jueves, 16 de febrero de 2017

Andreas Madsen - Un cazador de pumas en la Patagonia




Por Eber Gómez Berrade

El nombre de Andreas Madsen ya es un ícono en la historia de la Patagonia argentina. Este pionero nacido en Dinamarca a fines del siglo XIX, exploró junto al Perito Francisco Moreno, los rincones de la frontera sur con Chile, y se estableció finalmente sobre el Río de las Vueltas, al pie del cerro Fitz Roy, en la provincia de Santa Cruz. Fue además marino, ganadero, escritor, cazador y un convencido conservacionista. 
Un viejo amigo mío solía decir que “en la época en la que los barcos eran de madera, los hombres eran de acero”. Lo decía cada vez que recordábamos las hazañas de la fallida expedición antártica de Sir Ernest Shackleton. Esta frase encajaría aquí como anillo al dedo para describir la vida de Madsen. Desde su dura niñez en las costas nórdicas, sus aventuras a bordo de veleros, sus expediciones fronterizas, y hasta sus andanzas al pie de Fitz, lo muestran como un hombre que se hizo a sí mismo, que aprendió por su cuenta oficios y varios idiomas, y que era poseedor de una vasta cultura.

Un Oliver Twist en Dinamarca
Andreas Madsen nació en un pueblito danés llamado Handbjerg, ubicado en la costa de la península de Jutlandia, un 17 de Octubre de 1881.
Sus padres habían llegado a aquella desolada región, como pioneros algunos años antes, donde construyeron una pequeña casa con techo de paja. Era sin dudas una tierra dura, y el pequeño Andreas conoció los rigores de la vida a temprana edad. Ya a los ocho años, fue enviado a trabajar como ayudante de un granjero haciendo todo tipo de tareas rurales. Según recordaría siendo adulto, no la pasó bien durante esos cuatro años que duró este trabajo. Ganaba muy poco, apenas le alcanzaba para comprarse ropa, y en el invierno, zapatos. A los 12 años, su vida comenzó a virar. Entro a trabajar para otra familia de granjeros, mucho más amables y más cultos que el anterior. En aquella casa que contaba con una biblioteca, trabó relación por primera vez con autores ingleses como Shakespeare y Dickens, identificándose inmediatamente con los infortunios del joven Oliver Twist. En esa biblioteca, también había volúmenes escritos por grandes exploradores africanos como Henry Morton Stanley y David Livingstone, así como varias obras y relatos de cazadores reconocidos. El descubrimiento de aquellos autores inflamó su imaginación, fantaseando con tener él mismo, una vida de novela, plagada de animales salvajes y paisajes exóticos.
Al poco tiempo, el destino le ofreció la oportunidad de comenzar a vivir su propia aventura. Luego de pescarse escarlatina, pidió a sus empleadores que le permitan visitar a sus padres ya que no podía trabajar. La licencia le fue concedida y el joven Andreas la aprovechó para escaparse. Tomó un tren con los magros ahorros que había juntado, se dirigió hacia la costa, y allí logró embarcarse como grumete en un velero con destino a Suecia. Sus días de exploraciones habían comenzado.
Estuvo embarcado cuatro años hasta que fue ascendido a marinero. Ganaba bien, conocía puertos lejanos, ahorraba algo y compraba libros cada vez que podía. A los 19 años se subió a un vapor -el Skanderborg-, con destino a Buenos Aires. Ni bien desembarcó, decidió abandonar su carrera marinera, y quedarse a explorar estas tierras. Empezaba así una nueva vida a la par que amanecía el nuevo siglo XX.

Pionero en tierras tehuelches
Luego de establecerse un tiempo en el barrio de La Boca, junto a algunas familias escandinavas, decidió en 1901, sumarse a la Comisión de Límites que partía para el sur argentino, a fin de delimitar las fronteras del país luego de los tratados firmados con Chile. La Comisión estaba compuesta por exploradores de reconocida experiencia, como el dinamarqués Ludovico von Platten, el perito Francisco Moreno y el naturalista Clemente Onelli. Madsen fue contratado por sus condiciones marineras, útiles en los varios lagos patagónicos que debían cruzarse, como el Belgrano y el Buenos Aires. En 1903 participó nuevamente de otra expedición que prepararía el terreno para una comisión mixta compuesta de argentinos, chilenos y británicos que oficiaban de árbitros entre ambas naciones. En aquel viaje conoció a numerosos expedicionarios europeos, que ayudaban y asesoraban en cuestión de límites y fronteras a los dos países andinos.
Uno de esos personajes, era el alemán Federico Otten, un taxidermista de Hamburgo enviado para recolectar especies de fauna autóctona, y que por ese entonces se dedicaba a la búsqueda de oro. Otten fue el primer cristiano en cruzar el Río Grande de la Tierra del Fuego, y del Santa Cruz, costeando los lagos Viedma y San Martín. Ambos aventureros se hicieron muy amigos, y se internaron tierra adentro, hasta llegar al pie del cerro Fitz Roy. Allí se establecieron los dos, sobre la costa del lago Viedma.
Poco tiempo después, Madsen iba a vivir unas peripecias dignas de las “Aventuras de Robinson Crusoe” o de “Los hijos del Capitán Grant”, como gustaba decir.
Lo cierto es que hacia fines del mes de abril, el alemán decidió ir por provisiones a la costa, distante unos 400 kilómetros. “Me voy, y en un santiamén traeré algunas cosas”, dijo. Su idea era ir cazando ñandúes en el camino, y con lo producido pagar las provisiones, mientras tanto Madsen, construiría una casilla. Aquella mañana de abril, Otten aparejó seis caballos cargueros, seis de montar, y se fue. Era un viaje de un par de meses a la sumo. Tardó seis en volver.
Durante ese período, Madsen se fue quedando él mismo sin provisiones, y comenzó a subsistir cazando guanacos, zorros y ñandúes. Un día, tres meses después de la partida, no tuvo mejor idea que terminar de amansar un fuerte y brioso potrillo pangaré, para usarlo en sus cacerías. Al sentarse en el recado, el primer corcovo enloquecido del pobre animal, lo catapultó al suelo, fracturándose la clavícula.
Sólo, en la más absoluta de las soledades, Madsen llegó como pudo a la casilla, se puso una piedra debajo del sobaco para mantener ubicado el hombro, se vendó el brazo con arpillera y se recostó en medio del dolor y un incipiente acceso de fiebre. Al tercer día sin nada que comer y desfalleciente, tuvo que salir, ensillar una yegua mansa, montarla y cabalgar hasta que logró cazar un guanaco. A la vuelta, un churrasco sangrante y apenas calentado sobre las brasas, fue a parar a la panza famélica del sufrido dinamarqués que sólo pensaba en sobrevivir.
Al final, el viejo Otten apareció, y contó su historia y el por qué del retraso. Sucedió que con una importante cantidad de plumas de avestruces (como le dicen a los ñandúes), llegó a la costa y las vendió a buen precio. Pero en lugar de ir al almacén para comprar la provista, se fue derechito al boliche. Al cabo de unos días no le quedaban ni los caballos. Así que tuvo que salir a cazar avestruces y empezar todo de nuevo. 
 
Cazando “leones” en Patagonia
Madsen aprendió a cazar en la Patagonia. Primero para alimentar las expediciones en las que formaba parte, y muchas veces para salvar sus rebaños de ovejas de las garras de los predadores. Cazó de todo, ciervos, guanacos, ñandúes, zorros y muchos pumas, o “leones”, como lo llaman los gauchos.
El primer puma que cazó fue en 1902,  durante la expedición comandada por von Platten en las nacientes del Río Deseado. Fue una noche cuando ya toda la partida estaba en el sobre alrededor de un fuego extinguido, que vio casi encima de él, un enorme león. La  escena le recordó por un momento a aquellos feroces ataques de tigres de Bengala descriptos por Salgari en Sandokan. Aunque este felino nunca saltó, y se mantenía estático. Sigilosamente preparó su Máuser Argentino 7.65, y avisó a uno de sus compañeros, para que lo respalde con un revólver. A la cuenta de tres, ambos dispararon. Luego del estruendo, el león ya no estaba. Decidieron no seguirlo en la oscuridad. Al alba, a no más de un centenar de metros de donde estaban, descubrieron rastros de sangre. Y a poco andar, encontraron al pobre animal sin vida, que resultó ser una leona enorme. “Me sentía casi un pionero en su primera aventura de caza mayor -recordaría Madsen años después- aunque la lucha no fue muy caballeresca, aquel primer lance resultó bastante excitante y alentador”.
Durante sus viajes, Madsen cuenta que usaba un fusil Máuser 1891, modelo Argentino, un Martin (presumiblemente de la armería Martin Meylin de Pensilvania, usado tempranamente en la conquista del Oeste americano), una escopeta de dos caños, y un revólver calibre 44. 
Naturalmente en el curso de las expediciones, los encuentros con los leones eran frecuentes, pero no sólo el Máuser retumbaba para abatir leones. Madsen recuerda que un 25 de Mayo, fiesta patria y con nieve a pleno, se dirigían hacia lo que hoy es Comodoro Rivadavia, o Rada Tilly por aquel entonces. Cuando el guía de la expedición, el cacique Kankel, oriundo del río Senguer, descubrió un rastro fresco de puma y se lanzó tras él a todo galope. Madsen lo siguió y allí tuvo la oportunidad de presenciar una escena inolvidable: al tehuelche cazando un enorme puma de casi tres metros, usando sólo sus boleadoras.
Iban a pasar unos pocos años para que Madsen pudiera hacer lo mismo, casi con tanta baqueanía como el cacique, aunque jamás volvió a ver un león tan grande como el de aquel 25 de Mayo.
Los leones eran casi una plaga para los ganaderos que veían como sus majadas de ovejas eran diezmadas en el correr de una sola noche. A Madsen, la cacería de este noble felino, le despertaba fascinación, pero siempre la llevó a cabo como una forma de subsistencia. Así lo relata en sus escritos, donde cuenta los detalles de una gran cantidad de cacerías de pumas en las que participó. Sin embargo, en todo momento tuvo una clara consciencia conservacionista, no sólo en lo que respecta a la fauna silvestre sino también al medio ambiente en general. Fue -de hecho-, uno de los impulsores que bregaron para que esas tierras santacruceñas fueran convertidas en parques nacionales.
     
