martes, 18 de agosto de 2015

Los Safaris de Roosevelt


Por Eber Gómez Berrade

Theodore Roosevelt es recordado por haber sido el presidente número 26 de los Estados Unidos, por su política republicana aguerrida, por su actuación en la Guerra de Cuba, su participación en la creación del Canal de Panamá y por su Premio Nobel de la Paz. Pero también por ser un incansable cazador y un pionero de la conservación, que dejó muchos libros de cacería e impulsó la creación de parques nacionales. Un político atípico que abandonó la política por cazar en Africa, y un aventurero apasionado que dejó su vida por explorar y cazar en el Amazonas.

PERSONALIDAD RENACENTISTA
Teddy Roosevelt nació el 27 de octubre de 1858 en Nueva York. Antes de cumplir 42 años ya había sido electo asambleísta y gobernador del estado de Nueva York, comisionado de policía de esa ciudad, comisionado del Servicio Civil, secretario asistente de la Armada, coronel de los Rough Riders, vicepresidente y presidente de los Estados Unidos. Había escrito personalmente la Ley de Parques Nacionales de su país, que iba a extenderse por todo el mundo. Además había recorrido Yosemite, Yellowstone y los bosques de sequoias gigantes. Tuvo tiempo también para manejar un rancho en el Oeste, cazar en casi todos los continentes, criar una familia con seis hijos, leer una increíble cantidad de libros (se dice que casi uno por día) y mantener relación con una gran cantidad de amigos y personalidades. Sus biógrafos recuerdan que hay casi 150 mil cartas escritas de su puño y letra. Y como si todo esto fuera poco, escribió más de treinta libros y cientos de artículos en diarios y revistas, de temas tan distantes como política, economía, caza y literatura.

POLITICO DE RAZA
Su carrera política la inició en el Partido Republicano, siendo elegido legislador del estado de Nueva York en 1880. Luego fue designado Comisionado de la Policía de esa ciudad. Se hizo popular combatiendo la corrupción y allí descubrió la génesis de la que sería la base de su política exterior: el garrote (el big stick). Solía decir -en tono de humor- que un dirigente político debía hablar suavemente y llevar un gran garrote. Eso fue exactamente lo que hizo luego de su paso por Nueva York.
Fue nombrado secretario adjunto de la Armada de los Estados Unidos durante la presidencia de McKinley. Al poco tiempo renunció a su cargo para combatir a España en Cuba, al mando de sus famosos Rough Riders, con el grado de teniente coronel. En 1899 fue electo gobernador de Nueva York y al año siguiente vicepresidente. En ese puesto duró sólo un año, ya que Mc Kinley fue asesinado y Roosevelt accedió a la presidencia del país.
En 1905 fue reelegido (en realidad electo como presidente por primera vez). Al año siguiente fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz por su arbitraje en la Guerra Ruso Japonesa. Cuatro años después las encuestas lo daban ganador para una reelección, pero declinó el honor para poder realizar uno de sus sueños más anhelados: su safari en Africa.

EL GRAN SAFARI AFRICANO
Su pasión por visitar Africa comenzó a temprana edad leyendo los reportes de las expediciones británicas que se adentraban en ese ignoto continente. Fueron esos mismos libros, juntos a los de los exploradores americanos Lewis and Clark, que encendieron sus ansias de aventuras y su pasión por la caza mayor. Finalmente, ya siendo presidente de Estados Unidos, llegó su oportunidad. El 23 de marzo de 1909 partió, junto a su hijo Kermit y un nutrido equipo de biólogos, naturalistas, taxidermistas, desde el puerto de Nueva York con rumbo a Africa oriental, dejando atrás la esperanza de una reelección casi segura para un nuevo mandato presidencial. El safari que duró casi un año, fue patrocinado por el Instituto Smithsoniano y se llamó Smithsonian-Roosevelt African Expedition. El objetivo oficial: recolectar especímenes de fauna y flora, catalogarlos, estudiarlos y exhibirlos en la sede del Instituto, hoy Museo Nacional de Historia Natural de Nueva York. El extraoficial: cazar, explorar y divertirse a lo grande. Como el mismo Teddy diría, esta fue su última oportunidad de ser un niño.
El primer puerto africano en el que atracaron fue Mombasa, en territorio británico. De allí viajaron por tierra al Congo Belga y luego navegaron el Nilo hacia Jartún, en el Sudán Anglo Egipcio. Sin dudas, los mejores lugares para la caza mayor de esa época.
Para la organización del safari, Roosevelt eligió a lo más granado de los cazadores blancos de la época. Entre ellos a los ingleses R.J. Cunninghame y Frederick Selous, ya considerado un personaje legendario de la caza mayor en el Imperio Británico.
Según los registros de la expedición, fueron recolectados 11.400 especímenes de fauna y flora en el período que duró la travesía. Una cifra increíble incluso para los estándares actuales. Al Smithsoniano le llevó ocho años catalogar la colección completa. De esas especies, la mitad fueron de flora, y el resto desde pequeños insectos a elefantes. En cuanto a especies de caza mayor, Roosevelt cazó más de 500, entre planicie y peligrosas, abarcando 17 leones, 3 leopardos, 7 cheetas, 11 elefantes, 10 búfalos, 11 rinocerontes negros y 9 blancos. Casi 300 antílopes fueron abatidos para alimentar a ejército de nativos que trabajaban en el campamento.
La mayoría de los trofeos fueron salados y enviados a Washington desde la costa africana. Para eso Roosevelt llevó consigo cuatro toneladas de sal. Una vez en los Estados Unidos, los taxidermistas tardaron varios años en terminar sus trabajos.
Dos cosas no faltaron nunca en las expediciones del expresidente: armas y libros. En Africa, Teddy llevó como arma principal un rifle doble Holland & Holland en calibre 500/450, un regalo que recibió de la comunidad británica en su país. También contó con su infaltable Winchester 1895 en calibre 405 Win., un 30-06 Springfield y una escopeta Fox del 12. En cuanto a libros, viajó con una biblioteca que él denominó la Pigskin Library (ver recuadro).
La contribución de Roosevelt a la conservación de las especies fue y sigue siendo indiscutible. En lo que respecta a la fauna y flora africana, su expedición permitió grandes adelantos en la investigación de los ecosistemas locales, y marcó un gran impulso a la política británica de establecer reservas naturales en sus colonias, que luego se convirtieron en los grandes parques nacionales que existen hoy día en el continente africano.

