para enfrentarla.   

3.- Definir el concepto personal de trofeo
Una de las condiciones que históricamente se tenía en cuenta para elegir a un león como trofeo, era por su melena. Los famosos leones de melena negra, siempre han sido los más buscados por los cazadores de todos los tiempos. Sin embargo, hoy en día, al haberse convertido en una especie con estado de protección, la legislación de varios países africanos, permite cazar solo aquellos machos que sea mayores de seis años. Naturalmente la melena es un signo de edad, pero no el único. Le sirve al macho como protección en caso de pelea, y como instrumento para el cortejo con las hembras. Pero en ningún caso, es sinónimo de bravura o agresividad. Un león macho, de más de seis años, puede tener poca melena o casi ninguna, dependiendo de las zonas donde habite, y aún así ser un ejemplar muy agresivo y desafiante. Recordemos que los famosos leones cebados de Tsavo, aquella pareja llamada el “Fantasma” y la “Oscuridad”, cazados por el coronel Paterson, no tenían melena, y aún así, tuvieron una peligrosidad legendaria. Definir previamente cuál será el resultado último de la cacería, ayudará mucho en la manera de llevarla a cabo. La premisa de que, más grande es mejor, hoy afortunadamente está quedando atrás, para dar paso al concepto de que más viejo, es mejor. Este es el nuevo paradigma conservacionista que privilegia la madurez sobre el tamaño, en la consideración personal del trofeo.

4.- Buscar el desafío
Parte de este nuevo paradigma que re-significa el concepto de trofeo, se da en la búsqueda del macho solitario. Una característica que se acontece frecuentemente entre los elefantes, algunos hipopótamos y por supuesto los búfalos del Cabo. Originalmente el trofeo a considerar en el caso de estos últimos, ha sido siempre el tamaño de sus cuernos, y particularmente el tamaño de su “boss”, o protuberancia frontal, que entre otras cosas es un indicativo de la edad del ejemplar. Si bien es cierto que muchos machos tirables, se encuentran en medio de manadas, hay algunos a los que se los encuentra apartados y a los que se los denomina “dagga boys”. El término “dagga” significa barro, y se los llama así porque suelen revolcarse en el barro de los pantanos y riachos, para proteger su piel por la falta de pelaje que acaece por la edad. La atracción que despiertan estos ejemplares entre los cazadores, se centra en que son animales viejos, que ya han pasado su etapa de reproducción, pero también suelen ser más astutos, temperamentales y agresivos que sus congéneres más jóvenes. Muchas veces, su cornamenta está en regresión o con algún cuerno roto, sin embargo y a pesar de esta característica, su caza sigue atrayendo a cazadores que ponderen el desafío y el riesgo de un lance peligroso.

5.- Conocer los hábitos
Se sabe que los hipopótamos son los mamíferos que más muertes causan en África anualmente. Generalmente esto sucede con pobladores nativos y no con partidas de caza, sin embargo su inclusión a la lista de animales de caza peligrosa, está más que justificada. Hay varias situaciones en las que pueden ser cazados, la mayoría sucede cuando están en el agua. Sin embargo, la posibilidad de tirarles -estando tanto el cazador, como el animal en tierra-, es la que más atrae al deportista. Para que se de esta situación, hay que tener en cuenta los hábitos alimenticios de esta especie. Los hipopótamos salen del agua para alimentarse cuando baja el sol, cuando pueden proteger su piel de las radiaciones solares y de la deshidratación. Independientemente de las grandes distancias que pueden recorrer caminando por las noches, (10 kilómetros o más si la comida escasea), los dos momentos para ubicarlos en tierra en condiciones legales de caza, son al atardecer y al amanecer cerca de los cursos de agua. En estos casos, su peligrosidad aumenta considerablemente, por encontrarse fuera de su área de seguridad. En tierra una carga directa puede alcanzar una velocidad de 12.5 metros por segundo. Si el cazador se adecua a estas circunstancias, podrá tener la oportunidad de experimentar todo un desafío cargado de adrenalina.

6.- Identificar pautas de comportamiento  
Cuando hablamos de elefantes, identificar correctamente este compartimiento puede ser la diferencia entre la vida y la muerte del cazador. Es habitual que cuando un elefante percibe una invasión en su zona de seguridad, que esté al borde de su área de escape y entre peligrosamente a su área de ataque, cargue directamente hacia el invasor. Muchas veces, también, esta carga no es más que una forma de amedrentar y al mismo tiempo evaluar las verdaderas intenciones del agresor. Lo cierto es que es muy difícil identificar ambos comportamientos, aunque no imposible. En líneas generales, toda carga que se produzca rompiendo ramas, levantando polvo, con las orejas abiertas y barruntando estruendosamente, suele ser para amedrentar. Los ataques reales, generalmente ocurren luego de varios intentos de intimidación, o en el caso de que el animal se sienta acorralado y sin vías de escape. Entonces el ataque sobrevendrá directamente, en línea recta, y con una actitud amenazante y decidida. Naturalmente una simple intimidación puede virar a una carga directa. Estas son situaciones muy difíciles de identificar, incluso para los cazadores profesionales, que muchas veces esperan a último momento para confirmar la actitud. Esto fue lo que le sucedió el año pasado, a Ian Gibson, un profesional de Zimbabwe, quien esperó hasta el último instante para parar a un macho en celo en carga directa. Le disparó su .458 Win. Mg. A 10 yardas y no lo detuvo. El elefante herido en el cráneo lo atropelló, causándole la muerte inmediata.

7.- Mantenerse alerta
Cazar ejemplares en una manada, requiere un conocimiento especial y mucha experiencia por parte del cazador profesional, que deberá saber distinguir las posibles amenazas y tomar las medidas necesarias para resguardarse. Es posible que en una manda de búfalos o de elefantes, se encuentren machos en celo, o hembras con crías. Sin dudas, dos de los factores de riesgo más graves para el invasor que traspase la zona de seguridad. El celo en los animales produce altos niveles de testosterona en la sangre, que provocan agresividad al percibir un riesgo en sus chances de aparearse. En el caso de las hembras preñadas o con cría, la agresividad está dada por el impulso genético de defender la progenie, ampliando considerablemente su área de ataque, en la que el invasor no podrá ingresar sin ser repelido. La identificación de ejemplares de este tipo, será por lo tanto vital para poder tomar los recaudos necesarios y evitar los riesgos de una carga segura.