Aventuras al pie del Fitz Roy
Luego de sus andanzas expedicionarias, este danés errante, se dedicó a tareas rurales, cuidando tropillas de caballos y guiando yuntas de bueyes. Fue capataz en algunas estancias de la zona, empleado del aserradero de la empresa Bonvalot & Cía., y de una firma lanera donde comandaba un pequeño bote haciendo la ruta que va del Lago Viedma hasta el Atlántico, a través del río de la Leona, el lago Argentino y el río Santa Cruz, convirtiéndose en el primer hombre en navegar este curso de agua. Fue además uno de los primeros que recorrió la ruta que une el lago Viedma con Mata Amarilla, camino que solía hacer en carro de bueyes, guiándose sólo con brújula y muchas veces en medio de fuertes neviscas y tormentas. Jamás abandonó su pasión por la aventura. 
En el año 1912 viajó a Dinamarca. Visitó su pueblito natal en la península de Jutlandia, y allí mismo se volvió a encontrar con quien fuera su novia, y quien a la edad de 7 años, le prometiera su mano. Lo increíble fue que, como si la historia hubieras sido escrita por un guionista de novelas románticas, la pequeña Fanny, Steffanny Thomsen, estaba aún esperándolo. No había más que pensar. Se casaron y vivieron allí hasta que estalló la Primera Guerra Mundial.
En ese fatídico año de 1914 decidió retornar a Argentina con su esposa, y establecerse nuevamente en la zona del lago Viedma. En reconocimiento a su labor para el Estado Argentino, el gobierno le arrendó unas 20.000 hectáreas sobre el Río de las Vueltas, 17.000 sobre la margen oeste y 3.000 sobre la este. Allí finalmente estableció su estancia, edificó su casco sobre la costa del río, y pasó casi todo el resto de su vida. Crió una familia con cuatro hijos: Peter Christian, Karl Richard, Fitz Roy y Anna Margarethe, y hasta tuvo tiempo para escribir memorias y relatos de sus aventuras.
En 1948 editó su primer libro llamado “La Patagonia Vieja”, una exquisita colección de historias de un tiempo ido en un lugar inhóspito, y en 1956, un volumen de relatos de cacerías, el clásico: “Cazando pumas en la Patagonia”, un incunable para los amantes de la literatura cinegética. Años más tarde aparecería una recopilación de cartas personales e historias editadas bajo el título de “Relatos nuevos de la Patagonia vieja”.

Cuarteles de invierno
Su querida esposa Fanny falleció en 1950, y en esa década su estancia se fue convirtiendo en el “campamento base” para las expediciones que se lanzaban a la conquista del Fitz Roy y el Cerro Torre, dos de las montañas más difíciles y peligrosas de escalar en el mundo entero.
Por esa casa pasaron los legendarios montañistas Lionel Terray y Guido Magnone en 1952, antes de subir el Fitz Roy por primera vez; los míticos José Luis Fonrouge y Carlos Comesaña quienes en 1965 se convirtieron en los primeros argentinos en abrir rutas de ascenso en esas paredes, y hasta los polémicos Cesare Maestri y Tony Egger, que en 1952 se lanzaron a la conquista del temible Cerro Torre.
Desde aquellos días, la estancia Madsen se convirtió en un lugar icónico para la historia grande del montañismo mundial. Hoy es un museo, y la vieja casa principal sigue siendo un lugar agradable, que rememora la vida rural de antaño y que para los que conocemos su historia, nos transmite una energía especial, mezcla de admiración, nostalgia y misterio.

En el año 1963 Madsen decidió mudarse a la ciudad de San Carlos de Bariloche donde vivían sus hijos Anna y Peter. Dos años más tarde falleció, un 1 de Septiembre de 1965. Sus restos fueron trasladados en 1972 de vuelta hacia su lugar el mundo, y enterrados en un pequeño jardín junto a su esposa e hijos. Desde ese lugar, la vista del cerro Fitz Roy y del Parque Nacional Los Glaciares -hoy Patrimonio de la Humanidad-, no puede ser más sobrecogedora. Al entrar a la casa todavía se ve un pequeño cartel de madera, con el lema “Pensar alto, sentir hondo, hablar claro”.  Palabras por las que vivió este danés errante, que cazaba pumas y amó la Patagonia.

domingo, 8 de enero de 2017

Balística para el continente negro

Por Eber Gómez Berrade

La balística es sin dudas uno de los temas preferidos en los fogones de los campamentos de safaris desde la noche de los tiempos. Los valores y coeficientes que resultan del uso de diferentes calibres, el comportamiento de los proyectiles de caza en la balística exterior y terminal, y su relación con las diferentes especies de fauna, dependiendo de su contextura física y peligrosidad, será a la larga, un conocimiento de gran utilidad para el cazador, que le ayudará en la obtención de los tan ansiados trofeos africanos.
Etimológicamente, balística es el estudio y uso de las leyes naturales que gobiernan y predicen la trayectoria de proyectiles. Como sabemos se diferencias tres etapas en la balística de un proyectil: la interior, que estudia los fenómenos que suceden dentro del cañón (desde la ignición hasta que la bala abandona el cañón); la exterior, que es el vuelo del proyectil desde la boca del cañón hasta alcanzar el blanco; y la terminal, que refleja el comportamiento del proyectil dentro del animal (en nuestro caso), y analiza los efectos que causa dicho proyectil en los tejidos.
En el caso de este artículo, me centraré mayormente en las características de la balística exterior y terminal, y de su relación con los grupos de especies de fauna africana, divididas de acuerdo a su contextura anatómica y peligrosidad.


Recordando conceptos
En balística se utilizan algunos términos y conceptos que vale la pena refrescar, como la velocidad, la energía, la densidad seccional, el coeficiente balístico, etc.
Existen además otros factores de análisis como la construcción del proyectil, la forma y el calibre, con el que naturalmente estamos más familiarizados.
La velocidad, que se mide en pies por segundo, es la relación que se establece entre la distancia que recorre un proyectil y el tiempo que tarda en recorrerlo.   
Energía, medida en pies por libras, es la expresión matemática para el trabajo potencial de un proyectil. Depende de la velocidad y de la masa de la bala.
La densidad seccional, que es el coeficiente entre el peso del proyectil medido en libras y su diámetro al cuadrado medido en pulgadas. En balística exterior, se relaciona directamente con el coeficiente balístico, en balística terminal, este ratio influirá en la capacidad de penetración del proyectil.

El momentum, así como suena, es un coeficiente que surge de la multiplicación del peso del proyectil en grains, por su velocidad en pies por segundo, dividido 7.000 (para convertir los grains a libras, ya que 7.000 grains equivalen a 1 libra). En buen cristiano, este valor sirve para analizar la capacidad de detención de un proyectil independientemente del valor de la energía que desarrolle.
El coeficiente balístico es fundamental para el análisis de la balística exterior, ya que refiere a la manera en que el proyectil penetra en el aire, venciendo la resistencia en el vuelo, y es lógicamente inversamente proporcional a su desaceleración. Como es de imaginar, este coeficiente variará de acuerdo a la forma del proyectil, su peso y la densidad seccional. A mayor número del coeficiente, menor será la desaceleración (volará mejor la bala).
Existen además otros conceptos en balística aplicada  a la cacería como por ejemplo la habilidad de un proyectil de “parar” la carga de un animal, que se conoce como poder de parada, o en inglés “stopping power” o “knockdown power”. John “Pondoro” Taylor, lo llamaba KO (Knock Out), en su clásico “African Rifles and Cartridges”, un libro que aún hoy considero como la Biblia en esta materia. En este sentido, podríamos decir que hay dos escuelas, una colonial (de los viejos cazadores ingleses en África) que favorecía el uso de grandes calibres, con puntas pesadas y que desarrollan moderadamente bajas velocidades. La escuela americana o moderna, al contrario, se inclina por calibres más pequeños, que alcanzan una mayor velocidad y entregan más energía, provocando una mayor letalidad. A esta letalidad se la conoce como “poder letal” o “killing power”. Recuerdo un artículo muy interesante que hiciera hace algunos años mi gran amigo Carlos Coto, acerca de las teorías de John Taylor y Finn Aagaard sobre el “killing power”, que vale la pena re leer. 
Naturalmente ambas posturas no solo tienen admiradores y detractores, sino que además son correctas de acuerdo a las condiciones de la caza que se lleve a cabo, es decir, considerando el tipo de animal, su tamaño, peligrosidad dada por la velocidad de carga, etc.  

