domingo, 30 de septiembre de 2012

Rowland Ward, el inquieto taxidermista victoriano


Por Eber Gómez Berrade

El nombre de Rowland Ward se relaciona -hoy en día- con la persona que inventó las mediciones de trofeos de caza mayor. Es cierto que fue el creador del primer libro de récords del mundo, y al mismo tiempo del sistema de medición creado ad hoc para inscribir dichos trofeos. Pero Ward fue mucho más que eso. De hecho fue taxidermista, escultor, naturalista, pescador, cazador, decorador, hombre de negocios, autor y publicista de numerosos libros. En definitiva, un personaje inquieto y apasionado, amante de la naturaleza y claro exponente de la Inglaterra imperial de fines de siglo XIX regida por la reina Victoria.    
James Rowland Ward nació en Londres en el año 1847, en el seno de una familia de amantes de la naturaleza. Su padre, Henry Ward era en su tiempo taxidermista y naturalista, propietario de un prestigioso taller de taxidermia londinense, y muy amigo del ornitólogo francés John James Audubon, a quien acompañó en varias de sus expediciones en busca de nuevas especies por la América del Norte.     
El joven James, hijo menor de la familia, heredó de su padre el amor por la naturaleza y el buen gusto en el arte. Se aficionó desde muy chico a la escultura y a la pintura, y abandonó sus estudios a los catorce años para convertirse en aprendiz en el taller familiar.
A medida que iba progresando en su aprendizaje, el joven Ward iba creando sus propios moldes y de vez en cuando haciendo trabajos por cuenta propia.
Su primer encargo conocido es un par de halcones peregrinos, que actualmente se encuentran exhibidos en el Museo de Glasgow, en Escocia, y datan de 1868, cuando sólo tenía veintiún años de edad. Un tiempo después montó dos cabezas de caballo para un excéntrico cliente que los había comprado durante la Guerra de Secesión de los Estados Unidos. Este trabajo quedó tan bien que como consecuencia de ello, fue comisionado por otro empresario de fortuna para montar una colección de trofeos de cuerpo entero destinada a decorar su casa de campo en las afueras de Londres. Tenía entonces, veinticuatro años. Fue un trabajo largo y bien remunerado, por lo que el joven Ward vio la oportunidad de independizarse invirtiendo el dinero que había ganado para abrir su propio negocio de taxidermia en Harley Street, en Westminster bajo el nombre de J. Rowland Ward”. En 1879, un año después de la muerte de su padre, adquiriría la que sería su famosa sede en el 158 de Piccadilly Street, bajo el nombre de “Ward & Co. Ltd” también conocida como “Rowland Ward of Picadilly” o simplemente “La Jungla”. El estudio se convirtió en el lugar obligado para todos los cazadores y pescadores de la época que recorrían este famoso barrio londinense. 
En 1886 su estudio participó de la Exposición India y Colonial con cuatro majestuosos exhibidores donde recreó diversos ambientes exóticos. En uno de ellos colocó un elefante entre cuatro tigres de Bengala, todos montados de cuerpo entero. En otro stand, denominado “La vida en la jungla”, -también ambientado en un escenario indio- incluyó un elefante, más tigres, antílopes, cocodrilos y serpientes colgadas de árboles. Para esta muestra hizo traer especialmente pastos altos, cañas de bambú y palmeras de la India para completar la decoración. El éxito fue rotundo, tanto es así que esa misma decoración fue replicada en las exposiciones de 1895 y 1896.
Ward era sin dudas, un perfeccionista. Podía llevarle 30 horas diseñar solo la expresión de un tigre. Pasaba largas horas en el Zoológico de Londres estudiando los animales, tomando notas de sus cuerpos, expresiones, y movimientos. Sus condiciones de naturalista y de pintor, le ayudaban para armar sus borradores que luego usaría a la hora de esculpir los moldes de sus piezas. A partir de entonces sus stands en las exposiciones serían conocidos como “La Jungla”, marca que iba a ser registrada posteriormente y usada como logo en las etiquetas de sus embalajes. En 1898 cambió el nombre de su compañía a “Rowland Ward Ltd.”, consolidando la fama de ser el mejor estudio de taxidermia del Imperio.

