domingo, 22 de febrero de 2015

Sasha Siemel - Andanzas de un Tigrero legendario



Por Eber Gómez Berrade

Sasha Siemel fue siempre una “rara avis” en el mundo de la caza mayor. Considerado como el único hombre blanco, capaz de abatir jaguares usando una lanza en las selvas del Amazonas y Mato Grosso, supo construir su propia leyenda que perdura aún en nuestros días. Cazador, guía de expediciones, políglota, escritor, conferencista, fotógrafo y actor, fueron algunas de las variadas facetas, que ayudaron a crear la mítica figura de este aventurero letón.

Rumbo a hacer la América
Sasha era un apodo familiar, se llamaba en realidad Alexander y nació en 1890 en la ciudad de Riga, capital de la república de Letonia, frente a las costas del mar Báltico. Al igual que muchos inmigrantes europeos, se embarcó hacia los Estados Unidos a probar suerte cuando tenía 17 años. Se fue a hacer la América como se decía por aquel entonces y Nueva York era la puerta de entrada más cercana hacia ese continente. Allí estuvo sólo un par de años y luego decidió probar suerte en el otro país americano que ofrecía un futuro promisorio, Argentina. Llegó a Buenos Aires en 1909 donde comenzó a trabajar en una imprenta y en dónde aprendió el idioma español.  Sasha dicen, tenía una gran facilidad para los idiomas. En ese entonces se manejaba fluidamente en su letón natal, ruso, alemán que le enseñó su madre, inglés por su paso por Estados Unidos, y un castellano rioplatense aprendido en Buenos Aires. Luego adoptaría el portugués como su lengua principal en su estadía amazónica.
En 1914 al estallar la Primera Guerra Mundial, el espíritu aventurero de Sasha lo impulsó a buscar una vida más interesante que la que una imprenta porteña podía ofrecerle. Se decidió por Brasil y esa decisión marcaría definitivamente su futuro, su historia y su leyenda.
Por aquellos años, los minerales preciosos encendían la codicia de todo aventurero. La fiebre del oro, diamantes y esmeraldas impulsaba a miles de buscadores hacia Klondike, Colombia, Kimberley o el Mato Grosso, generando un boom que además ofrecía trabajo y negocios a gentes provenientes de distintos países y profesiones. Allí en el Mato, el joven Sasha se abrió camino como mecánico y como armero, viajando por diversos campamentos de mineros. Allí también aprendió rápidamente el portugués y se comenzó a familiarizar con el medio ambiente tropical. Casi diez años dedicó a esta tarea, mientras realizaba algunas expediciones de caza por los alrededores, capturando catetos, susuaranas y más de una onza, como los brasileños llaman a los yaguaretés.
Recién en 1923 tuvo la posibilidad de aplicar sus conocimientos de caza mayor de manera profesional, cuando fue contratado por fazendeiros del Pantanal como cazador profesional para proteger a la gente de las haciendas y al ganado de los temibles jaguares o tigres. Tenía 33 años y a esa simbólica edad, nacía su leyenda.   

Cazando yaguaretés con lanza
Naturalmente sus primeras cacerías fueron con armas de fuego, mayormente los viejos palanqueros Winchester que poseían los rancheros. Sasha aprendía rápido, y no sólo idiomas. La observación y el constante contacto con estos animales y aborígenes, los esforzados recechos y las largas esperas en apostaderos lo convirtieron en un especialista en comportamiento animal, y un par de años después de su primer trofeo, decidió probar suerte cazando con lanza o zagya, como lo hacían los miembros de la tribu Guató.
El primer “tigre” que cazó a lanza, llegó a pesar unos 140 kilos y resultó una experiencia que marcaría su vida para siempre. Era el año 1925 y se convirtió así en el primer hombre blanco en cazar jaguares de esa forma.
La zagya medía un poco más de dos metros, con una hoja ancha y muy afilada y un asta de madera dura y gruesa. Había que tener mucha fuerza y gran agilidad para enfrentar a un jaguar herido de muerte, en un mano a mano solitario en la maraña. Sasha no era un tipo de contextura especialmente grande, media casi 1.80 y pesaba 90 kilos.
La técnica en sí consistía en esperar el salto del yaguareté, y en el momento exacto empalarlo con la lanza en la parte superior del pecho o en el cuello. Naturalmente el felino hacía lo imposible para evitar el filo de la zagya, defendiéndose con sus garras intentando aniquilar al cazador. Como solía decir Sasha, cazar con lanza el yaguareté no era difícil, si uno podía mantenerse en pie al momento de la carga del animal. Eso sí, caerse significaba la muerte.
Se dice que Siemel cazó unos 300 jaguares en el Mato Grosso en toda su estadía allí, muchos de ellos ayudado por sus perros, en especial uno llamado Valente, que hacía honor a su nombre. Aquí no puedo dejar de relacionar a otro tigrero, también amante de los perros. El viejo Jim Corbett, de quien ya he escrito sobre su vida y aventuras en estas mismas páginas. Corbett fue un tigrero, pero de tigres reales de Bengala en la India imperial, y que al igual que Siemel no se internaba en la selva sin sus perros Robin y Rosina.
 
Sus proezas se conocen en público
En 1929 un cónsul boliviano en Londres es comisionado para explorar el Chaco boliviano. En esa expedición que contó con la participación del Penn Museum, estaba formada además por dos jóvenes ingleses, el cineasta J. C. Mason, y al escritor Julian Duguid. Ambos serían los encargados de documentar los avances de la aventura. La expedición partió de Buenos Aires y se dirigió Paraná arriba hasta Asunción, y luego bordeando el Mato Grosso hasta el Gran Chaco. Allí se contactaron con Siemel y lo contrataron como guía. Era perfecto para la tarea.  Joven, baqueano, hablaba inglés y además habilidoso en cuestiones de caza mayor. Al poco tiempo, sus habilidades con la  lanza impresionaron al grupo de ingleses, tanto es así que Duguid, en su trabajo monográfico “Green Hell” (Infierno verde) publicado en 1931, en donde cuenta los pormenores de la expedición, bautiza a Sasha como “Tigerman”. Nombre que luego volvería a usar Duguid al año siguiente como título de una biografía de Siemel. 
A partir de entonces se dio un fenómeno similar al ocurrido un par de décadas antes en Medio Oriente, con el coronel británico T.E. Lawrence y el periodista Lowell Thomas, quien ayudó a crear la figura legendaria de Lawrence de Arabia. Duguid en este caso, convenció a Siemel para que comenzara a dar conferencias en clubes de exploración, lo que lo hizo cada vez más popular. Se puede decir, que como el caso de Lowell Thomas, Duguid fue el inventor del Tigrero.
Parte de la campaña orquestada por el escritor para difundir las actividades del letón, estaba formada por viajes al extranjero. Así fue que visitaron Londres y luego a Estados Unidos para presentarse en asociaciones y clubes de exploradores. Sus andanzas se propagaron como reguero de pólvora.
Fue precisamente en una de esas conferencias que en la ciudad de Pensilvania, Estados Unidos, en 1937, Sasha conoce a Edith Bray, una joven fotógrafa que luego se uniría a él en el Pantanal para registrar las extrañas actividades cinegéticas de lituano. Su trabajo fue muy bueno, tanto que tres años después de aquel encuentro, Sasha le propuso matrimonio a la joven fotógrafa y la invitó a establecerse definitivamente con él en Brasil. Se cazaron en Rio de Janeiro en 1940. El tenía 50 años y Edith 22.
Edith provenía de una familia con estrechos lazos políticos en el estado de Pensilvania. Era una joven inquieta, inteligente y muy curiosa. Su amor por Sasha hizo que también emulara algunas de las cualidades de su esposo. Aprendió portugués y a cazar con arco y flecha. Fueron tanto sus avances en esta técnica, que hasta llegó ella también a cazar yaguaretés. Además en aquellos años de vida en Brasil, solían capturar animales para el zoológico de Filadelfia.
La popularidad del tigrero era tan grande que le fue ofrecido un papel como actor en una película de Frank Buck, otro personaje que mezclaba sus hobbies por la caza mayor, el coleccionismo de animales, la escritura, la producción cinematográfica y la actuación. Ambos hicieron juntos una serie denominada “Jungle Menace” (Amenaza en la jungla), donde Siemel interpretaba el papel de Tiger Van Dorn, un cazador con lanza de fieras salvajes. Esta serie se recopiló más tarde en un film llamado “Jungle Terror”.
Hollywood también se interesó en sus aventuras, y se propuso a John Wayne y Ava Gardner para una super producción de aventuras en las exóticas junglas brasileñas, pero los costos de producción fueron tan altos, en especial por el traslado de los actores a locaciones originales, que se canceló el rodaje. En 1994 se hizo un documental sobre este fallido proyecto al que llamaron “Tigrero, la película que nunca se filmó”. 
Así fue como intercaló charlas, conferencias, actuaciones en el cine en películas de aventuras, y viajes al Pantanal por casi diez años. En 1947, con tres hijos en su haber: Sondra, Dora y Sasha Jr. (a quien llamaba Sashino), decidieron mudarse a Pensilvania y comprar un rancho en Marlbough Township, al que llamaron Bon Retiro. Esa sería su residencia permanente por el resto de su vida. En 1955 Edith dio a luz al segundo hijo varón, Carlie quien completaría la familia definitivamente.
Establecido en los Estados Unidos Sasha mantuvo una vida tranquila, dando charlas, escribiendo y liderando expediciones en Sudamérica.