ROOSEVELT EN ARGENTINA
No estaban aún montados los trofeos africanos en el Smithsoniano, que Roosevelt ya se hallaba embarcado en otro proyecto aventurero. Esta vez, la exploración del Amazonas. Hacia principios de siglo XX, la cuenca amazónica era todavía un lugar inexplorado, plagado de bestias salvajes, indios caníbales, pirañas, marabuntas, plantas carnívoras y todo lo que la imaginación del hombre civilizado pudiera agregarle, incluido civilizaciones perdidas, tesoros escondidos y aborígenes de raza blanca ocultos en la maraña. Allí se encontraba lo que el autor de Sherlock Holmes, Sir Arthur Connan Doyle, denominó: “El mundo perdido”.
No había mucho que pensar para que Roosevelt lo eligiera como próximo destino. Y así fue que en noviembre de 1913 desembarcó en el puerto de Buenos Aires a bordo del vapor Uruguay. Ese sería el primer paso para una extensa y muy activa gira por Argentina, Chile, Bolivia y Brasil. Pero también, el inicio de su otra gran aventura: el safari al Amazonas.
Su llegada a tierras porteñas fue celebrada con los honores dignos de un presidente en ejercicio. En la capital lo esperaba Victorino de la Plaza, quien estaba a cargo de la presidencia en ese momento. Roosevelt tuvo una agenda muy cargada mientras visitó nuestro país: recorrió Buenos Aires, La Plata, Tucumán, Córdoba, Mendoza y Bariloche. Se entrevistó con las personalidades más destacadas de la política, la ciencia y el arte vernáculos. Asistió al Zoológico de Buenos Aires, donde conversó con su director, Clemente Onelli. Fue recibido en el Congreso por Estanisalo Zeballos, se entrevistó con el general Julio Argentino Roca, Joaquín V. González y Angel Gallardo. Recorrió el Museo de Historia Natural de La Plata y se interesó por la obra de Florentino Ameghino. El Perito Moreno fue otro de los que trabaron amistad y acompañó a Roosevelt en una buena parte de su viaje. Moreno lo esperó en los Andes del lado argentino. De allí se fueron a Bariloche y al lago Nahuel Huapi montando a caballo y navegando. El Perito lo llevó a recorrer Bariloche a pie. En ese entonces, esa bella ciudad recodaba a uno de los pueblos del far west, decía Teddy. Conoció el ciprés histórico donde el Perito Moreno hizo campamento en 1880 y donde fue capturado por los indios de la zona. Comió trucha y salmones, se dejó agasajar, dio innumerables discursos y sedujo a su auditorio en largas sobremesas hablando de Cervantes, Lope de Vega, Shakespeare y Luis Vaz de Camoens. Era, sin dudas, un erudito en materia literaria, y según dijo, nunca encontró tanta cultura en un pueblo fronterizo.
De Bariloche pasó a Neuquén, de allí a Bahía Blanca y finalmente de nuevo a Buenos Aires para embarcarse con rumbo norte hacia Asunción en Paraguay y luego a Corumbá, en el Mato Grosso brasileño.
Ya en territorio de Brasil lo esperaba una comitiva extensa con quien se adentraría hasta Manaos. Dos mil kilómetros de maraña tropical, animales salvajes, enfermedades desconocidas y tribus hostiles.

EL GRAN SAFARI AMAZONICO
El nombre de esta expedición fue Roosevelt-Rondon Scientific Expedition, debido a que fue liderada juntamente con el mariscal brasileño Cándido Mariano da Silva Rondón, un prócer para la historia de este país vecino, que hizo mucho por la exploración de la selva y la protección de los indios. Tanto es así que el estado amazónico de Rondonia fue nombrado en su honor. El sponsor de la expedición fue esta vez el Museo Americano de Historia Natural.
Esta parte del viaje comenzó en Cáceres con quince porteadores brasileños, su hijo Kermitt, el naturalista George Cherrie, Rondón y el mismo Roosevelt. Un safari mucho más modesto que su aventura africana.
De Cáceres navegaron por el río Paraguay hasta Tapirapuá, y de allí con rumbo noroeste hasta alcanzar el Río de la Duda, en febrero de 1914. Allí el grupo se separó. Una parte continuó por el río Gi-Paraná hasta el Madeira, y la otra -con los dos líderes a bordo- navegando más de mil kilómetros por el inexplorado Río de la Duda. Una excursión plagada de riesgos y peligros.
Desde el comienzo los expedicionarios tuvieron que lidiar con infinidad de insectos y enfermedades. Casi todos los participantes contrajeron malaria y tuvieron un estado de enfermedad constante durante todo el trayecto hasta la civilización.
Sumado a eso, debieron enfrentar rápidos en el curso del río que hundían sus embarcaciones. Y lamentar la perdida de provisiones y alimentos, lo que los llevó a padecer hambre en más de una oportunidad. Y como si esto fuera poco, la constante e invisible amenaza de los indios de la tribu Cinta Larga, que vigilaban el paso de los intrusos desde la costa. Un panorama sombrío y en las antípodas del “champagne safari” africano.
De los 19 miembros que conformaron la expedición, volvieron con vida 16. Un porteador amigo de Rondón fue asesinado por otro al que descubrió robando raciones de alimentos. 
El mismo Roosevelt, enfermo y debilitado, intentó disparar al asesino, pero este escapó hacia la selva y desapareció. La tercera baja del viaje fue otro porteador que cayó al agua al atravesar unos rápidos, cuyo cuerpo nunca fue encontrado. Hubo casi una cuarta víctima, el mismo Roosevelt. No habían completado ni la mitad del viaje cuando ya estaba totalmente abatido por la malaria, una infección en la pierna y mala alimentación. La ayuda de seringueiros, que se dedicaban a la extracción del caucho, fue esencial en su supervivencia.
Finalmente, los dos grupos de la expedición volvieron a reunirse en abril de 1914 en la confluencia del río Aripuana. Ni bien todos llegaron a Manaos, Teddy fue llevado al hospital y atendido por los médicos. Tres semanas más tarde era recibido como un héroe en el puerto de Nueva York, pero su salud no volvió a restablecerse nunca. Murió el 6 de enero de 1919, casi cinco años después de aquella gran aventura.
Al igual que con la experiencia africana, su contribución a la ciencia y la exploración también se mantienen hasta hoy en día. El Río de la Duda pasó a llamarse río Roosevelt, y fue esta expedición la primera que lo recorrió y mapeó desde sus fuentes hasta su desembocadura. Numerosas especies de fauna y flora fueron recolectadas y llevadas al Museo de Historia Natural en Nueva York, para ser luego estudiadas por botánicos y zoólogos. Incluso una técnica de relevamiento arqueológico fue desarrollada por Roosevelt, que aún es utilizada por los científicos de esa área de especialización.
A su regreso, Teddy dio conferencias sobre sus descubrimientos amazónicos en la National Geographic Society en Washington y en la Royal Geographical Society de Londres. En 1927, el explorador George Dyott lideró una segunda expedición al río Roosevelt confirmando los hallazgos del expresidente, explorador y cazador.

LIBROS

AFRICAN GAME TRAILS
La primera edición de este clásico, que tengo la suerte de contar en mi biblioteca, fue publicada en 1910 por la casa editora Charles Scribner's Sons. Allí hace un raconto minucioso de la expedición que realizara luego de bajarse de la carrera por la reelección a la presidencia de Estados Unidos. Como dato que lo marca de cuerpo entero como una personalidad renacentista, Roosevelt agrega como uno de sus apéndices la lista de libros que llevó en su safari. El la denominó la Pigskin Library porque mandó a encuadernar cada uno de sus libros en piel de cerdo para preservarlos de las inclemencias del tiempo. En numerosos baúles sus porteadores nativos llevaban las obras de Homero, Shakespeare, Dante, Cervantes, Tennyson, Poe, Dickens y Mark Twain, entre otros.


