domingo, 22 de febrero de 2015

Sasha Siemel - Andanzas de un Tigrero legendario



Por Eber Gómez Berrade

Sasha Siemel fue siempre una “rara avis” en el mundo de la caza mayor. Considerado como el único hombre blanco, capaz de abatir jaguares usando una lanza en las selvas del Amazonas y Mato Grosso, supo construir su propia leyenda que perdura aún en nuestros días. Cazador, guía de expediciones, políglota, escritor, conferencista, fotógrafo y actor, fueron algunas de las variadas facetas, que ayudaron a crear la mítica figura de este aventurero letón.

Rumbo a hacer la América
Sasha era un apodo familiar, se llamaba en realidad Alexander y nació en 1890 en la ciudad de Riga, capital de la república de Letonia, frente a las costas del mar Báltico. Al igual que muchos inmigrantes europeos, se embarcó hacia los Estados Unidos a probar suerte cuando tenía 17 años. Se fue a hacer la América como se decía por aquel entonces y Nueva York era la puerta de entrada más cercana hacia ese continente. Allí estuvo sólo un par de años y luego decidió probar suerte en el otro país americano que ofrecía un futuro promisorio, Argentina. Llegó a Buenos Aires en 1909 donde comenzó a trabajar en una imprenta y en dónde aprendió el idioma español.  Sasha dicen, tenía una gran facilidad para los idiomas. En ese entonces se manejaba fluidamente en su letón natal, ruso, alemán que le enseñó su madre, inglés por su paso por Estados Unidos, y un castellano rioplatense aprendido en Buenos Aires. Luego adoptaría el portugués como su lengua principal en su estadía amazónica.
En 1914 al estallar la Primera Guerra Mundial, el espíritu aventurero de Sasha lo impulsó a buscar una vida más interesante que la que una imprenta porteña podía ofrecerle. Se decidió por Brasil y esa decisión marcaría definitivamente su futuro, su historia y su leyenda.
Por aquellos años, los minerales preciosos encendían la codicia de todo aventurero. La fiebre del oro, diamantes y esmeraldas impulsaba a miles de buscadores hacia Klondike, Colombia, Kimberley o el Mato Grosso, generando un boom que además ofrecía trabajo y negocios a gentes provenientes de distintos países y profesiones. Allí en el Mato, el joven Sasha se abrió camino como mecánico y como armero, viajando por diversos campamentos de mineros. Allí también aprendió rápidamente el portugués y se comenzó a familiarizar con el medio ambiente tropical. Casi diez años dedicó a esta tarea, mientras realizaba algunas expediciones de caza por los alrededores, capturando catetos, susuaranas y más de una onza, como los brasileños llaman a los yaguaretés.
Recién en 1923 tuvo la posibilidad de aplicar sus conocimientos de caza mayor de manera profesional, cuando fue contratado por fazendeiros del Pantanal como cazador profesional para proteger a la gente de las haciendas y al ganado de los temibles jaguares o tigres. Tenía 33 años y a esa simbólica edad, nacía su leyenda.   

Cazando yaguaretés con lanza
Naturalmente sus primeras cacerías fueron con armas de fuego, mayormente los viejos palanqueros Winchester que poseían los rancheros. Sasha aprendía rápido, y no sólo idiomas. La observación y el constante contacto con estos animales y aborígenes, los esforzados recechos y las largas esperas en apostaderos lo convirtieron en un especialista en comportamiento animal, y un par de años después de su primer trofeo, decidió probar suerte cazando con lanza o zagya, como lo hacían los miembros de la tribu Guató.
El primer “tigre” que cazó a lanza, llegó a pesar unos 140 kilos y resultó una experiencia que marcaría su vida para siempre. Era el año 1925 y se convirtió así en el primer hombre blanco en cazar jaguares de esa forma.
La zagya medía un poco más de dos metros, con una hoja ancha y muy afilada y un asta de madera dura y gruesa. Había que tener mucha fuerza y gran agilidad para enfrentar a un jaguar herido de muerte, en un mano a mano solitario en la maraña. Sasha no era un tipo de contextura especialmente grande, media casi 1.80 y pesaba 90 kilos.
La técnica en sí consistía en esperar el salto del yaguareté, y en el momento exacto empalarlo con la lanza en la parte superior del pecho o en el cuello. Naturalmente el felino hacía lo imposible para evitar el filo de la zagya, defendiéndose con sus garras intentando aniquilar al cazador. Como solía decir Sasha, cazar con lanza el yaguareté no era difícil, si uno podía mantenerse en pie al momento de la carga del animal. Eso sí, caerse significaba la muerte.
Se dice que Siemel cazó unos 300 jaguares en el Mato Grosso en toda su estadía allí, muchos de ellos ayudado por sus perros, en especial uno llamado Valente, que hacía honor a su nombre. Aquí no puedo dejar de relacionar a otro tigrero, también amante de los perros. El viejo Jim Corbett, de quien ya he escrito sobre su vida y aventuras en estas mismas páginas. Corbett fue un tigrero, pero de tigres reales de Bengala en la India imperial, y que al igual que Siemel no se internaba en la selva sin sus perros Robin y Rosina.
 