Inventor y decorador
Su personalidad curiosa y ambiciosa, hizo que Ward no se conformara sólo con ser el mejor taxidermista de su época, sino que también lo impulsó a explorar nuevos negocios –naturalmente relacionados a su actividad-, para complementar los trabajos de su estudio. Así fue que creó una original colección de muebles y artículos de decoración compuestos por partes de trofeos de caza a los que se llamó “Wardian furniture”. Ya en 1872 había inventado la lámpara zoológica, hecha con animales pequeños en diversas actitudes. Convirtió tortugas de la India en cajas de música, cocodrilos en cajas de cigarros o paraguas, osos en posaplatos, cráneos de tigres en veladores, huevos de avestruz en azucareras, pezuñas de caballos en tinteros, tabaqueras, campanas o cajitas  de fósforos, y cornamentas de ciervos en mangos de cuchillos. Incluso fue él quien comenzó a utilizar los despojos de los elefantes en artículos de decoración. Normalmente los clientes utilizaban sólo los colmillos de marfil en exhibición, o algunos más intrépidos podían montar la cabeza entera sobre una pared de su sala de trofeos. Pero Ward fue el primero que comenzó a utilizar el cuero para hacer bandejas, las patas del paquidermo para gabinetes de bebidas, cajas de costura, o papeleros.   
Cuando el Príncipe de Gales, heredero al trono británico, cumplió las bodas de plata con su esposa en 1888, Ward les obsequió al matrimonio un cocodrilo montado como aparador para vajilla.
En cuanto al arte de la taxidermia propiamente dicho, Ward fue el inventor de numerosas técnicas que revolucionaron la actividad y que hoy siguen vigentes.

El Libro de Récords
Siguiendo con su pasión por los nuevos emprendimientos, Ward comenzó a pensar en convertirse en autor, escribiendo sus propias experiencias de viajes y naturaleza.
Pero no fue hasta 1892 que tuvo la genial idea de crear el primer libro de récords de trofeos de caza. Lo llamó “Horn Measurements and Weights of the Great Game of the World”, que traducido es “Medidas y pesos de cuernos de especies de caza mayor del mundo”.
El objetivo de este trabajo era el construir una especie de “mapa” de los mejores trofeos del mundo, dedicado fundamentalmente a cazadores y científicos. El libro contaba con las medidas y pesos de los animales recolectados e inscriptos, así como la distribución y características de cada especie. Cada pieza estaba listada por orden de mayor a menor y por fecha de recolección. El libro estaba ilustrado también con dibujos y fotografías de animales montados de cuerpo entero y de medio cuerpo. De esta manera, deportistas y zoólogos podrían ver de inmediato en qué lugar del planeta estaban los mejores animales de cada especie, y analizar los cambios de acuerdo al paso del tiempo.
La segunda edición del libro de récords se llamó “Records of Big Game”, tal como se lo conoce hoy día, y fue publicada en 1896. Así como la primera edición contenía mediciones tomadas por el propio Rowland Ward, a partir de la segunda, la información fue suministrada por muchos cazadores y deportistas en el mundo entero como se sigue haciendo en la actualidad.
Todas las ediciones que le siguieron contenían mediciones de animales del todos los continentes. Esto fue así hasta la novena edición inclusive de 1928. A partir de la décima edición sólo se listaron las especies de África y Asia solamente. De la onceava a la décimo novena, sólo se listaron las de África. La vigésima edición volvió a incluir Asia junto a África, y la vigésima primera cubrió exclusivamente las especies de Europa. Recién a partir de la edición vigésimo segunda -del año 1989-, hasta la actual vigésimo octava -de 2010-, es que se incluyeron a los trofeos de todos los continentes.
En el año 2002, la compañía debió dividir en dos volúmenes el libro, debido a la gran cantidad de ingresos que recibían y que se iban acumulando. En la presente edición, un volumen está dedicado a las especies africanas, y el otro a las de Norte y Sud América, Europa, Asia y Oceanía.
La importancia de este libro para los cazadores, es fundamental, no sólo por ser el primero de su clase en la historia, sino porque se enfoca exclusivamente en la calidad de las especies de cada área. No importa si el trofeo fue cazado o encontrado, tampoco genera competencia entre los cazadores ni premia al “mejor cazador”. Simplemente deja constancia de la evolución del mapa zoológico de las especies de caza mayor en cada continente.
Para poder inscribir los pesos y medidas de cada trofeo, Ward ideó paralelamente su propio sistema de medición, que dividió en 18 métodos para las distintas clases de especies, y que vale la pena analizar en otro artículo dedicado especialmente a ello.
Este sistema, fue usado luego en base a los demás sistemas vigentes en el mundo entero, pero cabe la aclaración que el viejo “Rowland Ward”, sigue siendo el más utilizado por los cazadores profesionales en África en la actualidad. 