Libros y artículos
El matrimonio Siemel siempre encontró placer en las actividades literarias, Sasha escribiendo y Edith ilustrando las obras. En 1949 ambos publicaron un libro en colaboración titulado “Jungle Wife” (algo así como la esposa en la jungla), donde contaban sus experiencias familiares en la selvas del Brasil. En esos años también, Siemel escribió innumerables artículos en revistas de caza y naturaleza, incluida la famosa National Geographic. Pero no sería hasta 1953 que apareció publicado su autobiografía “Tigrero”, así como suena, en español.
Al año siguiente el mismo libro se publicó en Londres, con otro título: Jungle Fury (Furia en la jungla), el que también se convirtió en un inmediato best seller en la capital del imperio británico.
“Tigrero” fue todo un éxito y se convirtió en un clásico de la literatura cinegética y de aventuras. Aún hoy es una obra buscada y apreciada por cazadores en el mundo entero. En realidad el libro, es un raconto en primera persona de situaciones y personajes que forjaron parte de la vida de Siemel en sus años en el Pantanal. Allí aparecen personajes como Don Carlos, el sheriff tuerto de Paso Fundo; Joaquín Reis, el alcalde de Diamantino, un campamento de diamantes de Mato Grosso; Francisco Pinto de Olivera, quien administraba una prisión y emborrachaba a los presos los sábados a la noche para tenerlos contentos y tranquilos; Aparicio Pinherio, el mejor amigo de Sasha, quien se vio envuelto en un exótico triangulo amorosa en plena selva; y el infame Ricardo Favelle y su larga y peligrosa enemistad con el autor. Todas las historias, están muy bien escritas, con descripciones claras y entretenidas. No había dudas de que Siemel, no sólo era un gran cazador, sino también un gran divulgador.  

Un personaje hasta el fin de sus días
Como es de imaginarse, el éxito literario y el innegable gusto por la prensa, hicieron que Sasha fuera un invitado constante a diversos programas de televisión, entrevista en radios y reportajes en las más variadas revistas. Fue entrevistado para la serie “Adventure”, producida por el Museo Americano de Historia Natural, que se emitió en el canal CBS, allá por el año 1953.
Algunos años después, la familia decidió viajar al Pantanal, cuando Sashino, el hijo mayor tenía 13 años. De ese viaje, surgió el libro “Sashino”, publicado en 1965.
Si algo le faltaba a la familia para acrecentar sus negocios basados en la historia de la cacería con lanza de Siemel, era el abrir su propio museo y tienda de recuerdos. Exactamente eso es lo que hicieron, y en 1963 inauguraron el Museo Sasha Siemel en la ciudad de Perkimenville, en el estado de Pensilvania, en lo que era las instalaciones de un viejo molino. Allí la familia no sólo exponía la colección de trofeos de caza de Sasha, sino también piezas de arte, una colección etnográfica, minerales extraídos del Mato Grosso, armas indígenas de Sudamérica, y una increíble serie de artículos recolectados por “el único hombre blanco capaz de cazar jaguares a lanza”. Según dicen, la admisión al museo costaba 75 centavos de dólar para los adultos y 25 para los niños.  Este emprendimiento duro poco tiempo relativamente y cerró sus puertas seis años después de inaugurado. 
En el 69 Siemel volvió a su amado Pantanal, como guía de una expedición de geólogos, y esa sería su última aventura. Murió al año siguiente, en Green Lane, Pensilvania, rodeado por sus familiares, amigos y admiradores a la edad de 80 años.     


sábado, 20 de diciembre de 2014

Los 5 Grandes de Alaska



Por Eber Gómez Berrade

Alce - El gigante majestuoso  


Los alces en el mundo
El nombre científico de la especie de alce es alces alces. Existen por cierto numerosas sub especies dispersas por la franja norte del hemisferio boreal, desde América hasta Asia. En total son unas ocho variedades, de las cuales cuatro habitan Europa y Asia y cuatro América del Norte. En Eurasia se encuentran el alce europeo (alce a. a.) que habita la península Escandinava, Estonia, norte de Rusia, Eslovaquia, norte de Ucrania y el oeste de los montes Urales; el alce de Yakutia (alce a. pfizenmayeri) en Siberia occidental; el alce de Kamchatka (alce a. buturlini), en Siberia oriental; y el alce de Amur (alce a. cameloides) en Mongolia y Manchuria.
En el continente americano se encuentran las siguientes variedades: el alce de Alaska o Gigante (Alces a. gigas) que habita en todo el territorio del estado de Alaska y es el de mayor tamaño; el alce canadiense occidental (alces a. andersoni), que se distribuye en la Columbia Británica, en este del Yukón y en los Territorios del Noroeste; el alce canadiense oriental (alces a. americanus) en el oriente de Canadá; y el alce de Yellowstone (alces a. shirasi), en el sur de Alberta, y en los estados de Wyoming, Idaho, Utah, Colorado, Oregon y Montana.   

Los alces de Alaska
La subespecie de Alaska es la más grande del mundo. Su nombre científico es Alces Gigas, es decir alce gigante. Los ejemplares de Kamchatka en Rusia, pueden también llegar a emparentarse con el tamaño de sus primos de Alaska. Esta característica debe ser muy bien considerada de antemano por el cazador, ya que muchas veces se desconocen las distintas subespecies que se encuentran en diferentes regiones, y por lo tanto puede llevar a errores o grandes decepciones una vez contratada la cacería.
Hay que tener en claro que no es lo mismo un alce de Canadá que puede llegar a obtener una apertura promedio entre las palmas de 45 pulgadas, con el de Alaska, cuya medida promedia las 60 pulgadas. Un trofeo record de alce Shiras de Yellowstone, difícilmente alcance el tamaño mínimo para ser inscripto comparado con uno de la variedad de Alaska.
Para tener una idea de la magnitud del alce gigante digamos que en un macho adulto, la altura a la cruz alcanza los 2.10 metros, y puede llegar a pesar unos 700 kilos. En otras palabras, supera la altura corporal de un caballo y alcanza el peso de un búfalo africano.
Como todos los ciervos son herbívoros, se alimentan de hojas y ramas, precisan unos 32 kilos de alimento por día. Los machos son solitarios y sólo se relacionan con las hembras en la etapa de apareamiento. La época de brama se extiende desde Septiembre a Octubre en el otoño boreal, y la temporada de caza va desde el 25 de Agosto al 25 de Septiembre.

El trofeo
Su enorme cornamenta representa todo un desafío para los medidores de trofeos de cualquiera de los sistemas existentes. En general, cada uno de estos métodos considera la apertura externa, el ancho y el largo de cada palma, la circunferencia de la roseta y el número total de puntas.
La evaluación del trofeo en el terreno requiere un cierto grado de profesionalismo y experiencia, ya que al moverse solos fundamentalmente no es posible comparar ejemplares, y se debe tener muy claro cuál son los requisitos mínimos legales para abatir una pieza según lo que establezca la legislación de fauna local.    
El histórico libro de récords de Rowland Ward registra al alce más grande cazado en Alaska, al obtenido por P. Niedieck en el año 1909, que alcanzó una apertura de 77 pulgadas y media con unas 34 puntas.
Para el norteamericano Boone & Crockett Club, el mayor alce capturado en Alaska fue el que obtuvo John Crouse en el río Fortymile, en el año 1994 y que alcanzó una apertura de 65 1/8 de pulgada, también con 34 puntas en total. 