Sus proezas se conocen en público
En 1929 un cónsul boliviano en Londres es comisionado para explorar el Chaco boliviano. En esa expedición que contó con la participación del Penn Museum, estaba formada además por dos jóvenes ingleses, el cineasta J. C. Mason, y al escritor Julian Duguid. Ambos serían los encargados de documentar los avances de la aventura. La expedición partió de Buenos Aires y se dirigió Paraná arriba hasta Asunción, y luego bordeando el Mato Grosso hasta el Gran Chaco. Allí se contactaron con Siemel y lo contrataron como guía. Era perfecto para la tarea.  Joven, baqueano, hablaba inglés y además habilidoso en cuestiones de caza mayor. Al poco tiempo, sus habilidades con la  lanza impresionaron al grupo de ingleses, tanto es así que Duguid, en su trabajo monográfico “Green Hell” (Infierno verde) publicado en 1931, en donde cuenta los pormenores de la expedición, bautiza a Sasha como “Tigerman”. Nombre que luego volvería a usar Duguid al año siguiente como título de una biografía de Siemel. 
A partir de entonces se dio un fenómeno similar al ocurrido un par de décadas antes en Medio Oriente, con el coronel británico T.E. Lawrence y el periodista Lowell Thomas, quien ayudó a crear la figura legendaria de Lawrence de Arabia. Duguid en este caso, convenció a Siemel para que comenzara a dar conferencias en clubes de exploración, lo que lo hizo cada vez más popular. Se puede decir, que como el caso de Lowell Thomas, Duguid fue el inventor del Tigrero.
Parte de la campaña orquestada por el escritor para difundir las actividades del letón, estaba formada por viajes al extranjero. Así fue que visitaron Londres y luego a Estados Unidos para presentarse en asociaciones y clubes de exploradores. Sus andanzas se propagaron como reguero de pólvora.
Fue precisamente en una de esas conferencias que en la ciudad de Pensilvania, Estados Unidos, en 1937, Sasha conoce a Edith Bray, una joven fotógrafa que luego se uniría a él en el Pantanal para registrar las extrañas actividades cinegéticas de lituano. Su trabajo fue muy bueno, tanto que tres años después de aquel encuentro, Sasha le propuso matrimonio a la joven fotógrafa y la invitó a establecerse definitivamente con él en Brasil. Se cazaron en Rio de Janeiro en 1940. El tenía 50 años y Edith 22.
Edith provenía de una familia con estrechos lazos políticos en el estado de Pensilvania. Era una joven inquieta, inteligente y muy curiosa. Su amor por Sasha hizo que también emulara algunas de las cualidades de su esposo. Aprendió portugués y a cazar con arco y flecha. Fueron tanto sus avances en esta técnica, que hasta llegó ella también a cazar yaguaretés. Además en aquellos años de vida en Brasil, solían capturar animales para el zoológico de Filadelfia.
La popularidad del tigrero era tan grande que le fue ofrecido un papel como actor en una película de Frank Buck, otro personaje que mezclaba sus hobbies por la caza mayor, el coleccionismo de animales, la escritura, la producción cinematográfica y la actuación. Ambos hicieron juntos una serie denominada “Jungle Menace” (Amenaza en la jungla), donde Siemel interpretaba el papel de Tiger Van Dorn, un cazador con lanza de fieras salvajes. Esta serie se recopiló más tarde en un film llamado “Jungle Terror”.
Hollywood también se interesó en sus aventuras, y se propuso a John Wayne y Ava Gardner para una super producción de aventuras en las exóticas junglas brasileñas, pero los costos de producción fueron tan altos, en especial por el traslado de los actores a locaciones originales, que se canceló el rodaje. En 1994 se hizo un documental sobre este fallido proyecto al que llamaron “Tigrero, la película que nunca se filmó”. 
Así fue como intercaló charlas, conferencias, actuaciones en el cine en películas de aventuras, y viajes al Pantanal por casi diez años. En 1947, con tres hijos en su haber: Sondra, Dora y Sasha Jr. (a quien llamaba Sashino), decidieron mudarse a Pensilvania y comprar un rancho en Marlbough Township, al que llamaron Bon Retiro. Esa sería su residencia permanente por el resto de su vida. En 1955 Edith dio a luz al segundo hijo varón, Carlie quien completaría la familia definitivamente.
Establecido en los Estados Unidos Sasha mantuvo una vida tranquila, dando charlas, escribiendo y liderando expediciones en Sudamérica.

