lunes, 1 de septiembre de 2014

¿Por qué matar animales para protegerlos? y otras paradojas de la caza


Por Eber Gómez Berrade

¿Por qué la caza ayuda a la conservación?. ¿Cómo se explica que para proteger a un animal haya que matarlo?. ¿Qué necesidad hay de divertirse matando animales por deporte?. Son preguntas que requieren respuestas coherentes y bien fundamentadas. Afirmaciones tales como: La caza extingue a los animales; los furtivos son cazadores igual que los deportivos, o todos los ecologistas están en contra de la caza, son aseveraciones que parten de premisas erróneas y generan confusión en el común de la gente.

La caza deportiva enfrenta grandes desafíos para sobrevivir en un mundo cada vez más hostil. El principal riesgo de esta actividad subyace en la ignorancia de la opinión pública general que avanza inexorablemente. El peligro acecha en aquellos que desconociéndolo todo, llegan fácilmente a conclusiones reduccionistas, formándose opiniones absolutamente equivocadas.  Muchas veces las argumentaciones en contra de la caza se fundamentan en lo que -a falta de un análisis serio-, parecerían simples paradojas. Otras veces, se esgrimen conclusiones que a primera vista parecen verdades insoslayables.
A continuación algunas reflexiones que podrán ser de ayuda a la hora de debatir con argumentos, el rol que tiene la caza deportiva en el mundo de hoy.

La semántica no ayuda
Probablemente a alguno le haya pasado que alguien ha confundido su actividad como cazador con el furtivismo. Las noticias si no están bien comunicadas ayudan a generar confusiones. Sin ir más lejos, el 14 de Junio pasado, los medios de prensa internacionales se hicieron eco de la noticia de que fue encontrado muerto Satao, uno de los últimos elefantes con grandes colmillos que quedaban en el Parque Nacional Tsavo, en Kenia. Este impresionante macho nació alrededor de año 1960 y poseía colmillos cercanos a las 100 libras. Fue envenenado por cazadores furtivos, quienes le extrajeron los colmillos y dejaron su cuerpo para alimento de hienas y buitres. La madre de las confusiones, está en que los que mataron al pobre Satao fueron furtivos, no cazadores, ya que no hay cazadores deportivos en Kenia desde hace más de treinta años.
Está claro que la lengua castellana es riquísima. Sin embargo, el idioma inglés muchas veces es más conciso y eficiente al momento de lograr una definición exacta de un término particular. Y uno de los ejemplos más paradigmáticos, se observa en los términos relacionados a la caza y todas sus variantes.
A las pruebas me remito. En inglés “hunting” es caza deportiva, “poaching” caza furtiva, “culling” caza de regulación, “whaling” caza de ballenas, “cropping” caza de un ejemplar para preservar cultivos, y “trapping” caza comercial con trampas. A un angloparlante le resulta mucho más fácil entender las diferencias de cada actividad. En castellano en cambio, el común denominador de todas estas acepciones es el prefijo caza. Si alguien lee sobre cazadores furtivos, de ballenas o de focas, entenderá que se trata de cazadores. Y ahí radica el error. No hay mucho que podamos hacer al respecto, más que conocer estos datos y si la oportunidad lo amerita, explicárselos a nuestro interlocutor de una manera cordial.

Matar por deporte
Nada hay más desconcertante que cuando en una conversación amigable, nuestro interlocutor nos increpa a boca de jarro, diciendo “yo no sé cómo alguien puede matar por deporte”. Dicho así, poco queda por responder, más que aceptar que uno padece alguna clase de patología sadística. Decir que el gran filósofo español Ortega y Gasset afirmaba que no se caza para matar, sino que se mata por haber cazado, muchas veces no se entiende y otras veces no alcanza.
Como explicar entonces con un cierto grado de coherencia, que para nosotros no es lo mismo cazar un trofeo que recorrer 18 hoyos en un course de golf.
De nuevo, el origen de esta confusión proviene de una interpretación errónea del idioma inglés. A partir de mediados del siglo XIX en la Inglaterra victoriana, era común denominar a un cazador como un “sportsman” y a la cacería decirle “sport” o “wild sport”. Prueba de ellos son algunos títulos de libros escritos por reconocidos cazadores-exploradores británicos de aquellas épocas, tales como “The wild sports of Southern Africa”, escrito por William Cornwallis Harris; o “Sport and Travel”, un clásico de Frederick Courteney Selous. Está claro que ambos escritores hablaban de cacería, no de sus aventuras jugando criquet o rugby en el continente africano.  El significado que ellos le dan a la palabra “sport”, no tiene que ver con la diversión ni con la competencia, sino que está relacionado con la acepción de la nobleza y la caballerosidad que exige el juego limpio. Sport en inglés, es darle una oportunidad de igualdad al adversario (humano o animal), es ejercer la nobleza que obliga al noble a respetar el juego limpio. Ser un “good sport”, es ser un buen perdedor, alguien que no se queja frente a un resultado adverso.
Esta distinción caballeresca llegó a ser tan importante en la Inglaterra imperial, que a falta de un título de nobleza, profesional, o de un grado militar, los caballeros solían agregar en sus tarjetas de presentación la palabra “sportsman” luego de su nombre.
La traducción al castellano de “sportsman”, es naturalmente deportista. Por lo tanto cuando hablamos de “sport hunting”, hablamos de caza deportiva, pero el error, es asignar a esa palabra el significado moderno relacionado a diversión y competencia. Todos sabemos que en la cacería, de existir algún grado de competencia, es sólo contra uno mismo y jamás contra el animal. Obtener el trofeo buscado, no equivale a hacer un gol ni a marcar un try. La satisfacción de haber cazado, poco tiene que ver con la alegría que causa derrotar a un equipo contrario. Esto que está muy claro para todo cazador que se precie, no lo es tanto para el profano que ignora los sentimientos que generan nuestra actividad y por simple desconocimiento, está más propenso a arribar a conclusiones radicalmente equivocadas.

Todo está en peligro de extinción
El desconocimiento de aquellos que no están interesados en temas de conservación, pero que despliegan temerariamente ceñudas opiniones, formadas a la luz de documentales de televisión, hace que muchas veces se decreten en mesas de café, de manera arbitraria y generalizada, el peligro de extinción en especies que no lo padecen.
Recuerdo que en la edición 175 de VIDA SALVAJE de Junio de 2012, escribí un artículo titulado “No está prohibido cazar elefantes”, que se centraba en el estado de conservación de esa especies africana, en función de la inmensa cantidad de tonterías que se dijeron desde los medios de comunicación de todo el mundo a partir del incidente con el Rey de España, que se suscitó cuando se dio a conocer que -a partir de una accidente que tuvo en un safari- estaba cazando elefantes en Botswana en compañía de su amante. Aclaro que el rey abdicante, ha venido cazando elefantes durante muchísimos años, con los dos outfitters más grandes que tenía ese país hasta el año pasado, en que se prohibió la cacería. El rey fue acusado de matar animales en peligro de extinción, de dilapidar fortunas de las arcas del reino y varias cosas más. Para empeorar la situación, al salir de su internación por la cirugía de la fractura que tuvo, él mismo dijo que había cometido un error y que no lo volvería a hacer. Errores hubieron muchos, sin dudas, pero si algo se le puede reprochar desde el punto de vista moral, es el hecho de tener una amante, no de cazar elefantes legalmente. 
Por supuesto que hay especies en peligro de extinción, y que cuentan con una categoría de protección total. Son las que el CITES incorpora en su Apéndice I. Allí están los gorilas, los tigres de Bengala, los jaguares, los huemules, los ciervos de los pantanos, los osos pandas, y un más o menos largo etcétera. Luego ese organismo, dispone de dos apéndices más que categorizan los niveles de protección, el Apéndice II y el III. Allí se establece si se pueden o no cazar cada especie, se establecen cupos y cuotas de captura, se definen temporadas de caza, y se establecen normas para el tráfico internacional de fauna y flora, así como de trofeos de caza.
Naturalmente que, de CITES para abajo, cada país y cada estado o provincia tiene el derecho de proteger un determinado recurso a su mejor saber y entender. Como escribió magistralmente Hans Kelsen en su clásica obra “Teoría pura del Derecho”, toda norma obtiene su vigencia de una norma superior, lo que da sustento al ordenamiento jurídico en base a una jerarquía normativa.
En otras palabras, si CITES prohíbe la caza de una especie, ningún país, ni estado provincial puede habilitarla. Ahora si CITES la permite, y un país decide prohibir la caza de esa especie, entonces tendrá todo el derecho de hacerlo.