THROUGH THE BRAZILIAN WILDERNESS
Through the Brazilian Wilderness es un libro también publicado por Charles Scribner's Sons, en 1914. Dedicado al secretario de Asuntos Exteriores de Brasil, al coronel Mariano da Silva Rondón y a los miembros de su expedición, cuenta detalladamente -como sólo Roosevelt sabe hacerlo- los pormenores de su expedición, relatos de cacería de fauna amazónica y resultados de las investigaciones geográficas y zoológicas llevadas a cabo por los especialistas que participaron.



lunes, 29 de junio de 2015

Los otros ciervos


Por Eber Gómez Berrade
  
Los cazadores locales que se animan a realizar cacerías fronteras afuera, suelen encontrarse con la posibilidad de obtener especies poco frecuentes y no muy populares como es el caso de algunos ciervos que habitan lugares tan distantes como América del Norte, Nueva Zelandia, Europa o Asia. Estos “otros ciervos” son el Wapiti, el Cola Blanca, el Mula, el Sitka, el Corzo, el Sambar, el Rusa y el Sika. Lo que sigue, es un análisis de cada una de estas especies, que -muchas veces- o no se conocen, o se confunden por similitudes taxonómicas, pero que de todas maneras, se han convertido en emblemáticos trofeos representativos de los más variados ecosistemas del mundo.
La gran familia de ciervos, o Cervidae, de acuerdo a su nombre científico, cuenta con más de 90 especies distribuidas por todos los rincones del planeta. Muchas están protegidas por CITES como nuestros huemules y venados de las Pampas, y otras se han convertido en las más cazadas de la historia como el Cola Blanca de los Estados Unidos o nuestro inefable Colorado en Europa, Nueva Zelandia y Argentina. Hay también ciervos muy raros como el tufted deer o ciervo de copete de China.
Sin embargo, para este análisis he elegido a ocho especies, que suelen ser muy representativas, de cacería exigente y por lo tanto, de las más buscadas por los cazadores internacionales.

Características comunes
Estas ocho especies de ciervos, comparten varias características comunes. En primer lugar ninguno de ellos suele figurar en los puestos estelares del menú de opciones que ofrece América del Norte, Europa o Nueva Zelandia en materia de cacerías. En general, cuando pensamos en Alaska, pensamos en el gran Oso Pardo o en el Alce Gigante. Si hablamos de Nueva Zelandia, un ciervo Colorado inmenso y de genética nos viene de inmediato a la mente. Sin embargo, me permito sugerir que -una vez pasado el deslumbramiento inicial al evaluar estos destinos cinegéticos-, el cazador deportista fije sus ojos e intereses en estas especies de astados que sin duda alguna constituyen un gran desafío y una inmejorable oportunidad de obtener verdaderos representantes de fauna muy ajena a lo que estamos acostumbrados a ver y cazar en nuestra tierra.
La otra característica que tiene en común es que su cacería no representa grandes diferencias entre una u otra especie, independientemente del lugar donde se los cace. Ya sea que se vaya por el gran Elk americano, se elija un Sambar neocelandés, o un pequeño corzo austríaco, el cazador deberá enfrentarse a largas caminatas, entre montañas y bosques, debiendo ser muy cauteloso a la hora de la aproximación final. Nada muy distinto a nuestras bramas de colorado en La Pampa o Patagonia según sea el caso. Lo que forzará el que lo intente, a poseer un estado físico apto para largos recechos y condiciones climáticas variables.
En término de armamento, también existen grandes similitudes con nuestras cacerías de colorado, damas o axis. Armas livianas y con excelentes ópticas serán obligatorias para alcanzar un desempeño exitoso.
Obviamente existen diferencias de porte entre el Elk (equiparable a un colorado grande), y el Corzo, (equiparable a una Corzuela roja). El resto son ciervos de porte mediano, que permitirán distancias de tiro de media distancia en el monte a tiros largos en ambiente de montaña. Por lo tanto, los calibres recomendados deberán ser rasantes en todos los casos, y podrán ir desde el .243 Win. o .270 Win., hasta el .300 Win Mag. o 7 mm Rem. Mag. según sea el caso.
Ya sea que se vaya tras un Sika free range en Nueva Zelandia, o de un Sitka, también free range en los valles de Alaska, recuerde siempre llevar la mejor munición que pueda conseguir en el mercado, con la que además deberá practicar y regular. Tiros largos, a especies esquivas y en climas cambiantes, requieren el uso de lo mejor que se disponga, tanto en armas como en equipo de caza y municiones.

Elk o Wapiti
Si comenzamos nuestro viaje en busca de otros ciervos, por el norte de América nos vamos a encontrar con el Elk o Wapiti, y en su denominación científica cervus canadensis. Ojo, a no confundirse porque en Europa es habitual que llamen Elk al Alce.
Existen once variedades de Wapiti, y ese nombre proviene de los indios americanos Shawnee y significa anca blanca. En América del Norte se distribuye por los estados del oeste como Oregon, Idaho, Montana, Wyoming, Clorado, Nevada, Arizona, etc. En Asia existen siete subespecies que habitan el Kyrgiszstan, Mongolia, el sur de Siberia y partes de China. Es una de las especies de cérvidos que fueron introducidos en Nueva Zelandia con gran éxito, siendo allí y en América los lugares donde es más habitual su cacería.
En términos físicos es bastante similar al ciervo colorado, aunque un poco más grande. Su pelaje es marrón claro en el cuerpo y oscuro en el cogote. Posee una gran cornamenta y su estatura promedio puede llegar a un metro y medio a la grupa. El peso promedio de un macho adulto alcanza a veces los 450 kilos. En Nueva Zelandia las manadas libres de Wapiti se encuentran en la zona de Fiordland, en la isla Sur. Allí la brama comienza a mediados de Marzo y se extiende hasta Abril. Debido a las condiciones climáticas y el terreno en donde se lo caza, tanto en Estados Unidos como en Nueva Zelandia, el cazador debe estar en buena forma física y contar con un equipo adecuado a las exigencias de la cacería. En Estados Unidos el record inscripto en Rowland Ward es de 70 ¼ de pulgada de longitud en su cuerno principal, y fue cazado en 1898 por W. F. Sheard. De los introducidos en Nueva Zelandia, el número uno alcanzó 60 pulgadas y media en su vara principal, cazado en 1931 por A.D. Mc Donald en la localidad de Fiorland, en la isla Sur de ese país.

Cola Blanca
El Cola Blanca es sin duda el rey de los ciervos de América del Norte. Es el más popular, el más cazado en la historia de ese país y el de más amplio rango demográfico en todo el territorio. Se los encuentra desde el sur de Canadá, en todos los Estados Unidos, México, así como también en América Central y el norte de Sudamérica. Existen treinta y ocho subespecies que se dividen para los fines cinegéticos entre las del norte y las del sur.
Este ciervo fue introducido también en Nueva Zelandia, Finlandia y República Checa. Sin dudas, los dos destinos característicos de cacería son en la actualidad Estados Unidos y Nueva Zelandia. Allí en el archipiélago neozelandés, se encuentra la única población de las subespecies boreales (del norte) en el hemisferio sur, y se lo puede cazar durante todo el año. Las mejores áreas allí son: el Lago Wakatipu y la isla Stewart en donde hay grandes manadas en campo abierto.  
El cola blanca o white tailed deer, lleva por nombre científico odocoileus virginianus, y es considerado un ciervo de porte mediano. Puede alcanzar una altura a la cruz de 1 metro, y pesar hasta 200 kilos. Tiene un pelaje marrón claro, con mancha blanca en la base del cogote, el abdomen y la parte interior de la cola como es obvio imaginar. Su cornamenta es mediana de una forma muy particular y casi siempre muy simétrica. En los Estados Unidos hay censados unos 30 millones de ejemplares y unos 13 millones de cazadores de esos ciervos. Es sin dudas, el trofeo más popular de ese país y uno de los más arquetípicos para aquel que tenga intención de contar con algo representativo de esa parte de América en su sala de trofeos. Existen numerosas maneras de cazarlos, al acecho en apostaderos, sobre stands en los arboles y al rececho, y se usa para eso desde escopetas, arcos y flechas (muy populares en el país del norte), ballestas, armas de avancarga y por supuesto rifles de mediano poder. Existen excelentes trofeos en las montañas Rocallosas y en los estados del medio oeste. El número uno en Rowland Ward midió 32 ¼ de pulgada de longitud en su vara principal, y fue cazado en 1913 por J.C. Philips en el estado de Michigan.