Una balística especializada
Todos estos conceptos precedentes, tendrán validez a la hora de decidir el calibre y tipo de munición a utilizar en un safari. Esto naturalmente va a depender del tipo de especie que se busque, por lo que en términos de balística terminal, podría dividirla en cuatro categorías en función del tamaño y dureza de la piel:  

1.- Tamaño pequeño/mediano y piel fina

Las especies que entran en esta categoría son naturalmente las de planicie, y van desde los “tiny ten” o antílopes pigmeos como los duikers, steenboks, dik dik, etc. , hasta aquellos de porte mediano como impalas, facoceros, orix, kudu, gnus, blesbok, etc.  Para estas especies, que en promedio se cazan a distancias medianas (que se dan en un rango de 100 a 300 metros), el cazador debería elegir su calibre ideal basándose en los conceptos de coeficiente balístico, energía y velocidad. Debido a la distancia recorrida desde que el proyectil abandona el cañón hasta que impacta, la balística exterior se convierte en un factor crítico de análisis a tener en cuenta. Un alto coeficiente balístico, sumado a un calibre pequeño que desarrolle mayor velocidad, asegurando la letalidad, no en el poder de detención, sino en la energía entregada en la pieza a abatir, es lo que debería buscarse en la elección del calibre. En este sentido, calibres como el .243 Win, el .270 Win, y hasta el .223 Rem, con puntas que van de 50 a 150 grs con un rango de velocidades de 1.500 y 3000 pies por segundo, conforman valores adecuados para abatir tanto a un duiker como a un orix en distancias medianas. Un escalón más arriba, los .30 como el 308Win. o el 30-06 Springfield, con rangos de peso de puntas de 150 a 200 grs., y velocidades de 2.200 pies por segundo, son también óptimos y hasta más recomendables para su uso efectivo en el terreno en condiciones de safari. Aquí quisiera abrir un paréntesis, para aclarar que la elección de los calibres pequeños, es válida desde el punto de vista balístico, aunque en lo personal, los considero una elección demasiado acotada y por qué no, un tanto arriesgada, para quien vaya a un safari de planicie, sin experiencia en esta clase de especies, y que tal vez, combine su cacería con animales de porte mayor.

2.- Tamaño grande y piel fina
En esta segunda categoría podría incluir eland, jirafa y cebra. Aquí las distancias habituales de tiro, son similares a las del grupo anterior, por lo que vale de igual manera, la importancia del coeficiente balístico en el resultado final de la cacería. Sin embargo, en estos casos, a la característica de balística exterior, se suma la efectividad del proyectil en la etapa de la balística terminal, para garantizar un contundente poder de parada o KO. A la hora de elegir el calibre ideal, y la munición adecuada, habrá que evaluar la densidad seccional, que estará directamente ligada a la penetración. Para estos animales de mayor masa tisular, los calibres elegidos deberían ser, desde el famoso 7mm Rem. Mg., hasta los de la gama de los .30 en sus versiones magnum, como el 300 Win Mag, 300 Weatherby Mg, el 300 H&H Mg o el 338 Win. Mg, con puntas que van desde 150 grs. a los 250 grs., y con un rango de velocidades de 2.800 a 3.200 pies por segundo, dependiendo el calibre, claro.
En esta categoría la velocidad desarrollada por los calibres magnum, es importante para mantener una trayectoria razonable en una distancia considerable. La construcción y forma de la punta, que deberá ser blanda, es también fundamental para garantizar la apropiada penetración en grandes masas musculares y óseas, generando un mayor canal de herida.

3.- Caza peligrosa con piel fina
En esta categoría entran los leones, leopardos y chitas, y podría incluir al cocodrilo. En realidad, felinos y cocodrilo comparten la característica de una piel fina, pero difieren enormemente no sólo en su peligrosidad por la capacidad de ataque sino en la manera de ser cazados. En este sentido, lo más relevante de este grupo, es el de animales con una contextura física, muscular y ósea similar a los de planicie, pero que pueden provocar con una gran capacidad de daño al cazador. Tanto leones como leopardos se convierten en pesadillas ante la eventualidad de ser heridos, o simplemente en el caso de que sientan que su espacio vital es vulnerado. Desde estas páginas, ya he hablado sobre la caza de ambas especies, pero digamos que en términos de balística, encontramos dos escenarios posibles. En primer lugar, el primer disparo, por ejemplo, desde un apostadero, donde el poder letal será fundamental. En segundo lugar, el resto de los disparos, que se sucederán si el primero no fue letal, en donde el poder de detención se convertirá en prioritario. Naturalmente al momento de elegir, no se cambiarán armas para una u otra situación como lo haríamos con palos de golf frente a dos hoyos ubicados a diferentes distancias. De hecho, para eso, estará el back up del o los cazadores profesionales que acompañen la partida, en caso de una carga directa. Desde el punto de vista del cazador, cualquier calibre apto para el grupo anterior, puede funcionar perfectamente, es decir desde el 7mm Rem Mg, hasta cualquiera de la gama de los .30 magnum. Es más, como las distancias serán generalmente inferiores a 100 metros, no serán necesarios proyectiles que alcancen altas velocidades, por lo que el tradicional 30-06, por ejemplo, podrá funcionar perfectamente bien.
Sin embargo, como siempre estará la posibilidad de tener que detener una carga, calibres mayores son lo recomendado. De hecho, la legislación de muchos países africanos, indica como mínimo al 375 H&H Mg para especies de caza peligrosa. Y la escuela inglesa, incluso, señalaba la variedad de 300 grs. de punta para ese calibre venerable, como la de mejor performance de toda la gama, ya que alcanza velocidades que van desde 2.300 a 2.500 pies por segundo, una energía superior a los 4.000 pies por libra, con un bajo coeficiente balístico de alrededor de 0.260, y una extraordinaria densidad seccional de alrededor de 0.300. Más allá de estas categorizaciones, está claro que la versatilidad de este calibre, lo hace apto para todo tipo de fauna, y lo convierte en el gran “todo terreno” de África.
En el caso del cazador profesional que se enfrente al escenario de un felino herido y en ataque, seguramente el calibre será mayor, siendo muy popular el 458 Win.Mg, o incluso el 416 Rigby. Por supuesto que de ahí para arriba, todo funciona, dependiendo de la habilidad del profesional. Digamos sí, que no es frecuente utilizar grandes stoppers para tiros de back up, en la cacería de un león o un leopardo.

4.- Caza peligrosa con piel gruesa
En este grupo se definen el resto de los llamados, cinco grandes, incluyendo al hipopótamo. Constituyen, para muchos cazadores, el epítome de la caza en África. Elefantes, búfalos, rinocerontes e hipopótamos, forman el club de los más grandes y los más peligrosos. Las características balísticas de los calibres y municiones adecuados, difieren de la de los grupos anteriores. Aquí predominan los tiros a corta distancia (50 metros aproximadamente) y las situaciones de carga a muy cortas distancia (10 a 5 metros aproximadamente) y a gran velocidad. 
Si bien es cierto que en estos casos también se abren dos escenarios, el del primer disparo y el resto, va a depender de cada especie el uso de combinaciones de puntas blandas y sólidas, o exclusivamente sólidas. Por ejemplo, para un primer disparo a un búfalo donde el blanco vital lo conforma el corazón y los pulmones, las puntas blandas de expansión controlada, harán un mejor trabajo, que las sólidas. En cambio, en caso de un tiro al cerebro donde haya que atravesar el boss y el casco craneal, sólo las sólidas garantizarán la penetración adecuada para interesar el cerebro. En el caso del elefante, por la enorme masa tisular (muscular y ósea), los proyectiles sólidos son los únicos recomendables para alcanzar una penetración efectiva.
En cuanto a calibres, predomina en este grupo, la escuela colonial inglesa, de proyectiles de baja velocidad y gran masa, que posibilite un contundente poder de detención. De los .40 para arriba, todo sirve. Claro que depende mucho, el factor del retroceso, que en manos inexpertas, puede actuar en contra de la efectividad de la munición. Calibres como el 404 Jeffery, 416 Rigby, 458 Win.Mg, 470 NE, 500/465 NE, 505 Gibbs, 577NE o 500 Jeffery, son los más comunes en manos de profesionales especializados en cacería de elefantes en sábana y selva, ya que garantizan un definitivo “stopping power”. Las velocidades en este rango de calibres no superan los 2.300 pies por segundo, las puntas variarán de 400 a 550 grains, y los valores de densidad seccional rondarán los 0,320 en promedio.