Es la economía, estúpido!
Estas famosas palabras dichas por Bill Clinton en plena campaña presidencial, se hicieron muy populares, no sólo por el contexto en el que fueron dichas, sino porque reflejan con exacta crueldad, la importancia que la economía tienen en el mundo de hoy.
Cuando tengo oportunidad de dar conferencias o dictar clases en alguna universidad para hablar sobre la relación entre la caza y la conservación, comienzo siempre contando al auditorio que en el año 1900 en los Estados Unidos, se estimaba una población total de ciervos cola blanca (Whitetail Deer) cercana a los 500 mil ejemplares en todo el territorio. Digo a continuación que esa especie de ciervo (un poco más chico que nuestro Colorado), fue sin lugar a dudas la más cazada en la historia de ese país. De hecho, hace años algunos Estados decidieron implementar feriados en las escuelas el día de inicio de la temporada de caza. Con este sombrío panorama a la vista, mi pregunta al auditorio siempre es ¿cuántos ciervos cola blanca quedan hoy después de 114 años de de extrema presión cinegética?.
Las respuestas varían. Algunos (los menos) afirman que se extinguieron. Otros (los graciosos) aseguran que quedan 10 o 12 que lograron escapar de las garras de los cazadores. La mayoría ubica el número en varios centenares de miles pero siempre menos que el medio millón. Pocas veces alguien responde que ahora hay más ciervos que hace un siglo. Pero nunca nadie se atreve a asegurar que hoy hay 32 millones de cola blanca en los Estados Unidos.
¿A qué se debe esta tremenda multiplicación? A que el ciervo cola blanca, al igual que muchas otras especies, posee un valor económico. Y si un animal o una especie tiene valor, entonces algún gobierno o algún particular tendrán interés en protegerlos para su propio beneficio. Se crea así un círculo virtuoso, de interés, protección, manejo y usufructo sustentable. Lógica pura. Como recurso para captar la atención de los oyentes esta comparación siempre me resultó eficaz, pero también es la mejor forma para que un auditorio -digamos no especializado-, tome en cuenta la magnitud de la conexión existente entre caza y conservación, y su relación con la economía.   

Hablando en plata
A esta altura, la pregunta es: ¿cuánto dinero genera la caza deportiva en el mundo?. Por ejemplo, en América, vemos que en Estados Unidos, la industria del turismo cinegético, que incluye caza mayor y menor en todas sus variantes, generó el año pasado 25 mil millones de dólares en ventas minoristas, 17 mil millones en salarios y 575 mil nuevos empleos. De acuerdo a la Congressional Sportsmen Foundation, los cazadores estadounidenses pagan anualmente 2.4 mil millones de dólares a las arcas del Estado, una suma con la que ese país podría pagar los salarios de militares de 8 divisiones, 143 batallones y 3.300 pelotones de su Ejército.
En Canadá, los cazadores abonan alrededor de 1.200 millones de dólares por año en actividades cinegéticas, dejando unos 70 millones al Estado en concepto de licencias y permisos.
En Argentina, no hace muchos años que el Ministerio de Economía comenzó a trabajar en una cuenta satélite del turismo, pero aún hoy es difícil llegar a cifras desagregadas más o menos objetivas, por lo cual es difícil calcular el impacto real que el turismo cinegético (local y extranjero) tiene en la economía nacional, y peor aún, en las economías regionales que son las que se benefician directamente del ingreso de divisas frescas al país.
En el continente africano, los ingresos provenientes del turismo cinegético son definitivamente muy importantes. En un interesante trabajo de investigación llamado “Trophy hunting in Sub-Saharan Africa: Economic scale and conservation significance”, el Dr. Peter Lindsay, investigador de la Universidad de Pretoria de Sudáfrica, sostiene que la industria de safaris en los países del África subsahariana donde está permitido cazar (22 a la fecha),  genera anualmente un ingreso de 200 millones de dólares, que van (o deberían ir) directamente a las poblaciones rurales de los países que poseen programas habilitados de cacería.
En Inglaterra por ejemplo, la caza deportiva (incluida la tradicional cacería del zorro), genera un ingreso de 1.400 millones de libras al año. En Bulgaria alcanza los 3 millones de euros anuales, en Hungría los 70 millones de euros y en España a la cabeza del ranking unos 3.600 millones de euros por año.

Prohibición. La contracara de la conservación
En cierto ambientes pseudo-ecologistas se reclama la protección de la fauna por altruismo puro y duro. Nada de lucrar. Sin embargo, estos defensores de prohibir para conservar, olvidan que India -que prohibió la cacería en 1972-,  hoy padece una grave crisis de furtivismo de sus tigres de Bengala. Y que Kenia -que prohibió la cacería en 1977 bajo el gobierno nacionalista de Jomo Kenyatta-, sufre una crisis ecológica sin precedentes, que afecta especialmente a las poblaciones de elefantes. No hay dudas de que el camino del infierno está lleno de buenas intenciones.  Hoy 34 años después de la prohibición de los safaris de cacería, las especies de caza se han reducido entre un 40% y un 90%. El reconocido conservacionista Dr. Richard Leakey, (hijo de Louis y Mary Leakey, descubridores del Homo Habilis en el este de África), contabilizó casi 700 elefantes muertos por marfil entre los años 2012 y 2013, y unos 20.000 elefantes en todo el continente a manos de furtivos sólo el año pasado. 
Los hechos indican que la prohibición sin fundamentos científicos no funciona, y los daños que provoca al medio ambiente pueden llegar a ser irreparables.

El mito de la caza fotográfica
Otro mito común es que los safaris fotográficos son la mejor herramienta para preservar la fauna, ya que generan valor económico y no se mata ningún animal. Lo cual es enteramente cierto. Sin embargo, en un estudio estadístico de la revista Africa Geographic realizado para comparar el impacto ambiental entre ambas industrias en una operación de caza y un parque nacional, señalaba que en 6 meses de temporada de caza la ocupación de un campamento es de 30 turistas cazadores. La ocupación de una operación fotográfica a lo largo de los 12 meses (no hay temporadas establecidas) es de 2.630 turistas fotógrafos.
Si los ingresos son similares, como sucede en Tanzania donde sus parques nacionales reciben unos 11 millones de dólares anuales por ingresos del turismo de safaris fotográficos y 10.5 millones dólares por ingreso de cacería, está claro que el impacto ambiental es considerablemente mayor en el caso de los fotógrafos. A esto se lo denomina turismo consuntivo, es decir que consume. En la cacería se “consume” la vida de un ejemplar. En la fotografía no, pero el impacto ambiental es superior ya que los animales no identifican si el clik proviene de una Canon o de un Remington. Y aunque parezca inocuo, el tremendo flujo de turistas que violan el espacio vital de los animales (2.600 veces más si las estadísticas son ciertas), la infraestructura que requiere albergar y movilizar semejante cantidad de gente en un espacio físico finito como puede ser un parque nacional, impacta directamente sobre los animales, generando estrés y consecuentemente cambios en el comportamientos, especialmente en alimentación (se hacen nocturnos) y apareamiento (disminuye la tasa de procreación). Lo que afecta obviamente el crecimiento demográfico de las manadas, provocando de manera indirecta un efecto consuntivo peor que la eliminación de un macho viejo que ha dejado atrás su ciclo de reproducción. Paradójicamente a esto se lo llama turismo no consuntivo o ecológico. Otro error conceptual camuflado de verdad.