8.- Aprender a ver en el bush
Distinguir los detalles en el monte, es una característica que se alcanza con el tiempo. Algo que es escaso, si pensamos en un cazador que se interna en un ambiente que no conoce, como suele suceder con los extranjeros en un safari en África. Para suplantar esa falta de experiencia, es recomendable estudiar  algunos patrones de comportamiento que tienen las especies para camuflarse y mimetizarse. Algunas especies desarrollan un pelaje de color similar al terreno para esconderse, como el caso del león. Otras poseen pelaje con coloración disruptiva, para “desfigurar” su forma corporal y esto lo logran con rayas, o con manchas obscuras, como el caso de los leopardos. Los búfalos, en cambio poseen la capacidad de “disfrazarse” de algo no viviente, por ejemplo una roca o una sombra en medio del monte, manteniéndose inmóviles por un largo período. Existen varios patrones de ocultamiento en la naturaleza que son realmente asombrosos. Tal vez el ojo del cazador no pueda distinguir la pieza a un simple golpe de vista, pero le ayudará un poco, conocer cuáles son los mecanismos de defensa mimética de la especie que está cazando.     

9.- Identificar hábitat y territorio
Otra condición bastante útil para enfrentar especies de caza peligrosa, es saber diferenciar el hábitat del territorio. Esto es importante, en especial para aquellas especies consideradas territoriales, como es el caso de los leones y leopardos. Se denomina territorio al terreno marcado por una animal mediante secreción glandular o excreciones urogenitales. Los territorios son específicos en cada especie. Por ejemplo, un león y un leopardo, pueden convivir en un mismo hábitat, y sus territorios pueden sobreponerse, sin embargo ninguna especie se defenderá de la otra, hasta tanto no exista una amenaza real de acuerdo a criterios de sobrepoblación o disponibilidad de alimento. El hábitat, generalmente mucho más grande que el territorio, es el área que requiere un individuo de la especie para vivir. El territorio en cambio, es el área de uso temporario que necesitará y defenderá para satisfacer sus requerimientos de supervivencia inmediata. La identificación del territorio de un ejemplar determinado, dentro de su hábitat, será información clave para lograr su captura.

10.- Diferenciar agresividad con curiosidad
Es muy difícil medir los niveles de agresividad de una especie determinada. Un caso típico que permite la comparación, es el de los rinocerontes. Cuál es el más agresivo, el negro o el blanco. En principio hay concenso de que el negro se lleva las palmas de mal carácter. Sin embargo, al momento de definir un grado de agresividad de una especie, se debe tener en cuenta la diferencia entre ser agresivo y curioso. En realidad, los negros, son más curiosos por sus deficiencias visuales, lo que se ha confundido con agresividad. Naturalmente que un animal curioso, se acercará peligrosamente al humano, hasta que finalmente se de cuenta de la amenaza, y consecuentemente, ataque. Esto es muy común también en elefantes. Si bien es cierto que los rinocerontes están prácticamente fuera del menú de un cazador promedio, es muy común toparse con ellos cazando en áreas free range en el sur de África.   




jueves, 16 de febrero de 2017

Andreas Madsen - Un cazador de pumas en la Patagonia




Por Eber Gómez Berrade

El nombre de Andreas Madsen ya es un ícono en la historia de la Patagonia argentina. Este pionero nacido en Dinamarca a fines del siglo XIX, exploró junto al Perito Francisco Moreno, los rincones de la frontera sur con Chile, y se estableció finalmente sobre el Río de las Vueltas, al pie del cerro Fitz Roy, en la provincia de Santa Cruz. Fue además marino, ganadero, escritor, cazador y un convencido conservacionista. 
Un viejo amigo mío solía decir que “en la época en la que los barcos eran de madera, los hombres eran de acero”. Lo decía cada vez que recordábamos las hazañas de la fallida expedición antártica de Sir Ernest Shackleton. Esta frase encajaría aquí como anillo al dedo para describir la vida de Madsen. Desde su dura niñez en las costas nórdicas, sus aventuras a bordo de veleros, sus expediciones fronterizas, y hasta sus andanzas al pie de Fitz, lo muestran como un hombre que se hizo a sí mismo, que aprendió por su cuenta oficios y varios idiomas, y que era poseedor de una vasta cultura.

Un Oliver Twist en Dinamarca
Andreas Madsen nació en un pueblito danés llamado Handbjerg, ubicado en la costa de la península de Jutlandia, un 17 de Octubre de 1881.
Sus padres habían llegado a aquella desolada región, como pioneros algunos años antes, donde construyeron una pequeña casa con techo de paja. Era sin dudas una tierra dura, y el pequeño Andreas conoció los rigores de la vida a temprana edad. Ya a los ocho años, fue enviado a trabajar como ayudante de un granjero haciendo todo tipo de tareas rurales. Según recordaría siendo adulto, no la pasó bien durante esos cuatro años que duró este trabajo. Ganaba muy poco, apenas le alcanzaba para comprarse ropa, y en el invierno, zapatos. A los 12 años, su vida comenzó a virar. Entro a trabajar para otra familia de granjeros, mucho más amables y más cultos que el anterior. En aquella casa que contaba con una biblioteca, trabó relación por primera vez con autores ingleses como Shakespeare y Dickens, identificándose inmediatamente con los infortunios del joven Oliver Twist. En esa biblioteca, también había volúmenes escritos por grandes exploradores africanos como Henry Morton Stanley y David Livingstone, así como varias obras y relatos de cazadores reconocidos. El descubrimiento de aquellos autores inflamó su imaginación, fantaseando con tener él mismo, una vida de novela, plagada de animales salvajes y paisajes exóticos.
Al poco tiempo, el destino le ofreció la oportunidad de comenzar a vivir su propia aventura. Luego de pescarse escarlatina, pidió a sus empleadores que le permitan visitar a sus padres ya que no podía trabajar. La licencia le fue concedida y el joven Andreas la aprovechó para escaparse. Tomó un tren con los magros ahorros que había juntado, se dirigió hacia la costa, y allí logró embarcarse como grumete en un velero con destino a Suecia. Sus días de exploraciones habían comenzado.
Estuvo embarcado cuatro años hasta que fue ascendido a marinero. Ganaba bien, conocía puertos lejanos, ahorraba algo y compraba libros cada vez que podía. A los 19 años se subió a un vapor -el Skanderborg-, con destino a Buenos Aires. Ni bien desembarcó, decidió abandonar su carrera marinera, y quedarse a explorar estas tierras. Empezaba así una nueva vida a la par que amanecía el nuevo siglo XX.