Oso Pardo - El aguerrido dueño de los bosques boreales


Así como África cuenta con sus 5 o 7 Grandes según el caso, que incluyen a las especies más agresivas y peligrosas de ese continente, América del Norte, posee también una clasificación similar para referirse al grupo de especies endémicas mayores. Esta clasificación naturalmente, no está dada desde el punto de vista del taxonomista, sino del cazador deportivo que agrupa así a los trofeos más buscados de esa región septentrional.
De estas cinco especies, sólo los osos pardos y negros poseen en su comportamiento la opción de atacar si sienten que su espacio vital ha sido invadido, o se encuentran ante una agresión directa. Aquí también podríamos incluir al oso polar, que lamentablemente cuenta desde hace unos años con categoría absoluta de protección por parte de CITES. Como digresión, me permito decir, que las causas de la involución de esta exótica especie, se debe a los trastornos provocados por el calentamiento global, que está reduciendo considerablemente su hábitat en el casquete polar, y no por motivo de la presión cinegética de cazadores deportivos ni de subsistencia como los pobladores inuit. Valga la aclaración en tiempos de permanentes confusiones.
El resto de las especies de cérvidos y carneros, sólo disponen obviamente de la huida en caso de agresión, aunque la dificultad para cazarlos en sus ambientes naturales hacen que el desafío sea tan o más interesante que las especies peligrosas.

Osos pardos en América del Norte
América del Norte es sin dudas una tierra de osos. Desde los negros, hasta el Polar, pasando por las diferentes clases de pardos, el territorio de los Estados Unidos y Canadá cuenta con una importante población de estas especies, que muchas veces son confundidas por el público en general, y de las cuales la mayoría son trofeos de caza altamente buscados. Se estima que en los Estados Unidos hay una población actual de 35.000 osos pardos, de los cuales el 95% habita en Alaska, el Estado más grande de los Estados Unidos con 1,7 millones de kilómetros cuadrados.
Alaska es un territorio imponente con una interesante historia, que comienza cuando fue comprado por el gobierno americano a Rusia en 1867, por sólo 7.2 millones de dólares. Además de ser el más grande y el menos habitado, tiene una gran biodiversidad y cuenta además con el pico más alto de América del Norte, el Mc Kinley o Denali de 6.194 metros de altura.

Especies y subespecies
El nombre genérico de la especie es Ursus arctos, y se lo conoce popularmente como oso pardo o marrón. Tiene una amplia distribución en Europa, Asia y América del Norte. Es allí, en esa parte del mundo donde se encuentran a su vez tres sub especies muy famosas: el Grizzly (Ursus arctos horribilis), el pardo de Alaska o Alaska Brown Bear (Ursus arctos alascensis), y el Kodiak (Ursus arctos middendorffi). Estas tres sub especies coinciden en diversas áreas del territorio de Alaska y poseen distintas características que los diferencian entre sí notablemente.

Grizzlies y Kodiaks
El extraño nombre del Grizzly, proviene del inglés “grisly” que significa horrible o espeluznante, y de ahí su designación científica en latín, ursus arctos horribilis. También se los suele denominar osos del interior, porque su hábitat se encuentra en las montañas y valles boscosos del interior del Estado. Es el de menor tamaño de las tres sub especies, alcanzando excepcionalmente un peso de 400 kilos y tienen un porte promedio de 1 metro de altura a la cruz, y 2.4 metros parado en sus dos patas.
Como la mayoría de los osos, son omnívoros, es decir que todo está dentro de su menú. Al vivir en el interior (lejos de la costa), su dieta se compone mayormente de la recolección, la pesca de truchas, salmones y robalos, y de la caza de alces, caribúes y venados, especialmente de crías. Aunque el 90% proviene de los vegetales recolectados, como frutos, raíces y hojas. El mayor esfuerzo energético que debe realizar para alimentarse, así como una alimentación mayormente vegetariana, hacen que alcancen a un tamaño menor que los osos que habitan las costas. Son territoriales y dada la baja tasa de reproducción, las hembras suelen ser las más agresivas de todas si están en presencia de oseznos.  
El Kodiak pro su parte, conocido también como oso gigante de Alaska. Es el mayor de los pardos, y uno de los carnívoros terrestres más grandes del planeta. Llega a alcanzar los 600 o 700 kilos, con un porte de 1.3 metros de altura a la cruz. Parados, pueden superar los 8 o 9 pies de longitud. Son solitarios, y sólo se mueve en comunidad en la etapa de reproducción y luego de la parición de la hembra. Comparado con el Grizzly, el Kodiak es más robusto y posee un pelaje más largo y denso. Se alimenta mayormente de una dieta carnívora en base de salmones y focas, y también caza mamíferos como crías de alces u otros ciervos. Su mayor masa muscular, requiere de una alimentación con mayor cantidad de proteínas.   

El trofeo
En líneas generales, el trofeo del oso lo conforman el cráneo y la piel completa. Es costumbre que para tener una dimensión general del animal, se mida el largo completo en pies y fracciones de pulgadas. Sin embargo, a los efectos de la inscripción en los sistemas de medición, lo que califica como trofeo es la sumatoria de la parte más ancha y la más larga del cráneo. Así es como libros tales como Rowland Ward, Safari Club Internacional o Boone & Crocket, los miden utilizando los sistemas definidos para carnívoros, el mismo que para medir felinos por ejemplo.
En este sentido, y de acuerdo a la clasificación de Rowland Ward, los osos pardos del continente americano se dividen en Grizzly Bear y Alaskan Brown Bear, que este libro clasifica como Ursus arctos middendorffi o Kodiak. Una clasificación similar hace el sistema Boone & Crocket destinado exclusivamente a especies de América del Norte.
El record de oso Grizzly inscripto en el Boone & Crocket es 27 13/16 de pulgada, de un ejemplar recogido en el Monte Lone, en Alaska en 1976 por Gordon Scott. Por su parte, el récord de Kodiak, alcanzó las 30 12/16 de pulgada, en un monstruo cazado en la misma isla de Kodiak en 1952 por Roy Lindsley.
En tanto que el Rowland Ward, inscribió como primero en su ranking de Grizzly, a un ejemplar que midió 26 pulgadas, cazado en Alaska en 1981 por el Dr. José Alfredo Martínez de Hoz. En cuanto al más grande de los Kodiak inscriptos en ese libro, figura uno de 31 ¾ de pulgada, cazado en Alaska en 1909, por J.W. Anderson.
A los efectos de la evaluación en el terreno, tanto el guía como el cazador se regirán por la estimación de la tamaño corporal completa, medido de la cabeza a la cola. Convengamos que es imposible calcular las medidas craneales de un ejemplar vivo a la distancia. Si hablamos de Grizzlies y como parámetro general, un ejemplar de 200 kilos y que mida 6 o 7 pies, será un muy buen trofeo. En el caso de un Kodiak, un tamaño de 8 pies para arriba, será un excelente animal, ahora si hablamos de un 9 o 10 pies de largo y un peso de 700 kilos, estaremos frente a un trofeo de características excepcionales.  

Caribú - El majestuoso ciervo nórdico

El caribú es uno de los símbolos más destacados de la fauna silvestre del hemisferio norte. Es un ciervo de tamaño mayor que, junto con el Alce reinan a discreción en los bosques y montañas de Alaska. Presenta interesantes desafíos que lo ha convertido en uno de los trofeos de cérvidos más buscados por los deportistas internacionales. La dificultad intrínseca de su cacería sumada a las complejidades que le agrega un terreno inhóspito y el clima impiadoso de Alaska, hacen que se haya ganado un lugar de privilegio entre los 5 Grandes de esa región.  

Caribúes y Renos
Caribúes y Renos son casi lo mismo, pero no lo son. En líneas generales, se puede decir que cuando se hace referencia a Renos, se habla de los europeos y asiáticos, y cuando se habla de caribúes, a los americanos. En realidad los renos emigraron originalmente de Europa hacia América del Norte hace miles de años, a través del estrecho de Bering durante los períodos interglaciales. Hoy en día en Alaska, algunos de estos renos europeos fueron introducidos como especies domésticas para el consumo de su carne. Ambos forman parte del mismo género biológico, los Rangifer, y ambos cuentan con diferentes subespecies. Existen tres subespecies de Renos que habitan la placa euroasiática y cuatro la americana. En términos de tamaño, puede decirse que los caribúes son más grandes que los renos.