Todos contra la caza
Muchas veces he escuchado gente oponerse a la cacería legal aduciendo su pertenencia a Greenpeace, a Vida Silvestre o a alguna otra ONG ecologista de características similares. Por supuesto que todos tenemos derecho a pensar lo que queramos, pero lo que no es verdad es que todas las organizaciones ecologistas condenen la caza deportiva. Creerlo es otro serio error producto del desconocimiento.
A las pruebas me remito. La World Wildlife Fund (WWF) ha señalado que la conservación de especies de fauna, no tendrá éxito sin el apoyo de la comunidad internacional de cazadores. Según ellos, esto ya dejó de ser tema de debate. Es un hecho indiscutible. En Argentina, La Fundación Vida Silvestre (FVSA) acepta también la caza, siempre que sea realizada de manera sustentable, respetando especies, cupos y temporadas, y restringiéndose la actividad a los sitios permitidos. Greenpeace Argentina por su parte, no suele emitir definiciones sobre la caza legal, y lo más cercano a esta temática fue una declaración de Agosto del 2013 en su sitio de Facebook donde reconoce que “en lo que hace a problemáticas relacionadas con los derechos del animal, como su maltrato, abuso, desprotección, violación a las leyes sobre tráfico de especies, circos, zoológicos, etc. no cuenta con experiencia en este campo ya que estos temas puntuales escapan a las problemáticas ambientales en las que trabajamos”.
Por lo tanto y para concluir con estas reflexiones sobre la caza y la conservación, me gustaría recordar las palabras del escritor Wayne Dyer, quien suele decir que “el nivel más alto de ignorancia es cuando rechazas algo de lo cual no sabes nada”. Lamentablemente con esto es con lo que tenemos que lidiar para sustentar nuestra posición como cazadores deportivos. Una tarea bastante difícil en los tiempos que corren. 

domingo, 10 de agosto de 2014

Eduardo Barros Prado - Un cazador entre las Amazonas


Por Eber Gómez Berrade

Si hubiera que definir a Eduardo Barros Prado con una sola palabra sería la de aventurero. Este brasileño, amante de la caza mayor, la antropología y la exploración, alcanzó fama internacional a mediados del siglo XX gracias a los libros que escribió sobre su expediciones en las selvas del Amazonas y en las planicies de Africa. Sus trabajos fueron escritos originalmente en idioma español y publicados en Argentina, casi todos por la vieja Editorial Peuser de Buenos Aires. Con una pluma fluida y un tanto ornamentada, sabía capturar el interés del lector y trasladarlo a los lugares exóticos y salvajes por donde él mismo había andado. 
Barros Prado fue, entre otras cosas, capitán del Ejército en el arma de Caballería, profesor de equitación, corresponsal de guerra, etnógrafo, explorador, escritor y cazador.
Dueño de una personalidad cultivada y renacentista, fue también controvertido y polémico, lo que lo convirtió en blanco de críticas que ponían en duda la veracidad de sus hazañas en más de una oportunidad.
La primera vez que tomé contacto con la obra de Barros Prado fue hace muchos años, cuando me encontraba organizando una expedición en solitario a la selva amazónica. En aquel momento sus libros fueron para mí de gran inspiración y una fuente de conocimiento que resultarían de mucha utilidad en el terreno. Los años pasaron y en una visita a la ciudad de Río de Janeiro, encontré en plena avenida Visconde de Pirajá, en el coqueto barrio de Ipanema, la primera edición de un viejo ejemplar de su libro inicial: “Yo vi el Amazonas”. Era una traducción al portugués, realizada en 1952 por el Consejo Nacional de Protección de los Indios a pedido del famoso mariscal Rondón para el gobierno de la República de Brasil. La obra está prologada por el coronel Amilcar Botelho de Magalhaes, asistente personal de Rondón y miembro del Consejo de Protección de los Indios. El ejemplar en cuestión, además estaba firmado de puño y letra por el mismo Botelho de Magalhaes. Una grata sorpresa extra para mi curiosa e inquieta pasión bibliófila.
El hecho es que el prólogo de ese libro confirma varios aspectos de la vida de Barros Prado, que de no ser por el conocimiento personal que este funcionario brasileño tenía con el autor, parecería la descripción de un personaje de ficción típico de una novela victoriana.


UN HOMBRE DE MUNDO
La inquieta vocación viajera de Barros Prado y el haber nacido a la par del siglo XX le brindaron la posibilidad de conocer a personalidades de reconocida trayectoria de nivel mundial. En sus obras se menciona la amistad que trabó con Ernest Hemingway, a quien conoció en España durante la Guerra Civil y a quien luego acompañó en algunos de sus safaris por el continente africano. Se dice que en El Cairo tomó contacto con el coronel T.E. Lawrence (Lawrence de Arabia) y en Bombay con el mismísimo Mahatma Ghandi. En sus viajes por Africa también conoció a Sir Baden Powell, creador del movimiento Scout; al Dr. Albert Schweitzer, a quien visitó en su misión de Lambarené; a Halie Selassie, el Rastafari y último emperador de Abisinia, y a Donald Kerr, cazador profesional y propietario de la famosa compañía de safaris Kerr & Downey de Nairobi. En Argentina, además conoció a Pedro Luro y Antonio Maura, pioneros de la introducción del ciervo colorado en La Pampa; al escritor escocés Robert Cunnighame Graham; y al aventurero Aimé Tschiffely, quien aún hoy es recordado por la hazaña de haber recorrido el continente americano montando su dos caballos criollos, Mancha y Gato, en 1929.
Ahora, sin dudas, la amistad que lo marcó más fuerte fue la del general Cándido Mariano da Silva Rondón, mariscal y prócer brasileño llamado “el apóstol de los indios” por sus investigaciones y desarrollo de política de protección de los pueblos originarios de la cuenca amazónica.
Rondón fue el primer director de la Oficina Brasileña de Protección del Indio (FUNAI), identificó más de 200 tribus desconocidas y participó en la expedición del presidente Teddy Roosevelt al Amazonas, llamada “Expedición Roosevelt-Rondón”, en la que navegaron la totalidad del curso del Río de la Duda, descubierto por el mismo Rondón y rebautizado como Río Roosevelt a partir de esa excursión. En reconocimiento de su trabajo a favor de los indios, el gobierno de Brasil denominó un estado amazónico en su honor: Rondonia.
Que todos estos personajes se hayan cruzado en la vida de Barros Prado no es casual, ya que la exploración, la caza y la equitación fueron siempre un denominador común.

PRIMERAS AVENTURAS
Barros Prado nació en San Pablo en 1900, hijo de una familia descendiente de fundadores de esa ciudad brasileña y de la ciudad amazónica de Santarem. Su padre fue jefe de ingenieros en un regimiento del Brasil y participó en parte de la construcción del gran Teatro Amazonas, conocido como la Opera de Manaos, en pleno boom cauchero.
Siendo pequeño, sus padres se mudaron a una fazenda en Manaos, donde comenzó su educación inicial de la mano, primero, de un misionero cristiano, y luego de un tutor irlandés, que había pertenecido a los famosos regimientos de Lanceros de Bengala, que los británicos desplegaban en aquel entonces en la India imperial. Desde muy joven se sintió atraído por los idiomas, y a temprana edad fue contratado como guía e intérprete de dialectos indígenas en la expedición amazónica de Sir Alexander Hamilton Rice, patrocinada por la Royal Geographical Society.
Una vez abandonada la casa paterna, Barros Prado comenzaría un interminable peregrinar por el mundo entero. Estudió en los Estados Unidos y se graduó como médico veterinario en la Universidad de Iowa.
En 1932, de vuelta en Brasil, tomó parte de una revuelta militar en San Pablo, conocida como Revolución Constitucionalista, entrando en combate en las localidades de Fundao, Ponte Brizola, Fazenda Candoca hasta la retirada del grupo sedicioso en la localidad de Sorocaba. Luego de la derrota, se vio forzado a exiliarse, y aceptó una invitación del general Estigarribia, de Paraguay, para unirse al ejército de ese país como voluntario en la Guerra del Chaco que mantenía con Bolivia. Allí llegó a comandar un escuadrón de caballería compuesto mayormente por voluntarios extranjeros. Fue herido, y convaleciente en el hospital recibió una condecoración junto al grado de capitán de caballería.
Un nuevo viaje a los Estados Unidos lo encuentra trabajando en diversas actividades: en astilleros en Nueva Orleans, como vareador de caballos en Kentucky, empleado en la fábrica Good Year y como doble de riesgo en Hollywood, en donde ocupó el papel de Errol Flyn en algunas de las escenas ecuestres en la película “La carga de la brigada ligera”.



