domingo, 18 de noviembre de 2012

Caza con halcones, un arte de Reyes y Emires

Por Eber Gómez Berrade

La caza mediante el entrenamiento y uso de aves rapaces es una de las artes más antiguas practicada por el hombre. Al igual que la caza mayor o la esgrima, la cetrería se debate entre la definición de arte y deporte, y cuenta también con una historia milenaria.
Con orígenes comprobados en las planicies de China y Mongolia unos 2000 años antes de Cristo, la cetrería ha pasado de ser una herramienta para la subsistencia, a un arte de reyes, marahaes, emires y sultanes, y -en el presente- un deporte conservacionista patrimonio de la humanidad.
La caza con aves de presa tiene varios nombres en español: cetrería, halconería y altanería. Todos indican lo mismo: el arte de cazar mediante el uso de aves rapaces, mayormente diversas especies de halcones propiamente entrenados para esa tarea. Esta actividad milenaria cuenta con adeptos en todo el mundo y se ha convertido además en un excelente instrumento de conservación.
Un viaje a los países del golfo Pérsico me permitió observar de cerca este antiquísimo arte y ser testigo de la maestría con que son adiestrados halcones peregrinos, que cuentan hoy con un valor promedio de 18.000 dólares cada uno para quien los quiera comprar.
Si bien es cierto que esta especie de rapaz es la preferida por su agresividad, fortaleza y forma de volar que la hace alcanzar una velocidad de 180 km por hora, convirtiéndola en el ave más rápida de la Tierra, también son entrenadas otras especies de halcones, así como gavilanes, águilas, azores, lechuzas y búhos.
Las presas más buscadas para estos raptores -dependiendo sean de alto o bajo vuelo- son otras aves como palomas, patos, avutardas; conejos, liebres y ratones; y algunos mamíferos de porte mediano y pequeño como gacelas y antílopes.
En los países del Golfo, así como en Siria, Irak o Irán, se utilizan perros en las partidas de cetrería, particularmente los de raza Saluki, muy similar a los galgos, tal vez más rápidos ya que son capaces de correr a 40 km por hora, lo cual los hace aptos para cazar gacelas y antílopes en las planicies, y tienen una historia casi común de ayuda mutua en los desiertos del Oriente Medio y del Magreb africano.
Según la tradición islámica, el halcón es un compañero del cazador, y el perro su sirviente. Por esa razón les es permitido (halal) a los musulmanes comer la carne de las presas que cazan.

Entrenando aves para cazar
El entrenamiento de halcones y otras aves rapaces varía de acuerdo a las especies. El primer paso para realizar esta actividad es naturalmente la obtención del ave, que hoy en día se realiza casi siempre mediante la compra en un criadero. La modalidad de criar aves es relativamente reciente en la historia de la cetrería, ya que históricamente siempre se utilizaba la captura de animales silvestres en la naturaleza.
Una vez obtenida el ave, se establecerá un período de acostumbramiento del animal para que pueda ser manejado por su propietario, mediante el uso de diferentes técnicas que deberán ser precisamente aprendidas y practicadas bajo la supervisión del maestro halconero.
Los ojos del ave serán cubiertos con una capucha de cuero colocada sobre su cabeza (algunas veces con exquisitas ornamentaciones y diseños), que servirá para relajar al animal y evitar el estrés durante el curso del entrenamiento. De esta forma, como otras técnicas de domesticación, el animal se acostumbrará al contacto del halconero y estará listo para la etapa del aprendizaje.
Cuando se comprueba que el ave ha perdido el miedo y se ha hecho dócil, el halconero comenzará una serie de ejercicios muy similares al adiestramiento de otros animales, utilizando el alimento como incentivo y señuelos colocados en distintas posiciones y circunstancias.
Una vez superada esta etapa, el ave podrá ser llevada al campo para realizar vuelos cortos, de manera de inculcar la respuesta incondicional a los señuelos, y una vez que responda a las direcciones del halconero, ya podrá emprender vuelos y capturas libre de ataduras.

Una historia de miles de años
Como sucedió con la caza mayor deportiva, la necesidad de proveerse de alimentos, dio paso a la práctica como actividad social de recreación y condición social. De esa manera reyes, zares, emperadores europeos, marahaes, emires y sultanes orientales practicaban el arte de cazar con aves.
Los comienzos de la cetrería estuvieron relacionados con una forma de ayuda a la caza de subsistencia. Se cree que comenzó (como casi todas las cosas) en China unos 2000 años antes de Cristo. Desde allí pasó a Japón, India, Arabia, Persia y Turquía y casi como la caza mayor, también se convirtió en un signo de estatus social y real, que distinguía a los dignatarios de sus cortesanos.
En Mongolia también las clases gobernantes disfrutaron de la caza con rapaces, convirtiéndose en un importante bastión de la actividad.
En la India, por ejemplo, los marahaes usaban el halcón peregrino unos 600 años antes de Cristo, y esta práctica se extendió hasta la década del 1940 al finalizar el período de la colonización británica conocida como el Raj.
Naturalmente, los viajeros occidentales que se adentraron por el Asia Menor y el Lejano Oriente, no tardaron en incorporarla a sus costumbres convirtiéndola en un deporte. Marco Polo cuenta, por ejemplo, sobre la cacería llevada a cabo por el Kublai Kan con aves de presa y acompañando por una partida de 10.000 ayudantes, entre porteadores y batidores.
El arte de la caza con halcones llegó a Europa durante la época de las Cruzadas. Allí los “cruzados” establecidos en Tierra Santa aprendieron el arte, entre otras muchas cosas, de los árabes, y lo llevaron con ellos de vuelta a Europa luego de las diferentes derrotas que sufrieron a manos de los musulmanes en las varias cruzadas que se llevaron a cabo
Aquí también las Cruzadas ayudaron para conectar Oriente con Occidente, lo que convirtió a cristianos caballeros en entusiastas halconeros, como el caso del rey de Inglaterra, Ricardo Corazón de Leon, quien viajaba siempre con su halcón. Años después, otro compatriota suyo, el famoso rey Enrique VIII, así como el Emperador Napoleón se sumaron a las filas de los aficionados al arte de la halconería. Por ese entonces, muchas aves usadas en cetrería solían ser capturadas en Holanda, la península escandinava, Islandia y Groenlandia.
En la Inglaterra medieval, también fue utilizada para ascender en la escala social, y tanto fue su auge que en 1486, el Priorato de Sopwell escribió unas normas que regulaban la actividad, a las que denominaron El libro de San Albano, y que establecía las reglas para poseer aves y practicar dicha actividad. Imponiendo por ejemplo, el castigo de cortarles las manos a aquel que tuviera un ave superior a su rango social de nobleza.

Halcones y libros
La cetrería está presente en la literatura desde hace cientos de años. Hay registros que datan del siglo IX, sobre un pequeño tratado sobre el cuidado de las aves de presa conocido como Anónimo de Vercelli. El emperador Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico,  escribió un tratado en latín sobre ornitología, entrenamiento de aves y caza en el siglo XI. En el 1325 el príncipe Juan Manuel de España, compiló un volumen sobre temas de cacería basado en la obra de Federico II al que tituló El libro de la caza con aves. Con un nombre similar, Libro de la caza de las aves, el poeta castellano Pedro López de Ayala publicó en el siglo IV el que sería el tratado definitivo sobre la cetrería ibérica, hasta el siglo XX.
Mi primera aproximación a la literatura de halconería fue un raro libro publicado en Londres en 1852 por el explorador, traductor y erudito británico Sir Richard Francis Burton, quien se inició en el arte de la cetrería en sus días de juventud en Francia, y quien escribió Falconry in the Valley of the Indus (Cetrería en el Valle del Indo), donde relata sus experiencias en este deporte mientras viajaba por la provincia de Sinde, en la actual Pakistán.
Más cerca en la historia, y en nuestra cultura, el español Félix Rodríguez de la Fuente, también fue un cultor de la halconería ibérica. De la Fuente, fue entre muchas otras cosas tales como naturalista, escritor, divulgador y guía de safaris fotográficos, el autor en 1965, de un clásico que tituló El arte de la cetrería.
Seguramente por la convivencia que árabes y españoles tuvieron durante 800 años, es que este deporte se popularizó tanto en España. Sin embargo, su auge fue decayendo hasta casi desaparecer, y no fue hasta mediados del siglo XX, que Don Félix la reintrodujo en el reino, trabajando con un sistema de aves silvestres tal cual como se hacía en la antigüedad.