Mula
El ciervo Mula, o Mule deer es de la familia de los odocoileus hemionus, al igual que el ciervo cola negra o black tailed deer. La diferencia entre ambos está dada sólo por algunas sub especies de esta familia. Es al igual que su pariente cola blanca, otro de los grandes emblemas estadounidenses. El nombre viene por las orejas grandes como las de las mulas.  Se distribuye casi con exclusividad en la zona oeste de los Estados Unidos, partes del sur de Canadá y norte de México. Hay unas siete subespecies, tres de las cuales están clasificadas precisamente como cola negra. Puede llegar a tener una altura de un 1.70 metro, y llega a pesar hasta 200 kilos. Su pelaje es marrón claro, con un collar blanco sobre el cogote, y una mancha blanca en la cola. Su cornamenta simétrica del estilo del cola blanca. Los mejores trofeos se encuentran en Idaho, Wyoming, Montana y el sistema de las montañas Rocallosas. El record en el libro de Rowland Ward tiene 34 pulgadas de longitud en el cuerno principal, de un ejemplar obtenido por J. G. Millais en 1913 en el estado de Wyoming.

Sitka
El Sitka es en realidad una subespecie de ciervo Mula, pero como también recibe el nombre de Sitka de cola negra, muchas veces se lo confunde con el Cola negra o Black Tailed deer de Estados Unidos. Así que ojo con los malos entendidos. Para eso lo mejor es recurrir siempre a la ciencia de la taxonomía y cotejar las denominaciones científicas a la hora de planificar una cacería de este tipo. En general, no hay malas intenciones comerciales en estas confusas denominaciones, como sí suele ocurrir con los osos negros de pelaje marrón comercializados como osos marrones, o los alces de la Columbia Británica que pasan como alces gigantes de Alaska. El trofeo más grande anotado fue el cazado por el Dr. H. M. Beck en Alaska en 1921 y que llegó a medir 31 pulgadas de longitud en su vara principal.

Corzo
El corzo, Roe deer o capreolus capreolus, es el cérvido más pequeño de Europa y Asia. Hay dos variedades, la más común que se distribuye en toda Europa y otra que habita Siberia, Corea, sur y centro de China.
Para los cazadores, los trofeos más comunes son los europeos. Una cacería de corzo, representa de hecho, la quintaesencia de la caza europea, llena de tradición, emoción y buen gusto. Los machos adultos llegan a tener una altura de 650 cm, y un peso de no más de 60 kilos. Su cornamenta característica, su pelaje color te con leche y su distintiva boca negra, junto con su alto grado de alertas ante el peligro, lo hacen uno de las especies más buscadas por los cazadores internacionales. Los trofeos más característicos provienen de Escocia, Alemania, Austria, Polonia, Bulgaria y Hungría.
El corzo anotado en el Rowland Ward en el primer puesto, data del año 1976, logrado por C. Muff en el Cáucaso, y que llegó a medir 14 7/8 de pulgada de longitud en la parte más larga del cuerno.

Sambar
Este es un ciervo asiático, que se distribuye originalmente en India, Bangladesh, Sri Lanka, Malasia, Indonesia y las Filipinas. El Sambar o cervus unicolor, puede obtenerse hoy día sólo en Nueva Zelandia donde fue introducido con mucho éxito hace unos años, así como en algunos cotos de Australia y Estados Unidos.
Existen cuatro subespecies similares morfológicamente entre sí. El Sambar es un típico ciervo de seis puntas, como el Axis. En general alcanzan una altura a la cruz que va de medio metro a un metro medio, y su peso varia de 100 a 200 kilos. La coloración de su piel es marrón con una mancha blanca en el cogote que es característica de su especie, teniendo algunos pelajes blancos en el vientre, las patas y cerca de la cola. Es un típico ciervo tropical con una gran capacidad de adaptación al medio, estando cómodo incluso en alturas que llegan casi a los 3000 metros sobre el nivel del mar, como en el caso de Nueva Zelandia.
Los machos pueden ser solitarios o gregarios indistintamente dependiendo del terreno que habiten. Son agresivos y han registrado comportamiento de ataques cuando se lo intenta capturar con perros.
El Sambar fue introducido en Nueva Zelandia en 1875 de ejemplares llevados de Sri Lanka e India, y es allí y en Australia los únicos lugares del mundo donde se los puede cazar, ya que en la mayor parte de los países donde tiene su hábitat natural la cacería está prohibida. Por su tamaño, que lo ubica como el segundo más grande de Nueva Zelandia, y dificultad en terrenos free range, es uno de los trofeos más apreciados en el área del Pacífico Sur. Los meses de cacería suelen ser mayo, Junio y Julio. Rowland Ward registra como especie introducida en su puesto número uno, al obtenido por R.G. Hills en la isla Norte de Nueva Zelandia en el año 1927 que tiene una longitud de su cuerno principal de 40 pulgadas y media .

Rusa
Este ciervo es de hecho una subespecie del Sambar. Su nombre científico es cervus timorensis. Provienen originalmente de las islas de Timor Oriental, Java y Bali. Fueron introducidos en el norte de Australia, en la isla Norte de Nueva Zelandia, en la isla Mauricio, en Nueva Guinea, Nueva Caledonia y en las islas Fiji. Tiene hábitos bastante similares al ciervo Axis, se mueve en planicie por su refinado sentido de alertas ante predadores, es muy elusivo y difícil de recechar. Su pelaje es una mezcla entre marrón y gris, su estatura ronda el metro y su peso difícilmente sobrepasa los 130 kilos.
Los mejores trofeos provienen de las manadas libres de Australia y de Nueva Zelandia, especialmente las manadas del norte de Te Urewera y las del río Whakatane en territorio maorí. El record según el Rowland Ward llego a medir 38 5/8 de pulgada, cazado por MC. Maroussem en la isla Mauricio en 1980.

Sika
El Sika es un ciervo asiático que se distribuye en el este de Siberia, Manchuria, China, Corea, Japón, Taiwán y algunas islas adyacentes. Su nombre científico es cervus nippon y cuenta con más de trece subespecies.
Fue introducido con mucho éxito en Nueva Zelandia, y algunos cotos de los Estados Unidos e Inglaterra. Se estima que las grandes poblaciones de este ciervo en la isla Norte de Nueva Zelandia, pertenecen a las subespecies de Manchuria y de Pekín. Es un ciervo mediano, de pelaje marrón oscuro y una típica mancha blanca en la cola. Un macho adulto alcanza una altura de 1.40 metro y un peso de 80 kilos aproximadamente. Su cornamenta habitualmente tiene ocho puntas pero puede llegar a tener doce. Es un excelente trofeo estético y de difícil captura. Otro gran desafío que ofrece Nueva Zelandia. El record de Sika introducido, fue el obtenido por M. Matsuka, en 1990 en Nueva Zelandia que alcanzó una longitud del asta principal de 34 pulgadas y media.

lunes, 20 de abril de 2015

Cazadores y Guerreros (Primera Parte)


Por Eber Gómez Berrade

La caza y la guerra han estado unidas desde la noche de los tiempos. Durante siglos la cacería fue utilizada por los caballeros y nobles como entrenamiento militar en tiempos de paz. Los años pasaron, ambas actividades se profesionalizaron, pero siempre siguieron unidas de alguna manera. Militares que se convirtieron en cazadores y cazadores transformados en soldados, vivieron días de acción y aventuras en exóticos teatros de operaciones de ignominiosos conflictos imperiales.
En esta primera parte, me enfocaré en aquellos cazadores guerreros de fines del siglo XIX y principios del XX. Un período histórico destacado en la historia militar, imbricado con la más grande era de los safaris africanos.