Autor y Publicista
A esta altura del partido, ya se puede ver la enorme capacidad de trabajo que tenía Ward, así como la creatividad para generar nuevos productos relacionados a su actividad. Su gusto por las letras, lo llevó a crear su propia editorial, que entre los años 1880 y 1911, publicó más de 30 títulos, todos orientados a la caza mayor y sus trofeos.  
Como autor, él mismo, publicó en 1880 su libro “Rowland Ward´s Sportsman Handbook to collecting and preserving trophies & specimens”, dedicado a diversos temas como armas y calibres, instrucciones sobre medición, preparación primaria de trofeos, notas taxonómicas de las especies de caza mayor, etc.  
A esta obra, no muy grande por cierto en tamaño, pero convertida en un clásico temprano en la literatura de caza mayor, le siguieron otras que pendularon entre la cacería y la pesca, actividades que obviamente lo apasionaban.
Así es que en 1898, publicó “The English Angler in Florida”, con sus anécdotas y fotografías propias de su viaje de pesca que realizó a los Estados Unidos el año anterior, y en el que aprovechó para visitar el Museo de Historia Natural de Nueva York, donde se encuentra la colección de aves de Audubon, muchas de las cuales fueron recolectadas por el ornitólogo junto a su padre Henry, unos sesenta años antes.
En 1908, Ward publicó “The Sportsman's British Bird Book”, algo así como el libro de aves del deportista británico, con más de 300 ilustraciones de pájaros montados en su propio estudio de taxidermia.
En 1913, un año después de su muerte, la editorial publicó su autobiografía “A Naturalist's Life Study in the Art of Taxidermy”. Originalmente el libro fue ideado para una circulación privada y reducida entre sus amigos y clientes, no más de cincuenta en total. Allí Ward, más que exponer su vida privada, detalla los métodos que utilizaba en su estudio, junto con varias anécdotas ocurridas a él y a varios de sus amigos en diversos safaris africanos y shikars indios. Un libro raro, pero my interesante. 
La compañía editorial Rowland Ward, publicó también en vida de su fundador, varios clásicos de la literatura cinegética como "Travel and Adventure”, y “Sunshine and Storm in Rhodesia”, de Frederick Courteney Selous; "Game Animals of Africa”, de Lydekkers; y “Great and Small Game of Africa” de Bryden.

Naturalista
Otra faceta importante en la vida de este inquieto personaje victoriano, fue su amor y conocimiento de zoología, algo que le valió la distinción de ser nombrado Fellow de la Zoological Society de Londres en 1879.
Como es de imaginarse, fue amigo personal de muchos de los más reconocidos y afamados exploradores, cazadores y naturalistas de la época, como el mencionado Selous, Sir Samuel Baker y Arthur Neumann, por nombrar sólo algunos, a muchos de los cuales les publicó sus obras.
Por sus dotes de naturalista Ward también contó con el extraño privilegio de ser homenajeado a través de varias especies zoológicas, tales como la subespecie de ibex asiático “Capra sibirica wardi”, una subespecie de reedbuck africano “Redunca redunca wardi”, y una subespecie de oso malayo “Ursus malayanus wardi”.
Su pasión por la naturaleza lo acompañó hasta su muerte. Su vida privada, se mantuvo así, privada y poco escribió sobre ella. Estuvo casado con Lina Ward, quien falleció en 1951 y quien fuera veinte años más joven que él. Nunca tuvieron hijos. Rowland Ward murió de neumonía en 1912, en Boscombe, Inglaterra, luego de un extenso período de enfermedad.

El presente de Rowland Ward
Luego de su muerte, el estudio de taxidermia y la editorial siguieron funcionando, atravesando los complicados períodos de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. En 1946, Gerald Best tomó a su cargo la conducción de la empresa orientándose a una clientela extranjera, mayormente de los Estados Unidos e India. La guerra ya había pasado y los safaris africanos estaban de nuevo tomando vigor entre las clases acomodadas del mundo entero. Potentados estadounidenses y marajaes hindúes podían enviar decenas de tigres, leones y elefantes a los estudios de Picadilly en aquellos días.
Alentado por esta coyuntura, Best decidió abrir un local en Nairobi, Kenia, capital de los safaris africanos. Allí los clientes llegaron a enviar hasta tres leones por semana para montarlos de cuerpo entero. Todo parecía marchar sobre rieles, pero la tormenta se cernía sobre la prestigiosa empresa y su suerte estaba echada. Comenzaron a aparecer competidores en los Estados Unidos, como la firma “The Jonas Brothers” de Denver, -de actual fama internacional-,  que ofrecían trabajos de igual calidad y buen gusto.
A la muerte de Best en 1969, la empresa pasó a sus hijos pero se dividió y comenzó su período de declinación definitiva. El estudio de taxidermia cerró un año después. Los derechos de la editorial que incluían al libro de Récords fueron vendidos a la organización Game Conservation International de San Antonio, Texas en 1982. Y en 1983 la empresa cerró sus puertas definitivamente.
El libro de Récords siguió publicándose hasta que sus derechos fueron vendidos a su vez a un editor sudafricano, Stephen Smith. Al morir éste, fueron comprados por la familia Halse, también de Sudáfrica, donde se edita actualmente. 
Hoy la firma Rowland Ward además de continuar con la publicación del famoso “Record Book”, y el “Sportsman Handbook”, ha incorporado nuevas unidades de negocios como la publicación de libros de terceros, material gráfico y de video relacionado a la caza y la historia natural, así como colección de indumentaria y accesorios para cazadores y tiradores. Además desde hace ya unos años, la firma reflotó la “Rowland Ward´s Guild of Field Sportsmen”, creada por Robin Halse, G.A. Sparks y Stephen Smith en Sudáfrica, organización dedicada a la propagación y mantenimiento de los más altos estándares de ética en la caza mayor deportiva. Un legado digno para un apasionado artista y cazador como Rowland Ward.