Más allá de la balística
Cuando hace muchos años, el querido Harry Selby, profesional preferido de Robert Ruark, acuñó la frase “use enough gun”, algo así como use un calibre suficiente, pensó seguramente en las características balísticas desarrolladas por municiones capaces de parar a estos monstruos en una carga directa. Sin embargo, y en mi opinión, considero que la elección del calibre adecuado para abatir caza mayor, va más allá del análisis de fórmulas balísticas. Debería incluir además, tres aspectos básicos que no sólo no invalidan los cálculos aritméticos, sino que contribuyen a alcanzar un mejor desempeño en la cacería. En primer lugar, considero una falacia el concepto de que “cuanto más grande, mejor”. En términos balísticos, tal vez, pero en términos prácticos, va a depender mucho del adecuado manejo del arma que tenga el cazador. No necesariamente un calibre mayor es mejor, si en ese caso particular, el cazador no puede manejar con solvencia el retroceso (o el miedo previo al retroceso) lo que en inglés se denomina “flinching”. En segundo lugar, una regla de oro que siempre mencionaba otro gran amigo, el capitán Carlos Canobbio: jamás disparar, si no se cuenta con la humana certeza de abatir la pieza al primer disparo. La caza mayor no es billar, y nunca se debería tomar el riesgo de disparar sin estar interiormente confiado. Como comenté en su momento en estas mismas páginas, errar un disparo, o peor, herir al animal en África, resultará caro si se trata de especies de planicie, y sin dudas, mucho más caro y peligroso, si se está detrás de algunos de los Cinco Grandes. Por último, el tercer aspecto: la correcta ubicación del proyectil en los órganos vitales. El apropiado conocimiento de la anatomía del animal que se va a cazar, junto con la correcta habilidad en la técnica de tiro, serán las fronteras entre el éxito y un estrepitoso fracaso. Nadie expresa mejor esta máxima que el legendario Tony Sánchez Ariño, cada vez que le preguntan sobre el mejor calibre para cazar elefantes, y él suele responder siempre lo mismo: el mejor calibre es “la bala en su sitio”. Lapidariamente cierto.

martes, 1 de noviembre de 2016

"Denis Finch-Hatton, Cazador Blanco de Sangre Azul"





Por Eber Gómez Berrade

El Honorable Denys Finch Hatton fue el epítome del cazador blanco de principios del siglo XX en el continente negro. Inglés, de origen noble y egresado de Eton College, poseía modales refinados y una gran cultura, pero tenía además un prolijo conocimiento de su profesión, y una enorme pasión por la aventura. Guió en safaris a lo más granado de la realeza británica, combatió en la Primera Guerra Mundial y fue amante de la escritora Karen Blixen. Robert Redford lo inmortalizó en el cine, a su manera, rescatándolo para la gran platea. Fue sin dudas, un personaje irrepetible, un gentleman hunter, que marcó una época en los safaris en África. Nada menos que la era dorada.
Finch Hatton no tuvo una vida larga pero sí, muy intensa, y en un punto, paradójica. Fue cazador blanco sólo durante seis años, pero dejó una impronta indeleble en la comunidad de profesionales que perdura hasta hoy día. Nunca se casó, pero tuvo amoríos con prominentes damas de sociedad en Nairobi. No escribió ningún libro, pero hay muchos escritos sobre él. Se consideraba un pacifista, pero fue condecorado con la Cruz Militar por sus servicios en combate durante la Gran Guerra. Era calvo, los somalíes los llamaban “bedar” (el pelado), pero fue interpretado por un rubio y pintón Redford, que hablaba con acento yanqui en la película “Out of Africa” (o “África mía”, como se la conoció en estas tierras), mientras el verdadero, tenía un acento muy inglés -típico de los egresados de los colegios públicos- al que hoy le dirían “posh”. Tal vez la razón por la que ha sobrevivido en la memoria, fue su personalidad. Más allá de las características de su vida aventurera, Finch Hatton siempre fue muy querido y respetado por todos: su familia, compañeros de escuela, amigos, amantes, colegas y clientes. Era noble por sus ancestros, pero además se ajustaba a la definición de nobleza de la que hablaba Ernest Hemingway, aquello de que ser noble no es ser mejor que el otro, sino que es ser uno mismo cada vez mejor.

Una educación aristocrática
Denys George Finch Hatton nació un 24 de abril de 1887. Su padre Henry Stormont Finch Hatton, fue el decimotercer Conde de Winchilsea. Su madre, Anne Codrington era hija de un almirante de la flota británica, descendientes de veteranos marinos que pelearon en la batalla de Trafalgar. Fue el segundo de  tres hermanos. Tuvo una infancia feliz como era de esperarse en gente de su clase, y en sus años de primera juventud, su imaginación estuvo inflamada por las aventuras de los exploradores de fines del siglo XIX. Libros de viajes, novelas, revistas, publicidades y anuncios hablaban de tribus caníbales, parajes prehistóricos, y regiones en blanco en los mapas del Imperio. Livingstone y Stanley se codeaban con personajes ficticios como Allan Quatermain y Tom Sawyer. La aventura estaba de moda en aquellos días.  
Para adquirir una educación superior, sus padres lo enviaron al Eton College, uno de los más exclusivos de Inglaterra. Allí cultivó el placer de la lectura de Shakespeare y los escritores románticos como Coleridge y Wordsworth, pero también la afición por el deporte, como todo joven de la época. Se destacó en cricket, fútbol y golf. Y además resultó ser un muy buen tirador tanto de rifle como de escopeta. Cualidades que le serían muy útiles en el futuro.
Su educación posterior lo llevó al Brasenose College en Oxford, donde no se distinguió demasiado. Los amoríos con bellas muchachas, los deportes y los amigos, le ocupaban toda su atención.

El descubrimiento de África
No fue hasta 1910, a la edad de 23 años, cuando viajó por primera vez al continente negro y descubrió que allí era donde quería estar. Desembarcó en Ciudad del Cabo, Sudáfrica y luego de una breve estadía, se volvió a embarcar hacia Mombasa, en el África Oriental Británica. En 1911 aún estaba aclimatándose a la vida en esa parte de África, y ya había decidido que ese sería su lugar en el mundo. Compró una propiedad en la margen occidental del Gran Valle del Rift, y al año siguiente, se asoció con un amigo y compraron una cadena de almacenes pequeños. Hasta 1914 se abocó a diferentes negocios, mientras exploraba nuevos lugares y cazaba lo que se le ponía a tiro.
Eso sí, el gusto por las mujeres, los deportes y los amigos no había cambiado.
Denys fue miembro del Muthaiga Club de Nairobi, y estuvo entre los catorce que participaron de la cena de inauguración en el año nuevo de 1913.

En cumplimiento del deber

Al estallar la Primer Guerra Mundial en 1914, la población masculina, capaz de sostener un fusil, en las ciudades y pueblos diseminados a lo largo y ancho del Imperio Británico, se enlistó sin dudarlo en las fuerzas armadas para defender a su Rey y su país. Denys, naturalmente, fue uno de ellos. Al igual que su amigo el Honorable Berkley Cole. De hecho, Cole había estado al mando del  regimiento del Noveno de Lanceros en la India, por lo que se le dio la tarea de organizar a tropas irregulares de nativos somalíes. Denys, claro se plegó a esta operación.  
Los años de la guerra los pasó en servicio activo luchando contra las tropas del general alemán von Lettow-Vorbeck en la frontera con la Tanganica alemana. Fue condecorado con la Cruz Militar en 1916, algo bastante inusual para la época, y poco antes del fin de la contienda, fue desplegado a Medio Oriente, donde los ingleses combatían junto a tropas árabes, a los turcos del Imperio Otomano, aliado de los alemanes.