GUERRAS, SAFARIS Y CABALLOS
Luego de estas variopintas experiencias de vida, viajó a Africa y cubrió la invasión de las tropas de Mussolini en Abisinia como corresponsal de guerra. Después de la derrota de los fascistas a manos del emperador Halie Selassie en 1941, abandonó Abisinia y se dedicó a viajar y a trabajar como cazador profesional en el Congo Belga, Kenia, Angola, Rhodesia del Sur y Ruanda.
Al finalizar su periplo, se embarcó hacia el puerto de Santos, en Brasil, donde pasó unos ocho meses en Sao Borja, y luego siguió su derrotero hasta Buenos Aires, donde se dedicó al polo y la equitación. Según asegura Magalhaes en el prólogo de “Yo vi el Amazonas”, en esa época Barros Prado colaboró en su tiempo libre en dos revistas literarias y una dedicada a asuntos de equitación. Y luego de una temporada en la ciudad de Buenos Aires, se instala en la localidad de San Miguel donde se desempeñó como profesor de equitación y polo en el Campo Hípico “El Tato”.
En la década del 50 volvió a los Estados Unidos y posteriormente Africa, para realizar un safari de 26 días de donde proceden sus relatos del libro “El último safari”. Allí narra diversas cacerías de leonas, rinocerontes y búfalos, y lleva una cuenta pormenorizada de los personajes con los que se cruza en su camino.

JIBAROS Y AMAZONAS
La obsesión de Barros Prado por la exploración selvática y el contacto con tribus desconocidas lo llevó a seguir los pasos de Bonpland, Agazzis, Teodor Koch-Grünberg, Charles Marie de la Condamine, Spruce, Darwin y Hamilton Rice. Todos famosos exploradores amazónicos de renombre, a los que admira y no pierde oportunidad de mencionar en la mayoría de sus libros.
Entre 1949 y 1950 realiza una expedición en territorio jíbaro, donde asiste a las ceremonias de reducción de cabezas. Los fondos para financiar la travesía, según cuenta el mismo Barros Prado, provinieron de la venta de un campito de su propiedad en la localidad bonaerense de General Pacheco. Con ese dinero y sin ayuda oficial se largó hacia Iquitos, en la Amazonía peruana, para efectuar la expedición que relataría con lujo de detalles en uno de sus libros. En 1957 vuelve a la gran selva a bordo del yate Victoria, propiedad de su hermana, para recorrer el curso amazónico desde Iquitos a Manaos, esta vez más como cronista que como explorador.
La rigurosidad periodística y los datos históricos fueron los ejes centrales de sus escritos. Siempre con la selva como telón de fondo, y como protagonistas de la obra un sinnúmero de historias de vida de personajes ignotos que viven a la vera del gran río o en medio de los montes matogrocenses. Todo mezclado, claro, con relatos de caza de jaguares, panteras negra, catetos, maracayás, susuaranas, capibaras y antas. De esa etapa son los libros “La atracción de la selva” y “Yo viví con los jíbaros”.
En sus expediciones convivió con kayabíes, kalapalos, parintintín, xavantes y varias otras tribus. Pero, sin dudas, fue su estancia entre las icomiabas o amazonas la que más repercusión tuvo en su carrera de divulgador.
Barros Prado realizó tres expediciones en su búsqueda, guiado por la antigua leyenda. No la que cuenta Heródoto en su historia y que refleja la mitología griega, sino la que los conquistadores españoles del siglo XVI establecieron al descubrir una nación de mujeres guerreras en plena selva, por lo que bautizaron a ese gran río/mar como “río de las amazonas”.
En realidad, lo que Barros Prado encontró y que se cree que fue lo que vieron los españoles, no resultó otra cosa que una tribu matriarcal denominada icomiabas que habitaba las inmediaciones del río Ñamundá.

EN BUSCA DE EXPLORADORES PERDIDOS

Otro aspecto característico de la vida aventurera de Barros Prado fue su disposición para buscar exploradores perdidos en la Amazonía. Naturalmente, sus conocimientos de las selvas sudamericanas lo habilitaban para esa tarea, pero sin dudas fue una inclinación por el mito victoriano de las tribus perdidas de hombres blancos surgida de la imaginación de escritores como Sir Arthur Conan Doyle o Henry Rider Haggard, lo que lo llevó a internarse en la maraña en busca de dos aventureros franceses, desaparecidos en plena selva sin dejar rastro alguno.
Al igual que lo ocurrido con Livingstone en África a fines del siglo XIX y el coronel Percival Fawcett en el Matto Grosso a principios del siglo XX, la noticia de la pérdida de contacto de un piloto francés llamado Redfen, y del explorador y ex maquis Raymond Maufrais en la selva de Guayana, alentó las más diversas y fantásticas teorías acerca de sus destinos. Asegura Barros Prado en uno de sus libros, que la colectividad francesa en Río de Janeiro le solicitó organizar una expedición para ir en búsqueda de los desdichados compatriotas, lo cual hizo pero sin ningún éxito.
Perderse en la selva no es tarea difícil. Incluso el mismo Barros Prado extravió su rumbo en el Alto Xingú a principios de la década del 60, pasando 42 días sin provisiones y con la sola compañía de su perro Shaboo en las inmediaciones del Río das Mortes. Finalmente fue rescatado sano y salvo pero con marcados signos de desnutrición.
Barros Prado pasó sus últimos años en Buenos Aires. Según cuentan amigos que lo han conocido personalmente, tenía una personalidad agradable, estaba siempre bien dispuesto a contar historias en un portuñol bastante aporteñado, y mantenía una impresionante colección etnográfica recolectada en sus innumerables expediciones selváticas. Se desempeñó por un tiempo como funcionario del Estado argentino en temas de turismo, y hay quienes recuerdan aún su fallida participación en la organización de una cacería de ciervos colorados en la Patagonia argentina, en honor al príncipe Abdul Reza Pahlavi, hermano del Sha de Persia en la década del 70.
En noviembre de 1979, la mayor parte de su colección etnográfica se subastó en la casa Guerrico. Arcos, flechas, lanzas, cerbatanas, bordunas, tocadas de plumas, alfarería e innumerables artículos tribales fueron rematados, y comprados por un oferente bajo sobre que, dicen, se llevó todo a los Estados Unidos. Algunos años después Barros Prado fallecía en Buenos Aires.
La ausencia de material fotográfico en algunos de sus libros alimentó la suspicacia sobre la veracidad de algunas de sus hazañas y experiencias. Lo cierto es que la colección antropológica que supo recolectar y la precisión de sus relatos, descripciones y memorias en cada una de sus obras, no sólo inspiran y entretienen al lector que se acerca a sus libros, sino que lo deja con la íntima certeza de que el explorador y el cazador que escribe efectivamente ha estado allí.

SUS LIBROS
Eduardo Barros Prado publicó siete libros en idioma español, cinco de los cuales fueron editados por la casa Peuser de Buenos Aires. Sus obras también fueron traducidas al portugués, inglés, francés y alemán. Algunos de estos títulos fueron “I lived among the Amazons”, “The lure of the Amazon”, “Glückliche Jahre am grossen Stroms”, “Eu vi o Amazonas”, “J´ai vu l´Amazone” y “Aventures en Amazonie”.

“Yo vi el Amazonas” (Talleres Gráficos Dordoni 1948): Narra su temprana educación en Manaos bajo la tutela de un misionero y un militar irlandés miembro de uno de los legendarios regimientos de Lanceros de Bengala. El libro es una colección de relatos de personajes y experiencias de vida en el Amazonas.

“La atracción de la selva” (Peuser 1958): Incluye aventuras, relatos de cacerías y búsqueda de exploradores perdidos en la selvas de la Amazonia y el Matto Grosso.

“Yo viví con los jíbaros” (Peuser 1959): Es una colección de historias y personajes que el autor va encontrando en un viaje en el barco Victoria propiedad de su hermana. En cada puerto, desde Iquitos a Manaos, cuenta diferentes historias de vida que muestran su calidad como cronista y curioso escritor.

“El último safari” (Peuser 1963): Relatos de cacería y apuntes de viaje de su safari por Sudán, Congo, Sudáfrica, Kenia y Rhodesia a fines de la década del 50.

“Matto Grosso, el infierno junto al paraíso” (Peuser 1968): Raconto de sus expediciones por el Río das Mortes, exploraciones por el Alto Xingú y su encuentro con las tribus xavantes.

“Amazonas un mundo extraño” (Peuser 1968): Es la continuación de las expediciones por el Matto Grosso, con historias de vida de indígenas y exploradores, así como de algunas investigaciones antropológicas llevadas a cabo por el autor.