Los Caribúes americanos
En lo que respecta al Caribú Americano, la especie lleva el nombre científico de Rangifer Tarandus, y se conocen cuatro sub especies que se distribuyen en Alaska, Canadá y Groenlandia. Estas son el Caribú de Grant (rangifer tarandus granti), también conocido como Alaskan Barren Ground Caribou, que habita en Alaska y en el río Mackenzie en los Territorios del Noroeste canadiense; el Caribú de Groenlandia (rangifer tarandus groenlandicus), que se distribuye al sudoeste de Groenlandia, la isla de baffin, la isla Southampton y parte de os territorios del noroeste; el Caribú de Peary (rangifer tarandus pearyi), que habita algunas las islas del Ártico; y el  Caribú del Bosque o Woodland Caribú (rangifer tarandus caribuou), que se distribuye desde el río Copper en Alaska, los territorios del noroeste, hasta Labrador y Newfoundland en el este.
En promedio un Caribú macho puede medir hasta 1.4 metros hasta la cruz, y llegar a pesar hasta 300 kilos. Los caribúes son los únicos ciervos en el mundo en los que las hembras también tienen cornamenta aunque mucho más pequeña y fina. Poseen un espeso pelaje de color grisáceo, mucho abundante en inverno, son rumiantes, gregarios y se mueven grandes distancias en migraciones anuales entre zonas de invernada y de cría. La brama se da en el otoño boreal (nuestra primavera) donde dejan de desplazarse. El volteo de su cornamenta en Diciembre y las pariciones entre Mayo y Junio.  La temporada de caza en Alaska se extiende desde el 10 de Agosto hasta el 30 de Septiembre.

El trofeo
A los efectos de la inscripción en los libros de récords, las clasificaciones taxonómicas de las especies americanas varían de uno a otro sistema. Por ejemplo, para el Boone & Crocket, hay cinco grandes subespecies: el Mountain, el Woodland, Barren Ground, el Canada Barren Ground, y el Quebec-Labrador. Para el Safari Club International en cambio hay seis, y para el Rowland Ward  sólo una.
La evaluación del trofeo en el campo del Caribú puede ser muchas veces algo dificultosa, debido a las variables que su gran cornamenta presenta, lo que requiere sin dudas de la experiencia del guía local. En este sentido, los sistemas de medición esencialmente coinciden entre sí, siguiendo los mismos parámetros que para el común de los ciervos, es decir que consideran la longitud de la cornamenta, la circunferencia de la roseta, la cantidad de puntas, la apertura interna y externa y en este caso particular, la apertura de la palma superior e inferior. 
Como característica distintiva para la evaluación, digamos que siempre se buscan ejemplares con mayor apertura, mayor cantidad de puntas y en lo posible una doble pala frontal inferior (conocida como shovel en inglés). Por su puesto, que si esas palas, poseen forma de palmas (similares a la de los ciervos damas), mucho mejor será el puntaje a obtener como trofeo.

Carnero Dall - Un gran desafío en alta montaña

Carneros Dall y Stone
El carnero Dall pertenece a la familia de los ovis dalli y su nombre científico es ovis dalli dalli. Fue nombrado así en honor al naturalista estadounidense William Healey Dall, uno de los primeros exploradores científicos que realizaron investigaciones en Alaska.
Dentro de la misma familia de ovis dalli, se encuentra el carnero Stone (Stone sheep), ovis dalli stonei, también nombrado por su descubridor, el naturalista Andrew Jackson Stone. Este es un poco más grande de porte que el Dall y totalmente marrón. Según James L. Clark, autor del clásico libro “The great arc of wild sheep”, existe una sub especie de Dall, que denomina ovis dalli kenaiensis, por ser endémica de la península de Kenai. Según sus registros, estos ejemplares son también enteramente blancos, pero un poco más pequeños en cuerpo y cornamenta que el ovis dalli dalli.
Existen cruzas de ejemplares blancos (Dall) que poseen manchas marrones (Stone), y se cree que es la misma especie que va modificando su pelaje a medida que se asienta en áreas más australes. Por esa razón, el Dall es totalmente blanco, con un pelaje corto que se mimetiza perfectamente con la nieve de las altas cumbres. Se distribuye en las montañosas del sub ártico de Alaska y Canadá, y habita en una franja que va desde los 2.000 a los 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar.
Su cornamenta es marrón, tirando a dorada, y más fina que las de los “big horns” que habitan suelo norteamericano. Ambos sexos tienen cornamenta, y en los machos maduros, los cuernos suelen dar una vuelta completa, convirtiéndolos en uno de los trofeos más preciados para los amantes de la caza de montaña. Los machos adultos alcanzan una estatura aproximada de 97 cm. a la cruz y un peso que ronda los 80 kilogramos. De acuerdo a las estaciones climáticas y la existencia de alimento, los Dall pueden llegar a migrar hasta seis veces en el año. De acuerdo a estudios recientes de ejemplares censados en la naturaleza, alcanzan los 10 años de vida.

El trofeo
Como todos los carneros y ovinos del mundo, se considera trofeo a su cornamenta. Los distintos métodos de medición coinciden en registrar la longitud de cada cuerno desde la base hasta la punta, sumando la circunferencia de la base, y algunos casos, agregándoles las medidas entre puntas, como así también medidas de circunferencias intermedias de cada cuerno según sea el caso.
La evaluación del trofeo en el campo no presenta mayores dificultades, si se cuenta con buen instrumento óptico y un poco de práctica en la caza de ovinos. El récord inscripto en el libro Boone & Crocket arrojó una medida total de la cornamenta (largo de cuernos y circunferencia) de 189 6/8 de pulgada, cazado en 1961 por Larry Swank en las montañas Wrangell, sobre el golfo de Alaska. Para el Rowland Ward, el trofeo más grande inscripto fue el obtenido en el Yukón, por el Mayor A.L. Snyder en 1909, cuyos cuernos alcanzaron las 49 ¼ de pulgada de longitud.

Dónde encontrar los mejores trofeos
En Alaska, se encuentran en mayor medida en las montañas subárticas de la Reserva Denali, en las proximidades del Monte McKinley, el Mackenzie, el Yukón y de los territorios del Noroeste. En las áreas del centro y noroeste de Alaska, como Alaska Range su pelaje es completamente blanco, y las manadas que se encuentran hacia el sur del estado, comienzan a tener su cola más oscura y manchas marrones. Hoy en día un macho que alcance las 32 a 35 pulgadas de longitud, es considerado un muy buen trofeo. Para dar con aquel macho viejo soñado, naturalmente el cazador deberá internarse en áreas más remotas y de mayor altura. Por las dificultades para conseguir alimento, tal vez esos ejemplares no cuenten con cuernos gruesos y sean más pequeños de cuerpo, pero seguramente habrá buenas chances de obtener un ejemplar de mayor edad y por ende, con una cornamenta más larga.  

Oso negro - Un emblemático trofeo Americano

Los osos de América del Norte
El oso negro es, sin lugar a dudas, la especie que mejor se ha adaptado a los ambientes geográficos de América del Norte. Su distribución va desde las montañas de Alaska en el norte, hasta México y la Florida en el sur, y desde California en el oeste hasta New Hampshire en el este de los Estados Unidos.
Virtualmente vive en todos los terrenos, con excepción de las grandes planicies y los desiertos. Por la capacidad de obtener alimento y refugio, prefiere los bosques, la tundra y las áreas montañosas. 
Todos los osos negros de América del norte pertenecen a la misma especie: el ursus americanus, sin embargo la comunidad científica ha identificado unas dieciséis sub especies, muchas veces relacionadas con el hábitat y otras con la coloración de su pelaje. Es así, el pelaje del oso negro, no siempre es negro como la lógica indicaría. De hecho, existen variedades de tonalidades que van desde el negro más azabache, hasta el marrón, el rojizo, el canela, el rubio, el azul, e incluso hasta el blanco.
De todas maneras, a los efectos de la cacería, estas clasificaciones taxonómicas no son muy relevantes, más allá del hecho de que es recomendable conocerlas para saber exactamente lo que uno podrá encontrar en cada área. Un detalle que se debiera tener en cuenta a la hora de contratar una cacería. He visto cazadores caer ingenuamente en “errores de interpretación” al momento de aprovechar una irrechazable oferta de oso marrón (Brown Bear) a un precio de ganga, que finalmente terminó siendo un oso negro (Black Bear) pero con pelaje marrón, que naturalmente es mucho más barato. El ingenio popular no descansa, dicen.
Las variedades de tonalidades más inusuales y llamativas son las del oso negro blanco (que no es un oso polar, aclaro), sino una subespecie que habita el archipiélago de las islas Charlotte en la Columbia Británica, y cuenta con una categoría de protección de CITES. El oso negro azul, conocido también como oso de glaciar, oriundo del sud este de Alaska, particularmente del área de Yakutat, bastante raro por cierto. Y por último, los osos negros de las Rocallosas, en donde -además del negro- se los encuentra en pelajes de tonalidades marrones, rubias, rojizas y canelas.
Estos mamíferos omnívoros pueden llegar a medir hasta 2 metros de largo y 1.5 metro de altura a la cruz. Son obviamente más pequeños que sus primos los osos pardos y los polares, pero en Alaska pueden incluso superar el tamaño de un grizzli modesto. Los machos pueden tener un peso que va desde los 120 hasta los 300 kilos. La variación de peso está dada, además de la subespecie de que se trate, por la época del año, ya que en líneas generales, en primavera habrá acumulado grasa suficiente que le permitirá afrontar el invierno con reservas de energía adecuadas. En muchos casos, un ejemplar puede perder hasta un 30% de su peso luego de la temporada invernal.
Como la mayoría de los úrsidos, los negros pueden mantenerse y movilizarse de pie, cuentan con garras no retráctiles, y poseen un sentido muy desarrollado del olfato y del oído. Se estima que en la actualidad la población de osos negros en todo el continente americano no sobre pasa el millón de ejemplares.