Pionero en tierras tehuelches
Luego de establecerse un tiempo en el barrio de La Boca, junto a algunas familias escandinavas, decidió en 1901, sumarse a la Comisión de Límites que partía para el sur argentino, a fin de delimitar las fronteras del país luego de los tratados firmados con Chile. La Comisión estaba compuesta por exploradores de reconocida experiencia, como el dinamarqués Ludovico von Platten, el perito Francisco Moreno y el naturalista Clemente Onelli. Madsen fue contratado por sus condiciones marineras, útiles en los varios lagos patagónicos que debían cruzarse, como el Belgrano y el Buenos Aires. En 1903 participó nuevamente de otra expedición que prepararía el terreno para una comisión mixta compuesta de argentinos, chilenos y británicos que oficiaban de árbitros entre ambas naciones. En aquel viaje conoció a numerosos expedicionarios europeos, que ayudaban y asesoraban en cuestión de límites y fronteras a los dos países andinos.
Uno de esos personajes, era el alemán Federico Otten, un taxidermista de Hamburgo enviado para recolectar especies de fauna autóctona, y que por ese entonces se dedicaba a la búsqueda de oro. Otten fue el primer cristiano en cruzar el Río Grande de la Tierra del Fuego, y del Santa Cruz, costeando los lagos Viedma y San Martín. Ambos aventureros se hicieron muy amigos, y se internaron tierra adentro, hasta llegar al pie del cerro Fitz Roy. Allí se establecieron los dos, sobre la costa del lago Viedma.
Poco tiempo después, Madsen iba a vivir unas peripecias dignas de las “Aventuras de Robinson Crusoe” o de “Los hijos del Capitán Grant”, como gustaba decir.
Lo cierto es que hacia fines del mes de abril, el alemán decidió ir por provisiones a la costa, distante unos 400 kilómetros. “Me voy, y en un santiamén traeré algunas cosas”, dijo. Su idea era ir cazando ñandúes en el camino, y con lo producido pagar las provisiones, mientras tanto Madsen, construiría una casilla. Aquella mañana de abril, Otten aparejó seis caballos cargueros, seis de montar, y se fue. Era un viaje de un par de meses a la sumo. Tardó seis en volver.
Durante ese período, Madsen se fue quedando él mismo sin provisiones, y comenzó a subsistir cazando guanacos, zorros y ñandúes. Un día, tres meses después de la partida, no tuvo mejor idea que terminar de amansar un fuerte y brioso potrillo pangaré, para usarlo en sus cacerías. Al sentarse en el recado, el primer corcovo enloquecido del pobre animal, lo catapultó al suelo, fracturándose la clavícula.
Sólo, en la más absoluta de las soledades, Madsen llegó como pudo a la casilla, se puso una piedra debajo del sobaco para mantener ubicado el hombro, se vendó el brazo con arpillera y se recostó en medio del dolor y un incipiente acceso de fiebre. Al tercer día sin nada que comer y desfalleciente, tuvo que salir, ensillar una yegua mansa, montarla y cabalgar hasta que logró cazar un guanaco. A la vuelta, un churrasco sangrante y apenas calentado sobre las brasas, fue a parar a la panza famélica del sufrido dinamarqués que sólo pensaba en sobrevivir.
Al final, el viejo Otten apareció, y contó su historia y el por qué del retraso. Sucedió que con una importante cantidad de plumas de avestruces (como le dicen a los ñandúes), llegó a la costa y las vendió a buen precio. Pero en lugar de ir al almacén para comprar la provista, se fue derechito al boliche. Al cabo de unos días no le quedaban ni los caballos. Así que tuvo que salir a cazar avestruces y empezar todo de nuevo. 
 
Cazando “leones” en Patagonia
Madsen aprendió a cazar en la Patagonia. Primero para alimentar las expediciones en las que formaba parte, y muchas veces para salvar sus rebaños de ovejas de las garras de los predadores. Cazó de todo, ciervos, guanacos, ñandúes, zorros y muchos pumas, o “leones”, como lo llaman los gauchos.
El primer puma que cazó fue en 1902,  durante la expedición comandada por von Platten en las nacientes del Río Deseado. Fue una noche cuando ya toda la partida estaba en el sobre alrededor de un fuego extinguido, que vio casi encima de él, un enorme león. La  escena le recordó por un momento a aquellos feroces ataques de tigres de Bengala descriptos por Salgari en Sandokan. Aunque este felino nunca saltó, y se mantenía estático. Sigilosamente preparó su Máuser Argentino 7.65, y avisó a uno de sus compañeros, para que lo respalde con un revólver. A la cuenta de tres, ambos dispararon. Luego del estruendo, el león ya no estaba. Decidieron no seguirlo en la oscuridad. Al alba, a no más de un centenar de metros de donde estaban, descubrieron rastros de sangre. Y a poco andar, encontraron al pobre animal sin vida, que resultó ser una leona enorme. “Me sentía casi un pionero en su primera aventura de caza mayor -recordaría Madsen años después- aunque la lucha no fue muy caballeresca, aquel primer lance resultó bastante excitante y alentador”.
Durante sus viajes, Madsen cuenta que usaba un fusil Máuser 1891, modelo Argentino, un Martin (presumiblemente de la armería Martin Meylin de Pensilvania, usado tempranamente en la conquista del Oeste americano), una escopeta de dos caños, y un revólver calibre 44. 
Naturalmente en el curso de las expediciones, los encuentros con los leones eran frecuentes, pero no sólo el Máuser retumbaba para abatir leones. Madsen recuerda que un 25 de Mayo, fiesta patria y con nieve a pleno, se dirigían hacia lo que hoy es Comodoro Rivadavia, o Rada Tilly por aquel entonces. Cuando el guía de la expedición, el cacique Kankel, oriundo del río Senguer, descubrió un rastro fresco de puma y se lanzó tras él a todo galope. Madsen lo siguió y allí tuvo la oportunidad de presenciar una escena inolvidable: al tehuelche cazando un enorme puma de casi tres metros, usando sólo sus boleadoras.
Iban a pasar unos pocos años para que Madsen pudiera hacer lo mismo, casi con tanta baqueanía como el cacique, aunque jamás volvió a ver un león tan grande como el de aquel 25 de Mayo.
Los leones eran casi una plaga para los ganaderos que veían como sus majadas de ovejas eran diezmadas en el correr de una sola noche. A Madsen, la cacería de este noble felino, le despertaba fascinación, pero siempre la llevó a cabo como una forma de subsistencia. Así lo relata en sus escritos, donde cuenta los detalles de una gran cantidad de cacerías de pumas en las que participó. Sin embargo, en todo momento tuvo una clara consciencia conservacionista, no sólo en lo que respecta a la fauna silvestre sino también al medio ambiente en general. Fue -de hecho-, uno de los impulsores que bregaron para que esas tierras santacruceñas fueran convertidas en parques nacionales.
     