“Yo viví entre las Amazonas” (Nueva Senda 1973): La crónica de las exploraciones en busca de las icomiabas, que incluye un relato pormenorizado de los orígenes del mito de las amazonas en la literatura y en la historia. 

miércoles, 30 de julio de 2014

Una Brama inolvidable con un viejo 30-30


Por Eber Gómez Berrade

Una invitación para cazar en la brama en el coto El Chillén, me permitió probar un viejo y legendario Winchester Modelo 1894, fabricado en 1920 en el clásico calibre 30-30. Mi idea era cazar un ciervo colorado en la Pampa y en campo abierto, utilizando sólo alza y guión. Siempre me gustó tirar y cazar con mira abierta, y hacerlo con un arma clásica como el 1894, le añadiría sin dudas, un placer extra a ambas disciplinas. Una decisión arriesgada, que se convirtió en un gran desafío y más tarde, en un lance por demás deportivo.
Todo comenzó con la adquisición de una vieja carabina Winchester 1894 calibre 30-30 que vendía una amiga mía. El arma había pertenecido a su padre, un reconocido cazador de Buenos Aires y estaba en buenas condiciones. Era un viejo palanquero Pre 64 construido en el año 1920, con cañón de 20 pulgadas y la característica argolla para sujetarla a la montura.
Una vez en mi poder, se lo llevé a Héctor Nielsen, amigo y excelente armero para que le coloque un guión de bronce más alto y le restaure un poco la madera y las partes de aceros. Héctor hizo un gran trabajo, y la prueba en el polígono con el nuevo guión fue más que satisfactoria, pudiendo colocar disparos en el centro del blanco a 50 y 150 metros respectivamente. El rifle estaba listo para usar.

Una invitación para cazar con amigos
Fue así que cuando recibí la invitación de Jorge Martinó y su esposa Mercedes Lutz, para visitarlos en su coto de El Chillén en la última brama, se me ocurrió llevarlo para probarlo en condiciones de caza.
El Modelo 1894 se ganó la fama de ser el arma que más ciervos Cola Blanca ha abatido en los Estados Unidos, pero que pasaría con nuestros ciervos colorados, en medio de los montes de caldenes o en tiros largos en las dunas pampeanas. Durante muchos años, el 30-30 fue un calibre muy usado para cazar en Argentina, junto al venerable 7.65 de los Mauser militares. Sin embargo hoy en día, con la difusión masiva, de calibres mayores y más modernos, ha pasado a convertirse en una opción casi marginal.
Las características del calibre 30-30, pueden equiparase en alguna forma al .308 Win., por lo que en principio, lo hace apto para abatir ejemplares del porte de un colorado pero a distancias no muy largas. Si uno logra impactar la bala en su sitio, naturalmente. Lo que en definitiva, es -a mi entender- la clave de todo lance. Conocer perfectamente los puntos de impacto y disparar con precisión en alguno de los órganos vitales del animal.
Por supuesto, que en este sentido, hay otras variables a tener en cuenta, como el tipo de munición, la construcción de la punta, el calibre propiamente dicho, el terreno donde se cazará, el solvente manejo del arma por parte del cazador, y al fin y al cabo, la suerte. Pero si me preguntan, la correcta ubicación del disparo estará siempre en uno de los primeros lugares.   

La elección de la munición
Al momento de decidir que munición utilizar, opté por las Winchester Hollow Point de 150 grains. Una munición clásica sin muchas pretensiones y un tanto liviana. Contaba con lograr una buena aproximación, que me dejara a una distancia de tiro inferior a los 100 metros.
Sin embargo, al llegar a Santa Rosa, en la visita obligada a la armería de Leo Mareque, cambié sobre la marcha y me decidí por una alternativa con mejor tecnología.
Hablando con Leo  -que sería también de la partida en El Chillén, junto a varios amigos más como Marcelo Vassia, Luis Rodriguez y Juan Cruz Grahn-, me sugirió que usara la munición Lever  Evolution de la marca Hornady. Una bala que logra mayor velocidad que sus pares de Winchester y promete una mejor balística terminal sobre el trofeo.
De todas maneras, y más allá de la probable performance de la munición, Leo, no muy seguro de mi decisión de usar mira abierta, me pregunta: “¿trajiste otro rifle con mira, no?” . Y sí, había llevado otro, pero mi intención era usarlo sólo en la luna de Marzo para el jabalí si había oportunidad. Para el ciervo: alza y guión. La suerte estaba echada.

“Lady Luck” y “Mother Nature”
El Chillén posee un muy buen plantel de ciervos colorados de genética. Cuenta con una estación de cría y un potrero de cacería con ejemplares de muy alta calidad. Un paraíso para el cazador de trofeos. Pero además, cuenta también con miles de hectáreas de campo abierto, en una zona de la provincia de La Pampa famosa por tener una alta densidad de ciervos. En un paisaje bello y característico de monte de caldenes y algarrobos, grandes planicies y dunas pintorescas, los colorados se mueven con absoluta libertad, y precisamente ahí, era donde yo quería cazarlos.
Este año la brama se largó tarde, casi a fines de Marzo y al principio, muy cortada. Sin embargo, el primer día de cacería que salimos con Jorge, dimos con un macho a tiro de 30-30, adulto y selectivo que tendría unas 10 puntas. Bramaba debajo de un caldén junto a un pequeño harén de hembras. Lo evaluamos un rato largo,  y como el año pasado para la misma época habíamos tenido muchas oportunidades de caza, tomamos la decisión de dejarlo pasar. Por supuesto, fue un error.

En África, tenemos varios dichos al respecto. Uno es que para tener éxito, el cazador debe seducir a las dos damas de la cacería: “Lady Luck” y “Mother Nature” (la suerte y la naturaleza).
Otro pilar de sabiduría africana, es que siempre debemos tomar lo que el bush nos provea. Recuerdo cuando un cliente que había contratado los característicos 15 días de safari en Bushmanland para cazar un leopardo, tuvo en su mira un macho adulto pero no muy grande comiendo sobre el cebo, en su primera tarde de apostada. En esa misma disyuntiva, él hizo caso al saber popular del continente negro, y disparó. Así se pasó el resto del safari relajado y acompañando a su compañero de cacería, hasta que él también obtuvo su codiciado leopardo.
Tendríamos que haber recordado esta anécdota en aquel momento. Porque a diferencia de aquel cazador, nosotros pasamos la semana siguiente, sin volver a tener siquiera la más mínima oportunidad de cazar. San Huberto nos cobró cara la errónea decisión.
Mientras estuvimos cazando con Jorge, compartimos algunas salidas con Juan Cruz, al igual que lo habíamos hecho el año pasado. Esta vez, para no ser menos, llevó su Winchester 1895, en calibre .405Win. Una joya, y el arma preferida de Roosevelt, con el que abatió buena parte de las especies de planicie en su safari africano. Desafortunadamente la suerte estaba en contra para todos, así que tampoco hubo oportunidad de disparar el .405.
Mis días en el Chillén llegaban a su fin, y como tenía pendiente la visita al campo de Juan Cruz en Lihuel Calel, decidimos encarar rumbo sudoeste, para pasar unos días en otro bello lugar, con unos increíbles salitrales casi “lunares”, muy diferente a la orografía de Toay.
Pero a poco de estar allí, recibí el llamado de Jorge, quien me avisaba que la brama se estaba armando con fuerza, y me proponía que pasara a probar suerte nuevamente en su campo. No lo pensé dos veces.