Osos negros en Alaska
En Alaska propiamente dicha, con las excepciones mencionadas, los osos negros, no pueden ser más negros. No sólo eso, sino que también, son los más grandes en tamaño corporal. Allí hay claro, varias sub especies como la ursus americanus americanus, emmonsii, carlottae, hamiltoni, perniger y pugnax.

En general, además suelen ser los ejemplares más grandes, pudiendo a veces superar como dije, a un grizzli mediano. Se adaptan perfectamente a bosques, ríos y zonas de altura media en las montañas sub árticas, pudiendo encontrarlos hasta los 3.000 metros de altitud en los valles y montañas cercanas al monte McKinley en la Reserva Nacional Denali, donde comparten hábitat con sus colegas los pardos.  

lunes, 1 de septiembre de 2014

¿Por qué matar animales para protegerlos? y otras paradojas de la caza


Por Eber Gómez Berrade

¿Por qué la caza ayuda a la conservación?. ¿Cómo se explica que para proteger a un animal haya que matarlo?. ¿Qué necesidad hay de divertirse matando animales por deporte?. Son preguntas que requieren respuestas coherentes y bien fundamentadas. Afirmaciones tales como: La caza extingue a los animales; los furtivos son cazadores igual que los deportivos, o todos los ecologistas están en contra de la caza, son aseveraciones que parten de premisas erróneas y generan confusión en el común de la gente.

La caza deportiva enfrenta grandes desafíos para sobrevivir en un mundo cada vez más hostil. El principal riesgo de esta actividad subyace en la ignorancia de la opinión pública general que avanza inexorablemente. El peligro acecha en aquellos que desconociéndolo todo, llegan fácilmente a conclusiones reduccionistas, formándose opiniones absolutamente equivocadas.  Muchas veces las argumentaciones en contra de la caza se fundamentan en lo que -a falta de un análisis serio-, parecerían simples paradojas. Otras veces, se esgrimen conclusiones que a primera vista parecen verdades insoslayables.
A continuación algunas reflexiones que podrán ser de ayuda a la hora de debatir con argumentos, el rol que tiene la caza deportiva en el mundo de hoy.

La semántica no ayuda
Probablemente a alguno le haya pasado que alguien ha confundido su actividad como cazador con el furtivismo. Las noticias si no están bien comunicadas ayudan a generar confusiones. Sin ir más lejos, el 14 de Junio pasado, los medios de prensa internacionales se hicieron eco de la noticia de que fue encontrado muerto Satao, uno de los últimos elefantes con grandes colmillos que quedaban en el Parque Nacional Tsavo, en Kenia. Este impresionante macho nació alrededor de año 1960 y poseía colmillos cercanos a las 100 libras. Fue envenenado por cazadores furtivos, quienes le extrajeron los colmillos y dejaron su cuerpo para alimento de hienas y buitres. La madre de las confusiones, está en que los que mataron al pobre Satao fueron furtivos, no cazadores, ya que no hay cazadores deportivos en Kenia desde hace más de treinta años.
Está claro que la lengua castellana es riquísima. Sin embargo, el idioma inglés muchas veces es más conciso y eficiente al momento de lograr una definición exacta de un término particular. Y uno de los ejemplos más paradigmáticos, se observa en los términos relacionados a la caza y todas sus variantes.
A las pruebas me remito. En inglés “hunting” es caza deportiva, “poaching” caza furtiva, “culling” caza de regulación, “whaling” caza de ballenas, “cropping” caza de un ejemplar para preservar cultivos, y “trapping” caza comercial con trampas. A un angloparlante le resulta mucho más fácil entender las diferencias de cada actividad. En castellano en cambio, el común denominador de todas estas acepciones es el prefijo caza. Si alguien lee sobre cazadores furtivos, de ballenas o de focas, entenderá que se trata de cazadores. Y ahí radica el error. No hay mucho que podamos hacer al respecto, más que conocer estos datos y si la oportunidad lo amerita, explicárselos a nuestro interlocutor de una manera cordial.

Matar por deporte
Nada hay más desconcertante que cuando en una conversación amigable, nuestro interlocutor nos increpa a boca de jarro, diciendo “yo no sé cómo alguien puede matar por deporte”. Dicho así, poco queda por responder, más que aceptar que uno padece alguna clase de patología sadística. Decir que el gran filósofo español Ortega y Gasset afirmaba que no se caza para matar, sino que se mata por haber cazado, muchas veces no se entiende y otras veces no alcanza.
Como explicar entonces con un cierto grado de coherencia, que para nosotros no es lo mismo cazar un trofeo que recorrer 18 hoyos en un course de golf.
De nuevo, el origen de esta confusión proviene de una interpretación errónea del idioma inglés. A partir de mediados del siglo XIX en la Inglaterra victoriana, era común denominar a un cazador como un “sportsman” y a la cacería decirle “sport” o “wild sport”. Prueba de ellos son algunos títulos de libros escritos por reconocidos cazadores-exploradores británicos de aquellas épocas, tales como “The wild sports of Southern Africa”, escrito por William Cornwallis Harris; o “Sport and Travel”, un clásico de Frederick Courteney Selous. Está claro que ambos escritores hablaban de cacería, no de sus aventuras jugando criquet o rugby en el continente africano.  El significado que ellos le dan a la palabra “sport”, no tiene que ver con la diversión ni con la competencia, sino que está relacionado con la acepción de la nobleza y la caballerosidad que exige el juego limpio. Sport en inglés, es darle una oportunidad de igualdad al adversario (humano o animal), es ejercer la nobleza que obliga al noble a respetar el juego limpio. Ser un “good sport”, es ser un buen perdedor, alguien que no se queja frente a un resultado adverso.
Esta distinción caballeresca llegó a ser tan importante en la Inglaterra imperial, que a falta de un título de nobleza, profesional, o de un grado militar, los caballeros solían agregar en sus tarjetas de presentación la palabra “sportsman” luego de su nombre.
La traducción al castellano de “sportsman”, es naturalmente deportista. Por lo tanto cuando hablamos de “sport hunting”, hablamos de caza deportiva, pero el error, es asignar a esa palabra el significado moderno relacionado a diversión y competencia. Todos sabemos que en la cacería, de existir algún grado de competencia, es sólo contra uno mismo y jamás contra el animal. Obtener el trofeo buscado, no equivale a hacer un gol ni a marcar un try. La satisfacción de haber cazado, poco tiene que ver con la alegría que causa derrotar a un equipo contrario. Esto que está muy claro para todo cazador que se precie, no lo es tanto para el profano que ignora los sentimientos que generan nuestra actividad y por simple desconocimiento, está más propenso a arribar a conclusiones radicalmente equivocadas.

Todo está en peligro de extinción
El desconocimiento de aquellos que no están interesados en temas de conservación, pero que despliegan temerariamente ceñudas opiniones, formadas a la luz de documentales de televisión, hace que muchas veces se decreten en mesas de café, de manera arbitraria y generalizada, el peligro de extinción en especies que no lo padecen.
Recuerdo que en la edición 175 de VIDA SALVAJE de Junio de 2012, escribí un artículo titulado “No está prohibido cazar elefantes”, que se centraba en el estado de conservación de esa especies africana, en función de la inmensa cantidad de tonterías que se dijeron desde los medios de comunicación de todo el mundo a partir del incidente con el Rey de España, que se suscitó cuando se dio a conocer que -a partir de una accidente que tuvo en un safari- estaba cazando elefantes en Botswana en compañía de su amante. Aclaro que el rey abdicante, ha venido cazando elefantes durante muchísimos años, con los dos outfitters más grandes que tenía ese país hasta el año pasado, en que se prohibió la cacería. El rey fue acusado de matar animales en peligro de extinción, de dilapidar fortunas de las arcas del reino y varias cosas más. Para empeorar la situación, al salir de su internación por la cirugía de la fractura que tuvo, él mismo dijo que había cometido un error y que no lo volvería a hacer. Errores hubieron muchos, sin dudas, pero si algo se le puede reprochar desde el punto de vista moral, es el hecho de tener una amante, no de cazar elefantes legalmente. 
Por supuesto que hay especies en peligro de extinción, y que cuentan con una categoría de protección total. Son las que el CITES incorpora en su Apéndice I. Allí están los gorilas, los tigres de Bengala, los jaguares, los huemules, los ciervos de los pantanos, los osos pandas, y un más o menos largo etcétera. Luego ese organismo, dispone de dos apéndices más que categorizan los niveles de protección, el Apéndice II y el III. Allí se establece si se pueden o no cazar cada especie, se establecen cupos y cuotas de captura, se definen temporadas de caza, y se establecen normas para el tráfico internacional de fauna y flora, así como de trofeos de caza.
Naturalmente que, de CITES para abajo, cada país y cada estado o provincia tiene el derecho de proteger un determinado recurso a su mejor saber y entender. Como escribió magistralmente Hans Kelsen en su clásica obra “Teoría pura del Derecho”, toda norma obtiene su vigencia de una norma superior, lo que da sustento al ordenamiento jurídico en base a una jerarquía normativa.
En otras palabras, si CITES prohíbe la caza de una especie, ningún país, ni estado provincial puede habilitarla. Ahora si CITES la permite, y un país decide prohibir la caza de esa especie, entonces tendrá todo el derecho de hacerlo.