Aventuras al pie del Fitz Roy
Luego de sus andanzas expedicionarias, este danés errante, se dedicó a tareas rurales, cuidando tropillas de caballos y guiando yuntas de bueyes. Fue capataz en algunas estancias de la zona, empleado del aserradero de la empresa Bonvalot & Cía., y de una firma lanera donde comandaba un pequeño bote haciendo la ruta que va del Lago Viedma hasta el Atlántico, a través del río de la Leona, el lago Argentino y el río Santa Cruz, convirtiéndose en el primer hombre en navegar este curso de agua. Fue además uno de los primeros que recorrió la ruta que une el lago Viedma con Mata Amarilla, camino que solía hacer en carro de bueyes, guiándose sólo con brújula y muchas veces en medio de fuertes neviscas y tormentas. Jamás abandonó su pasión por la aventura. 
En el año 1912 viajó a Dinamarca. Visitó su pueblito natal en la península de Jutlandia, y allí mismo se volvió a encontrar con quien fuera su novia, y quien a la edad de 7 años, le prometiera su mano. Lo increíble fue que, como si la historia hubieras sido escrita por un guionista de novelas románticas, la pequeña Fanny, Steffanny Thomsen, estaba aún esperándolo. No había más que pensar. Se casaron y vivieron allí hasta que estalló la Primera Guerra Mundial.
En ese fatídico año de 1914 decidió retornar a Argentina con su esposa, y establecerse nuevamente en la zona del lago Viedma. En reconocimiento a su labor para el Estado Argentino, el gobierno le arrendó unas 20.000 hectáreas sobre el Río de las Vueltas, 17.000 sobre la margen oeste y 3.000 sobre la este. Allí finalmente estableció su estancia, edificó su casco sobre la costa del río, y pasó casi todo el resto de su vida. Crió una familia con cuatro hijos: Peter Christian, Karl Richard, Fitz Roy y Anna Margarethe, y hasta tuvo tiempo para escribir memorias y relatos de sus aventuras.
En 1948 editó su primer libro llamado “La Patagonia Vieja”, una exquisita colección de historias de un tiempo ido en un lugar inhóspito, y en 1956, un volumen de relatos de cacerías, el clásico: “Cazando pumas en la Patagonia”, un incunable para los amantes de la literatura cinegética. Años más tarde aparecería una recopilación de cartas personales e historias editadas bajo el título de “Relatos nuevos de la Patagonia vieja”.

Cuarteles de invierno
Su querida esposa Fanny falleció en 1950, y en esa década su estancia se fue convirtiendo en el “campamento base” para las expediciones que se lanzaban a la conquista del Fitz Roy y el Cerro Torre, dos de las montañas más difíciles y peligrosas de escalar en el mundo entero.
Por esa casa pasaron los legendarios montañistas Lionel Terray y Guido Magnone en 1952, antes de subir el Fitz Roy por primera vez; los míticos José Luis Fonrouge y Carlos Comesaña quienes en 1965 se convirtieron en los primeros argentinos en abrir rutas de ascenso en esas paredes, y hasta los polémicos Cesare Maestri y Tony Egger, que en 1952 se lanzaron a la conquista del temible Cerro Torre.
Desde aquellos días, la estancia Madsen se convirtió en un lugar icónico para la historia grande del montañismo mundial. Hoy es un museo, y la vieja casa principal sigue siendo un lugar agradable, que rememora la vida rural de antaño y que para los que conocemos su historia, nos transmite una energía especial, mezcla de admiración, nostalgia y misterio.

En el año 1963 Madsen decidió mudarse a la ciudad de San Carlos de Bariloche donde vivían sus hijos Anna y Peter. Dos años más tarde falleció, un 1 de Septiembre de 1965. Sus restos fueron trasladados en 1972 de vuelta hacia su lugar el mundo, y enterrados en un pequeño jardín junto a su esposa e hijos. Desde ese lugar, la vista del cerro Fitz Roy y del Parque Nacional Los Glaciares -hoy Patrimonio de la Humanidad-, no puede ser más sobrecogedora. Al entrar a la casa todavía se ve un pequeño cartel de madera, con el lema “Pensar alto, sentir hondo, hablar claro”.  Palabras por las que vivió este danés errante, que cazaba pumas y amó la Patagonia.

domingo, 8 de enero de 2017

Balística para el continente negro

Por Eber Gómez Berrade

La balística es sin dudas uno de los temas preferidos en los fogones de los campamentos de safaris desde la noche de los tiempos. Los valores y coeficientes que resultan del uso de diferentes calibres, el comportamiento de los proyectiles de caza en la balística exterior y terminal, y su relación con las diferentes especies de fauna, dependiendo de su contextura física y peligrosidad, será a la larga, un conocimiento de gran utilidad para el cazador, que le ayudará en la obtención de los tan ansiados trofeos africanos.
Etimológicamente, balística es el estudio y uso de las leyes naturales que gobiernan y predicen la trayectoria de proyectiles. Como sabemos se diferencias tres etapas en la balística de un proyectil: la interior, que estudia los fenómenos que suceden dentro del cañón (desde la ignición hasta que la bala abandona el cañón); la exterior, que es el vuelo del proyectil desde la boca del cañón hasta alcanzar el blanco; y la terminal, que refleja el comportamiento del proyectil dentro del animal (en nuestro caso), y analiza los efectos que causa dicho proyectil en los tejidos.
En el caso de este artículo, me centraré mayormente en las características de la balística exterior y terminal, y de su relación con los grupos de especies de fauna africana, divididas de acuerdo a su contextura anatómica y peligrosidad.


Recordando conceptos
En balística se utilizan algunos términos y conceptos que vale la pena refrescar, como la velocidad, la energía, la densidad seccional, el coeficiente balístico, etc.
Existen además otros factores de análisis como la construcción del proyectil, la forma y el calibre, con el que naturalmente estamos más familiarizados.
La velocidad, que se mide en pies por segundo, es la relación que se establece entre la distancia que recorre un proyectil y el tiempo que tarda en recorrerlo.   
Energía, medida en pies por libras, es la expresión matemática para el trabajo potencial de un proyectil. Depende de la velocidad y de la masa de la bala.
La densidad seccional, que es el coeficiente entre el peso del proyectil medido en libras y su diámetro al cuadrado medido en pulgadas. En balística exterior, se relaciona directamente con el coeficiente balístico, en balística terminal, este ratio influirá en la capacidad de penetración del proyectil.