El presente de un arte conservacionista
Si bien la era de oro de la halconería en Europa terminó naturalmente con el advenimiento de las armas de fuego, ha tenido un resurgimiento tanto en Europa continental como en las islas Británicas durante el siglo XX.
En el subcontinente Indio, la partición de la India británica en India y Pakistán en 1947, así como las sucesivas guerras en Afganistán durante el siglo XX y XXI, hicieron que este arte ya no sea tan frecuentemente practicado allí. De hecho en Pakistán la cetrería fue prohibida en 1950, aunque una década más tarde se permitió a los extranjeros puedan practicarla convirtiéndose en una interesante fuentes de ingreso de turismo cinegético.
Corrió mejor suerte en el Medio Oriente donde aún hoy es muy popular entre la nobleza y las clases acomodadas de los diversos reinos y emiratos, donde se utilizan aves de criadero, lo que ha prevenido a numerosas especies del inexorable camino de la extinción.
En África la cetrería es practicada legalmente en todas las provincias de Sudáfrica. Allí por ejemplo, la actividad es administrada por clubes provinciales, que pertenecen a la South African Falconry Asociation, quienes velan para que la actividad se realice bajo estrictos normas legales y apropiados códigos de ética.
En Zimbabwe, por su parte, también es legal aunque cuenta con menos adeptos que en su vecino del sur. Si vamos al este africano, encontraremos halconeros en Tanzania, que es otro lugar donde la cetrería es practicada, mayormente en las afueras de Dar es Salam donde se cazan diversas variedades de gacelas, así como en el Sudán donde se realizan cacerías de plumas. Ambos países cuentan con la ventaja de estar muy cerca de la península arábiga y es un destino tradicional para los árabes provenientes del Reino de Arabia Saudita y los Emiratos.
Las presas más buscadas para la cetrería en África son las gacelas del este, como las de Thompson, Grant, Speke y Nuemann;  los antílopes medianos como impala, springbock; y los antílopes más pequeños como duiker, steenbuck o dik dik.
Para los árabes el trofeo de pluma más codiciado en las tierras árabes es sin dudas, la houbara, una especie de ave grande de la familia de las avutardas (bustard), muy común en las regiones del Golfo Pérsico. En África en cambio, he visto a los árabes ir con sus halcones detrás de la avutarda kori (kori bustard), casi un trofeo de caza mayor a juzgar por su tamaño y peso.
En Argentina la cetrería cuenta también con entusiastas adeptos, quienes se dedican a la cría, entrenamiento, caza, y además control ecológico de plagas aviarias (léase palomas y/o patos) en silos, sembrados y aeropuertos

Patrimonio de la humanidad
Gracias a una iniciativa de los Emiratos Árabes, la cetrería fue reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, quien ha recomendado que se  garantice la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial presente en el territorio del los estados miembros. La propuesta fue avalada por España, Qatar, Siria, Mongolia, Republica Checa, Eslovaquia, Marruecos, Francia, Bélgica, Corea y Arabia Saudita.
La supervivencia de las aves rapaces muchas veces se ve afectada por la intensa presencia de DDT en el medioambiente, lo que afecta la dureza y calidad de los huevos, poniendo en peligro la sustentabilidad de varias especies. Sin embargo existen varios grupos de conservación de halcones como Falcons International, fundada por deportistas árabes, la Agencia Ambiental de Abu Dhabi, y la Falcon Fundation International de Pakistán que se han reunido para implementar programas de investigación y conservación que incluyen la liberación de halcones a la naturaleza, provenientes de criaderos y de decomisos de cazadores furtivos.
Tradicionalmente las aves de presa era capturadas en la naturaleza y luego de una o dos temporadas de caza, liberadas nuevamente en sus hábitats naturales. Hoy en día, y desde mediados del siglo XX aproximadamente,  muchos halconeros utilizan aves de criadero pero también se utilizan algunas capturadas de la naturaleza, ya que gracias a los censos biológicos, se ha establecido que existe un número suficiente de algunas especies que pueden ser capturadas para estos propósitos. Esta medida desalienta el tráfico ilegal de aves, reduce el número de aves exóticas en cautiverio, y alienta a los halconeros a convertirse en parte importante en la conservación de las aves de presa.

martes, 30 de octubre de 2012

Decálogo de la Etiqueta en el Safari

Por Eber Gómez Berrade

El safari de caza mayor es una actividad social y deportiva, regida por las reglas de cortesía habituales en cualquier actividad humana. Sin embargo, hay algunas normas no escritas, gestos y detalles caballerescos que hacen que -más allá del éxito final de la cacería-, ésta se transforme en una experiencia enriquecedora para todos los integrantes del safari, desde el cliente mismo hasta el cazador profesional y el personal de campamento.
Lo que sigue es un breve decálogo de consideraciones de comportamiento, que -como indica el significado de la palabra “cortesía”-, no hace más que demostrar que se manifiesta atención, respeto o afecto por sus semejantes.

1.- Reglas de seguridad del campamento
Existe un viejo dicho atribuido al general ateniense Alcibíades que reza: “Donde fueres haz lo que vieres”. En lo que se refiere a las reglas de seguridad de un campamento de caza mayor, ya sea tanto en África, como en La Pampa o Kamchatka, lo importante es adecuarse a las normas de seguridad que allí se establecen. En líneas generales, el cazador que accede a un safari Africano ya tiene una vasta experiencia en su propio país. Esto significa que ha aprendido y aplicado algunas reglas básicas en todo lo que al uso de las armas. Sin embargo, como aquello de “cada maestrito con su librito”, es aconsejable en estos casos seguir las instrucciones o recomendaciones del cazador profesional sobre esta materia.
Para eso, la etiqueta del cazador considerado, exige que no sólo se respeten las normas mínimas de seguridad como la de no llevar bala en la recámara en el campamento o en el vehículo, ni apuntar a nadie aún con el arma descargada, etc. etc., sino también considerar algunas otras cuestiones pensando en terceros. Por ejemplo, es un buen detalle el mantener el cerrojo abierto ni bien se ingresa al campamento. De esa forma, no solo el cazador sino todos los que estén alrededor sabrán indiscutiblemente que el arma está desactivada y no representa un riesgo potencial.
En segundo lugar, es un buen gesto de cortesía llevar desmontado el disparador del fusil -aunque esté sin bala en recámara- mientras el rifle esté en el soporte del vehículo, por una razón similar: evitará la preocupación de terceros al desconocer si hay o no bala en recámara.
Si llegase a viajar en el asiento del acompañante dentro de la cabina del vehículo, coloque siempre la boca del cañón apuntando hacia abajo aunque el fusil esté descargado. Es un detalle de consideración para con el rastreador o la persona que vaya parada detrás en la caja, que le evitará el stress de ver como el cañón le apunta a su cabeza, aunque sepa que el arma está vacía. 
Otro detalle de buenos modales, es ser cuidadoso con el arma que alquila. Si bien es la que estará usando y le caben las generales de la ley para el uso de cualquier fusil, recuerde que casi siempre los rifles de alquiler son propiedad del cazador profesional para quien son herramientas de trabajo, por lo tanto ofrecer limpiarlo o mostrarse atento al cuidado del mismo, será otro gesto muy apreciado y agradecido por el profesional.
Como última consideración de este apartado, le sugiero que le haga caso al guía en todo lo que respecta a temas de seguridad, ya que esa materia es de total y exclusiva responsabilidad del guía, y muy especialmente si se encuentra en un campamento de caza peligrosa.

2.- Mentalidad del personal del campamento
Muchas veces la cultura de los habitantes de África se diferencia bastante con la nuestra, y muchas otras, la de ellos mismos también se diferencian entre sí.
Esto puede llamar la atención en especial a aquellos que pisan por primera vez el continente. Allí se encontrarán con nativos de raza negra muy serviciales, de trato cortés y profundas creencias religiosas. Exactamente igual que los nativos de raza blanca. Los primeros, podrán rezar a sus antepasados cada noche pidiendo que el cazador pueda obtener el trofeo buscado, ya que eso representa una gran alegría para ellos, mejores propinas al final del safari y proteínas aseguradas para su aldea. Los blancos, en cambio, podrán dar gracias por los alimentos recibidos ante cada comida, o no realizar ninguna actividad con armas los días domingo, especialmente si practican la fe protestante, y en especial aquellos de ascendencia boer que suelen ser miembros de la Iglesia Reformada Holandesa. En cada caso, la comprensión es la mejor actitud para demostrar el debido respeto a sus creencias.