La segunda es la vencida

Esta vez los bramidos de los machos en celo se extendían por todas partes y ya en las horas diurnas. Finalmente la magia había retornado al caldenal.
Una vez más salíamos cada día al rayar el alba, y cada atardecer hasta la puesta del sol. Caminando, escuchando y volviendo a caminar. Así pasamos unos dos o tres días, hasta que sufrí un fuerte calambre en el gemelo izquierdo, que me dejó imposibilitado de seguir caminando con normalidad.
Estaba claro que aunque “Mother Nature” nos había bendecido con la brama, “Lady Luck” seguía esquiva e inaccesible. Así las cosas, si no podía caminar, entonces me apostaría. No pensaba rendirme.
Pasé algunos días apostado, cambiando de apostaderos, de acuerdo a la dirección del viento, hasta que una tarde finalmente, pudimos seducir a Lady Luck.
Estábamos sentados con Jorge, y de repente vemos salir del monte enfrente a nosotros, un colorado grande. Venía sólo, al parecer mal de una mano y con andar cansino. Tendría unas seis o siete puntas, una cornamenta gruesa, un cogote ancho, y se aproximaba desde unos doscientos metros hasta la aguada, que estaba a 60 metros de nuestra ubicación. La luz era perfecta para un tiro de mira abierta. La distancia ideal. Esta era la oportunidad que estaba buscando.
Lo esperé hasta que llegó al agua, chequeando la definición del alza y el guión de bronce sobre la piel del animal. Sólo restaba esperar que se pusiera en posición adecuada. Algo lo alertó, levantó la cabeza con curiosidad, elegí el punto de impacto y disparé el viejo Winchester.
El ciervo cayó fulminado, clavando sus luchadoras en el barro. El tiro a la tabla de cogote, le corto la columna vertebral matándolo en el acto. Una muerte limpia y rápida, para un viejo macho solitario y en desgracia.
Al revisarlo, encontramos que tenía una herida en la mano izquierda bastante vieja, probablemente producto de un disparo. Tenía también un puntazo agusanado en uno de los cuartos traseros, producido tal vez en alguna batalla perdida contra otro macho dominante al inicio de la época de celo. Era un ejemplar, adulto y selectivo de seis puntas, con unos candiles muy gruesos y con un perlado excepcional.  
La misión estaba cumplida. Después de tanto andar, había cazado un muy buen ejemplar de selección, en compañía de un gran amigo, con un viejo Winchester de 1920, con mira abierta y en campo abierto. Qué más podía pedir. Nos abrazamos con Jorge y agradecimos a San Huberto, a la suerte y a la naturaleza, el habernos dado la posibilidad de cazar en buena ley, y de haber tenido la oportunidad de vivir una vez más, una brama inolvidable.  

El Winchester Modelo 1894

Es un clásico de la firma Winchester Repeating Arms Company. Fue diseñado en 1894 por el legendario John Moses Browning, y cuenta con varios hitos en la historia de las armas de esa compañía. Al inicio de la producción se ofrecía en calibre 32-40 Win. y 38-55 Win., y no fue hasta 1895 que la fábrica le incorporó algunas mejoras en la calidad de sus aceros para los calibres 25-35 Win. y 30-30 Win. o .30WCF(Winchester Center Fire) para pólvora sin humo. De esa forma, el binomio 1894 y el calibre 30-30 se convirtieron en leyenda. Fue el calibre más popular entre los cazadores de ciervos de los Estados Unidos, fue el primer rifle de cacería que vendió más de 7 millones de unidades, fue utilizado por los famosos Rangers de Texas, aunque nunca fue un arma provista en ningún ejército, y tuvo una tremenda aceptación entre los buscadores de oro en Alaska, llegando a conocerse como “Modelo Klondike”. Fue utilizado en la revolución Mexicana, y en diversas cacerías por el Presidente Theodore Roosevelt, reconocido admirador de la marca Winchester.  
El 1894 mejoró algunos aspectos  técnicos respecto a su antecesor, el 1892. La fábrica construyó para este modelo, un cerrojo más robusto, que permitía cartuchos un poco más largos, mejoró el sistema de la palanca, e incorporó el uso de una aleación de acero-nickel.
Originalmente se fabricó en rifle con caño redondo y octogonal de 26 pulgadas, y en carabina, con caños redondo de 20 pulgadas. La carabina poseía una anilla distintiva en la parte izquierda del cajón de mecanismo, utilizada para sujetarla a la montura del caballo. Los modelos con esta anilla se produjeron hasta el año 1927, y luego sólo se incorporaban a las carabinas a pedido del comprador.
Paralelamente a la producción estándar, la firma Winchester ofrecía también a sus clientes el servicio de customización , en el que brindaba una amplia gama de opciones al gusto y pedido del consumidor. Así los clientes podían solicitarlo con cañón octogonal, de diferentes longitudes, acabados especiales, grabados, maderas de alta calidad, sistemas take down, y cargadores tubulares de diferentes medidas.
Otro detalle anecdótico de este clásico, fue que la firma decidió producir modelos conmemorativos cada vez que fabricaban un millón de unidades y regalárselos a los presidentes de Estados Unidos que estaban en ejercicio en ese momento. Por ejemplo, el número 1 millón, fue regalado a Calvin Coolidge en 1927 y el 2 millones, al presidente Dwight Eisenhower en 1953.
Luego de 7 millones de unidades, la fábrica Winchester discontinuó su producción en el año 2006.


Munición Hornady Lever Evolution
La munición Lever Evolution de Hornady tiene un diseño “spitzer”, aunque esta especialmente diseñada para rifles de palanca con cargador tubular. Para ello, cuenta con una punta flexible, que al momento del disparo, evita que el retroceso percuta el fulminante de las balas alojadas en línea, una detrás de otra, en el cargador tubular.
Esta punta denominada Flex Tip (FTX), va inserta en la ojiva de aleación de cobre, y según las especificaciones técnicas desarrolla una mayor retención de peso y energía, al tiempo que mejora notablemente la penetración y desarrolla una trayectoria mucho más razante. 
Las Lever Evolution se comercializan actualmente en 140 y 160 grains de peso, y son más veloces que el resto de las líneas de Winchester para rifles a palanca. En el caso del 30-30, la velocidad en la boca del cañón alcanza los 2.400 pies por segundo comparada con 2.000 de la clásica Hollow Point.

Para tener una idea, esta velocidad comparada con una punta de 150gr., de nuestro clásico 308 Win, es inferior en aproximadamente unos 400 pies por segundo. Lo que no está nada mal para un calibre 30, y cómo pude comprobar personalmente, resultó tan letal como cualquier otro de esta gama.

viernes, 30 de mayo de 2014

Elefante - El mayor desafío de África



Por Eber Gómez Berrade

Es el mayor mamífero terrestre sobre la faz de la Tierra, el más grande de las especies de caza peligrosa de África, y el más peligroso entre los peligrosos. Una criatura majestuosa y atemporal, cuya cacería es sin dudas la más excitante aventura a la que pueda enfrentarse un cazador.
Para algunos de nosotros la caza del elefante estuvo presente desde las tempranas lecturas de Rider Haggard, que luego dieron paso a los hipnóticos relatos de John Hunter, “Karamojo” Bell y “Pondoro” Taylor. Así fue como los exóticos nombres de Enclave de Lado, Congo Belga, o río Tana, se convirtieron en mágicos para los que soñamos alguna vez con toparnos con Ahmed, el famoso gigante del Monte Marsabit, que tuvo el honor de tener guardaespaldas asignados por el gobierno de Kenia, para custodiar sus 148 libras de marfil. Lo cierto es que hoy sigue siendo posible hacer realidad el sueño de enfrentarse a uno de los mayores desafíos que ofrece la caza mayor.


Un grande entre los grandes
Se lo conoce como Tembo, Ndlovu, Nsok y muchos nombres más en lenguas nativas. La ciencia occidental lo denomina Loxodonta africana, y es casi un monstruo prehistórico que ha sobrevivido en tierras africanas los últimos 50 millones de años, extendiéndose originalmente por todo el continente, desde el sur del Sahara hasta el Cabo de Buena Esperanza.
Existe otra especie de elefante, la que hasta hace algunos años era considerada una subespecie del “africana”, y es el Loxodonta cyclotis o elefante de foresta. Esta especie, podría llegar a tener una subespecie, el Loxodonta cyclotis pumilio, que es el elefante de foresta pigmeo, pero aún la comunidad científica presenta discrepancias para aceptar esta categoría taxonómica.
El elefante africano puede alcanzar los 3 metros de altura y llegar a pesar unos 6.000 kilos en los machos adultos. Suelen alcanzar los 60 años de edad. Pueden subsistir casi en cualquier hábitat tales como pantanos, planicies, montes y selvas con la condición que dispongan de agua y alimento suficiente, que no es poco. Un elefante consume entre el 4 y 6% de su peso corporal por día, lo que le insume unas 16 horas diarias. Esta característica hace que la especie sea una de las que mayor impacto ecológico ocasiona al medio ambiente, luego de la especie humana, claro.
Los elefantes se reúnen en manadas matriarcales y clanes. Los machos adultos comienzan a moverse solos por separado hasta le etapa de reproducción, y poseen un comportamiento complejo en términos etológicos.
Los colmillos de marfil han sido históricamente un ícono de los trofeos de caza, y hoy en día los gobiernos definen cuál es el mínimo para que un colmillo sea considerado trofeo y pueda ser exportado. El récord inscripto en el libro de Rowland Ward es el de un ejemplar obtenido en el Monte Kilimanjaro, en el África del Este, por una expedición del Museo Británico en 1898, que alcanzó las 226 libras en un colmillo y 214 en el otro. Lamentablemente una magnitud impensable para los estándares actuales.
 