Libros y artículos
El matrimonio Siemel siempre encontró placer en las actividades literarias, Sasha escribiendo y Edith ilustrando las obras. En 1949 ambos publicaron un libro en colaboración titulado “Jungle Wife” (algo así como la esposa en la jungla), donde contaban sus experiencias familiares en la selvas del Brasil. En esos años también, Siemel escribió innumerables artículos en revistas de caza y naturaleza, incluida la famosa National Geographic. Pero no sería hasta 1953 que apareció publicado su autobiografía “Tigrero”, así como suena, en español.
Al año siguiente el mismo libro se publicó en Londres, con otro título: Jungle Fury (Furia en la jungla), el que también se convirtió en un inmediato best seller en la capital del imperio británico.
“Tigrero” fue todo un éxito y se convirtió en un clásico de la literatura cinegética y de aventuras. Aún hoy es una obra buscada y apreciada por cazadores en el mundo entero. En realidad el libro, es un raconto en primera persona de situaciones y personajes que forjaron parte de la vida de Siemel en sus años en el Pantanal. Allí aparecen personajes como Don Carlos, el sheriff tuerto de Paso Fundo; Joaquín Reis, el alcalde de Diamantino, un campamento de diamantes de Mato Grosso; Francisco Pinto de Olivera, quien administraba una prisión y emborrachaba a los presos los sábados a la noche para tenerlos contentos y tranquilos; Aparicio Pinherio, el mejor amigo de Sasha, quien se vio envuelto en un exótico triangulo amorosa en plena selva; y el infame Ricardo Favelle y su larga y peligrosa enemistad con el autor. Todas las historias, están muy bien escritas, con descripciones claras y entretenidas. No había dudas de que Siemel, no sólo era un gran cazador, sino también un gran divulgador.  

Un personaje hasta el fin de sus días
Como es de imaginarse, el éxito literario y el innegable gusto por la prensa, hicieron que Sasha fuera un invitado constante a diversos programas de televisión, entrevista en radios y reportajes en las más variadas revistas. Fue entrevistado para la serie “Adventure”, producida por el Museo Americano de Historia Natural, que se emitió en el canal CBS, allá por el año 1953.
Algunos años después, la familia decidió viajar al Pantanal, cuando Sashino, el hijo mayor tenía 13 años. De ese viaje, surgió el libro “Sashino”, publicado en 1965.
Si algo le faltaba a la familia para acrecentar sus negocios basados en la historia de la cacería con lanza de Siemel, era el abrir su propio museo y tienda de recuerdos. Exactamente eso es lo que hicieron, y en 1963 inauguraron el Museo Sasha Siemel en la ciudad de Perkimenville, en el estado de Pensilvania, en lo que era las instalaciones de un viejo molino. Allí la familia no sólo exponía la colección de trofeos de caza de Sasha, sino también piezas de arte, una colección etnográfica, minerales extraídos del Mato Grosso, armas indígenas de Sudamérica, y una increíble serie de artículos recolectados por “el único hombre blanco capaz de cazar jaguares a lanza”. Según dicen, la admisión al museo costaba 75 centavos de dólar para los adultos y 25 para los niños.  Este emprendimiento duro poco tiempo relativamente y cerró sus puertas seis años después de inaugurado. 
En el 69 Siemel volvió a su amado Pantanal, como guía de una expedición de geólogos, y esa sería su última aventura. Murió al año siguiente, en Green Lane, Pensilvania, rodeado por sus familiares, amigos y admiradores a la edad de 80 años.     


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