3.- Estado físico y condiciones de tiro mínimas indispensables
En estas páginas ya hablamos de la importancia de tener un estado físico adecuado y de contar también con habilidades de tiro afines a las exigencias de la cacería. En ambos casos, hice hincapié en las ventajas que estar preparado en todo sentido ofrece al mismo cazador. Desde el punto de vista del profesional e incluso de los asistentes, que el cliente esté a la altura de la circunstancias es fundamental a la hora de ver su trabajo coronado con el éxito.
Seguir las huellas de cualquier animal en el bush, ya sea de planicie o de caza peligrosa, es una tarea demandante tanto física como mentalmente. En estos casos, el cliente cuenta con una ventaja que es la ansiedad y la excitación por estar detrás de su pieza. El personal de safari, por su parte, cuenta con la familiaridad y el entrenamiento que le otorga su diaria actividad. Sin embargo, todos se enfrentan más tarde o más temprano a los rigores del cansancio. Ayuda mucho al espíritu de equipo, comprobar que el cazador está en poder de un estado físico adecuado que le permite alcanzar la meta aunque sea con esfuerzo. Naturalmente a la hora del disparo, también ayuda mucho que demuestre sus condiciones como tirador. Con esto no quiero decir que no pueda fallar. Eso en definitiva no es lo importante. La clave en estos casos es estar a la altura de la cacería, no solo para el obvio beneficio propio, sino también como una forma de valorar y respetar el arduo trabajo del resto del equipo del safari.

4.- Puntualidad
Un safari cuenta con reglas más o menos establecidas al inicio del mismo. Algunas de ellas tienen que ver con los tiempos para determinadas actividades. En general, el toque de diana se hace antes del amanecer, hay un horario fijo para el desayuno y para el comienzo en sí de la jornada de caza. Naturalmente como es su safari y consecuentemente sus vacaciones, el cazador deberá estar de acuerdo en el cronograma establecido, pero una vez acordado, deberá ser respetado. Recuerde que si el desayuno está pautado para las 5 de la mañana, el personal de cocina deberá estar al pie del cañón a las 4. Lo mismo ocurre con el personal de campo, conductor, rastreadores, guardaparques, y el propio profesional que estarán listo a la hora señalada para la partida. Todo está perfectamente ordenado en un campamento de safari, por lo que también es un gesto de cortesía respetar sus horarios en la medida que esto sea posible.

5.- Regateo
La industria de safaris en África deja actualmente poco lugar a la improvisación. Todo está perfectamente organizado desde el primer momento; desde la gestión de los permisos de caza, la asignación del personal del campamento, los guardaparques que actuarán como rangers en las áreas de cacería, la logística y administración, la asignación de guías locales para cada cliente, etc. Esto hace por otra parte, que poco sea lo que se puede regatear u obtener del operador que ya no esté especificado en las condiciones de contratación. Si tiene que negociar algo, hágalo antes con la persona a cargo expresándole sus requerimientos. Pero también recuerde que el tratar de regatear con el guía para obtener alguna ventaja extra, como disminución de precios, posibilidad de cazar especies no establecidas en los permisos, o simplemente obtener una ventaja en cualquier otra circunstancia en detrimento del propio profesional o de la empresa outfitter, no solo no tendrá resultados positivos, sino que dejará al cazador mal parado a los ojos del equipo que trabaja duro para lograr un safari exitoso.

6.- Respeto y cortesía
Las reglas normales de cortesía y civilidad se aplican en cualquier campamento de cacería al igual que en cualquier otra circunstancia. No hay mucho que ahondar sobre este particular. En lo personal jamás he tenido ningún problema con cazadores en este respecto. Al contrario, la relación que se forja entre clientes y el equipo de asistentes es admirable. Tal vez sea por nuestra cálida cultura latina o tal vez por el alto nivel educativo con el que contamos. De cualquier forma, al final del safari, las despedidas siempre son emotivas y afectuosas. He visto sí, ver tratar como simples sirvientes al personal de color por parte de algunos cazadores extranjeros, algo que a estas alturas ha quedado afortunadamente fuera de lugar del continente africano.   

7.- Paciencia
La paciencia es -sin dudas- una de las principales virtudes con las que debe contar un cazador. Esto está clarísimo, pero debe tenerse más en cuenta aún si luego de cuatro días de estar recorriendo kilómetros a pie en busca de algún esquivo trofeo, no se ha podido dar con él y sólo se han disparado los tiros para regular el rifle. Las situaciones pueden ser más que variadas: sólo se ven huellas de los animales buscados en el área, no se encuentra el trofeo que uno busca en particular, se han perdido las oportunidades de cazarlo al acercarse, los animales han abandonado el área de caza y muchas situaciones por el estilo. En cualquiera de estos casos, solo cabe analizar la situación junto al profesional, buscar nuevas estrategias y ser paciente. Pero además de estas tres condiciones, le sugiero como detalle de cortesía, que le haga saber a su guía, que comprende cabalmente la situación y que como buen cazador, no se desesperará si el resultado no es el buscado. Este gesto de caballerosidad será muy apreciado por el profesional quien -estoy seguro- hará todo el esfuerzo posible para que usted cace lo que está buscando. Como dicen los ingleses, él hará la “milla extra” para que esto suceda, pero con la confianza de que están entre caballeros que entienden y comparten uno de los pilares fundamentales de la deportividad de esta actividad: la incerteza de la caza.

8.- Expectativas racionales
No me refiero aquí a la teoría económica de este mismo nombre, sino a la actitud que debería tener el cazador a la hora de buscar los distintos trofeos en su safari. Expectativas racionales y razonables deberían ser las que se tienen cuando se inicia la cacería en cualquier parte del mundo.
Es naturalmente muy deprimente darse cuenta en el lugar, que las medidas de trofeo que uno busca no existen allí. La solución es obviamente averiguar con anterioridad los niveles promedios de los trofeos representativos en esa región. 
Para eso puede recabar información en los libros de récords existentes, preguntarle a algún amigo que haya cazado en esa área recientemente, o hablar con su cazador profesional sobre las expectativas que tiene y conocer cuál es su opinión al respecto. Esta información, si es conocida de antemano, evitará desilusiones al cliente y presiones extras al profesional que puedan opacar la magnífica experiencia que un safari africano representa. 

9.- Comunicación con el cazador profesional
Esto es fundamental para garantizar el éxito de un safari. La comunicación con guía debe ser fluida desde mucho antes que comience la cacería. Ya sea por correo electrónico o personalmente, pregúntele, asesórese sobre todo lo que considere necesario: alojamiento, comodidades, tipo de geografía, forma de cazar, calidad de trofeos esperados, y todo lo que se le ocurra. De la misma manera, una vez iniciado el safari, mantenga la comunicación con él y participe en las decisiones, estrategias y planes de acción que deberán tomar en conjunto. La confianza con su guía le permitirá tal vez señalarle a él cosas que deberían mejorar o perfeccionar en la operación, así como también expresarle aquello en lo que concuerda o le parece bien. Este ida y vuelta ayudará mucho al profesional en su trabajo con las naturales consecuencias en el éxito final de la cacería.  

10.- Propinas justas
No hace mucho hablamos también sobre las maneras posibles de estimar una propina correcta para el personal del safari. Algo que en estos días, si bien es voluntario, es también una regla no escrita de uso común en los safaris internacionales. En este caso, quisiera señalar, que una norma de etiqueta importante en el campamento, es aceptar las sugerencias del cazador profesional en este respecto. Con esto quiero decir que si bien las propinas son absolutamente voluntarias, existe siempre un rango en el que se mueven los valores del dinero a otorgar al personal. Por esa razón, trate de ajustarse a los usos y costumbres en este sentido. Una propina inferior a la media, puede ser tomada como una muestra de disconformidad por parte del cliente, algo que no está mal si realmente existiera esa disconformidad en el servicio o en la atención. Pero también un exceso en los valores de la propina, puede traer aparejados problemas para el guía profesional o la empresa outfitter, en especial cuando se trata del personal nativo. Para ilustrar una situación de este estilo, me permito contar el caso de un rastreador que al día siguiente que se fuera el cliente del campamento, vino a pedir los 250 dólares que le faltaban de su propina. Al preguntarle de qué estaba hablando, ya que el dinero había sido entregado en mano, contestó que el cliente le había dejado 100 dólares (que era el monto usual para gratificaciones en aquel lugar), pero que otro cliente le había dejado 350 dólares al otro rastreador del equipo por un período similar de safari. Lo que no entendía el rastreador, era que las propinas eran un regalo voluntario, y no un derecho adquirido. Explicado esto, se solucionó su humor y no pasó a mayores. Pero lo que el cliente nunca supo, fue que generó una situación de tensión gracias a su excesiva generosidad.  