Es la economía, estúpido!
Estas famosas palabras dichas por Bill Clinton en plena campaña presidencial, se hicieron muy populares, no sólo por el contexto en el que fueron dichas, sino porque reflejan con exacta crueldad, la importancia que la economía tienen en el mundo de hoy.
Cuando tengo oportunidad de dar conferencias o dictar clases en alguna universidad para hablar sobre la relación entre la caza y la conservación, comienzo siempre contando al auditorio que en el año 1900 en los Estados Unidos, se estimaba una población total de ciervos cola blanca (Whitetail Deer) cercana a los 500 mil ejemplares en todo el territorio. Digo a continuación que esa especie de ciervo (un poco más chico que nuestro Colorado), fue sin lugar a dudas la más cazada en la historia de ese país. De hecho, hace años algunos Estados decidieron implementar feriados en las escuelas el día de inicio de la temporada de caza. Con este sombrío panorama a la vista, mi pregunta al auditorio siempre es ¿cuántos ciervos cola blanca quedan hoy después de 114 años de de extrema presión cinegética?.
Las respuestas varían. Algunos (los menos) afirman que se extinguieron. Otros (los graciosos) aseguran que quedan 10 o 12 que lograron escapar de las garras de los cazadores. La mayoría ubica el número en varios centenares de miles pero siempre menos que el medio millón. Pocas veces alguien responde que ahora hay más ciervos que hace un siglo. Pero nunca nadie se atreve a asegurar que hoy hay 32 millones de cola blanca en los Estados Unidos.
¿A qué se debe esta tremenda multiplicación? A que el ciervo cola blanca, al igual que muchas otras especies, posee un valor económico. Y si un animal o una especie tiene valor, entonces algún gobierno o algún particular tendrán interés en protegerlos para su propio beneficio. Se crea así un círculo virtuoso, de interés, protección, manejo y usufructo sustentable. Lógica pura. Como recurso para captar la atención de los oyentes esta comparación siempre me resultó eficaz, pero también es la mejor forma para que un auditorio -digamos no especializado-, tome en cuenta la magnitud de la conexión existente entre caza y conservación, y su relación con la economía.   

Hablando en plata
A esta altura, la pregunta es: ¿cuánto dinero genera la caza deportiva en el mundo?. Por ejemplo, en América, vemos que en Estados Unidos, la industria del turismo cinegético, que incluye caza mayor y menor en todas sus variantes, generó el año pasado 25 mil millones de dólares en ventas minoristas, 17 mil millones en salarios y 575 mil nuevos empleos. De acuerdo a la Congressional Sportsmen Foundation, los cazadores estadounidenses pagan anualmente 2.4 mil millones de dólares a las arcas del Estado, una suma con la que ese país podría pagar los salarios de militares de 8 divisiones, 143 batallones y 3.300 pelotones de su Ejército.
En Canadá, los cazadores abonan alrededor de 1.200 millones de dólares por año en actividades cinegéticas, dejando unos 70 millones al Estado en concepto de licencias y permisos.
En Argentina, no hace muchos años que el Ministerio de Economía comenzó a trabajar en una cuenta satélite del turismo, pero aún hoy es difícil llegar a cifras desagregadas más o menos objetivas, por lo cual es difícil calcular el impacto real que el turismo cinegético (local y extranjero) tiene en la economía nacional, y peor aún, en las economías regionales que son las que se benefician directamente del ingreso de divisas frescas al país.
En el continente africano, los ingresos provenientes del turismo cinegético son definitivamente muy importantes. En un interesante trabajo de investigación llamado “Trophy hunting in Sub-Saharan Africa: Economic scale and conservation significance”, el Dr. Peter Lindsay, investigador de la Universidad de Pretoria de Sudáfrica, sostiene que la industria de safaris en los países del África subsahariana donde está permitido cazar (22 a la fecha),  genera anualmente un ingreso de 200 millones de dólares, que van (o deberían ir) directamente a las poblaciones rurales de los países que poseen programas habilitados de cacería.
En Inglaterra por ejemplo, la caza deportiva (incluida la tradicional cacería del zorro), genera un ingreso de 1.400 millones de libras al año. En Bulgaria alcanza los 3 millones de euros anuales, en Hungría los 70 millones de euros y en España a la cabeza del ranking unos 3.600 millones de euros por año.

Prohibición. La contracara de la conservación
En cierto ambientes pseudo-ecologistas se reclama la protección de la fauna por altruismo puro y duro. Nada de lucrar. Sin embargo, estos defensores de prohibir para conservar, olvidan que India -que prohibió la cacería en 1972-,  hoy padece una grave crisis de furtivismo de sus tigres de Bengala. Y que Kenia -que prohibió la cacería en 1977 bajo el gobierno nacionalista de Jomo Kenyatta-, sufre una crisis ecológica sin precedentes, que afecta especialmente a las poblaciones de elefantes. No hay dudas de que el camino del infierno está lleno de buenas intenciones.  Hoy 34 años después de la prohibición de los safaris de cacería, las especies de caza se han reducido entre un 40% y un 90%. El reconocido conservacionista Dr. Richard Leakey, (hijo de Louis y Mary Leakey, descubridores del Homo Habilis en el este de África), contabilizó casi 700 elefantes muertos por marfil entre los años 2012 y 2013, y unos 20.000 elefantes en todo el continente a manos de furtivos sólo el año pasado. 
Los hechos indican que la prohibición sin fundamentos científicos no funciona, y los daños que provoca al medio ambiente pueden llegar a ser irreparables.

El mito de la caza fotográfica
Otro mito común es que los safaris fotográficos son la mejor herramienta para preservar la fauna, ya que generan valor económico y no se mata ningún animal. Lo cual es enteramente cierto. Sin embargo, en un estudio estadístico de la revista Africa Geographic realizado para comparar el impacto ambiental entre ambas industrias en una operación de caza y un parque nacional, señalaba que en 6 meses de temporada de caza la ocupación de un campamento es de 30 turistas cazadores. La ocupación de una operación fotográfica a lo largo de los 12 meses (no hay temporadas establecidas) es de 2.630 turistas fotógrafos.
Si los ingresos son similares, como sucede en Tanzania donde sus parques nacionales reciben unos 11 millones de dólares anuales por ingresos del turismo de safaris fotográficos y 10.5 millones dólares por ingreso de cacería, está claro que el impacto ambiental es considerablemente mayor en el caso de los fotógrafos. A esto se lo denomina turismo consuntivo, es decir que consume. En la cacería se “consume” la vida de un ejemplar. En la fotografía no, pero el impacto ambiental es superior ya que los animales no identifican si el clik proviene de una Canon o de un Remington. Y aunque parezca inocuo, el tremendo flujo de turistas que violan el espacio vital de los animales (2.600 veces más si las estadísticas son ciertas), la infraestructura que requiere albergar y movilizar semejante cantidad de gente en un espacio físico finito como puede ser un parque nacional, impacta directamente sobre los animales, generando estrés y consecuentemente cambios en el comportamientos, especialmente en alimentación (se hacen nocturnos) y apareamiento (disminuye la tasa de procreación). Lo que afecta obviamente el crecimiento demográfico de las manadas, provocando de manera indirecta un efecto consuntivo peor que la eliminación de un macho viejo que ha dejado atrás su ciclo de reproducción. Paradójicamente a esto se lo llama turismo no consuntivo o ecológico. Otro error conceptual camuflado de verdad.