El momentum, así como suena, es un coeficiente que surge de la multiplicación del peso del proyectil en grains, por su velocidad en pies por segundo, dividido 7.000 (para convertir los grains a libras, ya que 7.000 grains equivalen a 1 libra). En buen cristiano, este valor sirve para analizar la capacidad de detención de un proyectil independientemente del valor de la energía que desarrolle.
El coeficiente balístico es fundamental para el análisis de la balística exterior, ya que refiere a la manera en que el proyectil penetra en el aire, venciendo la resistencia en el vuelo, y es lógicamente inversamente proporcional a su desaceleración. Como es de imaginar, este coeficiente variará de acuerdo a la forma del proyectil, su peso y la densidad seccional. A mayor número del coeficiente, menor será la desaceleración (volará mejor la bala).
Existen además otros conceptos en balística aplicada  a la cacería como por ejemplo la habilidad de un proyectil de “parar” la carga de un animal, que se conoce como poder de parada, o en inglés “stopping power” o “knockdown power”. John “Pondoro” Taylor, lo llamaba KO (Knock Out), en su clásico “African Rifles and Cartridges”, un libro que aún hoy considero como la Biblia en esta materia. En este sentido, podríamos decir que hay dos escuelas, una colonial (de los viejos cazadores ingleses en África) que favorecía el uso de grandes calibres, con puntas pesadas y que desarrollan moderadamente bajas velocidades. La escuela americana o moderna, al contrario, se inclina por calibres más pequeños, que alcanzan una mayor velocidad y entregan más energía, provocando una mayor letalidad. A esta letalidad se la conoce como “poder letal” o “killing power”. Recuerdo un artículo muy interesante que hiciera hace algunos años mi gran amigo Carlos Coto, acerca de las teorías de John Taylor y Finn Aagaard sobre el “killing power”, que vale la pena re leer. 
Naturalmente ambas posturas no solo tienen admiradores y detractores, sino que además son correctas de acuerdo a las condiciones de la caza que se lleve a cabo, es decir, considerando el tipo de animal, su tamaño, peligrosidad dada por la velocidad de carga, etc.  

Una balística especializada
Todos estos conceptos precedentes, tendrán validez a la hora de decidir el calibre y tipo de munición a utilizar en un safari. Esto naturalmente va a depender del tipo de especie que se busque, por lo que en términos de balística terminal, podría dividirla en cuatro categorías en función del tamaño y dureza de la piel:  

1.- Tamaño pequeño/mediano y piel fina

Las especies que entran en esta categoría son naturalmente las de planicie, y van desde los “tiny ten” o antílopes pigmeos como los duikers, steenboks, dik dik, etc. , hasta aquellos de porte mediano como impalas, facoceros, orix, kudu, gnus, blesbok, etc.  Para estas especies, que en promedio se cazan a distancias medianas (que se dan en un rango de 100 a 300 metros), el cazador debería elegir su calibre ideal basándose en los conceptos de coeficiente balístico, energía y velocidad. Debido a la distancia recorrida desde que el proyectil abandona el cañón hasta que impacta, la balística exterior se convierte en un factor crítico de análisis a tener en cuenta. Un alto coeficiente balístico, sumado a un calibre pequeño que desarrolle mayor velocidad, asegurando la letalidad, no en el poder de detención, sino en la energía entregada en la pieza a abatir, es lo que debería buscarse en la elección del calibre. En este sentido, calibres como el .243 Win, el .270 Win, y hasta el .223 Rem, con puntas que van de 50 a 150 grs con un rango de velocidades de 1.500 y 3000 pies por segundo, conforman valores adecuados para abatir tanto a un duiker como a un orix en distancias medianas. Un escalón más arriba, los .30 como el 308Win. o el 30-06 Springfield, con rangos de peso de puntas de 150 a 200 grs., y velocidades de 2.200 pies por segundo, son también óptimos y hasta más recomendables para su uso efectivo en el terreno en condiciones de safari. Aquí quisiera abrir un paréntesis, para aclarar que la elección de los calibres pequeños, es válida desde el punto de vista balístico, aunque en lo personal, los considero una elección demasiado acotada y por qué no, un tanto arriesgada, para quien vaya a un safari de planicie, sin experiencia en esta clase de especies, y que tal vez, combine su cacería con animales de porte mayor.

2.- Tamaño grande y piel fina
En esta segunda categoría podría incluir eland, jirafa y cebra. Aquí las distancias habituales de tiro, son similares a las del grupo anterior, por lo que vale de igual manera, la importancia del coeficiente balístico en el resultado final de la cacería. Sin embargo, en estos casos, a la característica de balística exterior, se suma la efectividad del proyectil en la etapa de la balística terminal, para garantizar un contundente poder de parada o KO. A la hora de elegir el calibre ideal, y la munición adecuada, habrá que evaluar la densidad seccional, que estará directamente ligada a la penetración. Para estos animales de mayor masa tisular, los calibres elegidos deberían ser, desde el famoso 7mm Rem. Mg., hasta los de la gama de los .30 en sus versiones magnum, como el 300 Win Mag, 300 Weatherby Mg, el 300 H&H Mg o el 338 Win. Mg, con puntas que van desde 150 grs. a los 250 grs., y con un rango de velocidades de 2.800 a 3.200 pies por segundo, dependiendo el calibre, claro.
En esta categoría la velocidad desarrollada por los calibres magnum, es importante para mantener una trayectoria razonable en una distancia considerable. La construcción y forma de la punta, que deberá ser blanda, es también fundamental para garantizar la apropiada penetración en grandes masas musculares y óseas, generando un mayor canal de herida.