Dónde están los mejores marfiles
Sin dudas Botswana es aún uno de los mejores lugares de África en cantidad de elefantes y peso de colmillos. Se estima que allí habitan unos 130.000 ejemplares de acuerdo al último censo realizado. Otro dato interesante es la alta tasa de densidad poblacional, ya que el sur de Botswana está atravesado por el desierto del Kalahari, las manadas se concentran en el norte del país, más precisamente en deltas y pantanos de los ríos Okavango y Chobe. Allí las defensas de los paquidermos tienen la característica de ser gruesas, pesadas y un poco cortas. Por lo tanto, como el trofeo se mide por peso, es donde se encuentran las mejores oportunidades. Lamentablemente el gobierno de este país decidió prohibir la cacería deportiva a partir de este año. Sin embargo, y de acuerdo a las conclusiones de la Elephant Summit, llevada a cabo en el mes de Diciembre pasado en la ciudad de Gaborone, capital de Botswana, las autoridades reconocieron la importancia del uso sustentable de la fauna silvestre, es decir de la caza deportiva como herramienta de manejo y conservación, y afirmaron que de ser necesario podrían re-abrir la cacería en un futuro próximo. Ojalá sea más pronto que tarde, evitando el consecuente daño ambiental y la inevitable disminución de las poblaciones de proboscídeos.
Otro país que ofrece muy buenas chances para la caza del elefante es Namibia. Especialmente en la Franja del Caprivi y en Bushmanland. El Caprivi es un ambiente fronterizo a los deltas de los ríos de Botswana, donde el cazador puede esperar encontrarse con grandes manadas con colmillos que alcancen las 50 libras. Bushmanland en cambio, es un inmenso territorio árido con agua disponible solo en aguadas a donde acuden las manadas. Los colmillos en esa área suelen ser mucho más grandes que los del Caprivi. De hecho de allí salió el récord de ese país que excedió la mítica cifra de las 100 libras.
Namibia además ofrece una alternativa al cazador de trofeos que es la posibilidad de obtener especies selectivas. El gobierno de ese país implementa programas de regulación para ofrecer carne a las aldeas que se encuentran en las zonas de caza. De esa manera, el cazador deportivo consigue un permiso especial para cazar un animal que no alcance las características para ser considerado un trofeo para exportación, con la condición de no llevarse nada del animal abatido. La ventaja para el cazador es que el costo es mucho menor a la cacería de un trofeo, y la experiencia de enfrentarse con el más grande de los cinco grandes es idéntica. Las ventajas para los nativos, salta a la vista: toneladas de carne fresca que proveerán de proteínas a familias enteras.   
Mozambique es otro lugar excepcional para la cacería de elefante, especialmente en áreas como la que rodea el lago Cabora Bassa y la Reserva Niassa, sobre el río Ruvuma en la frontera con Tanzania. Allí el cazador podrá esperar encontrar marfiles de 60 a 90 libras en lugares completamente inhóspitos.
Un poco más al norte, Tanzania ofrece excelentes oportunidades de cacería. Las mejores áreas en este país son la Reserva Selous, Kilombero, Lunda e Inyonga. Sus ejemplares son los característicos del África oriental, es decir que tienen colmillos más livianos que los del sur, pero más largos.
Zambia no es un destino típico de elefantes. El país ha sufrido una grave crisis de furtivismo desde que obtuvo su independencia allá por la década del 60. Hoy en día es difícil encontrar algo que supere las 50 libras y el gobierno otorga pocas licencias de caza.
Para aquellos que estén interesados en los elefantes de foresta, el lugar hoy en día es Camerún. Si bien, los colmillos de la loxodonta cyclotis son considerablemente inferiores a su par de planicie, el desafío de cazar en plena selva, en época de lluvia, junto a pigmeos y con una visibilidad mínima que aumenta exponencialmente el riesgo ante una carga, es único y uno de los más excitantes que ofrece el continente negro.
En cuanto a Sudáfrica, este país cuenta con una gran población de elefantes en sus parques nacionales como el Kruger National Park y el Addo Elephant National Park con marfiles que raramente superan las 50 libras. El problema es que en los parques nacionales está prohibida la cacería y por lo tanto ésta se debe llevar a cabo en propiedades privadas. Por esta razón es difícil incluir a este país como destino de cacería de paquidermos. Sinceramente no veo la gracia a cazar un elefante en un coto de caza, cuando África ofrece la posibilidad de recorrer interminables extensiones de territorios y adentrarse en medio de grandes manadas para lograr el trofeo deseado. El otro país que lamentablemente sigue quedando fuera del menú de cacería es Zimbabwe, debido al flagelo del furtivismo y a la situación política, social y de seguridad provocada desde hace décadas por la dictadura de Robert Mugabe que ha hecho de este otrora maravilloso país, una fuente de saqueo y depredación.

Estado de conservación
La caza furtiva se ha convertido en una pandemia difícil de desterrar en África. Desde hace casi dos siglos, árabes y europeos se adentraron en las profundidades del continente negro en busca de las grandes manadas para satisfacer su codicia de oro blanco. Esta situación pareció cambiar cuando los grandes imperios europeos, particularmente el británico, conscientes del daño que provocaban a la fauna, crearon los inmensos parques nacionales que aún hoy permanecen en África. Sin embargo, a pesar del manejo de la fauna, la prohibición de la comercialización del marfil y la creación del CITES, el furtivismo continúa. Ahora sumado al tráfico ilegal del marfil, se le agrega el de carne provocando la muerte de un elefante cada 15 minutos según aseguran expertos en conservación. Sólo en 2012 se mataron 36.000 elefantes. La prohibición de vender marfil parece no afectar el incremento en la demanda por parte de chinos y otros pueblos asiáticos.
Sumado a esto, en 2014 entró en vigencia la prohibición de cazar en Botswana, que de mantenerse en el tiempo, causará gravísimos daños a los ecosistemas fluviales en su territorio, provocando como consecuencia una disminución en las poblaciones por falta de alimento. El gran problema hoy día, además del furtivismo, es el confinamiento de las grandes manadas a parques nacionales. Como pasó en las áreas cercanas a las cataratas de Murchison y en el parque Tsavo en el este africano, donde los bosques se transformaron en pampas. Naturalmente esta disminución de alimento, provocó una importante merma en la  población de elefantes y de rinocerontes negros. La destrucción de árboles y bosques es normal en la ecología de estos paquidermos, lo que no es normal es que una vez devastada el área, ya no pueden migrar o salirse de la reserva por estar casi siempre rodeada de asentamientos humanos cada vez más grandes. La amenaza que pone en riesgo al elefante es el desmedido crecimiento demográfico de las poblaciones humanas, que impactan negativamente cada vez más en el medio ambiente general del continente.