Todos contra la caza
Muchas veces he escuchado gente oponerse a la cacería legal aduciendo su pertenencia a Greenpeace, a Vida Silvestre o a alguna otra ONG ecologista de características similares. Por supuesto que todos tenemos derecho a pensar lo que queramos, pero lo que no es verdad es que todas las organizaciones ecologistas condenen la caza deportiva. Creerlo es otro serio error producto del desconocimiento.
A las pruebas me remito. La World Wildlife Fund (WWF) ha señalado que la conservación de especies de fauna, no tendrá éxito sin el apoyo de la comunidad internacional de cazadores. Según ellos, esto ya dejó de ser tema de debate. Es un hecho indiscutible. En Argentina, La Fundación Vida Silvestre (FVSA) acepta también la caza, siempre que sea realizada de manera sustentable, respetando especies, cupos y temporadas, y restringiéndose la actividad a los sitios permitidos. Greenpeace Argentina por su parte, no suele emitir definiciones sobre la caza legal, y lo más cercano a esta temática fue una declaración de Agosto del 2013 en su sitio de Facebook donde reconoce que “en lo que hace a problemáticas relacionadas con los derechos del animal, como su maltrato, abuso, desprotección, violación a las leyes sobre tráfico de especies, circos, zoológicos, etc. no cuenta con experiencia en este campo ya que estos temas puntuales escapan a las problemáticas ambientales en las que trabajamos”.
Por lo tanto y para concluir con estas reflexiones sobre la caza y la conservación, me gustaría recordar las palabras del escritor Wayne Dyer, quien suele decir que “el nivel más alto de ignorancia es cuando rechazas algo de lo cual no sabes nada”. Lamentablemente con esto es con lo que tenemos que lidiar para sustentar nuestra posición como cazadores deportivos. Una tarea bastante difícil en los tiempos que corren. 

domingo, 10 de agosto de 2014

Eduardo Barros Prado - Un cazador entre las Amazonas


Por Eber Gómez Berrade

Si hubiera que definir a Eduardo Barros Prado con una sola palabra sería la de aventurero. Este brasileño, amante de la caza mayor, la antropología y la exploración, alcanzó fama internacional a mediados del siglo XX gracias a los libros que escribió sobre su expediciones en las selvas del Amazonas y en las planicies de Africa. Sus trabajos fueron escritos originalmente en idioma español y publicados en Argentina, casi todos por la vieja Editorial Peuser de Buenos Aires. Con una pluma fluida y un tanto ornamentada, sabía capturar el interés del lector y trasladarlo a los lugares exóticos y salvajes por donde él mismo había andado. 
Barros Prado fue, entre otras cosas, capitán del Ejército en el arma de Caballería, profesor de equitación, corresponsal de guerra, etnógrafo, explorador, escritor y cazador.
Dueño de una personalidad cultivada y renacentista, fue también controvertido y polémico, lo que lo convirtió en blanco de críticas que ponían en duda la veracidad de sus hazañas en más de una oportunidad.
La primera vez que tomé contacto con la obra de Barros Prado fue hace muchos años, cuando me encontraba organizando una expedición en solitario a la selva amazónica. En aquel momento sus libros fueron para mí de gran inspiración y una fuente de conocimiento que resultarían de mucha utilidad en el terreno. Los años pasaron y en una visita a la ciudad de Río de Janeiro, encontré en plena avenida Visconde de Pirajá, en el coqueto barrio de Ipanema, la primera edición de un viejo ejemplar de su libro inicial: “Yo vi el Amazonas”. Era una traducción al portugués, realizada en 1952 por el Consejo Nacional de Protección de los Indios a pedido del famoso mariscal Rondón para el gobierno de la República de Brasil. La obra está prologada por el coronel Amilcar Botelho de Magalhaes, asistente personal de Rondón y miembro del Consejo de Protección de los Indios. El ejemplar en cuestión, además estaba firmado de puño y letra por el mismo Botelho de Magalhaes. Una grata sorpresa extra para mi curiosa e inquieta pasión bibliófila.
El hecho es que el prólogo de ese libro confirma varios aspectos de la vida de Barros Prado, que de no ser por el conocimiento personal que este funcionario brasileño tenía con el autor, parecería la descripción de un personaje de ficción típico de una novela victoriana.


UN HOMBRE DE MUNDO
La inquieta vocación viajera de Barros Prado y el haber nacido a la par del siglo XX le brindaron la posibilidad de conocer a personalidades de reconocida trayectoria de nivel mundial. En sus obras se menciona la amistad que trabó con Ernest Hemingway, a quien conoció en España durante la Guerra Civil y a quien luego acompañó en algunos de sus safaris por el continente africano. Se dice que en El Cairo tomó contacto con el coronel T.E. Lawrence (Lawrence de Arabia) y en Bombay con el mismísimo Mahatma Ghandi. En sus viajes por Africa también conoció a Sir Baden Powell, creador del movimiento Scout; al Dr. Albert Schweitzer, a quien visitó en su misión de Lambarené; a Halie Selassie, el Rastafari y último emperador de Abisinia, y a Donald Kerr, cazador profesional y propietario de la famosa compañía de safaris Kerr & Downey de Nairobi. En Argentina, además conoció a Pedro Luro y Antonio Maura, pioneros de la introducción del ciervo colorado en La Pampa; al escritor escocés Robert Cunnighame Graham; y al aventurero Aimé Tschiffely, quien aún hoy es recordado por la hazaña de haber recorrido el continente americano montando su dos caballos criollos, Mancha y Gato, en 1929.
Ahora, sin dudas, la amistad que lo marcó más fuerte fue la del general Cándido Mariano da Silva Rondón, mariscal y prócer brasileño llamado “el apóstol de los indios” por sus investigaciones y desarrollo de política de protección de los pueblos originarios de la cuenca amazónica.
Rondón fue el primer director de la Oficina Brasileña de Protección del Indio (FUNAI), identificó más de 200 tribus desconocidas y participó en la expedición del presidente Teddy Roosevelt al Amazonas, llamada “Expedición Roosevelt-Rondón”, en la que navegaron la totalidad del curso del Río de la Duda, descubierto por el mismo Rondón y rebautizado como Río Roosevelt a partir de esa excursión. En reconocimiento de su trabajo a favor de los indios, el gobierno de Brasil denominó un estado amazónico en su honor: Rondonia.
Que todos estos personajes se hayan cruzado en la vida de Barros Prado no es casual, ya que la exploración, la caza y la equitación fueron siempre un denominador común.

PRIMERAS AVENTURAS
Barros Prado nació en San Pablo en 1900, hijo de una familia descendiente de fundadores de esa ciudad brasileña y de la ciudad amazónica de Santarem. Su padre fue jefe de ingenieros en un regimiento del Brasil y participó en parte de la construcción del gran Teatro Amazonas, conocido como la Opera de Manaos, en pleno boom cauchero.
Siendo pequeño, sus padres se mudaron a una fazenda en Manaos, donde comenzó su educación inicial de la mano, primero, de un misionero cristiano, y luego de un tutor irlandés, que había pertenecido a los famosos regimientos de Lanceros de Bengala, que los británicos desplegaban en aquel entonces en la India imperial. Desde muy joven se sintió atraído por los idiomas, y a temprana edad fue contratado como guía e intérprete de dialectos indígenas en la expedición amazónica de Sir Alexander Hamilton Rice, patrocinada por la Royal Geographical Society.
Una vez abandonada la casa paterna, Barros Prado comenzaría un interminable peregrinar por el mundo entero. Estudió en los Estados Unidos y se graduó como médico veterinario en la Universidad de Iowa.
En 1932, de vuelta en Brasil, tomó parte de una revuelta militar en San Pablo, conocida como Revolución Constitucionalista, entrando en combate en las localidades de Fundao, Ponte Brizola, Fazenda Candoca hasta la retirada del grupo sedicioso en la localidad de Sorocaba. Luego de la derrota, se vio forzado a exiliarse, y aceptó una invitación del general Estigarribia, de Paraguay, para unirse al ejército de ese país como voluntario en la Guerra del Chaco que mantenía con Bolivia. Allí llegó a comandar un escuadrón de caballería compuesto mayormente por voluntarios extranjeros. Fue herido, y convaleciente en el hospital recibió una condecoración junto al grado de capitán de caballería.
Un nuevo viaje a los Estados Unidos lo encuentra trabajando en diversas actividades: en astilleros en Nueva Orleans, como vareador de caballos en Kentucky, empleado en la fábrica Good Year y como doble de riesgo en Hollywood, en donde ocupó el papel de Errol Flyn en algunas de las escenas ecuestres en la película “La carga de la brigada ligera”.