3.- Caza peligrosa con piel fina
En esta categoría entran los leones, leopardos y chitas, y podría incluir al cocodrilo. En realidad, felinos y cocodrilo comparten la característica de una piel fina, pero difieren enormemente no sólo en su peligrosidad por la capacidad de ataque sino en la manera de ser cazados. En este sentido, lo más relevante de este grupo, es el de animales con una contextura física, muscular y ósea similar a los de planicie, pero que pueden provocar con una gran capacidad de daño al cazador. Tanto leones como leopardos se convierten en pesadillas ante la eventualidad de ser heridos, o simplemente en el caso de que sientan que su espacio vital es vulnerado. Desde estas páginas, ya he hablado sobre la caza de ambas especies, pero digamos que en términos de balística, encontramos dos escenarios posibles. En primer lugar, el primer disparo, por ejemplo, desde un apostadero, donde el poder letal será fundamental. En segundo lugar, el resto de los disparos, que se sucederán si el primero no fue letal, en donde el poder de detención se convertirá en prioritario. Naturalmente al momento de elegir, no se cambiarán armas para una u otra situación como lo haríamos con palos de golf frente a dos hoyos ubicados a diferentes distancias. De hecho, para eso, estará el back up del o los cazadores profesionales que acompañen la partida, en caso de una carga directa. Desde el punto de vista del cazador, cualquier calibre apto para el grupo anterior, puede funcionar perfectamente, es decir desde el 7mm Rem Mg, hasta cualquiera de la gama de los .30 magnum. Es más, como las distancias serán generalmente inferiores a 100 metros, no serán necesarios proyectiles que alcancen altas velocidades, por lo que el tradicional 30-06, por ejemplo, podrá funcionar perfectamente bien.
Sin embargo, como siempre estará la posibilidad de tener que detener una carga, calibres mayores son lo recomendado. De hecho, la legislación de muchos países africanos, indica como mínimo al 375 H&H Mg para especies de caza peligrosa. Y la escuela inglesa, incluso, señalaba la variedad de 300 grs. de punta para ese calibre venerable, como la de mejor performance de toda la gama, ya que alcanza velocidades que van desde 2.300 a 2.500 pies por segundo, una energía superior a los 4.000 pies por libra, con un bajo coeficiente balístico de alrededor de 0.260, y una extraordinaria densidad seccional de alrededor de 0.300. Más allá de estas categorizaciones, está claro que la versatilidad de este calibre, lo hace apto para todo tipo de fauna, y lo convierte en el gran “todo terreno” de África.
En el caso del cazador profesional que se enfrente al escenario de un felino herido y en ataque, seguramente el calibre será mayor, siendo muy popular el 458 Win.Mg, o incluso el 416 Rigby. Por supuesto que de ahí para arriba, todo funciona, dependiendo de la habilidad del profesional. Digamos sí, que no es frecuente utilizar grandes stoppers para tiros de back up, en la cacería de un león o un leopardo.

4.- Caza peligrosa con piel gruesa
En este grupo se definen el resto de los llamados, cinco grandes, incluyendo al hipopótamo. Constituyen, para muchos cazadores, el epítome de la caza en África. Elefantes, búfalos, rinocerontes e hipopótamos, forman el club de los más grandes y los más peligrosos. Las características balísticas de los calibres y municiones adecuados, difieren de la de los grupos anteriores. Aquí predominan los tiros a corta distancia (50 metros aproximadamente) y las situaciones de carga a muy cortas distancia (10 a 5 metros aproximadamente) y a gran velocidad. 
Si bien es cierto que en estos casos también se abren dos escenarios, el del primer disparo y el resto, va a depender de cada especie el uso de combinaciones de puntas blandas y sólidas, o exclusivamente sólidas. Por ejemplo, para un primer disparo a un búfalo donde el blanco vital lo conforma el corazón y los pulmones, las puntas blandas de expansión controlada, harán un mejor trabajo, que las sólidas. En cambio, en caso de un tiro al cerebro donde haya que atravesar el boss y el casco craneal, sólo las sólidas garantizarán la penetración adecuada para interesar el cerebro. En el caso del elefante, por la enorme masa tisular (muscular y ósea), los proyectiles sólidos son los únicos recomendables para alcanzar una penetración efectiva.
En cuanto a calibres, predomina en este grupo, la escuela colonial inglesa, de proyectiles de baja velocidad y gran masa, que posibilite un contundente poder de detención. De los .40 para arriba, todo sirve. Claro que depende mucho, el factor del retroceso, que en manos inexpertas, puede actuar en contra de la efectividad de la munición. Calibres como el 404 Jeffery, 416 Rigby, 458 Win.Mg, 470 NE, 500/465 NE, 505 Gibbs, 577NE o 500 Jeffery, son los más comunes en manos de profesionales especializados en cacería de elefantes en sábana y selva, ya que garantizan un definitivo “stopping power”. Las velocidades en este rango de calibres no superan los 2.300 pies por segundo, las puntas variarán de 400 a 550 grains, y los valores de densidad seccional rondarán los 0,320 en promedio.

Más allá de la balística
Cuando hace muchos años, el querido Harry Selby, profesional preferido de Robert Ruark, acuñó la frase “use enough gun”, algo así como use un calibre suficiente, pensó seguramente en las características balísticas desarrolladas por municiones capaces de parar a estos monstruos en una carga directa. Sin embargo, y en mi opinión, considero que la elección del calibre adecuado para abatir caza mayor, va más allá del análisis de fórmulas balísticas. Debería incluir además, tres aspectos básicos que no sólo no invalidan los cálculos aritméticos, sino que contribuyen a alcanzar un mejor desempeño en la cacería. En primer lugar, considero una falacia el concepto de que “cuanto más grande, mejor”. En términos balísticos, tal vez, pero en términos prácticos, va a depender mucho del adecuado manejo del arma que tenga el cazador. No necesariamente un calibre mayor es mejor, si en ese caso particular, el cazador no puede manejar con solvencia el retroceso (o el miedo previo al retroceso) lo que en inglés se denomina “flinching”. En segundo lugar, una regla de oro que siempre mencionaba otro gran amigo, el capitán Carlos Canobbio: jamás disparar, si no se cuenta con la humana certeza de abatir la pieza al primer disparo. La caza mayor no es billar, y nunca se debería tomar el riesgo de disparar sin estar interiormente confiado. Como comenté en su momento en estas mismas páginas, errar un disparo, o peor, herir al animal en África, resultará caro si se trata de especies de planicie, y sin dudas, mucho más caro y peligroso, si se está detrás de algunos de los Cinco Grandes. Por último, el tercer aspecto: la correcta ubicación del proyectil en los órganos vitales. El apropiado conocimiento de la anatomía del animal que se va a cazar, junto con la correcta habilidad en la técnica de tiro, serán las fronteras entre el éxito y un estrepitoso fracaso. Nadie expresa mejor esta máxima que el legendario Tony Sánchez Ariño, cada vez que le preguntan sobre el mejor calibre para cazar elefantes, y él suele responder siempre lo mismo: el mejor calibre es “la bala en su sitio”. Lapidariamente cierto.

martes, 1 de noviembre de 2016

"Denis Finch-Hatton, Cazador Blanco de Sangre Azul"