Amores y safaris
Al fin de la guerra en 1918, decidió continuar con sus negocios en Kenia, seguir cazando y hacer nuevos amigos, muchos de ellos, cazadores blancos.  Mantuvo amistad con los personajes que hoy son historia pura. El decano Philip Percival, quien fue su mentor, Andy Anderson, Alan Black, y el legendario John Hunter con quien cazó en Masailand. Trabó amistad también con el hijo de Teddy Roosevelt, Kermit, un gran cazador que acompañaba a su padre en expediciones y safaris, y al que conoció en su misión en Medio Oriente. Entre sus nuevas amistades, hubo dos que marcarían su futuro: el Barón sueco Bror von Blixen-Finecke y su esposa, la escritora danesa Karen Blixens.  Con Bror no sólo compartían el gusto por la caza, sino que un poco más tarde, también el amor por la misma mujer.
De hecho, la pareja se divorció en 1925, lo que allanó el camino para la relación de Karen con Denys. Al poco de comenzar a salir, se mudó a la granja que ella tenía al pie de las colinas Ngong. Fue ahí también donde estableció la base para su nuevo negocio de safaris. Ese mismo año cumplía 38 años y dio el gran salto. Tuvo su primer cliente, un estadounidense de apellido Maclean, a quien guió en un extenso safari. Más tarde trabajó para la empresa Safariland, guiando a potentados y aristócratas europeos. Cazó en Kenia, Tanzania, Uganda, en la famosa selva de Ituri, y en el Congo. El cénit de su carrera lo alcanzó en 1928, cuando lideró el safari del Príncipe de Gales, heredero al trono de la corona británica, quien años más tarde sería el Rey Eduardo VIII (recordado por haber abdicado al trono por el amor de Wally Simpson).
De aquellos años, Karen recuerda en su libro “Out of Africa”, que Denys le enseñó latín, y a leer la Biblia y los poetas griegos. Cuenta también que él sabía de memoria grandes partes del Antiguo Testamento y siempre llevaba una Biblia en sus safaris, lo que le valió el respeto de los nativos musulmanes.
Era amante de la música y del arte en general. Cierta vez le regaló a Karen un gramófono. Toda una novedad tecnológica para una granja en medio de la sabana africana a mediados de los años 20. Karen aseguraba que Denys parecía un caballero de los tiempos de los Estuardo. Un personaje isabelino que podría pasearse tranquilamente junto a Sir Francis Drake sin desentonar, aunque hubiera destacado en cualquier época de la historia del hombre.
La pareja no sólo compartía la cama, la música y la literatura. La caza los apasionaba también, y era frecuente verlos salir de safari con la sola compañía de un criado kikuyu. Una noche, la noche de un cumpleaños de Denys, decidieron ir en busca de dos leones que merodeaban la propiedad de Karen. Había luna llena, pero las nubes y la llovizna la tapaban más de lo recomendable. A poco andar, Karen que iluminaba el camino con una simple linterna de mano, descubrió de repente a uno de los leones, parado, justo en frente. La sorpresa de esa visión la petrificó, hasta que un segundo después la sacudió el sonido del disparo del doble de Denys. El león cayó fulminado. Estaban recién en la mitad de la tarea. Había que seguir buscando con la luz, al segundo. No lejos de ahí, el otro león caminaba huyendo de la escena, hasta que se detuvo y dio vuelta la cabeza. Otro disparo sonó, pero esta vez la bestia resultó herida, y la carga fue inminente. El cañón izquierdo del doble de Denys volvió a tronar, y esa vez, sí lo paró en seco. Había disparado a un león herido, en plena carga, de noche y con la ayuda de un tembloroso haz de luz de una interna. Sin dudas, su trabajo lo conocía muy bien. 
Finch Hatton tenía entonces un Rigby en calibre .350, un mediano a cerrojo, que con puntas blandas de 225 grains, era adecuado para todo tipo de caza de planicie, e incluso  veces lo utilizaba para leopardos y leones. Tenía también un venerable Mannlicher austríaco en calibre 6.5mm, y por supuesto un “stopper” para back up, un rifle doble hecho en Londres, marca Charles Lancaster, en calibre .450NE (3 ¼), que utilizaba con puntas sólidas para elefantes, búfalos e hipopótamos. En su armero tenía también una escopeta inglesa del 20, que usaba tanto en África para tirar gallinas de Guinea, como en Lincolnshire para faisanes y conejos.  
Las malas lenguas en Nairobi, decían que mientras salía con Karen, coqueteaba con una joven llamada Beryl Markham. Beryl era todo un personaje. Bellísima e intrépida, fue entrenadora de caballos de carrera y, más tarde, piloto de avión. De hecho, se convirtió en la primera piloto que cruzó el océano Atlántico de Este a Oeste en solitario.
Se cree que fue Finch Hatton quien inspiró a la joven Beryl a dedicarse a la aviación. Beryl realizaba vuelos de correo y de avistamiento de fauna, algo que luego sería de uso común. Finch Hatton también usó un avión para descubrir manadas de animales, identificar áreas anegadas por las lluvias o buscar lugares para campamentos.
Al comienzo la Asociación de Cazadores Profesionales del Este de África (EAPHA), la legendaria organización y madre de las actuales asociaciones del presente, consideraba el uso de aviones como auxiliar de la caza era controvertido por considerarlo anti deportivo. Luego, Phil Percival, presidente de esa institución, accedió ante los argumentos de que el avistaje de manadas desde el aire, no infringía los estrictos códigos de ética cinegética por los que se regían los cazadores blancos.
  
El Gypsy Moth y el fin
“Vamos a visitar a las águilas”, solía decirle Finch Hatton a Karen, al llevarla a volar en su avión biplano. Esos vuelos fueron unos de los recuerdos más emocionantes y queridos que tuvo la escritora, y los relata maravillosamente bien en sus libros autobiográficos. Volaban sobre el Serengueti, sobre el inabarcable cráter Ngorongoro, sobre la ruta de los gnus o entre los pelícanos rosados del lago Naivasha.
Finch Hatton aprendió a volar en 1929 y en el verano de 1930, compró en Inglaterra su propio avión, un de Havilland Gypsy Moth biplano.
Cuando aún estaba afianzándose como piloto, y acostumbrándose a su nueva adquisición, tuvo un accidente en la propiedad de su hermano, en Haverholme. En un despegue arriesgado, golpeó la copa de unos árboles, dañando levemente el avión, pero sin sufrir él ninguna lesión.
Casi un año más tarde, el destino cambiaría irreparablemente, pero esta vez en África. Una fresca mañana del 14 de mayo de 1931 despegó del aeródromo de Voi (cerca del actual Parque Nacional de Tsavo), en busca de elefantes. Lo acompañaba su Hamisi, su sirviente somalí. Según John Hunter, que casualmente estaba en la zona cazando con un cliente estadounidense y fue testigo, a poco de despegar, Finch Hatton sobrevoló la pista dos veces, y luego simplemente, cayó en picada hacia la tierra. El biplano comenzó a incendiarse. Los dos tripulantes murieron en el acto. Fue Hunter quien suspendió su safari y trasladó los restos de Finch Hatton a Nairobi.
En vida, Denys había pedido que sus restos descansasen en las colinas Ngong. Y así se cumplió su última voluntad. Sin embargo, su alma, o parte de ella, quedó en Eton, Una parte que nunca abandonó esos claustros. El otro lugar a donde también pertenecía. En uno de los puentes del colegio, hay una placa que aún hoy lo recuerda. Dice “Famoso en estos campos, y por sus muchos amigos, grandemente querido. Denys Finch Hatton 1900-1906”.
En Ngong, su hermano hizo erigir un obelisco sobre su tumba, y colocó una placa con su nombre, y los años de nacimiento y muerte. Como epitafio, eligió una cita del poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, perteneciente a La Balada del viejo marinero, que dice: “Reza mejor, quien mejor ama todas las cosas, hombres, pájaros y bestias”.  Se dice que luego de su entierro, una pareja de leones solía echarse sobre su tumba cada atardecer. Tal vez haya sido cierto. Tal vez no. Pero es una linda historia que culmina con el nacimiento de una leyenda de la caza mayor en África, que perdura hasta nuestros días.  





martes, 16 de agosto de 2016

Nueva Zelandia - Un paraíso para el cazador


 

Por Eber Gómez Berrade

Nueva Zelandia es sin lugar a dudas, uno de los lugares más bellos del mundo. Aislada en medio del Pacífico sur, ofrece de todo para el turismo, desde infraestructura y escenarios imponentes, hasta habitantes amables y bien dispuestos con el visitante extranjero. Las islas que la componen prácticamente no cuentan con animales autóctonos, a excepción de aves. Sin embargo desde mediados del siglo XIX se han venido implementando políticas de introducción y manejo de fauna con un éxito considerable, y hoy dispone de un variado menú de opciones cinegéticas que han convertido a estas tierras australes, en un destino ineludible para el cazador internacional.

Otro nuevo mundo
Nueva Zelandia pertenece al continente de Oceanía, al igual que Australia, otro característico destino de caza mayor. Está compuesta por un archipiélago con dos islas mayores, la Norte y la Sur, y numerosas islas más pequeñas, como la Stewart y la Chatham, y algunas que son, a su vez, estados autónomos, como las Cook y Niue. Estas islas fueron visitadas por primera vez por Juan Fernández, un navegante español en 1576. Luego por el explorador holandés Abel Tasman en 1642, quien le dio el nombre actual, y posteriormente por el Capitán inglés James Cook en 1769, quien exploró toda la costa y despertó el interés de la corona británica por su posesión. Pero no fue hasta el año 1840 - cuando se celebró un tratado con los nativos maoríes-, que las islas pasaron a ser una colonia más del Imperio británico. Dominio que ese extiende hasta hoy, ya no como colonia, sino como país independiente miembro de la comunidad de naciones (Commonwealth), manteniendo a Isabel II, como la reina de Nueva Zelandia.
Desde el punto de vista político, constituye un caso ejemplar a escala mundial. Sus ciudades cuentan con una excelente calidad de vida, posee altos niveles de educación, desarrollo humano y respeto a los derechos civiles, y a la vez ostenta unas casi inexistentes tasas de desempleo y de corrupción.  
La población, mayoritariamente de origen europeo y con una minoría maorí, convive armónicamente y ha heredado como parte de la cultura británica, el gusto por el deporte. Se destacan claramente en el rugby, el cricket, el montañismo y naturalmente la caza deportiva. Fue esa misma inmigración europea la que comenzó a introducir fauna exótica a fines del siglo XIX, ya que por el aislamiento geográfico del archipiélago, la única fauna nativa estaba compuesta mayoritariamente por aves.
Por aquellos años, los neozelandeses crearon las llamadas “Sociedades de aclimatación”, encargadas de la importación de fauna para consumo y recreación. Algo que aún perdura, pero que hoy se denomina Departamento de Conservación.
Por otra parte, el país tiene un sistema mixto de cacería en propiedades privadas y estatales como los Parques Nacionales. El cazador puede encontrar propiedades cercadas (farms) o extensiones libres (free range).
La caza mayor es muy popular, tanto para los extranjeros como para los locales. De hecho el país cuenta con uno de los niveles más altos en posesión de armas de fuego por parte de civiles.