domingo, 30 de septiembre de 2012

Rowland Ward, el inquieto taxidermista victoriano


Por Eber Gómez Berrade

El nombre de Rowland Ward se relaciona -hoy en día- con la persona que inventó las mediciones de trofeos de caza mayor. Es cierto que fue el creador del primer libro de récords del mundo, y al mismo tiempo del sistema de medición creado ad hoc para inscribir dichos trofeos. Pero Ward fue mucho más que eso. De hecho fue taxidermista, escultor, naturalista, pescador, cazador, decorador, hombre de negocios, autor y publicista de numerosos libros. En definitiva, un personaje inquieto y apasionado, amante de la naturaleza y claro exponente de la Inglaterra imperial de fines de siglo XIX regida por la reina Victoria.    
James Rowland Ward nació en Londres en el año 1847, en el seno de una familia de amantes de la naturaleza. Su padre, Henry Ward era en su tiempo taxidermista y naturalista, propietario de un prestigioso taller de taxidermia londinense, y muy amigo del ornitólogo francés John James Audubon, a quien acompañó en varias de sus expediciones en busca de nuevas especies por la América del Norte.     
El joven James, hijo menor de la familia, heredó de su padre el amor por la naturaleza y el buen gusto en el arte. Se aficionó desde muy chico a la escultura y a la pintura, y abandonó sus estudios a los catorce años para convertirse en aprendiz en el taller familiar.
A medida que iba progresando en su aprendizaje, el joven Ward iba creando sus propios moldes y de vez en cuando haciendo trabajos por cuenta propia.
Su primer encargo conocido es un par de halcones peregrinos, que actualmente se encuentran exhibidos en el Museo de Glasgow, en Escocia, y datan de 1868, cuando sólo tenía veintiún años de edad. Un tiempo después montó dos cabezas de caballo para un excéntrico cliente que los había comprado durante la Guerra de Secesión de los Estados Unidos. Este trabajo quedó tan bien que como consecuencia de ello, fue comisionado por otro empresario de fortuna para montar una colección de trofeos de cuerpo entero destinada a decorar su casa de campo en las afueras de Londres. Tenía entonces, veinticuatro años. Fue un trabajo largo y bien remunerado, por lo que el joven Ward vio la oportunidad de independizarse invirtiendo el dinero que había ganado para abrir su propio negocio de taxidermia en Harley Street, en Westminster bajo el nombre de J. Rowland Ward”. En 1879, un año después de la muerte de su padre, adquiriría la que sería su famosa sede en el 158 de Piccadilly Street, bajo el nombre de “Ward & Co. Ltd” también conocida como “Rowland Ward of Picadilly” o simplemente “La Jungla”. El estudio se convirtió en el lugar obligado para todos los cazadores y pescadores de la época que recorrían este famoso barrio londinense. 
En 1886 su estudio participó de la Exposición India y Colonial con cuatro majestuosos exhibidores donde recreó diversos ambientes exóticos. En uno de ellos colocó un elefante entre cuatro tigres de Bengala, todos montados de cuerpo entero. En otro stand, denominado “La vida en la jungla”, -también ambientado en un escenario indio- incluyó un elefante, más tigres, antílopes, cocodrilos y serpientes colgadas de árboles. Para esta muestra hizo traer especialmente pastos altos, cañas de bambú y palmeras de la India para completar la decoración. El éxito fue rotundo, tanto es así que esa misma decoración fue replicada en las exposiciones de 1895 y 1896.
Ward era sin dudas, un perfeccionista. Podía llevarle 30 horas diseñar solo la expresión de un tigre. Pasaba largas horas en el Zoológico de Londres estudiando los animales, tomando notas de sus cuerpos, expresiones, y movimientos. Sus condiciones de naturalista y de pintor, le ayudaban para armar sus borradores que luego usaría a la hora de esculpir los moldes de sus piezas. A partir de entonces sus stands en las exposiciones serían conocidos como “La Jungla”, marca que iba a ser registrada posteriormente y usada como logo en las etiquetas de sus embalajes. En 1898 cambió el nombre de su compañía a “Rowland Ward Ltd.”, consolidando la fama de ser el mejor estudio de taxidermia del Imperio.

Inventor y decorador
Su personalidad curiosa y ambiciosa, hizo que Ward no se conformara sólo con ser el mejor taxidermista de su época, sino que también lo impulsó a explorar nuevos negocios –naturalmente relacionados a su actividad-, para complementar los trabajos de su estudio. Así fue que creó una original colección de muebles y artículos de decoración compuestos por partes de trofeos de caza a los que se llamó “Wardian furniture”. Ya en 1872 había inventado la lámpara zoológica, hecha con animales pequeños en diversas actitudes. Convirtió tortugas de la India en cajas de música, cocodrilos en cajas de cigarros o paraguas, osos en posaplatos, cráneos de tigres en veladores, huevos de avestruz en azucareras, pezuñas de caballos en tinteros, tabaqueras, campanas o cajitas  de fósforos, y cornamentas de ciervos en mangos de cuchillos. Incluso fue él quien comenzó a utilizar los despojos de los elefantes en artículos de decoración. Normalmente los clientes utilizaban sólo los colmillos de marfil en exhibición, o algunos más intrépidos podían montar la cabeza entera sobre una pared de su sala de trofeos. Pero Ward fue el primero que comenzó a utilizar el cuero para hacer bandejas, las patas del paquidermo para gabinetes de bebidas, cajas de costura, o papeleros.   
Cuando el Príncipe de Gales, heredero al trono británico, cumplió las bodas de plata con su esposa en 1888, Ward les obsequió al matrimonio un cocodrilo montado como aparador para vajilla.
En cuanto al arte de la taxidermia propiamente dicho, Ward fue el inventor de numerosas técnicas que revolucionaron la actividad y que hoy siguen vigentes.

El Libro de Récords
Siguiendo con su pasión por los nuevos emprendimientos, Ward comenzó a pensar en convertirse en autor, escribiendo sus propias experiencias de viajes y naturaleza.
Pero no fue hasta 1892 que tuvo la genial idea de crear el primer libro de récords de trofeos de caza. Lo llamó “Horn Measurements and Weights of the Great Game of the World”, que traducido es “Medidas y pesos de cuernos de especies de caza mayor del mundo”.
El objetivo de este trabajo era el construir una especie de “mapa” de los mejores trofeos del mundo, dedicado fundamentalmente a cazadores y científicos. El libro contaba con las medidas y pesos de los animales recolectados e inscriptos, así como la distribución y características de cada especie. Cada pieza estaba listada por orden de mayor a menor y por fecha de recolección. El libro estaba ilustrado también con dibujos y fotografías de animales montados de cuerpo entero y de medio cuerpo. De esta manera, deportistas y zoólogos podrían ver de inmediato en qué lugar del planeta estaban los mejores animales de cada especie, y analizar los cambios de acuerdo al paso del tiempo.
La segunda edición del libro de récords se llamó “Records of Big Game”, tal como se lo conoce hoy día, y fue publicada en 1896. Así como la primera edición contenía mediciones tomadas por el propio Rowland Ward, a partir de la segunda, la información fue suministrada por muchos cazadores y deportistas en el mundo entero como se sigue haciendo en la actualidad.
Todas las ediciones que le siguieron contenían mediciones de animales del todos los continentes. Esto fue así hasta la novena edición inclusive de 1928. A partir de la décima edición sólo se listaron las especies de África y Asia solamente. De la onceava a la décimo novena, sólo se listaron las de África. La vigésima edición volvió a incluir Asia junto a África, y la vigésima primera cubrió exclusivamente las especies de Europa. Recién a partir de la edición vigésimo segunda -del año 1989-, hasta la actual vigésimo octava -de 2010-, es que se incluyeron a los trofeos de todos los continentes.
En el año 2002, la compañía debió dividir en dos volúmenes el libro, debido a la gran cantidad de ingresos que recibían y que se iban acumulando. En la presente edición, un volumen está dedicado a las especies africanas, y el otro a las de Norte y Sud América, Europa, Asia y Oceanía.
La importancia de este libro para los cazadores, es fundamental, no sólo por ser el primero de su clase en la historia, sino porque se enfoca exclusivamente en la calidad de las especies de cada área. No importa si el trofeo fue cazado o encontrado, tampoco genera competencia entre los cazadores ni premia al “mejor cazador”. Simplemente deja constancia de la evolución del mapa zoológico de las especies de caza mayor en cada continente.
Para poder inscribir los pesos y medidas de cada trofeo, Ward ideó paralelamente su propio sistema de medición, que dividió en 18 métodos para las distintas clases de especies, y que vale la pena analizar en otro artículo dedicado especialmente a ello.
Este sistema, fue usado luego en base a los demás sistemas vigentes en el mundo entero, pero cabe la aclaración que el viejo “Rowland Ward”, sigue siendo el más utilizado por los cazadores profesionales en África en la actualidad. 