Exploradores, soldados y cazadores
Hacia mediados siglo XIX, África era aún un continente que estaba a punto de ser descubierto. Muchos mapas de la época tenían grandes espacios en blanco, con la leyenda de “terra incógnita” en el centro. Esto naturalmente seducía a todo tipo de exploradores, geógrafos y aventureros, que se internaban tierra adentro en busca de las Montañas de la Luna, las fuentes del Nilo, la ciudad prohibida de Harar, oasis perdidos y lagos sin nombres. Sin dudas, dos de los más paradigmáticos de estos personajes fueron John Hanning Speke y Sir Richard Francis Burton. Ambos llevaron a cabo dos expediciones en el este de África, que comenzaría con el descubrimiento de los lagos Tanganika y Victoria, y terminaría en una agria disputa entre los dos, y en  el suicidio de Speke algunos años más tarde. Burton era capitán del Ejército de la Compañía de las Indias Orientales y Speke teniente en el Ejército Indio, en la India Imperial Británica. A diferencia de Burton, Speke era un ávido cazador. Al inicio de su viaje a África, su principal motivación era la caza, no la exploración geográfica. 
Algo similar le sucedió al joven escocés Roualeyn George Gordon-Cumming, que siguió sus ansias de aventuras y se enlistó en el Ejército de la Compañía de las Indias Orientales. Luego de una corta temporada en el subcontinente, decidió probar suerte en Sudáfrica e ingresó en los Cape Mounted Rifles, en 1843. Allí descubrió el lugar ideal para desarrollar su pasión: planicies llenas de antílopes, fieras peligrosas y tribus desconocidas. Gordon Cumming se dedicó de lleno a la caza, y registró sus aventuras en un libro que se convirtió en un clásico de la literatura cinegética de todos los tiempos. Otro de los grandes cazadores del siglo XIX fue el mayor Sir William Cornwallis Harris, un inglés que para variar, también ingreso como ingeniero en el ejército de la Compañía, en India, alcanzado finalmente el grado de mayor. Una licencia por enfermedad lo llevó a Ciudad del Cabo, y de allí, ya restablecido, se lanzó en un safari hacia el Transvaal, en el centro de Sudáfrica. Escribió un total de cinco libros con las aventuras de sus cacerías.

Casi al terminar aquel siglo, el teniente coronel e ingeniero John Henry Patterson, fue comisionado por el gobierno británico para construir un puente sobre el río Tsavo. Fue él, el protagonista que tuvo a su cargo la caza de dos leones legendarios cebados con carne humana, los famosos “Ghost” y “Darkness” (Fantasma y Oscuridad), como los llamaban los aterrados nativos indios empleados por el ferrocarril. Patterson alcanzó fama mundial por este incidente, escribió un libro contando su historia, y se ganó la amistad del presidente estadounidense Theodore Roosevelt, quien lo invitó a la Casa Blanca para conocer detalles de aquellos carniceros de Tsavo.
De hecho, el mismo Roosevelt fue también un militar prestigioso en sus días, quien colaboró en la creación del Primer Regimiento de Caballería Voluntaria de Estados Unidos, conocido como los “Rough Riders”. Este regimiento sirvió durante la Guerra Hispano-Estadounidense, o Guerra de Cuba, en el año 1898. “Teddy” Roosevelt fue además de militar, un político brillante que se convirtió en el vigésimo sexto presidente de ese país, un cazador incansable que recorrió varios continentes en busca de diferentes especies que enviaría a museos de Estados Unidos, y un escritor prolífico con numerosos libros dedicados a la caza mayor, entre ellos el de su safari de casi un año en el continente negro.
El siglo XIX terminaba, y con él, el flujo de militares que desembarcaban en África para cazar deportivamente. Uno de los últimos de esta especie, fue el austriaco Fritz Schindelar. Fritz llegó a Nairobi en 1906 y si bien no hay muchas certezas de su historia antes de aquel desembarco, se sabe que sirvió con el grado de comandante en un regimiento de caballería de los Húsares Húngaros. Un tipo de sangre fría, dicen. Bon vivant, audaz, seductor, consumado jinete y excelente tirador de rifle doble. Su afición era la caza de leones a caballo. El motivo de su temprana muerte, también. 

El siglo más violento
El siglo XX comenzó y terminó en guerra. La lucha entre británicos y colonos holandeses en Sudáfrica, inauguró cien años signados por la violencia. Casi al finalizar esta contienda, se desató la guerra Ruso-Japonesa que culminó en 1905. Nueve años después, estallaría la Gran Guerra, la que iba a terminar con todas las guerras. No fue así, claro. Pero se convirtió en la puerta de entrada a la guerra moderna, tal cual la conocemos hoy, con tropas blindadas, aviación, gases venenosos, y un oprobioso etcétera.
Desde allí, la historia es más o menos conocida: a la Primera, le siguió la Segunda de 1939 a 1945, la guerra de Corea, la de Vietnam, diversos conflictos poscoloniales de baja intensidad, como los ocurridos en  Rhodesia y Sudáfrica, y por último, las guerras en Medio Oriente y en el Golfo Pérsico.

Lo cierto es que luego de la etapa de los militares que llegaban a África para cazar, comenzó la etapa de los militares que llegaban para pelear. La guerra Boer otorgaba el marco ideal para estos muchachos en busca de acción. Eso mismo pensaron los australianos Victor Marra Newland y Leslie Jefferies Tarlton. La foja de servicio de Newland recuerda que fue oficial en el Light Horse en Sudáfrica. Luego -en la Primera Guerra- sirvió en el King African Rifles con el grado de mayor, obteniendo la Cruz Militar y la Orden del Imperio Británico. Tarlton por su parte, sirvió en la Gorringe´s Flying Column luchando contra los Boer comandos en Ciudad del Cabo. Lo destacable es que una vez terminada la guerra, ambos ganarían fama internacional por convertirse en los propietarios de la primera compañía de safaris de África: Newland & Tarlton Safaris, que abrió sus puertas en Nairobi en el año 1904. Un semillero de cazadores blancos.
El capitán G.H. “Flash” Jack Riddell fue uno de aquellos cazadores. Egresado de la prestigiosa academia militar de Sandhurst, “Flash” era dueño de una personalidad excéntrica. Luchó contra los boers, y antes, en la India, junto a su amigo, camarada y compañero de safaris, Winston Churchill.
El comandante Robert Foran, en cambio, fue primero a África y luego a la India. Se ofreció voluntario para pelear contra los colonos holandeses, y luego fue enviado a la India a luchar contra las tribus rebeldes de las montañas Waziri. Volvió a África, pero no como soldado sino como comandante de policía en el África Oriental Británica (Kenia). Mientras se ocupaba de cuidar la ley y el orden, se dedicó a cazar ilegalmente marfil en territorios fronterizos pertenecientes al Rey Leopoldo de Bélgica y en el Enclave de Lado. Se cuenta que Foran llegó a abatir unos 250 elefantes de más de 150 libras. Cazó en diferentes países del mundo: Burma, India, en las Rocallosas, en México y en Alaska. Dejó registro de sus aventuras en libros excelentemente escritos.
Foran no fue el único que llegó como soldado y terminó en cazador de marfil. Pete Pearson, viajó desde Australia para sumarse al esfuerzo bélico en 1900. Se enroló voluntario en una unidad montada. Al término de la contienda, se dedicó a la caza del elefante, convirtiéndose en uno de los más grandes cazadores de marfil de todos los tiempos. De manera similar, el mayor Gordon Henry Anderson, otro de los grandes “marfileros”, se incorporó a los 21 años al Regimiento de Caballería Paget, para luchar contra los boers. Su carrera militar continuó por un largo período. Fue transferido al 18° de Húsares Reales como segundo teniente, y terminado el conflicto, fue enviado a la Infantería Montada de la Fuerza de la Frontera del Oeste de África, en el norte de Nigeria. Allí comenzó su afición por la caza mayor, y particularmente por la del elefante a la que iba a dedicarse profesionalmente como cazador de marfil hasta el estallido de la guerra del 14. Luego de servir en Bélgica, y más tarde en África Oriental Alemana (Tanzania), se convirtió en un destacado cazador blanco. Tuvo entre su selecta clientela a los Duques  de York, al Rey Jorge VI y a su hija, la actual reina Elizabeth II de Inglaterra.
  