El reinado del Ciervo Colorado
Una de las primeras especies que introdujeron en Nueva Zelandia fue el Ciervo Colorado, proveniente de Escocia e Inglaterra. La primera vez fue en al año 1851, cuando Lord Petre, un terrateniente inglés llevó a la isla Sur, un macho y una hembra, proveniente de su campo en Essex, Inglaterra. La experiencia no tuvo éxito, ya que la hembra fue matada antes de procrear. Diez años después, volvió a intentarlo, con un macho y dos hembras. Y ahí sí, la cosa funcionó. Las crías se multiplicaron y se convirtieron en los primeros colorados de la isla Sur. Años más tarde, el Windsor Great Park, propiedad de la corona británica, obsequió a Sir Frederick Weld, una pareja de ciervos que fueron liberados cerca e Wellington, en la isla Norte. El parque continuaría con la introducción de ejemplares hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914.
La adaptación de esta especie a diferentes medio ambientes es formidable. Los argentinos lo sabemos muy bien. Pero en Nueva Zelandia, el crecimiento de las poblaciones fue explosivo. Algunos datos a manera de ilustración: desde 1851 hasta 1926 se introdujeron más de 800 ciervos; en 1927 el Estado pagó por primera vez a cazadores para cazar de ciervos que ingresaban en propiedades del Servicio Forestal; y en 1931 el gobierno comenzó con operaciones de control y raleo. Entre 1931 y 1975, se mataron más de un millón de ciervos en estas operaciones. Aún hoy, se llevan adelante raleos que complementan las acciones de cría intensiva y manejo genético para el mejoramiento poblacional. 
En este sentido, los orígenes de los característicos ciervos neozelandeses, hay que buscarlo en las islas británicas. De hecho, la mayor parte de los planteles introducidos fueron originarios de Invermark, en Escocia, y de Warnham, de la abadía de Woburn y del Windsor Great park en Inglaterra.

Política de introducción de especies
Si bien el Colorado ha ganado notoriedad por su adaptación al medio, y por la implementación de mejoramiento genético que ha caracterizado a Nueva Zelandia en las últimas décadas, otras muchas especies fueron llevadas a las islas con singular éxito también.
El Ciervo Sambar, por ejemplo, fue introducido en 1875, proveniente de ejemplares llevados de Sri Lanka e India. También hacia fines del siglo XIX, fue introducido el Ciervo Rusa, proveniente de Timor Oriental, Java y Bali, donde encontró su lugar en el mundo en la región de Te Urewera y a orillas del río Whakatane en pleno territorio maorí. Ya durante el siglo XX le siguieron el Tahr, que se introdujo en 1904 en las montañas denominadas Alpes del Sur, ubicadas en la isla Sur del país, desde su Himalaya natal. Aquellos primeros ejemplares fueron un obsequio al gobierno neozelandés, de Herbrand Russell, Duque de Bedford.
De Inglaterra también llegaron los Ciervos Dama y Jabalíes, primero en 1860 y luego en una segunda tanda en 1910. Los Elk o Wapitis, llegaron en 1905 a la zona de Fiordland, en la isla Sur, provenientes de América del Norte.  Ese mismo año, desembarcaron los Ciervos Sika, originarios de Japón, pero criados en el Parque de la Abadía de Woburn, en Inglaterra. Estos ciervos se adaptaron tan bien, que hoy ocupan el segundo puesto en mayor distribución territorial, luego de los Colorados.

En 1907 arribaron las gamuzas o chamois, regalo del Emperador austríaco Francisco José. Esta característica especie pasó de los Alpes europeos, a los Alpes neozelandeses, adaptándose perfectamente bien. No con tanto éxito, se liberaron unos diez Alces en la región de Fiordland hacia 1910, la mayoría murieron, sin embargo aún pueden verse algunos ejemplares de no muy buena calidad.
Un historia singular es la de la llegada de los carneros Arapawa, una raza descendiente de las ovejas Merino, a Nueva Zelandia. Los Arapawas, no fueron introducidos con fines cinegéticos, sino que fueron liberados alrededor de 1773, por productores laneros en la isla de Arapawa, al sur del archipiélago neozelandés, con el fin de proveer de alimento a las tripulaciones de balleneros y cazadores de focas que llegaban a esas costas.

Menú de cacería neozelandesa
Si bien el Ciervo Colorado es la joya en la corona de la cacería en Nueva Zelandia, en mi opinión, la mayor atracción que despierta este destino radica en las especies exóticas, por lo menos desde el punto de vista de un deportista argentino. Especies que -por otra parte- sólo pueden encontrarse allí, o donde son más accesibles y económicas de cazar.
Es cierto que cuando se menciona Nueva Zelandia, lo primero que viene a la mente es la imagen de un monstruoso colorado, probablemente desarrollado genéticamente, con puntajes ridículamente altos (de 600 puntos SCI o más) al igual que sus costos. 
Sin embargo, aquel que esté en busca de esta clase de trofeos, también podrá encontrarlos en nuestro país, que cuenta con cotos y criaderos de primer nivel, y que disponen de planteles con genética neozelandesa que nada tienen que envidiarles a sus parientes de Oceanía. Así que para qué irse tan lejos, a buscar algo que podemos conseguir acá cerca. Obviamente Nueva Zelandia también dispone de una oferta de Colorados de buena calidad, pero sin exageraciones, “free range” y acomodados a bolsillos más exiguos. De todas maneras, la observación también es válida en este punto. A lo sumo, recomiendo al cazador de Colorados empedernido, que no desaproveche la oportunidad de buscar esas otras especies exóticas para complementar su cacería, que a mi entender es lo mejor que ofrece este archipiélago oceánico.

Tahr del Himalaya
Como es fácil de imaginar, la cacería del Tahr ofrece un gran desafío para el cazador amante de la montaña, con uno de los trofeos más preciados. Si bien machos y hembras tienen cuernos, los de los machos son más grandes y pesados como ocurre generalmente, alcanzando las 11 a 13 pulgadas de longitud, y un peso promedio de 150 kilos. Si bien técnicamente el trofeo lo constituyen los cuernos, su piel con el largo pelaje blanco es tan apreciado como su cornamenta. El único detalle negativo que puedo mencionar es el olor, que no es más que un gaje del oficio, y menor por cierto, en comparación con las satisfacciones que ofrece la caza de esta especie en medio de los imponentes picos nevados de los Alpes neozelandeses. La mejor época de caza se extiende de Mayo a Julio, cuando su pelaje está en todo su esplendor. 

Gamuza
La Gamuza o Chamois es la otra gran alternativa alpina que ofrece Nueva Zelandia, y al ser también una cacería de montaña, demanda una mayor exigencia. Sin dudas es un gran complemento para los que vayan a buscar Tahr, ya que también su hábitat se encuentra en los Alpes de la isla Sur, y si bien pueden ser cazadas todo el año, su pelaje está en su mejor momento en los meses de Abril a Mayo. 


Ciervo Sika
En un artículo que publiqué en la edición 207 de VIDA SALVAJE de Junio del año pasado, describí la cacería de lo que denominé “Los otros ciervos”. Allí varios de esas especies se encuentran en Nueva Zelandia, como es el caso del Ciervo Sika, el Rusa, el Sambar, el Cola Blanca y el Elk. El Sika es asiático, originario de Siberia, Manchuria, China, Corea, Japón y  Taiwán, y es el mejor ejemplo de una especie exótica que puede ser cazada en un destino “popular” y a un costo económico. Los machos alcanzan el metro y medio de altura en promedio, pesan alrededor de 80 kilos y desarrollan una cornamenta de ocho puntas, que en algunos casos puede llegar a doce. Se los encuentra en el centro de la isla Norte, y en as montañas Kaweka y Kaimana al el este de esa isla. Su brama es en Abril. 

Ciervo Dama
No hay mucho que explicar de este cérvido europeo, ya que es una de las especies que mejor se han adaptado en las pampas argentinas. Sin embargo, debo aclarar que la calidad de los trofeos neozelandeses, es en promedio considerablemente mejor que los que tenemos aquí. Si alguien busca un dama paletudo, este es el lugar, sin dudas. Su cacería se extiende de Marzo a Septiembre, y su brama es en Abril y principios de Mayo. Es común encontrar allá también, animales con pelajes de diferentes coloraciones, marrón claro, blanco, moteado, marrón oscuro, etc. Se los puede encontrar en ambas islas por igual. 

Ciervo Sambar
El Sambar es otro cérvido proveniente de Asia, más precisamente de India, Bangladesh, Sri Lanka, Malasia, Indonesia y las Filipinas. Es un típico ciervo de seis puntas, similar al Axis (también asiático). Los machos alcanzan una altura que va de medio metro a un metro medio, con un peso promedio de 150 kilos, lo que lo ubica detrás del Elk y del Colorado en términos de tamaño. La coloración de su piel es marrón con una mancha blanca en el cogote, característica de su especie, teniendo algunos pelajes blancos en el vientre, en las patas y cerca de la cola. La mejor época de cacería va desde Mayo a Julio, y se los encuentra en la isla Norte.