Autor y Publicista
A esta altura del partido, ya se puede ver la enorme capacidad de trabajo que tenía Ward, así como la creatividad para generar nuevos productos relacionados a su actividad. Su gusto por las letras, lo llevó a crear su propia editorial, que entre los años 1880 y 1911, publicó más de 30 títulos, todos orientados a la caza mayor y sus trofeos.  
Como autor, él mismo, publicó en 1880 su libro “Rowland Ward´s Sportsman Handbook to collecting and preserving trophies & specimens”, dedicado a diversos temas como armas y calibres, instrucciones sobre medición, preparación primaria de trofeos, notas taxonómicas de las especies de caza mayor, etc.  
A esta obra, no muy grande por cierto en tamaño, pero convertida en un clásico temprano en la literatura de caza mayor, le siguieron otras que pendularon entre la cacería y la pesca, actividades que obviamente lo apasionaban.
Así es que en 1898, publicó “The English Angler in Florida”, con sus anécdotas y fotografías propias de su viaje de pesca que realizó a los Estados Unidos el año anterior, y en el que aprovechó para visitar el Museo de Historia Natural de Nueva York, donde se encuentra la colección de aves de Audubon, muchas de las cuales fueron recolectadas por el ornitólogo junto a su padre Henry, unos sesenta años antes.
En 1908, Ward publicó “The Sportsman's British Bird Book”, algo así como el libro de aves del deportista británico, con más de 300 ilustraciones de pájaros montados en su propio estudio de taxidermia.
En 1913, un año después de su muerte, la editorial publicó su autobiografía “A Naturalist's Life Study in the Art of Taxidermy”. Originalmente el libro fue ideado para una circulación privada y reducida entre sus amigos y clientes, no más de cincuenta en total. Allí Ward, más que exponer su vida privada, detalla los métodos que utilizaba en su estudio, junto con varias anécdotas ocurridas a él y a varios de sus amigos en diversos safaris africanos y shikars indios. Un libro raro, pero my interesante. 
La compañía editorial Rowland Ward, publicó también en vida de su fundador, varios clásicos de la literatura cinegética como "Travel and Adventure”, y “Sunshine and Storm in Rhodesia”, de Frederick Courteney Selous; "Game Animals of Africa”, de Lydekkers; y “Great and Small Game of Africa” de Bryden.

Naturalista
Otra faceta importante en la vida de este inquieto personaje victoriano, fue su amor y conocimiento de zoología, algo que le valió la distinción de ser nombrado Fellow de la Zoological Society de Londres en 1879.
Como es de imaginarse, fue amigo personal de muchos de los más reconocidos y afamados exploradores, cazadores y naturalistas de la época, como el mencionado Selous, Sir Samuel Baker y Arthur Neumann, por nombrar sólo algunos, a muchos de los cuales les publicó sus obras.
Por sus dotes de naturalista Ward también contó con el extraño privilegio de ser homenajeado a través de varias especies zoológicas, tales como la subespecie de ibex asiático “Capra sibirica wardi”, una subespecie de reedbuck africano “Redunca redunca wardi”, y una subespecie de oso malayo “Ursus malayanus wardi”.
Su pasión por la naturaleza lo acompañó hasta su muerte. Su vida privada, se mantuvo así, privada y poco escribió sobre ella. Estuvo casado con Lina Ward, quien falleció en 1951 y quien fuera veinte años más joven que él. Nunca tuvieron hijos. Rowland Ward murió de neumonía en 1912, en Boscombe, Inglaterra, luego de un extenso período de enfermedad.

El presente de Rowland Ward
Luego de su muerte, el estudio de taxidermia y la editorial siguieron funcionando, atravesando los complicados períodos de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. En 1946, Gerald Best tomó a su cargo la conducción de la empresa orientándose a una clientela extranjera, mayormente de los Estados Unidos e India. La guerra ya había pasado y los safaris africanos estaban de nuevo tomando vigor entre las clases acomodadas del mundo entero. Potentados estadounidenses y marajaes hindúes podían enviar decenas de tigres, leones y elefantes a los estudios de Picadilly en aquellos días.
Alentado por esta coyuntura, Best decidió abrir un local en Nairobi, Kenia, capital de los safaris africanos. Allí los clientes llegaron a enviar hasta tres leones por semana para montarlos de cuerpo entero. Todo parecía marchar sobre rieles, pero la tormenta se cernía sobre la prestigiosa empresa y su suerte estaba echada. Comenzaron a aparecer competidores en los Estados Unidos, como la firma “The Jonas Brothers” de Denver, -de actual fama internacional-,  que ofrecían trabajos de igual calidad y buen gusto.
A la muerte de Best en 1969, la empresa pasó a sus hijos pero se dividió y comenzó su período de declinación definitiva. El estudio de taxidermia cerró un año después. Los derechos de la editorial que incluían al libro de Récords fueron vendidos a la organización Game Conservation International de San Antonio, Texas en 1982. Y en 1983 la empresa cerró sus puertas definitivamente.
El libro de Récords siguió publicándose hasta que sus derechos fueron vendidos a su vez a un editor sudafricano, Stephen Smith. Al morir éste, fueron comprados por la familia Halse, también de Sudáfrica, donde se edita actualmente. 
Hoy la firma Rowland Ward además de continuar con la publicación del famoso “Record Book”, y el “Sportsman Handbook”, ha incorporado nuevas unidades de negocios como la publicación de libros de terceros, material gráfico y de video relacionado a la caza y la historia natural, así como colección de indumentaria y accesorios para cazadores y tiradores. Además desde hace ya unos años, la firma reflotó la “Rowland Ward´s Guild of Field Sportsmen”, creada por Robin Halse, G.A. Sparks y Stephen Smith en Sudáfrica, organización dedicada a la propagación y mantenimiento de los más altos estándares de ética en la caza mayor deportiva. Un legado digno para un apasionado artista y cazador como Rowland Ward.

sábado, 14 de julio de 2012

No está prohibido cazar elefantes




Por Eber Gómez Berrade


Así es, no está prohibido cazar elefantes. Para los que formamos parte de la comunidad de cazadores esto no es ninguna novedad, pero para una buena parte de la opinión pública parece que sí es algo nuevo. Durante las últimas semanas han surgido todo tipo de versiones, comentarios, opiniones y aseveraciones descabelladas sobre la situación del elefante africano. Incluso algunos medios de comunicación se hicieron eco de esto ayudando a crear un poco más de confusión. Por esa razón, quisiera aclarar algunos de esos conceptos a mi entender erróneos.
En primer lugar, que la caza del elefante no está prohibida. En el transcurso de este artículo, señalaré cuáles son los países que permiten su caza deportiva y por lo tanto legal.
En segundo lugar, que los elefantes no están en extinción como especie biológica. Como se verá, están bajo una categoría de protección, han sufrido y sufren aún una fuerte persecución por parte de las bandas de furtivismo organizado, que hace que en algunas regiones disminuya alarmantemente su cantidad. Pero también sufren las consecuencias de la sobrepoblación en parques nacionales, que atentan contra su propio hábitat natural.
Y en tercer lugar, señalar que afortunadamente existen varios países, mayormente en el sur de África, que cuentan con proyectos de conservación basados en programas conjuntos de cazadores deportivos y comunidades locales que están dando muy buenos resultados para lograr un desarrollo sustentable de las poblaciones de elefantes.

La maldición del “oro blanco”
La declinación de las grandes manadas de elefantes tuvo lugar, durante la época colonial europea, cuando era legal su caza para obtener el marfil. Aquellos “marfileros”, “ivory hunters”, o como se los denominara en esa època, tenían mucho de romanticismo aventurero y mucho más de negocios despiadados. Lo cierto es que el período de descolonización africano, que comenzó en la década del 60, especialmente entre los años 1960 y 1964, estuvo lejos de terminar con la cacería indiscriminada de este magnífica especie, sino que por el contrario profundizó aún más las matanzas, provocando entre los años 1970 a 1985, un daño gravísimo que llevó a poblaciones enteras de elefantes a niveles cercanos al exterminio.
Esta situación fue impulsada por muchos de los líderes africanos que tomaron el poder cuando las potencias europeas se retiraron del continente. Idi Amin en Uganda, el “Emperador” Bokassa en el dislate conocido como Imperio Central Africano (Hoy República Central Africana), Mobutu Sese Seko en Zaire, la familia de Jomo Kenyatta en Kenia (que paradójicamente prohibió la caza deportiva en ese país en 1977), y hasta el actual y eterno Robert Mugabe en Zimbabwe, incrementaron sus arcas personales con el dinero proveniente del “oro blanco”, que era exportado mayormente a naciones asiáticas, como China, Taiwan, Corea, Singapur y Taiwán. A todos estos dictadores, el tráfico de marfil les otorgaba la “caja” necesaria que sus mal administradas economías requerían, para sostener en el tiempo sus regímenes autoritarios y populistas, que a la larga, diezmaron el continente, a su gente y también a sus elefantes.