Por Eber Gómez Berrade

El Honorable Denys Finch Hatton fue el epítome del cazador blanco de principios del siglo XX en el continente negro. Inglés, de origen noble y egresado de Eton College, poseía modales refinados y una gran cultura, pero tenía además un prolijo conocimiento de su profesión, y una enorme pasión por la aventura. Guió en safaris a lo más granado de la realeza británica, combatió en la Primera Guerra Mundial y fue amante de la escritora Karen Blixen. Robert Redford lo inmortalizó en el cine, a su manera, rescatándolo para la gran platea. Fue sin dudas, un personaje irrepetible, un gentleman hunter, que marcó una época en los safaris en África. Nada menos que la era dorada.
Finch Hatton no tuvo una vida larga pero sí, muy intensa, y en un punto, paradójica. Fue cazador blanco sólo durante seis años, pero dejó una impronta indeleble en la comunidad de profesionales que perdura hasta hoy día. Nunca se casó, pero tuvo amoríos con prominentes damas de sociedad en Nairobi. No escribió ningún libro, pero hay muchos escritos sobre él. Se consideraba un pacifista, pero fue condecorado con la Cruz Militar por sus servicios en combate durante la Gran Guerra. Era calvo, los somalíes los llamaban “bedar” (el pelado), pero fue interpretado por un rubio y pintón Redford, que hablaba con acento yanqui en la película “Out of Africa” (o “África mía”, como se la conoció en estas tierras), mientras el verdadero, tenía un acento muy inglés -típico de los egresados de los colegios públicos- al que hoy le dirían “posh”. Tal vez la razón por la que ha sobrevivido en la memoria, fue su personalidad. Más allá de las características de su vida aventurera, Finch Hatton siempre fue muy querido y respetado por todos: su familia, compañeros de escuela, amigos, amantes, colegas y clientes. Era noble por sus ancestros, pero además se ajustaba a la definición de nobleza de la que hablaba Ernest Hemingway, aquello de que ser noble no es ser mejor que el otro, sino que es ser uno mismo cada vez mejor.

Una educación aristocrática
Denys George Finch Hatton nació un 24 de abril de 1887. Su padre Henry Stormont Finch Hatton, fue el decimotercer Conde de Winchilsea. Su madre, Anne Codrington era hija de un almirante de la flota británica, descendientes de veteranos marinos que pelearon en la batalla de Trafalgar. Fue el segundo de  tres hermanos. Tuvo una infancia feliz como era de esperarse en gente de su clase, y en sus años de primera juventud, su imaginación estuvo inflamada por las aventuras de los exploradores de fines del siglo XIX. Libros de viajes, novelas, revistas, publicidades y anuncios hablaban de tribus caníbales, parajes prehistóricos, y regiones en blanco en los mapas del Imperio. Livingstone y Stanley se codeaban con personajes ficticios como Allan Quatermain y Tom Sawyer. La aventura estaba de moda en aquellos días.  
Para adquirir una educación superior, sus padres lo enviaron al Eton College, uno de los más exclusivos de Inglaterra. Allí cultivó el placer de la lectura de Shakespeare y los escritores románticos como Coleridge y Wordsworth, pero también la afición por el deporte, como todo joven de la época. Se destacó en cricket, fútbol y golf. Y además resultó ser un muy buen tirador tanto de rifle como de escopeta. Cualidades que le serían muy útiles en el futuro.
Su educación posterior lo llevó al Brasenose College en Oxford, donde no se distinguió demasiado. Los amoríos con bellas muchachas, los deportes y los amigos, le ocupaban toda su atención.

El descubrimiento de África
No fue hasta 1910, a la edad de 23 años, cuando viajó por primera vez al continente negro y descubrió que allí era donde quería estar. Desembarcó en Ciudad del Cabo, Sudáfrica y luego de una breve estadía, se volvió a embarcar hacia Mombasa, en el África Oriental Británica. En 1911 aún estaba aclimatándose a la vida en esa parte de África, y ya había decidido que ese sería su lugar en el mundo. Compró una propiedad en la margen occidental del Gran Valle del Rift, y al año siguiente, se asoció con un amigo y compraron una cadena de almacenes pequeños. Hasta 1914 se abocó a diferentes negocios, mientras exploraba nuevos lugares y cazaba lo que se le ponía a tiro.
Eso sí, el gusto por las mujeres, los deportes y los amigos no había cambiado.
Denys fue miembro del Muthaiga Club de Nairobi, y estuvo entre los catorce que participaron de la cena de inauguración en el año nuevo de 1913.

En cumplimiento del deber

Al estallar la Primer Guerra Mundial en 1914, la población masculina, capaz de sostener un fusil, en las ciudades y pueblos diseminados a lo largo y ancho del Imperio Británico, se enlistó sin dudarlo en las fuerzas armadas para defender a su Rey y su país. Denys, naturalmente, fue uno de ellos. Al igual que su amigo el Honorable Berkley Cole. De hecho, Cole había estado al mando del  regimiento del Noveno de Lanceros en la India, por lo que se le dio la tarea de organizar a tropas irregulares de nativos somalíes. Denys, claro se plegó a esta operación.  
Los años de la guerra los pasó en servicio activo luchando contra las tropas del general alemán von Lettow-Vorbeck en la frontera con la Tanganica alemana. Fue condecorado con la Cruz Militar en 1916, algo bastante inusual para la época, y poco antes del fin de la contienda, fue desplegado a Medio Oriente, donde los ingleses combatían junto a tropas árabes, a los turcos del Imperio Otomano, aliado de los alemanes.