Ciervo Rusa
El Rusa es muy similar al Sambar, de hecho es una sub especie técnicamente hablando.  Provienen originalmente de las islas de Timor Oriental, Java y Bali, y se ha adaptado perfectamente en la isla Norte donde están los mejores trofeos. Tiene hábitos bastante similares al ciervo Axis, se mueve en planicie por su refinado sentido de alertas ante predadores, es muy elusivo y difícil de recechar. Su pelaje es una mezcla entre marrón y gris, su estatura ronda el metro y su peso difícilmente sobrepasa los 130 kilos. La época de su cacería se extiende de Abril hasta Agosto.

Ciervo Cola Blanca
El ciervo emblemático de América del Norte, puede ser cazado en Nueva Zelandia también, donde se halla la única población de las subespecies boreales en el hemisferio austral, aunque son más pequeños que sus parientes americanos, en términos de medida corporal y cornamentas. Se lo puede cazar todo el año y se los encuentra al sur de la isla Sur, en el Lago Wakatipu, y en la isla Stewart en donde hay grandes manadas en campo abierto.

Elk o Wapiti
Nueva Zelandia es uno de los mejores lugares para la caza del Elk, al igual que América del Norte y Europa boreal. Se han detectado algunos ejemplares mezclados con Colorados en la región de Fiordland, al suroeste de la isla Sur donde conviven ambas especies, por lo que la Fiordland Wapitii Foundation, está llevando a cabo actualmente, operaciones de raleo de colorados, para separar ambas especies con muy buenos resultados, que muestran un mayor grado de pureza genética. Los Elks pueden ser cazados desde mediados de Febrero hasta Septiembre, siendo su brama en Marzo y Abril. Los que se decidan por este destino para cazarlos, pueden esperar encontrar cornamentas de hasta 400 puntos SCI en varias regiones free range.

Arapawa
Los carneros Arapawa suelen mezclarse con chivos salvajes por lo que muchas veces son difíciles de detectar. Con cuernos espiralados que pueden sobrepasar el metro de longitud, y pelaje marrón ofrecen un atractivo desafío al cazador, que sin someterse a los rigores de la alta montaña como en el caso del Tahr y de la Gamuza, podrá acceder a un trofeo único, exótico y característico de las islas de Oceanía.

Ultimas consideraciones
Hay más especies en el menú cinegético neozelandés que podemos llamar complementarias. Me estoy refiriendo a otras clases de carneros y a jabalíes. Las especies de ovejas cazables son las variedades de Guadalupe, Blanca, Fancesa, de las Hébridas, Booroola y Merino de Bengala. Los jabalíes, son los del tipo europeo, “sus scrofa”, idénticos a los que recorren nuestras aguadas pampeanas. Estas especies pueden ser cazadas como complemento de algún paquete o si se da la oportunidad se ponen a tiro, pero difícilmente ameriten un viaje específico para obtenerlas.
Si luego de leer estas líneas, está casi decidido a encarar una expedición al archipiélago, le sugiero que vaya pensando en un rifle bueno, pero con una mira excelente. Muchas de estas especies habitan en la montaña y dan tiros muy largos. Por ello los calibres sugeridos deberían rondar la gama de los 7mm Rem Mg, .300WinMg, o .338 Win. Mg, que desarrollan una potencia adecuada y un coeficiente balístico insuperable a largas distancias. Munición blanda de la mejor calidad que pueda encontrar, y un mínimo entrenamiento aeróbico que le permita disfrutar caminatas en desnivel sin mayores esfuerzos.

martes, 7 de junio de 2016

Sir Laurens Van der Post "Un cazador místico entre bosquimanos"



Por Eber Gómez Berrade

Sir Laurens Van der Post fue un renacentista tardío. Vivió a lo largo del siglo XX, con intereses tan diversos como sorprendentes. En pocas palabras, muy pocas, fue africanista, cazador, explorador, antropólogo y conservacionista. Pero también fue místico, filósofo, cabalista, escritor prolífico, periodista, militar y héroe de guerra. Fue un consumado imperialista que aborrecía a la vez, el apartheid y la segregación racial. Gran amigo del psicólogo suizo Carl Jung, asesor del príncipe Carlos, y padrino de bautismo de su hijo Guillermo de Inglaterra, siempre mantuvo una conexión dilecta con los pueblos originarios de África, en especial con los bosquimanos. Van der Post tenía el don de la palabra, escrita y hablada. Sus interlocutores y sus lectores caían, y aún lo hacen, bajo el hechizo de sus historias, de su exquisita cultura, y de su mística casi esotérica para contar una cacería de antílopes, o para explicar la relación del bosquimano con Dios.

Como un personaje del Renacimiento, tenía una imparable curiosidad, y una energía a prueba de balas. En sus noventa años de vida hizo de todo. Tanto, que luego de su muerte, comenzaron a aparecer algunos escritores que pusieron en tela de juicio, sin mucho asidero -valga la aclaración-, la veracidad de algunas de sus obras. Lo cierto es que su legado ha quedado en una gran cantidad de libros, entrevistas periodísticas, documentales de televisión, un parque nacional en Botswana y una de las más grandes organizaciones conservacionistas del mundo. Una de sus mayores ambiciones fue, sin dudas, la de convertirse en un constructor de puentes, entre el hombre blanco y el nativo africano; entre la realidad y el mundo de las ideas; entre la tradición tribal y la conservación de la fauna, con su carga ética y moral que enorgullece, o por lo menos debería enorgullecer, al hombre moderno. A lo largo de su vida se debatió entre la cultura europea y las tradiciones originarias. Su postura contra el racismo se despertó a temprana edad. Pero también su filosofía imperialista, en el sentido que Rudyard Kipling le daba a esa palabra. Kipling hablaba de la “carga del hombre blanco”, la responsabilidad ética que tenían los colonizadores de llevar la civilización (occidental) a los pueblos nativos. En su libro “El mundo perdido del Kalahari”, lo deja bien claro. Una noche, al llegar a la casa de un oficial de distrito en Nyasaland, escuchó en medio del bosque, la melodía de “La Pasión según San Mateo”, de Johann Sebastian Bach, que provenían de un gramófono dentro de la casa. En ese preciso instante -dice-, comprendió que esa música era la sólida afirmación de lo mejor que tenía el hombre blanco, y por lo tanto, la justificación de su presencia en África.

Sin embargo, y al igual que Kipling en la India imperial, Van der Post era un admirador de las culturas nativas, y todo su trabajo se orientó a investigarlas y a tratar de sintetizar ambos mundos, lo mejor de Occidente con el África profunda, de la magia y los saberes ancestrales. Exploraba territorios para explorarse a sí mismo. Sus safaris eran también viajes interiores. Sus ansias por conocer la cultura de bosquimanos y kikuyus, eran tan grandes como las de conocer su espíritu y su propia alma. Sus relatos de cacería de antílopes y búfalos, son casi surrealistas. Hablaba a menudo de la entronización que los bosquimanos hacen del eland, de cómo lo veneran en sus danzas, pinturas rupestres, narraciones y músicas. Él hizo más o menos lo mismo, pero en sus libros y entrevistas.

Un boer rebelde
Van der Post nació con el siglo XX, un 13 de diciembre de 1906 en una pequeña aldea sudafricana llamada Philippolis, en lo que sería luego de la Guerra Boer, el Estado Libre de Orange. Descendiente directo de holandeses, tuvo doce hermanos. Su padre fue abogado, político y veterano de la guerra boer contra los británicos. De él heredó su inmensa biblioteca y su gusto por la lectura. Por ese entonces, su padre no podía imaginar, que luego de luchar él mismo contra los ingleses, su hijo alguna vez sería condecorado caballero por el Reino Unido. La educación de Van der Post, fue como la de cualquier joven de esa época.

Concurrió a un buen colegio en Bloemfontein y en la granja de sus padres aprendió a respetar las tradiciones nativas, a la vez que descubría su afición por la naturaleza, la caza y la fauna autóctona. A los diecinueve años comenzó a trabajar como periodista en el diario The Natal Advertiser de la ciudad de Durban, y al año siguiente publicó una revista satírica muy crítica de la política británica hacia sus colonias ultramarinas. No duro mucho esa etapa rebelde. La revista duró tres números. Sin embargo, esta experiencia sería fundacional en sus intereses y opiniones políticas a lo largo de su vida. En 1927 conoció a la hija del director de la Orquesta de Ciudad del Cabo, y al año siguiente ya estaban casados. La pareja viajó a Inglaterra para la ceremonia, y allí mismo nació su primer hijo. En 1928 retornó a Sudáfrica para trabajar en el diario Cape Times. Fue allí, donde comenzó a frecuentar amigos bohemios e intelectuales, francamente opositores al régimen de segregación racial que imperaba en ese país. Creía fervientemente en la integración entre blancos y negros, y no veía otro futuro posible para el continente africano más que una convivencia pacífica y de cooperación mutua. Naturalmente, que siempre desde el punto de vista occidental y europeo. La historia, finalmente, le dio la razón.