La cacería 
La cacería del elefante conjuga diversas variables que según mi criterio la convierten en el mayor desafío que ofrece el continente negro. Como vimos esta especie se ha adaptado a una gran variedad de terrenos, por lo que el cazador deberá estar preparado para moverse en pantanos, montes cerrados, forestas, bosques, etc. Además, las manadas están casi siempre en movimiento mientras se alimentan, por lo que quien quiera abatir un trofeo deberá caminar las mismas distancias. Desde el punto de vista físico, es muy demandante y requiere del cazador una gran presencia de espíritu. Se caza con los pies dice el refrán, y es exactamente así. La partida comenzará buscando huellas cerca de aguadas, caminos, o pasos hasta encontrar rastros de un macho grande al que poder seguir. Esto claro, no garantiza que ese macho tenga colmillos o que sus defensas sean trofeo. Esta persecución a ciegas puede durar días enteros, por eso se requiere en muchos países un mínimo de 12 a 15 días para este safari. El avistaje desde árboles altos o colinas también funciona, pero nada ahorrará la aproximación directa a la manada para asegurarse de que allí está el ejemplar que uno busca. Si no está, a comenzar todo de nuevo con el mayor estoicismo. Ahora, una vez que se identifica el trofeo esperado, así esté solo en medio de un grupo, la parte más excitante del lance comienza.
La aproximación es fundamental en la cacería de estos paquidermos ya que la distancia de disparo suele ser muy corta. Utilizar el viento es importantísimo y moverse con sigilo es fundamental. Hay que estar muy atento a los remolinos y cambios sutiles de dirección de la brisa, ya que a la más mínima alarma, el animal huirá o atacará rápidamente. La tarea del profesional será la de evaluar el trofeo, lo que es muy difícil porque el peso de algo es muy complejo, teniendo en cuenta además que sólo una parte del colmillo es la que se ve fuera del labio, y que además posee una cavidad interna donde se aloja el nervio que no cuenta en el peso final. Todo esto debe ser evaluado y supuesto por el profesional en pocos minutos, mientras se cuida la seguridad de los miembros de la partida y se analiza las posibilidades de recibir una carga directa. Si hay alguna de las especies que tiene bien ganada la fama de peligrosa, sin dudas es esta.


Peligrosidad

En mi opinión el elefante es el más peligroso de las especies peligrosas de África. Claro que esta es una opinión personal, y que también ha generado un debate clásico entre los que se inclinan por el búfalo, el leopardo, o cualquiera del resto de esa categoría como los número uno del ranking. Sin embargo, las estadísticas han mostrado que casi no hay chances de sobrevivir si uno es alcanzado por un elefante. Cosa que sí ha sucedido con búfalos, leones, leopardos y rinocerontes. Su peligrosidad radica en varios aspectos. En primer lugar la velocidad de carga que llega a alcanzar marcas de 40 km por hora. En situación de ataque, el cazador se enfrentará a una locomotora gigante que recorrerá 20 metros en 2 segundos. Lanzado a una carrera hacia el cazador, podrá hacerlo en forma silenciosa o barritando fuertemente con una actitud francamente intimidatoria. Sumado a esto, su fuerza y su inteligencia complementan un cuadro temible para quien ose traspasar su zona de seguridad. 

Las armas
Con respecto a las miras, soy un ferviente defensor del alza y guión en detrimento de las telescópicas, por lo menos para las situaciones de tiro que suelen darse con los proboscídeos. La mira telescópica aunque sea de bajos aumentos, dificulta la visualización completa de un animal tan grande a corta distancia, y puede además provocar una peligrosa visión de túnel. En esa situación sólo la visión periférica permitirá advertir una eventual carga silenciosa de otro animal que se acerque por un flanco. Tirar con precisión, recargando rápido y apuntando con miras abiertas requiere mucho entrenamiento, pero asegurará el éxito de un lance memorable.

Las municiones
No hay mucho que analizar en la elección de la munición. En todos los casos debe usarse punta sólida, su gruesa la piel, grandes huesos y su  tamaño corporal hace que el proyectil deba penetrar una gruesa capa de tejidos antes de impactar en el órgano vital. Si hablamos del famoso tiro al cerebro, la punta deberá atravesar huesos y cartílagos esponjosos para llegar a una pequeña masa cerebral ubicada en el centro del cráneo. Si en cambio, el disparo se realiza desde la parte posterior, como el famoso “Texas heart shot”, el proyectil al ingresar por la base de la cola, deberá penetrar casi todo el cuerpo del elefante para interesar corazón y pulmones. En cualquier caso, la punta sólida es la única opción. En cuanto a tipo y marcas, podemos abrir una divertida discusión sobre alternativas existente en el mercado internacional y analizar entre Woodleigh, Kynoch, Norma, RWS, etc., pero lo cierto es que difícilmente contemos con esas opciones en nuestro mercado local. Lo mejor entonces es adquirir la munición de mayor calidad disponible al momento de comprar. Como comentario personal, me inclino por las Norma African PH que me han dado un excelente resultado, pero lamentablemente no se consiguen en el país.  

Los calibres
Este es el único caso donde el legendario 375 H&H Magnum se queda un poco corto en una situación de caza peligrosa. En realidad, en muchos países de África es el mínimo calibre legal permitido. Los tiempos de Karamojo Bell, tirando con su 275 Rigby quedaron definitivamente en el pasado. Dicho esto, un 375 H&H en manos expertas puede cumplir perfectamente su cometido, como me lo demostró el año pasado Diego Lindow, un amigo y cliente que abatió un elefante en el Caprivi con su rifle doble de miras abiertas, y un único y certero tiro de cerebro, usando ese calibre con puntas de 350 grains. Lo cierto es que de ahí para arriba, los mejores calibres para el cazador deportivo son los .40 como el legendario 416 Rigby, el 416 Remington Mag., el 404 Jeffery, el 458 Lott, o el 470 NE por nombrar algunos de los más populares. Cualquiera de estos disparará puntas que van de 400 a 500 grains, logrando excelente coeficiente balístico y penetración terminal.   
Un escalón arriba, están los grandes “stoppers”, como el 500 Jeffery, el 505 Gibs o el 577 NE, con puntas que arrancan en los 540 grains hasta los 750 grains en el caso del 577 NE. En general, estos rifles son utilizados para la caza de elefantes de foresta, precisamente por su capacidad de detener una carga a muy corta distancia, o para back up por los cazadores profesionales que se dedican mayormente a safaris de elefantes. No son recomendable para quien vaya a cazar elefante una o dos veces en su vida, ya que son casi una especialidad de poca utilidad en otras situaciones, y pueden propiciar en el tirador el desagradable “flinching” o miedo al retroceso, complicando la precisión de los disparos.  

El tiro
Las situaciones de tiro suelen ser de muy corta distancia. Por esa razón, el cazador deberá hacerlo de pie y a mano alzada. Muchos profesionales optan por el uso del característico trípode al momento de efectuar el primer disparo para tener más certeza en ubicación del proyectil. No está mal, sin embargo, muchas veces al momento de un segundo disparo el trípode puede molestar, o más aún requerir de un asistente para quitarlo de en medio, lo que agrega riesgo y probablemente distracción al tirador. Por esa razón, soy partidario de suplantar el trípode por horas de entrenamiento de disparos a brazo alzado con la misma arma. Una vez efectuado el primer disparo, el cazador deberá recargar inmediatamente si tiene un rifle de cerrojo o estar listo para un segundo disparo de su doble express. En caso de carga, ese segundo disparo será vital, al igual que los tiros de back up que haga el profesional para detener la carga antes de que sea demasiado tarde.

Los consejos del último cazador de marfil

Si hay una persona en la actualidad con experiencia en la cacería de elefantes, es Tony Sánchez Ariño, quien ha pasado toda su vida cazando elefantes primero por marfil y luego como guía profesional en casi todos los países del continente. Siempre recuerdo que en cierta oportunidad estando con mi amigo Carlos Coto en los Estados Unidos, compartimos una exquisita charla con Tony, quien es dueño de un gran savoir faire y un sentido del humor casi sajón. Esa vez contó divertido sobre la lapidaria respuesta que suele dar a los cazadores entusiastas que le preguntan sobre el mejor calibre para elefantes: “el mejor calibre?, la bala en su sitio, sin dudas”, responde siempre de manera inexorable. La ubicación del disparo en el área vital, cualquiera sea el animal a cazar, es siempre de suma importancia, pero tratándose de los mamíferos más grandes y peligrosos del mundo, se convierte en un asunto de vida o muerte. En este sentido, Tony también es autor de un decálogo abreviado sobre las reglas básicas para la caza del elefante. Aquí van a modo de epílogo.
1.-“No olvidar que es siempre el primer disparo el que cuenta, los demás solo sirven para corregir errores”.
2.-“Ante la duda de poder impactar correctamente el disparo, abstenerse de hacerlo”.
3.-“Nunca tirar a ver qué pasa, estos riesgos suelen terminar en un desastre total”.
4.-“Utilizar el calibre y la munición correcta en cada ocasión, teniendo presente que lo que manda en la caza es el terreno donde ésta se realiza”.
5.-“Emplear armas de la máxima garantía, las mejores que nuestra economía nos permita adquirir, pero sin olvidar que la habilidad del que la maneja es tan importante como la calidad de éstas, procurando tener siempre la máxima soltura con ellas”.