Prohibición del tráfico de Marfil
En 1988 los países firmantes del CITES (Convenio Internacional de Tráfico de Fauna y Flora), decidieron la total prohibición del comercio del marfil y de todos los despojos de los elefantes, que incluía las pieles, pelos y cualquier otra cosa que pudiera comercializarse. La medida si bien para algunos llegó un poco tarde, sirvió por lo menos para detener la exterminación total de estas magníficas bestias.
De manera paralela casi, muchos países africanos aplicaron una férrea regulación en lo que respecta a la caza deportiva, instaurando en algunos de ellos vedas totales, y en otros la asignación de cuotas de caza estrictamente auditadas.
Para tener una idea más o menos clara de lo que fue este proceso, vale recordar que a mediados del siglo XX se podía cazar legalmente elefantes en 28 países. Hoy sólo se los puede cazar en 8. Muchos, de los veinte que quedaron en el camino, han dispuesto una prohibición absoluta. Otros simplemente los mataron a todos, como el caso de la República Democrática del Congo, Etiopía, Liberia, Sierra Leona, Costa de Marfil, Somalía, Nigeria, Sudán, y un triste etc.

Donde sí se cazan legalmente elefantes
Botswana
Este país es uno de los reductos más importantes de elefantes de toda África. Se estima que allí habitan unos 160.000 animales, lo que representa un aumento del 25% en los últimos 25 años, y lo que la ha llevado a convertirse hoy en día en el paraíso para estos paquidermos. Las grandes manadas se ubican en el norte húmedo (Botswana tiene el desierto del Kalahari al sur), en lo que conforma el Parque Nacional Chobe, el delta del Okavango, y los territorios vecinos de la Franja de Caprivi en Namibia y el Parque Nacional Wankie en Zimbabwe. Sin embargo Botswana, a pesar de los excelentes resultados que la caza deportiva le brindó a sus recursos naturales, hoy en día se encuentra lamentablemente inmersa en un en lento y paulatino proceso de prohibición de esta actividad.
Camerún
En Camerún conviven las dos especies de elefantes africanos que existen: la de sabana en el norte y la de foresta en el sur.  Se estima que entre ambas especies este país cuenta con unos 15.000 elefantes, sin embargo en estos momentos padece una fortísima agresión por parte de bandas armadas y muy bien organizadas de furtivos, que han puesto en alerta a la comunidad internacional y a las organizaciones conservacionistas y de caza deportiva de todo el planeta.
Mozambique
Antes de que Mozambique lograra su independencia de Portugal en el año 1975, se estimaba una población total de elefantes de alrededor de 60.000, ahora luego de los perjuicios logrados durante varios años de guerra civil e intenso furtivismo se estima en unos 20.000 ejemplares. Afortunadamente este país se ha recuperado para la cacería y se está transformando en un hábitat adecuado para los elefantes.
Namibia
Las mayores poblaciones de elefantes en este país, que se han duplicado en los últimos cuarenta años,  se encuentran en áreas bien definidas. La Franja del Caprivi, Bushmanland y Etosha. La primera, al norte limita con Angola, Zambia, Botswana y Zimbabwe. Allí las manadas se mueven libremente entre el delta del río Okavango en el oeste y el río Kwando en el este. En Bushmanland, un inmenso territorio situado al noroeste del país, frontera con Botswana, han salido monstruos de más de 100 libras, algo absolutamente extraordinario en los tiempos modernos. En Etosha, donde está ubicado uno de los parques nacionales más grandes del mundo, también se encuentran  manadas que han visto duplicado su tamaño en los últimos años. El gobierno de Namibia implementa con mucho éxito programas de cacerías de regulación de elefantes, llevadas a cabo por cazadores deportivos, para beneficio propio de sus poblaciones locales.
Sudáfrica
Los elefantes aquí han estado protegidos desde el siglo XIX, cuando se tomó conciencia de la presión de caza que los “marfileros” ejercían y que puso en peligro a la especie. Desde entonces los resultados de su conservación no han podido ser mejores. Entre el Parque Nacional Kruger, el Ado Elephant y otras reservas se calcula hoy una población total de 250.000 ejemplares.
Tanzania
Tanzania prohibió la caza deportiva en 1977 siguiendo el ejemplo de su vecina Kenia, y también siguiendo su ejemplo, fue testigo de inmensas masacres de animales por la codicia del marfil. En ese entonces había unos 300.000 elefantes en su territorio. Sin embargo, este país re abrió la caza deportiva, convirtiéndose ahora en la perla del África del Este y gracias a un buen manejo de conservación en sus extensos parques nacionales se calcula que casi se llega a unos 80.000 elefantes.
Zambia
Hace medio siglo aproximadamente habitaban unos 150.000 elefantes en ese país, conocido como Rodhesia del Norte. Ahora, luego de una muy intensa ofensiva de furtivismo se cree que quedan unos 30.000 ejemplares. Estos sobrevivientes pueden hallarse hoy en el valle del Luangwa, en el Zambezi y en el lago Mweru.
Zimbabwe
Antes de su independencia, el país llevaba a cabo una muy eficaz política de protección de elefantes. Eso hizo que en casi un siglo, se pasara de unos 5.000 ejemplares a unos 80.000. Lamentablemente hoy día, la crisis social y económica que afecta a esa nación africana, ha tenido se correlato en la falta de un manejo adecuado de sus recursos naturales, incluidos naturalmente, el elefante.

El verdadero enemigo del elefante
Para los que formamos parte de la comunidad de cazadores, decir que el furtivo es gran enemigo de la fauna silvestre -en cualquier parte del mundo-, es casi una verdad de Perogrullo. Sin embargo, para la opinión pública no informada adecuadamente, tal vez sin mucho interés en el tema y muchas veces proclive a opiniones reduccionistas, no hay mucha diferencia.
La noticia de una masacre de 450 paquidermos en Parque Nacional Bouba Ndjida  de Camerún disparó inmediatamente las críticas sobre la legalidad del la caza deportiva llevada a cabo tanto por reyes como por simples mortales de a pie, pero también por otra parte, ha puesto en alerta a las naciones sobre la causa original de este problema, que no es otra cosa que la necesidad de recurrir a fondos ilícitos. Así como lo hicieron en su tiempo los tiranos de turno en la época poscolonial, ahora el marfil es intercambiado por dinero, armas y municiones para apoyar a los conflictos de baja intensidad en países como Chad y Sudán.

Debate entre prohibición y raleo
En la actualidad las visiones sobre el manejo adecuado de la especie, no puede ser más divergente. Por un lado están los prohibicionistas, aquellos que creen que el elefante está en peligro de extinción en todo el continente y por lo tanto debe ser prohibida su caza deportiva de manera absoluta. Por el otro, están los que al contrario, observan el gran impacto ambiental que la sobrepoblación y la falta de espacio vital que afecta a esta especie, provoca en la riqueza biológica de numerosos ecosistemas, y proponen en algunas áreas operaciones de raleo para bajar la población a niveles de sustentabilidad biológica.
Naturalmente que la destrucción de los árboles es una actividad normal entre los elefantes, siempre lo ha sido. Pero antes, hace miles de años, una vez que desmontaban  un área, la abandonaban e iban en busca de nuevos bosques para alimentarse. Hoy ya no pueden hacer eso, simplemente porque fuera de ese parque o reserva viven cada vez más humanos que compiten por un espacio en donde vivir.
El raleo o “culling” se ha convertido en un tema sensible en el ámbito académico y político internacional, pero que a pesar de parecer paradójico, se está haciendo necesario  en lugares como Botswana, donde -desde hace unos años- se le está dando mayor prioridad a los safaris fotográficos que a los de cacería, con el consecuente impacto ambiental.
Este hecho que para muchos “ecologistas” es una buena noticia, es todo lo contrario para los biólogos y conservacionistas, ya que el aumento de la tasa demográfica de ejemplares en un medio ambiente de extensión constante, está provocando graves daños al medio ambiente y una importante pérdida de diversidad biológica, fenómeno que ya se está extendiendo a países vecinos. Por lo que algunos especialistas no descartan la necesidad de “ralear” ejemplares, como medida de control poblacional.
La “depredación” provocada por las grandes manadas de proboscídeos confinados a un territorio determinado como un parque nacional, provoca un daño ambiental sólo superado por el que produce el ser humano. Un par de datos más: en Murchison y en el legendario Parque Nacional de Tsavo en Kenia, (escenario de los famosos leones devoradores de hombres) los elefantes convirtieron los bosques en sabanas, lo que perjudicó a los elefantes, como así también a una enorme variedad de diversidad biológica. La culpa, claro está, no la tienen los pobres elefantes, sino el gran crecimiento de la población humana que provoca concentración y confinamiento de las grandes poblaciones de fauna silvestre en parques acotados. Botswana, por su parte, un país que suele emitir unas 400 licencias para cazar elefantes machos adultos por año, y que se encuentra en un proceso de reconversión de sus áreas de caza en reservas de avistamiento de fauna, ya se está viendo este  desbalance en la tasas de crecimiento de la población de elefantes. ¿Será cuestión de tiempo que el famoso delta del Okavango siga los pasos del célebre Tsavo?. 