Sus inicios como escritor
A comienzos de la década del treinta y establecido en Inglaterra, Van der Post ya se movía cómodo entre el mundo de las letras y de la política. Entabló amistad con Virginia Wolf y su esposo Leonard, dueños de la editorial inglesa Hogarth Press, y ellos le publicaron su primera novela “In a Province”. Una poderosa crítica a la política racista sudafricana, morigerada a veces por una notable comprensión de la condición humana. En 1934 decidió comprar una granja en la campiña inglesa con tambo incluido, donde se llevó a su familia. Así pasaba su tiempo entre sus vacas en el campo y sus amigos intelectuales en Londres. De paso, aprovechaba y mandaba corresponsalías a un par de diarios sudafricanos. En los años previos a la Segunda Guerra Mundial, hizo cinco viajes a Sudáfrica, y en uno de ellos se enamoró perdidamente de Ingaret Giffard, una actriz inglesa, cinco años mayor que él. Comenzaron una relación furtiva, y ese mismo año, su esposa legítima, dio a luz a su hija. Desprolijo, Van der Post envió a su familia a Sudáfrica, y al estallar la guerra, se la pasaba viajando entre ambos países dividiéndose entre esposa y amante.

La guerra y la prisión


Siguiendo su sentido patriótico, pero tal vez como una forma de escapar a su realidad dicotómica, en 1940 Van der Post ingresó como voluntario al Ejército Británico, donde luego de una instrucción, fue enviado a Kenia, con el grado de capitán del Cuerpo de Inteligencia del Este de África. Al mando de una unidad de once mil camellos, participó en la misión que ayudó a restaurar al Emperador etíope Haile Selassie en su trono de Abisinia. La misma operación en la que había participado el cazador blanco argentino Syd Downey, que también revistaba en las filas del Ejército Británico combatiendo a los italianos en África. Un par de años después, los japoneses invadieron el sudeste asiático, y Van der Post, que hablaba holandés perfectamente, fue transferido a Indonesia (colonia holandesa en aquel entonces), donde estuvo al mando de la Misión Especial 43, que debía organizar la evacuación del todo el personal de las fuerzas aliadas, luego de la rendición de Java a manos del Japón. Sin embargo, el 20 de abril de 1942, él fue el que se rindió a los japoneses, quienes lo tomaron prisionero y lo llevaron primero al campo de Sukabumi y luego al infame Bandung en Java. En ese campo de concentración, los japoneses habían colocado prisioneros de todas las nacionalidades. Dentro de las circunstancias, Van der Post tuvo una destacada participación, manteniendo la moral de los internos, organizando una escuela donde enseñaba literatura e historia y hasta pudo armar una huerta.

Como hablaba un poco de japonés, podía mantener un canal de comunicación con sus captores, lo que lo llevó a tratar de entender un poco la cruel idiosincrasia de los súbditos del Emperador Hirohito. Estuvo prisionero tres años, hasta la rendición del Japón luego de las dos bombas nucleares. De esa experiencia en cautiverio escribió tres libros: “A Bar of shadow”, “The seed and the sower”, y “The night of the new moon”. Estos dos últimos, fueron la base para el guión de la película “Feliz Navidad, Señor Lawrence”, que en 1982 dirigió el japonés Nagisa Oshima, y que tuvo como protagonista al cantante David Bowie, en el papel de Laurens Van der Post.

Luego de la rendición del Japón, decidió quedarse en la isla de Java y comenzó una etapa orientada a la política. Pasó dos años ayudando a mediar entre el gobierno holandés y los líderes nacionalistas indonesios. Su estilo coloquial y conciliador hizo que tuviera inmediata aceptación entre funcionarios del gobierno colonial holandés, el líder indonesio Sukarno, el primer ministro británico Clement Attlee, y el almirante Lord Louis Mountbatten, Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas del Sudeste de Asia y último Virrey británico de la India.
Con la retirada de los ingleses de Indonesia, Van der Post dejó atrás otra etapa de su vida. Ocupó brevemente el cargo de agregado militar en la embajada británica en Batavia (hoy Yakarta), y en 1946 fue distinguido con la orden de Comandante del Imperio Británico, por sus servicios casi diplomáticos.
Luego de la guerra, Van der Post no paró. Dejó el ejército, regresó a Sudáfrica, retomó su trabajo como periodista, se divorció de su esposa, volvió a Inglaterra, fue contratado por un organismo colonial británico para explorar territorios vírgenes en Malawi, y ya con 46 años se puso de novio con una joven de 17. La niña en cuestión era hija de un acaudalado empresario que conoció en uno de sus viajes en barco, y que supuestamente debía acompañar. El escándalo que desató esa relación fue fugaz. Ya que al poco tiempo rompió con la jovencita, se casó con su amante actriz, y se fue de luna de miel a Suiza, como si nada hubiera pasado.

Entre África y Jung


La vida de Van der Post iba cambiando conforme el paso de los años de una manera vertiginosa. En Suiza, su nueva esposa le presentó al filósofo Carl Gustav Jung, una de las grandes figuras de la psiquiatría y el psicoanálisis moderno. Probablemente esta relación fue la que más lo influenció en toda su vida. Gracias a Jung fue iniciado en los misterios de la cábala hebrea y adquirió también conocimientos profundos de mitología antigua y psicología. Poco tiempo después de su luna de miel, el gobierno británico le encargó que realizara una expedición a Bechuanaland (hoy Botswana), para investigar el potencial que podría tener el desierto del Kalahari para la explotación ganadera. Así recorrió grandes extensiones de territorio casi vírgenes. Cazando y tomando notas con su manera tan particular de analizar el mundo. En sus safaris -aseguraba-, nunca debían faltar sus rifles y escopetas, un botiquín, un libro de oraciones, una obra de Shakespeare, y lacre para sus cartas. Con la experiencia en la exploración de Malawi y Botswana, de las cuales dan cuenta su libro de safaris “Aventura en el corazón de África”, Van der Post se adentró entre las tribus bosquimanas, tradicionales cazadores y recolectores originarios, dueños de una cosmogonía tan propia como arcana. A partir de entonces, realizó varias expediciones más y escribió numerosos libros, entre ellos los clásicos “El mundo perdido del Kalahari”, y “El corazón del cazador”.



De ambas obras, la BBC de Londres, realizó entre 1958 y 1961 una serie de documentales sobre las tribus San, o bosquimanos que habitan el Kalahari entre Sudáfrica, Botswana y Namibia. En sus relatos de cacerías y exploraciones, mezcla todo con una increíble descripción de la fauna y flora de cada región. Desde el punto de vista antropológico, investigó las costumbres de los bosquimanos, sus creencias, ritos y cosmovisión. Aseguró que esta tribu es la originaria y anterior a las demás culturas del África austral. Tal vez, inspirado en sus charlas con Jung, Van der Post, supo interpretar desde un punto de vista filosófico y psicológico, la cultura bosquimana. Según él, era el alma perdida de la humanidad. Una especie de vuelta al mito del noble salvaje, tan en boga en la era victoriana, y re interpretado a mediados de siglo XX, a la luz de la sociología y de la antropología.

Gracias a las investigaciones que resultaron de sus exploraciones y safaris, el gobierno británico, creó en 1961 la Reserva de Caza del Kalahari Central, con una extensión de 52.800 km2, y que se mantiene hasta el presente.

La etapa final
A partir de la década del 70, Van der Post no paró de escribir, pendulando entre relatos de safaris, autobiografías, ensayos políticos y ficción. Algunas de sus obras, fueron tan populares entre los colonos blancos de África, que eran de lectura obligatoria en los colegios de la Rhodesia previa al Zimbabwe de Mugabe. Junto a su esposa, (seguía casado con la actriz), se mudaron a una confortable casa en Suffolk,


Inglaterra y comenzaron a frecuentar personajes de la realeza. A estas alturas, Van der Post era muy popular, con fama de aventurero e intelectual, conocido por sus libros y por sus apariciones en la televisión. Por esos años conoció al Príncipe Carlos, a quien guió en un safari en Kenia en 1977, justo antes de la prohibición de la caza deportiva en ese país. Al regresar de este viaje, fundó con el conservacionista sudafricano Ian Player, el World Wilderness Congress (Congreso Mundial de la Naturaleza). En 1979, la Primer Ministro Margaret Thatcher, lo nombró asesor del gobierno en materia de asuntos africanos. En ese puesto, se encargó principalmente del proceso de independencia de Rhodesia. Por su trabajo, la Corona británica le confirió el título de Caballero. A partir de entonces lo llamarían, Sir Laurens.

Sus últimos años, estuvieron plagados de actividad. Además de acompañar a su esposa e hijos, escribió varios libros, participó en numerosos proyectos de conservación de fauna africana, estableció un centro de Estudios Jungianos en Ciudad del Cabo, continuó dando conferencias y entrevistas televisivas, trabajó para evitar el traslado de bosquimanos de la Reserva de Caza del Kalahari Central, y el príncipe Carlos lo nombró asesor personal, y luego padrino de bautismo de su hijo, el príncipe Guillermo. Un 16 de Diciembre de 1996, tres días después de su cumpleaños número 90, falleció en Londres. A su funeral asistieron el príncipe Carlos, Margaret Thatcher, el jefe de la Nación Zulu y numerosas personalidades de la ciencia y la literatura. Dicen que sus últimas palabras fueron “die sterre”, “las estrellas” en su querido y nunca olvidado idioma afrikaans.