Amores y safaris
Al fin de la guerra en 1918, decidió continuar con sus negocios en Kenia, seguir cazando y hacer nuevos amigos, muchos de ellos, cazadores blancos.  Mantuvo amistad con los personajes que hoy son historia pura. El decano Philip Percival, quien fue su mentor, Andy Anderson, Alan Black, y el legendario John Hunter con quien cazó en Masailand. Trabó amistad también con el hijo de Teddy Roosevelt, Kermit, un gran cazador que acompañaba a su padre en expediciones y safaris, y al que conoció en su misión en Medio Oriente. Entre sus nuevas amistades, hubo dos que marcarían su futuro: el Barón sueco Bror von Blixen-Finecke y su esposa, la escritora danesa Karen Blixens.  Con Bror no sólo compartían el gusto por la caza, sino que un poco más tarde, también el amor por la misma mujer.
De hecho, la pareja se divorció en 1925, lo que allanó el camino para la relación de Karen con Denys. Al poco de comenzar a salir, se mudó a la granja que ella tenía al pie de las colinas Ngong. Fue ahí también donde estableció la base para su nuevo negocio de safaris. Ese mismo año cumplía 38 años y dio el gran salto. Tuvo su primer cliente, un estadounidense de apellido Maclean, a quien guió en un extenso safari. Más tarde trabajó para la empresa Safariland, guiando a potentados y aristócratas europeos. Cazó en Kenia, Tanzania, Uganda, en la famosa selva de Ituri, y en el Congo. El cénit de su carrera lo alcanzó en 1928, cuando lideró el safari del Príncipe de Gales, heredero al trono de la corona británica, quien años más tarde sería el Rey Eduardo VIII (recordado por haber abdicado al trono por el amor de Wally Simpson).
De aquellos años, Karen recuerda en su libro “Out of Africa”, que Denys le enseñó latín, y a leer la Biblia y los poetas griegos. Cuenta también que él sabía de memoria grandes partes del Antiguo Testamento y siempre llevaba una Biblia en sus safaris, lo que le valió el respeto de los nativos musulmanes.
Era amante de la música y del arte en general. Cierta vez le regaló a Karen un gramófono. Toda una novedad tecnológica para una granja en medio de la sabana africana a mediados de los años 20. Karen aseguraba que Denys parecía un caballero de los tiempos de los Estuardo. Un personaje isabelino que podría pasearse tranquilamente junto a Sir Francis Drake sin desentonar, aunque hubiera destacado en cualquier época de la historia del hombre.
La pareja no sólo compartía la cama, la música y la literatura. La caza los apasionaba también, y era frecuente verlos salir de safari con la sola compañía de un criado kikuyu. Una noche, la noche de un cumpleaños de Denys, decidieron ir en busca de dos leones que merodeaban la propiedad de Karen. Había luna llena, pero las nubes y la llovizna la tapaban más de lo recomendable. A poco andar, Karen que iluminaba el camino con una simple linterna de mano, descubrió de repente a uno de los leones, parado, justo en frente. La sorpresa de esa visión la petrificó, hasta que un segundo después la sacudió el sonido del disparo del doble de Denys. El león cayó fulminado. Estaban recién en la mitad de la tarea. Había que seguir buscando con la luz, al segundo. No lejos de ahí, el otro león caminaba huyendo de la escena, hasta que se detuvo y dio vuelta la cabeza. Otro disparo sonó, pero esta vez la bestia resultó herida, y la carga fue inminente. El cañón izquierdo del doble de Denys volvió a tronar, y esa vez, sí lo paró en seco. Había disparado a un león herido, en plena carga, de noche y con la ayuda de un tembloroso haz de luz de una interna. Sin dudas, su trabajo lo conocía muy bien. 
Finch Hatton tenía entonces un Rigby en calibre .350, un mediano a cerrojo, que con puntas blandas de 225 grains, era adecuado para todo tipo de caza de planicie, e incluso  veces lo utilizaba para leopardos y leones. Tenía también un venerable Mannlicher austríaco en calibre 6.5mm, y por supuesto un “stopper” para back up, un rifle doble hecho en Londres, marca Charles Lancaster, en calibre .450NE (3 ¼), que utilizaba con puntas sólidas para elefantes, búfalos e hipopótamos. En su armero tenía también una escopeta inglesa del 20, que usaba tanto en África para tirar gallinas de Guinea, como en Lincolnshire para faisanes y conejos.  
Las malas lenguas en Nairobi, decían que mientras salía con Karen, coqueteaba con una joven llamada Beryl Markham. Beryl era todo un personaje. Bellísima e intrépida, fue entrenadora de caballos de carrera y, más tarde, piloto de avión. De hecho, se convirtió en la primera piloto que cruzó el océano Atlántico de Este a Oeste en solitario.
Se cree que fue Finch Hatton quien inspiró a la joven Beryl a dedicarse a la aviación. Beryl realizaba vuelos de correo y de avistamiento de fauna, algo que luego sería de uso común. Finch Hatton también usó un avión para descubrir manadas de animales, identificar áreas anegadas por las lluvias o buscar lugares para campamentos.
Al comienzo la Asociación de Cazadores Profesionales del Este de África (EAPHA), la legendaria organización y madre de las actuales asociaciones del presente, consideraba el uso de aviones como auxiliar de la caza era controvertido por considerarlo anti deportivo. Luego, Phil Percival, presidente de esa institución, accedió ante los argumentos de que el avistaje de manadas desde el aire, no infringía los estrictos códigos de ética cinegética por los que se regían los cazadores blancos.
  
El Gypsy Moth y el fin
“Vamos a visitar a las águilas”, solía decirle Finch Hatton a Karen, al llevarla a volar en su avión biplano. Esos vuelos fueron unos de los recuerdos más emocionantes y queridos que tuvo la escritora, y los relata maravillosamente bien en sus libros autobiográficos. Volaban sobre el Serengueti, sobre el inabarcable cráter Ngorongoro, sobre la ruta de los gnus o entre los pelícanos rosados del lago Naivasha.
Finch Hatton aprendió a volar en 1929 y en el verano de 1930, compró en Inglaterra su propio avión, un de Havilland Gypsy Moth biplano.
Cuando aún estaba afianzándose como piloto, y acostumbrándose a su nueva adquisición, tuvo un accidente en la propiedad de su hermano, en Haverholme. En un despegue arriesgado, golpeó la copa de unos árboles, dañando levemente el avión, pero sin sufrir él ninguna lesión.
Casi un año más tarde, el destino cambiaría irreparablemente, pero esta vez en África. Una fresca mañana del 14 de mayo de 1931 despegó del aeródromo de Voi (cerca del actual Parque Nacional de Tsavo), en busca de elefantes. Lo acompañaba su Hamisi, su sirviente somalí. Según John Hunter, que casualmente estaba en la zona cazando con un cliente estadounidense y fue testigo, a poco de despegar, Finch Hatton sobrevoló la pista dos veces, y luego simplemente, cayó en picada hacia la tierra. El biplano comenzó a incendiarse. Los dos tripulantes murieron en el acto. Fue Hunter quien suspendió su safari y trasladó los restos de Finch Hatton a Nairobi.
En vida, Denys había pedido que sus restos descansasen en las colinas Ngong. Y así se cumplió su última voluntad. Sin embargo, su alma, o parte de ella, quedó en Eton, Una parte que nunca abandonó esos claustros. El otro lugar a donde también pertenecía. En uno de los puentes del colegio, hay una placa que aún hoy lo recuerda. Dice “Famoso en estos campos, y por sus muchos amigos, grandemente querido. Denys Finch Hatton 1900-1906”.
En Ngong, su hermano hizo erigir un obelisco sobre su tumba, y colocó una placa con su nombre, y los años de nacimiento y muerte. Como epitafio, eligió una cita del poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, perteneciente a La Balada del viejo marinero, que dice: “Reza mejor, quien mejor ama todas las cosas, hombres, pájaros y bestias”.  Se dice que luego de su entierro, una pareja de leones solía echarse sobre su tumba cada atardecer. Tal vez haya sido cierto. Tal vez no. Pero es una linda historia que culmina con el nacimiento de una leyenda de la caza mayor en África, que perdura hasta nuestros días.