El factor de la caza deportiva
El turismo cinegético y más precisamente los safaris de elefantes están, -allí donde se permite su caza-, estrictamente regulados por estados y organismos supranacionales, y se han convertido en una herramienta fantástica de conservación que incluye a la comunidad de cazadores organizados, organismos de conservación, científicos, autoridades gubernamentales y pobladores locales en un círculo virtuoso que además de velar por la supervivencia de las especies, ayuda también a mejorar la calidad de vida de aquellas poblaciones alejadas de los grandes centros urbanos.
Como vemos está lejos de ser una amenaza para la supervivencia de las especies de fauna silvestre. Todo lo contrario. Los países del oeste de África y Kenia han prohibido la caza deportiva hace años, sin embargo cuentan con los más altos índices de daño ambiental en sus parques nacionales y una tremenda pérdida de biodiversidad. En el sur del continente, proclive a la caza deportiva, las poblaciones de elefantes son estables y en algunos casos hasta se están incrementando hasta el punto de pensar en su raleo.
Por lo que queda demostrado que la caza deportiva nunca ha puesto en peligro de extinción a especie alguna, pero tampoco es un arma efectiva para el control de poblaciones de fauna silvestre, como es el caso de los conflictivos elefantes. 

sábado, 28 de abril de 2012

Entrevista a Alberto Vázquez-Figueroa

Sobre elefantes, novelas y aventuras

Por Eber Gómez Berrade
  
Definir al escritor español Alberto Vázquez-Figueroa en pocas líneas es casi imposible. Para empezar digamos que es una de las plumas más prolíficas de habla hispana con más de un centenar de novelas publicadas. En su larga y aventurera vida ha sido buzo, corresponsal de guerra, inventor, cineasta y cazador de elefantes en el África central. Justamente de esa etapa conversamos mano a mano con quien -sin dudas- es una de las personalidades más atractivas de la literatura contemporánea.
Como presentación, vale decir que Alberto Vázquez-Figueroa nació en 1936 en Santa Cruz de Tenerife. Antes de cumplir un año, su familia fue deportada por motivos políticos al norte de África. Al poco tiempo su madre falleció y su padre enfermó. Así que fue enviado a vivir con un tío que era administrador civil de un fuerte militar en el desierto del Sahara. Allí aprendió a leer y escribir, y siendo niño se apasionó con La isla del Tesoro de Stevenson, El corazón de las tinieblas de Conrad y las creaciones de Julio Verne. Siendo adolescente volvió a España y estudió buceo, al recibir su habilitación se enroló con Jacques Cousteau con quien pasó dos años, y luego comenzó a trabajar de profesor de submarinismo en un buque escuela.
Navegó alrededor del mundo, participó en operaciones de rescate subacuático, y luego estudió periodismo. Cómo dice en el transcurso de la charla, su idea no era “pasarse la vida en una redacción sino ver mundo”. Volvió a África, pero esta vez al centro del continente. Allí luego de su experiencia como cazador, se convirtió en corresponsal de guerra, y se largó a cubrir las revoluciones en Guinea, Chad, Congo, República Dominicana, Bolivia, y Guatemala. A los 27 años escribía para La Vanguardia, y llegó a ser periodista joven mejor pagado de España.
Su primera novela fue Arena y Viento que escribió a los 16 años, recién comenzó a ganar dinero con la literatura a los 40 años cuando publicó Ebano. Y el reconocimiento literario le llegaría con Tuareg, según él, su mejor novela. A partir de ahí se convirtió literalmente en una “máquina de escribir”. Ya lleva más de cien títulos en su haber, más de 15 millones de ejemplares vendidos sólo en España, y es uno de los autores más traducidos en el mundo entero. Algunos de sus libros fueron llevados al cine en más de veinte películas, en las cuales participó como guionista o como director. Así fue que actores de la talla de Omar Shariff, Peter Ustinov, Mark Harmon, Michael Caine, Alberto de Mendoza, José Sacristán y William Holden, dieron vida a sus personajes en la pantalla grande. En los últimos años y paralelamente a su producción cultural, desarrolló una actividad completamente distinta: la de inventor. Así fue como un día se dio cuenta que utilizando el fenómeno de ósmosis inversa, se podía desalinizar agua de mar convirtiéndola en potable y generando al mismo tiempo energía eléctrica libre de contaminación y por sobre todo, barata. Su invento se transformó en proyecto, que hoy se disputan varios países del Oriente Medio.
Vázquez-Figueroa tiene miles de anécdotas, muchas muy extrañas; fue mordido por vampiros en el río Napo de la Amazonia, y desde entonces no puede comer ajo; fue atacado por una orca en las islas Galápagos; y un largo y sorprendente etcétera. Pero acá estamos, listos para conversar sobre lo que más nos interesa: la caza del elefante en África central.

¿Cuándo decidió convertirse en cazador de elefantes?
A mediados de la década del 60, poco tiempo después de terminar mis estudios en la Escuela de Periodismo volví a África, después de vivir mi niñez en el Sahara Español. En esa época no quería pasarme el resto de mi vida en la redacción de un periódico, escribiendo sobre cosas que nunca iba a presenciar. Cuando uno se ha criado en el desierto y se ha empapado de libros que le hablan de las maravillas del mundo quiere ir a verlo con sus propios ojos.
Así fue que llegué a la Guinea Española, y conocí en una partida de póquer a quien iba a ser un gran amigo mío, Mario Corcuera. Mario era piloto, comandante de Caravelle, y un muy buen cazador a quien llamaban para hacer operaciones de raleo de elefantes. Y un buen día me pidió que lo acompañara.

¿En qué circunstancias las autoridades solicitaban estas operaciones?
Como bien sabes los elefantes suponen un peligro para la subsistencia de algunos poblados, porque cuando llegan a viejos pierden su tercer juego de muelas y, al quedar desdentados, toman la costumbre de entrar en los campos de cultivo a comerse el maíz o la yuca muchas veces terminando con lo que esa aldea tiene para subsistir durante todo el año.
La tarea del cazador regulador, a diferencia del cazador profesional, es la de equilibrar los tantos. No se puede permitir que los elefantes acaben con los sembrados pero tampoco que se acabe con ellos. Además los elefantes viven casi ochenta años, cuando el resto de animales africanos vive quince años como máximo. Se beben en un solo día lo que beberían cincuenta animales diferentes. Por eso, hay momentos en que tienes que elegir entre matar elefantes o dejar morir a otras cincuenta especies diferentes. No se trata de matar por matar sino de balancear las poblaciones de diferentes especies.

¿Y cómo era el trabajo de regulación que realizaban?
Nos avisaban de que un macho viejo había pasado por un poblado y teníamos que darle caza. Tal vez esa aldea estaba a cuatro o cinco días de viaje y cuando llegábamos teníamos que seguirle la pista. Cuando se trata de cazar paquidermos, si no llevas un buen rastreador estás perdido, porque puedes seguir a una manada y cuando estás a punto de alcanzarlo, cae la noche y hay que detenerse, mientras que él, que no duerme más que un par de horas, sigue caminando y sacándote ventaja.

 ¿Cuánto tiempo duraban las cacerías aproximadamente?
Podían durar varios días e incluso semanas. Imagínate que cuando vas siguiendo huellas no puedes llevar más que el fusil y comida para tres días como mucho. Muchas veces el rececho se extendía más de lo planeado, y se convertía en una pesadilla, sin nada que comer y durmiendo en el suelo.
Cierto día estábamos tras un gran macho muy esquivo. Tanto fue así que al seguirlo nos quedamos sin comida. Finalmente cuando lo abatimos, nos comimos parte de su trompa. Según los nativos, la parte más sabrosa. Según yo, algo asqueroso con un aspecto como de callos a la madrileña pero malolientes. Bueno que no teníamos otra cosa a la mano. Al otro día me empecé a sentir mal del estómago. A la vuelta a la ciudad, consulté con un médico y me dijo que podía ser una indigestión o una amebiasis y me dio unas pastillas. No le creí, para mí era un envenenamiento de trompa de elefante. Casi un año después, estando en Río de Janeiro, me vuelvo a descomponer con dolores tremendos.  Fui a un médico, y le conté mi historia sobre el envenenamiento de trompa del elefante. El médico brasileño me miró desconcertado, me revisó y al rato me dijo, muy educadamente, “pues mire usted, lo que tiene es una apendicitis que se ha transformado en una peritonitis, así que de acá al quirófano”. Me salvé con lo justo.