GUERRAS, SAFARIS Y CABALLOS
Luego de estas variopintas experiencias de vida, viajó a Africa y cubrió la invasión de las tropas de Mussolini en Abisinia como corresponsal de guerra. Después de la derrota de los fascistas a manos del emperador Halie Selassie en 1941, abandonó Abisinia y se dedicó a viajar y a trabajar como cazador profesional en el Congo Belga, Kenia, Angola, Rhodesia del Sur y Ruanda.
Al finalizar su periplo, se embarcó hacia el puerto de Santos, en Brasil, donde pasó unos ocho meses en Sao Borja, y luego siguió su derrotero hasta Buenos Aires, donde se dedicó al polo y la equitación. Según asegura Magalhaes en el prólogo de “Yo vi el Amazonas”, en esa época Barros Prado colaboró en su tiempo libre en dos revistas literarias y una dedicada a asuntos de equitación. Y luego de una temporada en la ciudad de Buenos Aires, se instala en la localidad de San Miguel donde se desempeñó como profesor de equitación y polo en el Campo Hípico “El Tato”.
En la década del 50 volvió a los Estados Unidos y posteriormente Africa, para realizar un safari de 26 días de donde proceden sus relatos del libro “El último safari”. Allí narra diversas cacerías de leonas, rinocerontes y búfalos, y lleva una cuenta pormenorizada de los personajes con los que se cruza en su camino.

JIBAROS Y AMAZONAS
La obsesión de Barros Prado por la exploración selvática y el contacto con tribus desconocidas lo llevó a seguir los pasos de Bonpland, Agazzis, Teodor Koch-Grünberg, Charles Marie de la Condamine, Spruce, Darwin y Hamilton Rice. Todos famosos exploradores amazónicos de renombre, a los que admira y no pierde oportunidad de mencionar en la mayoría de sus libros.
Entre 1949 y 1950 realiza una expedición en territorio jíbaro, donde asiste a las ceremonias de reducción de cabezas. Los fondos para financiar la travesía, según cuenta el mismo Barros Prado, provinieron de la venta de un campito de su propiedad en la localidad bonaerense de General Pacheco. Con ese dinero y sin ayuda oficial se largó hacia Iquitos, en la Amazonía peruana, para efectuar la expedición que relataría con lujo de detalles en uno de sus libros. En 1957 vuelve a la gran selva a bordo del yate Victoria, propiedad de su hermana, para recorrer el curso amazónico desde Iquitos a Manaos, esta vez más como cronista que como explorador.
La rigurosidad periodística y los datos históricos fueron los ejes centrales de sus escritos. Siempre con la selva como telón de fondo, y como protagonistas de la obra un sinnúmero de historias de vida de personajes ignotos que viven a la vera del gran río o en medio de los montes matogrocenses. Todo mezclado, claro, con relatos de caza de jaguares, panteras negra, catetos, maracayás, susuaranas, capibaras y antas. De esa etapa son los libros “La atracción de la selva” y “Yo viví con los jíbaros”.
En sus expediciones convivió con kayabíes, kalapalos, parintintín, xavantes y varias otras tribus. Pero, sin dudas, fue su estancia entre las icomiabas o amazonas la que más repercusión tuvo en su carrera de divulgador.
Barros Prado realizó tres expediciones en su búsqueda, guiado por la antigua leyenda. No la que cuenta Heródoto en su historia y que refleja la mitología griega, sino la que los conquistadores españoles del siglo XVI establecieron al descubrir una nación de mujeres guerreras en plena selva, por lo que bautizaron a ese gran río/mar como “río de las amazonas”.
En realidad, lo que Barros Prado encontró y que se cree que fue lo que vieron los españoles, no resultó otra cosa que una tribu matriarcal denominada icomiabas que habitaba las inmediaciones del río Ñamundá.

EN BUSCA DE EXPLORADORES PERDIDOS

Otro aspecto característico de la vida aventurera de Barros Prado fue su disposición para buscar exploradores perdidos en la Amazonía. Naturalmente, sus conocimientos de las selvas sudamericanas lo habilitaban para esa tarea, pero sin dudas fue una inclinación por el mito victoriano de las tribus perdidas de hombres blancos surgida de la imaginación de escritores como Sir Arthur Conan Doyle o Henry Rider Haggard, lo que lo llevó a internarse en la maraña en busca de dos aventureros franceses, desaparecidos en plena selva sin dejar rastro alguno.
Al igual que lo ocurrido con Livingstone en África a fines del siglo XIX y el coronel Percival Fawcett en el Matto Grosso a principios del siglo XX, la noticia de la pérdida de contacto de un piloto francés llamado Redfen, y del explorador y ex maquis Raymond Maufrais en la selva de Guayana, alentó las más diversas y fantásticas teorías acerca de sus destinos. Asegura Barros Prado en uno de sus libros, que la colectividad francesa en Río de Janeiro le solicitó organizar una expedición para ir en búsqueda de los desdichados compatriotas, lo cual hizo pero sin ningún éxito.
Perderse en la selva no es tarea difícil. Incluso el mismo Barros Prado extravió su rumbo en el Alto Xingú a principios de la década del 60, pasando 42 días sin provisiones y con la sola compañía de su perro Shaboo en las inmediaciones del Río das Mortes. Finalmente fue rescatado sano y salvo pero con marcados signos de desnutrición.
Barros Prado pasó sus últimos años en Buenos Aires. Según cuentan amigos que lo han conocido personalmente, tenía una personalidad agradable, estaba siempre bien dispuesto a contar historias en un portuñol bastante aporteñado, y mantenía una impresionante colección etnográfica recolectada en sus innumerables expediciones selváticas. Se desempeñó por un tiempo como funcionario del Estado argentino en temas de turismo, y hay quienes recuerdan aún su fallida participación en la organización de una cacería de ciervos colorados en la Patagonia argentina, en honor al príncipe Abdul Reza Pahlavi, hermano del Sha de Persia en la década del 70.
En noviembre de 1979, la mayor parte de su colección etnográfica se subastó en la casa Guerrico. Arcos, flechas, lanzas, cerbatanas, bordunas, tocadas de plumas, alfarería e innumerables artículos tribales fueron rematados, y comprados por un oferente bajo sobre que, dicen, se llevó todo a los Estados Unidos. Algunos años después Barros Prado fallecía en Buenos Aires.
La ausencia de material fotográfico en algunos de sus libros alimentó la suspicacia sobre la veracidad de algunas de sus hazañas y experiencias. Lo cierto es que la colección antropológica que supo recolectar y la precisión de sus relatos, descripciones y memorias en cada una de sus obras, no sólo inspiran y entretienen al lector que se acerca a sus libros, sino que lo deja con la íntima certeza de que el explorador y el cazador que escribe efectivamente ha estado allí.

SUS LIBROS
Eduardo Barros Prado publicó siete libros en idioma español, cinco de los cuales fueron editados por la casa Peuser de Buenos Aires. Sus obras también fueron traducidas al portugués, inglés, francés y alemán. Algunos de estos títulos fueron “I lived among the Amazons”, “The lure of the Amazon”, “Glückliche Jahre am grossen Stroms”, “Eu vi o Amazonas”, “J´ai vu l´Amazone” y “Aventures en Amazonie”.

“Yo vi el Amazonas” (Talleres Gráficos Dordoni 1948): Narra su temprana educación en Manaos bajo la tutela de un misionero y un militar irlandés miembro de uno de los legendarios regimientos de Lanceros de Bengala. El libro es una colección de relatos de personajes y experiencias de vida en el Amazonas.

“La atracción de la selva” (Peuser 1958): Incluye aventuras, relatos de cacerías y búsqueda de exploradores perdidos en la selvas de la Amazonia y el Matto Grosso.

“Yo viví con los jíbaros” (Peuser 1959): Es una colección de historias y personajes que el autor va encontrando en un viaje en el barco Victoria propiedad de su hermana. En cada puerto, desde Iquitos a Manaos, cuenta diferentes historias de vida que muestran su calidad como cronista y curioso escritor.

“El último safari” (Peuser 1963): Relatos de cacería y apuntes de viaje de su safari por Sudán, Congo, Sudáfrica, Kenia y Rhodesia a fines de la década del 50.

“Matto Grosso, el infierno junto al paraíso” (Peuser 1968): Raconto de sus expediciones por el Río das Mortes, exploraciones por el Alto Xingú y su encuentro con las tribus xavantes.

“Amazonas un mundo extraño” (Peuser 1968): Es la continuación de las expediciones por el Matto Grosso, con historias de vida de indígenas y exploradores, así como de algunas investigaciones antropológicas llevadas a cabo por el autor.

“Yo viví entre las Amazonas” (Nueva Senda 1973): La crónica de las exploraciones en busca de las icomiabas, que incluye un relato pormenorizado de los orígenes del mito de las amazonas en la literatura y en la historia.