La Gran Guerra
Los disparos de Gavrilo Princip que asesinaron al archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo, retumbaron en el mundo entero de 1914. Fue tal la magnitud de esta conflagración, que convocó a jóvenes de todos los rincones del planeta.
El italiano Aurelio Rossi, uno de los pocos cazadores de marfil (no británicos) de los que se tienen registros, se enlistó como voluntario en el 9° Batallón de Asalto Italiano para combatir a los ingleses, lo que hizo en forma destacada. Luego de la guerra, se dedicó a cazar elefantes por todo el continente. Recorrió el Congo, la Tanganika, Kenia, Uganda, Sudán, Camerún, Guinea, Liberia y Costa de Marfil. Volvió a servir a su patria en la Segunda Guerra Mundial, otra vez como voluntario para combatir con las tropas de Mussolini. Se hizo cargo del 9° Noveno Batallón de Eritrea, y murió en El Alamein en 1942 a los 44 años de edad.  

En la India, Jim Corbett, el legendario cazador de tigres y leopardos antropófagos, también acudió al llamado de las armas ni bien estalló el conflicto. Su misión fue la de reclutar nativos provenientes de los poblados de las colinas del Himalaya, y convertirlos en soldados del Imperio británico. Por su actuación le fue concedido el grado de capitán. Su foja de servicios da cuenta también de su trabajo en la Segunda Guerra, donde entrenó en técnicas de combate de selva, a las tropas que serían enviadas a Burma para luchar contra los japoneses. En 1943 contrajo tifus y fue dado de baja del ejército por enfermedad con el grado de Coronel.
En la colonia de Kenia, el 85% de la población masculina revistaba en las fuerzas armadas al poco tiempo de estallar la guerra. Los cazadores blancos (ingleses y extranjeros) se enrolaron en masa prácticamente.
El barón sueco Bror von Blixen-Finecke, uno de los más refinados cazadores profesionales de Kenia, se enroló voluntario en la East African Mounted Rifles. Blixen-Finecke estaba casado en ese entonces con la escritora Karen Blixen, autora de la novela “África mía”.
La contrafigura de Bror Blixen en aquella novela, era el Honorable Denys Finch-Hatton, amante de su esposa, también cazador blanco y para el momento de la guerra, miembro de una unidad de irregulares somalíes, al mando de su amigo Berkley Cole. Cole había servido en el 9° de Lanceros en India, y era un líder nato. Ambos completaban misiones de reconocimiento en la frontera con la Tanganika alemana, recabando valiosa información de inteligencia, para ser analizada por el coronel Richard Meinertzhagen.


Dueño de una personalidad muy particular, Meinertzhagen 
era también cazador, ornitólogo y explorador. Fue asignado originalmente al King African Rifles, y con el tiempo se convirtió en jefe de la inteligencia británica en África oriental. Para ello reclutó a cazadores profesionales como Bill Judd y Jack Riddel en su equipo. Por su trabajo fue condecorado con la Orden de Servicio Distinguido. Luego de la campaña africana, el coronel se dirigió a Medio Oriente donde colaboró con Lawrence de Arabia, en la revuelta árabe y con el general Allenby en la captura de Jerusalén, en posesión de los turcos.

Disparos desde el aire
Seguramente la mayoría de los lectores habrá escuchado alguna historia del famoso “Karamojo” Bell, de sus safaris y de sus cacerías de elefantes con disparos quirúrgicos. Karamojo fue uno de los más grandes cazadores de marfil, y un muy hábil escritor. Pero también un soldado. Un aviador, en realidad. Al estallar la guerra se fue a Inglaterra donde recibió entrenamiento como piloto. De allí lo enviaron de vuelta al este de África como teniente de vuelo, donde participó de incontables misiones. Cómo anécdota se cuenta que de vez en cuando disparaba a los alemanes desde la carlinga de su biplano con el mismo 275 Rigby que usaba para cazar elefantes. Alcanzó el grado de capitán del Royal Flying Corps, antecedente inmediato de la Royal Air Force británica.
Alemania también tuvo sus cazadores y guerreros que atormentaban a los aliados desde el aire. El ícono de la fuerza aérea alemana fue sin dudas, Manfred von Richtofen, el Barón Rojo. Una aristócrata, amante de la cacería que al mando de sus biplanos y triplanos Fokker, logró derribar 80 aeronaves enemigas, hasta que él mismo fue abatido en 1918, a orillas del río Somme, en el norte de Francia.
Prácticamente de la misma edad y similar prosapia, Hermann Goering, otro cazador y aristócrata alemán, se enlistó en la incipiente fuerza aérea alemana, distinguiéndose por sus hazañas de combate. A diferencia del Barón Rojo, que se convirtió en un ejemplo de gallardía y caballerosidad, Goering dejó tras de sí la infame reputación de haber comandado la Luftwaffe en la Segunda Guerra Mundial, y de haber sido uno de los más importantes jerarcas nazis del Tercer Reich.