¿Y qué armas usaban para cazar en la selva?
Yo utilizaba por aquel entonces un rifle doble Holland& Holland calibre 500. Una joya, y la mejor arma para elefantes de foresta. En esas operaciones debíamos tirar al cerebro. Mi amigo Mario tenía su Remington en calibre 30-06, lo que para mí se me hacía extremadamente liviano, pero en sus manos funcionaba a la perfección.
En una ocasión íbamos Mario, nuestro pistero Alf -al que años después mataron los de su propia tribu para comerle el corazón porque era un hombre muy valiente y además ligaba mucho con las chicas de su tribu- y yo. Cuando de repente nos salió un gorila de entre los árboles. Mario se quedó quieto, mientras que yo, que le había dado mi arma a Alf, le decía por lo bajo a Mario que le disparara. Pero el muy jodido, ni se movía mientras el simio rugía  y se daba golpes en el pecho. No sabía si quedarme allí parado o salir corriendo. Finalmente el gorila se dio media vuelta y se fue. Como si nada. En ese momento le reproché a mi compañero su falta de coraje por no haberle disparado, a lo que me respondió: ¿Recuerdas qué balas llevamos en el rifle?, me preguntó. Y ahí me acordé. En su fusil tenía balas sólidas para elefante, las que disparadas a tan corta distancia al gorila podría haberle dado tiempo de echársenos encima y aplastarnos el cráneo antes de caer muerto. En aquella época tenía mucho que aprender, y afortunadamente Mario era mejor cazador que yo.

¿Tuvieron algún accidente con elefantes?
No, aunque lo más peligroso era cuando teníamos que seguir a un elefante que había entrado en un poblado y que había sido herido por los nativos que lo atacaban con lanzas o algún otro artilugio poco efectivo. Ahí la cosa se complicaba porque un elefante herido es peligrosísimo, no sólo por su fuerza sino también por su astucia. Los ejemplares viejos en especial son muy listos.  Si se dan cuenta que los sigues se meten en los cañaverales, y se protegen con el oído y el olfato de manera que cuando oye tus pisadas sobre las cañas, se te tira encima y acaba contigo
Recuerdo que a mi amigo Gianni Roghi lo mató uno de ellos en Bangui en 1967. Tardamos varios días en encontrar su cuerpo porque el elefante ocultó su cuerpo con ramas. Finalmente dimos con su cadáver cuando las hienas y los buitres lo destaparon. Roghi, era un famoso buceador italiano, autor de varios libros sobre submarinismo con el que coincidí en algunas inmersiones y en el Primer Congreso Mundial de Actividades Subacuáticas en el año 60. Era un tipo muy fuerte y muy simpático pero tenía poca experiencia en selva.

 ¿A pesar de no ser típicos “marfileros”, podían vender los colmillos que obtenían?
En algunos lugares como en la Guinea Española, sí estaba permitido venderlo. En otros países, dejábamos el animal y las autoridades se hacían cargo de todos los despojos.

¿Le pagaban bien por el marfil?
Generalmente no. Me acuerdo que Mario se quedó con unos colmillos muy grandes. A mí no me interesaban en absoluto. Nunca me ha interesado guardar objetos de mis viajes. La verdad es que viví toda mi vida yendo y viniendo y nunca me quedé con nada, a excepción de los negativos de mis fotos. Alguna vez le mandaba a mi padre algún recuerdo que él guardaba. Por eso creo que me deshice del Holland & Holland. Pero cuando llevas este tipo de vida, tienes que tener una absoluta libertad de movimiento. Creo que los recuerdos se llevan en la memoria.

¿En qué países siguieron la senda de los elefantes?
En varios. En la Guinea Española, el sur del Sudán, el Camerún, lo que hoy es la República Central Africana que era antes el Ubangui Chari, Uganda. Como cazador he recorrido buena parte del continente. Luego como periodista y corresponsal de guerra he podido visitar muchos lugares alejados de la mano de Dios, como Chad y el Congo. Más tarde he estado en Sudáfrica no cazando, sino trabajando para Televisión Española en plena época del apartheid. La verdad es que no me gustaba nada la situación racial que se vivía allí. Hacía poco que había ocurrido la revuelta de Soweto, cerca de Johannesburgo, donde veías las alambradas, los tanques, y decías joder, cuánto durará todo esto. Tengo muy malos recuerdos de ese país, excepto de las mujeres que eran bellísimas. 

¿Cuánto de usted tiene el personaje de Jonathan Rhin, aquel “marfilero” que buscaba al mítico elefante Abdullah en su novela Marfil?
Supongo que nada. Mira, en literatura los personajes tienen que ser independientes del autor. Es cierto que en mis primeros libros como Arena y Viento, o Bajo siete mares, hay mucho de mí, pero cuando te conviertes en novelista tienes que ser distinto de todos los personajes. En toda mi carrera debo haber creado más de mil personajes, y yo no puedo tener nada que ver con ellos.

¿Y en qué libros plasmó sus experiencias como cazador de elefantes?
Hay varios en los que he utilizado situaciones de aquellas épocas y de aquellos lugares, por ejemplo en África llora, África encadenada, Marfil, o en  Kalashnikov. Esas experiencias siempre han estado junto a mí, igual que las del desierto, las selvas sudamericanas o del océano, 

¿Leyó a los cazadores ingleses que han escrito sobre cacerías de elefantes?
Sí claro, sobre todo cuando era joven, me gustaba Hunter, Karamojo Bell, Pondoro Taylor, pero el que más me interesaba era Hemingway, tal vez por el carácter novelado de su escritura. Era un gran admirador de Hemingway a quien conocí siendo yo muy joven. Hasta que leo Las verdes colinas de África, donde explica cómo le pega un tiro a un búfalo en los pulmones para poder describir -en más de tres páginas- la agonía del animal cuando se va asfixiando, me pareció un hijo de puta y ya no pude mantener la admiración que le tenía. Un verdadero cazador debe intentar matar al animal que busca de una manera rápida y con el menor sufrimiento posible.  

¿Está al tanto de la situación actual que atraviesan los países de África central donde vivió?
Sí, de alguna manera. Hace unos cinco años publiqué mi libro Coltán, cuando en ese momento casi nadie sabía lo que era, ni para que se utilizaba la columbita y tantalita (de ahí el nombre coltán). Resultó que la extracción por parte de niños esclavos de este mineral estratégico (con lo que se hacen los procesadores por ejemplo), se convirtió en un grave flagelo en el Congo que además es causal de numerosos conflictos bélicos de baja intensidad que muchas veces se creen de origen étnico y no lo son. Sin embargo en estos momentos estoy más interesado en el presente de Europa.  La llegada del euro se ha convertido en un fracaso total, que recuerda a la situación que enfrentaron ustedes en Argentina hace unos diez años con su corralito y su crisis social y económica. Esto no quiere decir que no vuelva a escribir sobre África, pero por ahora estoy más enfocado en la problemática europea.

Muchos de sus libros tratan temas como el tráfico de sangre humana, la explotación del oro, del caucho, del marfil, del coltán, la trata de personas, la falta de agua potable, y ahora la crisis internacional. ¿Siente que su tarea como escritor además de entretener, es advertir a la sociedad sobre ciertos conflictos?
Mira, cuando investigué el tema del coltán, lo hice porque un mercenario amigo me contó de qué se trataba esa explotación. Yo vi buscadores de oro en África y en el Amazonas, así como buscadores de esmeraldas en Venezuela, donde yo mismo las busqué, pero nunca había visto algo similar como lo que sucede con el coltán. Y eso es sobre lo que quise escribir. Esa es mi labor, es lo que tengo que hacer. No aspiro al premio Nobel de literatura. Mi tarea es la de contar historias que casi siempre se ocultan a la opinión pública. Recuerda que me crié con los tuareg en la tradición del desierto, donde el que sabia contar una historia alrededor de la fogata era el importante de la tribu. Por eso me considero más un contador de historias que un escritor.


Publicado en Revista Vida Salvaje (Abril 2012)