Cazadores legendarios en acción
R.J. Cunninghame, tardó un poco en enrolarse. Iniciada la guerra mundial, continuó guiando safaris en África, hasta que fue perseguido por tropas alemanas que buscaban capturarlos. Logró escapar, ingresó en territorio británico y ahí sí, se enlistó en el ejército. A pesar del enorme conocimiento del bush africano -había sido uno de los guías de Roosevelt en su gran safari-, fue enviado al frente francés, y puesto al mando de un cuerpo de ambulancia norteamericano. Al poco tiempo logró que lo mandaran nuevamente a África, donde se incorporó a la inteligencia con el grado de mayor, siendo condecorado con la Cruz Militar.
Otro que guió al presidente norteamericano y se enlistó en el ejército en el área de inteligencia, fue Philip Percival, el “decano de los cazadores”. Luego de la guerra, Percival iba a guiar a Ernest Hemingway, quien lo inmortalizó en las páginas de “Las verdes colinas de África”.
Si hablamos de decanos y leyendas, Frederick Courteney Selous, no puede faltar en la lista de cazadores guerreros. Al estallar la Primera Guerra Mundial, Selous ya era una leyenda en el imperio. Explorador, naturalista, escritor, y por sobre todo cazador. Fue amigo personal y guía de Roosevelt en su safari. A pesar de su edad (tenía 64 años de edad), se unió a la “Legion of Frontiersmen”, una unidad perteneciente al 25° Batallón Real de Fusileros. Este regimiento contaba entre sus filas con varios cazadores blancos: Alan Black;  George Outram; Martin Ryan; Johnny Boyes, el legendario Rey de los Kikuyus; y el mayor P.J. Pretorious.
Este batallón de cazadores luchaba palmo a palmo contra las fuerzas del general alemán Paul Emil von Lettow-Vorbeck, en la frontera con la Tanganika alemana. Lettow-Forbeck, fue en su punto, un adalid de la historia militar contemporánea.  Desarrolló como nadie la guerra de guerrilla, llevada a cabo por la “Schutztruppe”, fuerza compuesta por tropas nativas al mando de oficiales germanos. Fue un clásico representante de la escuela militar prusiana, honorable y temible en el terreno. Fue también el responsable de la muerte de Selous, algo de lo que nunca estuvo orgulloso.
Una mañana de Enero de 1917, a orillas del río Rufiji, uno de sus francotiradores abatió a uno de los últimos héroes del Imperio Británico. La bala le entró por la boca y Selous cayó fulminado. Ese lugar se llamaba Behobeho. Hoy se lo conoce como la Reserva Nacional Selous, en Tanzania. Una de las áreas de caza más grandes del mundo. Von Lettow-Forbeck culminó la guerra sin ser derrotado. Se rindió solo cuando capituló Alemania. En ese momento sus fuerzas contaban con unos miles de askaris nativos, 155 soldados europeos, un pequeño cañón, 24 ametralladoras y 14 rifles automáticos Lewis. En reconocimiento al honor demostrado en combate y a su valor, el Comando Aliado le permitió a él y a sus hombres prisioneros, desfilar portando sus armas frente a las fuerzas vencedoras.



domingo, 22 de febrero de 2015

Sasha Siemel - Andanzas de un Tigrero legendario



Por Eber Gómez Berrade

Sasha Siemel fue siempre una “rara avis” en el mundo de la caza mayor. Considerado como el único hombre blanco, capaz de abatir jaguares usando una lanza en las selvas del Amazonas y Mato Grosso, supo construir su propia leyenda que perdura aún en nuestros días. Cazador, guía de expediciones, políglota, escritor, conferencista, fotógrafo y actor, fueron algunas de las variadas facetas, que ayudaron a crear la mítica figura de este aventurero letón.

Rumbo a hacer la América
Sasha era un apodo familiar, se llamaba en realidad Alexander y nació en 1890 en la ciudad de Riga, capital de la república de Letonia, frente a las costas del mar Báltico. Al igual que muchos inmigrantes europeos, se embarcó hacia los Estados Unidos a probar suerte cuando tenía 17 años. Se fue a hacer la América como se decía por aquel entonces y Nueva York era la puerta de entrada más cercana hacia ese continente. Allí estuvo sólo un par de años y luego decidió probar suerte en el otro país americano que ofrecía un futuro promisorio, Argentina. Llegó a Buenos Aires en 1909 donde comenzó a trabajar en una imprenta y en dónde aprendió el idioma español.  Sasha dicen, tenía una gran facilidad para los idiomas. En ese entonces se manejaba fluidamente en su letón natal, ruso, alemán que le enseñó su madre, inglés por su paso por Estados Unidos, y un castellano rioplatense aprendido en Buenos Aires. Luego adoptaría el portugués como su lengua principal en su estadía amazónica.
En 1914 al estallar la Primera Guerra Mundial, el espíritu aventurero de Sasha lo impulsó a buscar una vida más interesante que la que una imprenta porteña podía ofrecerle. Se decidió por Brasil y esa decisión marcaría definitivamente su futuro, su historia y su leyenda.
Por aquellos años, los minerales preciosos encendían la codicia de todo aventurero. La fiebre del oro, diamantes y esmeraldas impulsaba a miles de buscadores hacia Klondike, Colombia, Kimberley o el Mato Grosso, generando un boom que además ofrecía trabajo y negocios a gentes provenientes de distintos países y profesiones. Allí en el Mato, el joven Sasha se abrió camino como mecánico y como armero, viajando por diversos campamentos de mineros. Allí también aprendió rápidamente el portugués y se comenzó a familiarizar con el medio ambiente tropical. Casi diez años dedicó a esta tarea, mientras realizaba algunas expediciones de caza por los alrededores, capturando catetos, susuaranas y más de una onza, como los brasileños llaman a los yaguaretés.
Recién en 1923 tuvo la posibilidad de aplicar sus conocimientos de caza mayor de manera profesional, cuando fue contratado por fazendeiros del Pantanal como cazador profesional para proteger a la gente de las haciendas y al ganado de los temibles jaguares o tigres. Tenía 33 años y a esa simbólica edad, nacía su leyenda.   

Cazando yaguaretés con lanza
Naturalmente sus primeras cacerías fueron con armas de fuego, mayormente los viejos palanqueros Winchester que poseían los rancheros. Sasha aprendía rápido, y no sólo idiomas. La observación y el constante contacto con estos animales y aborígenes, los esforzados recechos y las largas esperas en apostaderos lo convirtieron en un especialista en comportamiento animal, y un par de años después de su primer trofeo, decidió probar suerte cazando con lanza o zagya, como lo hacían los miembros de la tribu Guató.
El primer “tigre” que cazó a lanza, llegó a pesar unos 140 kilos y resultó una experiencia que marcaría su vida para siempre. Era el año 1925 y se convirtió así en el primer hombre blanco en cazar jaguares de esa forma.
La zagya medía un poco más de dos metros, con una hoja ancha y muy afilada y un asta de madera dura y gruesa. Había que tener mucha fuerza y gran agilidad para enfrentar a un jaguar herido de muerte, en un mano a mano solitario en la maraña. Sasha no era un tipo de contextura especialmente grande, media casi 1.80 y pesaba 90 kilos.
La técnica en sí consistía en esperar el salto del yaguareté, y en el momento exacto empalarlo con la lanza en la parte superior del pecho o en el cuello. Naturalmente el felino hacía lo imposible para evitar el filo de la zagya, defendiéndose con sus garras intentando aniquilar al cazador. Como solía decir Sasha, cazar con lanza el yaguareté no era difícil, si uno podía mantenerse en pie al momento de la carga del animal. Eso sí, caerse significaba la muerte.
Se dice que Siemel cazó unos 300 jaguares en el Mato Grosso en toda su estadía allí, muchos de ellos ayudado por sus perros, en especial uno llamado Valente, que hacía honor a su nombre. Aquí no puedo dejar de relacionar a otro tigrero, también amante de los perros. El viejo Jim Corbett, de quien ya he escrito sobre su vida y aventuras en estas mismas páginas. Corbett fue un tigrero, pero de tigres reales de Bengala en la India imperial, y que al igual que Siemel no se internaba en la selva sin sus perros Robin y Rosina.
 
Sus proezas se conocen en público
En 1929 un cónsul boliviano en Londres es comisionado para explorar el Chaco boliviano. En esa expedición que contó con la participación del Penn Museum, estaba formada además por dos jóvenes ingleses, el cineasta J. C. Mason, y al escritor Julian Duguid. Ambos serían los encargados de documentar los avances de la aventura. La expedición partió de Buenos Aires y se dirigió Paraná arriba hasta Asunción, y luego bordeando el Mato Grosso hasta el Gran Chaco. Allí se contactaron con Siemel y lo contrataron como guía. Era perfecto para la tarea.  Joven, baqueano, hablaba inglés y además habilidoso en cuestiones de caza mayor. Al poco tiempo, sus habilidades con la  lanza impresionaron al grupo de ingleses, tanto es así que Duguid, en su trabajo monográfico “Green Hell” (Infierno verde) publicado en 1931, en donde cuenta los pormenores de la expedición, bautiza a Sasha como “Tigerman”. Nombre que luego volvería a usar Duguid al año siguiente como título de una biografía de Siemel. 
A partir de entonces se dio un fenómeno similar al ocurrido un par de décadas antes en Medio Oriente, con el coronel británico T.E. Lawrence y el periodista Lowell Thomas, quien ayudó a crear la figura legendaria de Lawrence de Arabia. Duguid en este caso, convenció a Siemel para que comenzara a dar conferencias en clubes de exploración, lo que lo hizo cada vez más popular. Se puede decir, que como el caso de Lowell Thomas, Duguid fue el inventor del Tigrero.
Parte de la campaña orquestada por el escritor para difundir las actividades del letón, estaba formada por viajes al extranjero. Así fue que visitaron Londres y luego a Estados Unidos para presentarse en asociaciones y clubes de exploradores. Sus andanzas se propagaron como reguero de pólvora.
Fue precisamente en una de esas conferencias que en la ciudad de Pensilvania, Estados Unidos, en 1937, Sasha conoce a Edith Bray, una joven fotógrafa que luego se uniría a él en el Pantanal para registrar las extrañas actividades cinegéticas de lituano. Su trabajo fue muy bueno, tanto que tres años después de aquel encuentro, Sasha le propuso matrimonio a la joven fotógrafa y la invitó a establecerse definitivamente con él en Brasil. Se cazaron en Rio de Janeiro en 1940. El tenía 50 años y Edith 22.
Edith provenía de una familia con estrechos lazos políticos en el estado de Pensilvania. Era una joven inquieta, inteligente y muy curiosa. Su amor por Sasha hizo que también emulara algunas de las cualidades de su esposo. Aprendió portugués y a cazar con arco y flecha. Fueron tanto sus avances en esta técnica, que hasta llegó ella también a cazar yaguaretés. Además en aquellos años de vida en Brasil, solían capturar animales para el zoológico de Filadelfia.
La popularidad del tigrero era tan grande que le fue ofrecido un papel como actor en una película de Frank Buck, otro personaje que mezclaba sus hobbies por la caza mayor, el coleccionismo de animales, la escritura, la producción cinematográfica y la actuación. Ambos hicieron juntos una serie denominada “Jungle Menace” (Amenaza en la jungla), donde Siemel interpretaba el papel de Tiger Van Dorn, un cazador con lanza de fieras salvajes. Esta serie se recopiló más tarde en un film llamado “Jungle Terror”.
Hollywood también se interesó en sus aventuras, y se propuso a John Wayne y Ava Gardner para una super producción de aventuras en las exóticas junglas brasileñas, pero los costos de producción fueron tan altos, en especial por el traslado de los actores a locaciones originales, que se canceló el rodaje. En 1994 se hizo un documental sobre este fallido proyecto al que llamaron “Tigrero, la película que nunca se filmó”. 
Así fue como intercaló charlas, conferencias, actuaciones en el cine en películas de aventuras, y viajes al Pantanal por casi diez años. En 1947, con tres hijos en su haber: Sondra, Dora y Sasha Jr. (a quien llamaba Sashino), decidieron mudarse a Pensilvania y comprar un rancho en Marlbough Township, al que llamaron Bon Retiro. Esa sería su residencia permanente por el resto de su vida. En 1955 Edith dio a luz al segundo hijo varón, Carlie quien completaría la familia definitivamente.
Establecido en los Estados Unidos Sasha mantuvo una vida tranquila, dando charlas, escribiendo y liderando expediciones en Sudamérica.

Libros y artículos
El matrimonio Siemel siempre encontró placer en las actividades literarias, Sasha escribiendo y Edith ilustrando las obras. En 1949 ambos publicaron un libro en colaboración titulado “Jungle Wife” (algo así como la esposa en la jungla), donde contaban sus experiencias familiares en la selvas del Brasil. En esos años también, Siemel escribió innumerables artículos en revistas de caza y naturaleza, incluida la famosa National Geographic. Pero no sería hasta 1953 que apareció publicado su autobiografía “Tigrero”, así como suena, en español.
Al año siguiente el mismo libro se publicó en Londres, con otro título: Jungle Fury (Furia en la jungla), el que también se convirtió en un inmediato best seller en la capital del imperio británico.
“Tigrero” fue todo un éxito y se convirtió en un clásico de la literatura cinegética y de aventuras. Aún hoy es una obra buscada y apreciada por cazadores en el mundo entero. En realidad el libro, es un raconto en primera persona de situaciones y personajes que forjaron parte de la vida de Siemel en sus años en el Pantanal. Allí aparecen personajes como Don Carlos, el sheriff tuerto de Paso Fundo; Joaquín Reis, el alcalde de Diamantino, un campamento de diamantes de Mato Grosso; Francisco Pinto de Olivera, quien administraba una prisión y emborrachaba a los presos los sábados a la noche para tenerlos contentos y tranquilos; Aparicio Pinherio, el mejor amigo de Sasha, quien se vio envuelto en un exótico triangulo amorosa en plena selva; y el infame Ricardo Favelle y su larga y peligrosa enemistad con el autor. Todas las historias, están muy bien escritas, con descripciones claras y entretenidas. No había dudas de que Siemel, no sólo era un gran cazador, sino también un gran divulgador.  

Un personaje hasta el fin de sus días
Como es de imaginarse, el éxito literario y el innegable gusto por la prensa, hicieron que Sasha fuera un invitado constante a diversos programas de televisión, entrevista en radios y reportajes en las más variadas revistas. Fue entrevistado para la serie “Adventure”, producida por el Museo Americano de Historia Natural, que se emitió en el canal CBS, allá por el año 1953.
Algunos años después, la familia decidió viajar al Pantanal, cuando Sashino, el hijo mayor tenía 13 años. De ese viaje, surgió el libro “Sashino”, publicado en 1965.
Si algo le faltaba a la familia para acrecentar sus negocios basados en la historia de la cacería con lanza de Siemel, era el abrir su propio museo y tienda de recuerdos. Exactamente eso es lo que hicieron, y en 1963 inauguraron el Museo Sasha Siemel en la ciudad de Perkimenville, en el estado de Pensilvania, en lo que era las instalaciones de un viejo molino. Allí la familia no sólo exponía la colección de trofeos de caza de Sasha, sino también piezas de arte, una colección etnográfica, minerales extraídos del Mato Grosso, armas indígenas de Sudamérica, y una increíble serie de artículos recolectados por “el único hombre blanco capaz de cazar jaguares a lanza”. Según dicen, la admisión al museo costaba 75 centavos de dólar para los adultos y 25 para los niños.  Este emprendimiento duro poco tiempo relativamente y cerró sus puertas seis años después de inaugurado. 
En el 69 Siemel volvió a su amado Pantanal, como guía de una expedición de geólogos, y esa sería su última aventura. Murió al año siguiente, en Green Lane, Pensilvania, rodeado por sus familiares, amigos y admiradores a la edad de 80 años.