sábado, 14 de julio de 2012

No está prohibido cazar elefantes




Por Eber Gómez Berrade


Así es, no está prohibido cazar elefantes. Para los que formamos parte de la comunidad de cazadores esto no es ninguna novedad, pero para una buena parte de la opinión pública parece que sí es algo nuevo. Durante las últimas semanas han surgido todo tipo de versiones, comentarios, opiniones y aseveraciones descabelladas sobre la situación del elefante africano. Incluso algunos medios de comunicación se hicieron eco de esto ayudando a crear un poco más de confusión. Por esa razón, quisiera aclarar algunos de esos conceptos a mi entender erróneos.
En primer lugar, que la caza del elefante no está prohibida. En el transcurso de este artículo, señalaré cuáles son los países que permiten su caza deportiva y por lo tanto legal.
En segundo lugar, que los elefantes no están en extinción como especie biológica. Como se verá, están bajo una categoría de protección, han sufrido y sufren aún una fuerte persecución por parte de las bandas de furtivismo organizado, que hace que en algunas regiones disminuya alarmantemente su cantidad. Pero también sufren las consecuencias de la sobrepoblación en parques nacionales, que atentan contra su propio hábitat natural.
Y en tercer lugar, señalar que afortunadamente existen varios países, mayormente en el sur de África, que cuentan con proyectos de conservación basados en programas conjuntos de cazadores deportivos y comunidades locales que están dando muy buenos resultados para lograr un desarrollo sustentable de las poblaciones de elefantes.

La maldición del “oro blanco”
La declinación de las grandes manadas de elefantes tuvo lugar, durante la época colonial europea, cuando era legal su caza para obtener el marfil. Aquellos “marfileros”, “ivory hunters”, o como se los denominara en esa època, tenían mucho de romanticismo aventurero y mucho más de negocios despiadados. Lo cierto es que el período de descolonización africano, que comenzó en la década del 60, especialmente entre los años 1960 y 1964, estuvo lejos de terminar con la cacería indiscriminada de este magnífica especie, sino que por el contrario profundizó aún más las matanzas, provocando entre los años 1970 a 1985, un daño gravísimo que llevó a poblaciones enteras de elefantes a niveles cercanos al exterminio.
Esta situación fue impulsada por muchos de los líderes africanos que tomaron el poder cuando las potencias europeas se retiraron del continente. Idi Amin en Uganda, el “Emperador” Bokassa en el dislate conocido como Imperio Central Africano (Hoy República Central Africana), Mobutu Sese Seko en Zaire, la familia de Jomo Kenyatta en Kenia (que paradójicamente prohibió la caza deportiva en ese país en 1977), y hasta el actual y eterno Robert Mugabe en Zimbabwe, incrementaron sus arcas personales con el dinero proveniente del “oro blanco”, que era exportado mayormente a naciones asiáticas, como China, Taiwan, Corea, Singapur y Taiwán. A todos estos dictadores, el tráfico de marfil les otorgaba la “caja” necesaria que sus mal administradas economías requerían, para sostener en el tiempo sus regímenes autoritarios y populistas, que a la larga, diezmaron el continente, a su gente y también a sus elefantes.

Prohibición del tráfico de Marfil
En 1988 los países firmantes del CITES (Convenio Internacional de Tráfico de Fauna y Flora), decidieron la total prohibición del comercio del marfil y de todos los despojos de los elefantes, que incluía las pieles, pelos y cualquier otra cosa que pudiera comercializarse. La medida si bien para algunos llegó un poco tarde, sirvió por lo menos para detener la exterminación total de estas magníficas bestias.
De manera paralela casi, muchos países africanos aplicaron una férrea regulación en lo que respecta a la caza deportiva, instaurando en algunos de ellos vedas totales, y en otros la asignación de cuotas de caza estrictamente auditadas.
Para tener una idea más o menos clara de lo que fue este proceso, vale recordar que a mediados del siglo XX se podía cazar legalmente elefantes en 28 países. Hoy sólo se los puede cazar en 8. Muchos, de los veinte que quedaron en el camino, han dispuesto una prohibición absoluta. Otros simplemente los mataron a todos, como el caso de la República Democrática del Congo, Etiopía, Liberia, Sierra Leona, Costa de Marfil, Somalía, Nigeria, Sudán, y un triste etc.

Donde sí se cazan legalmente elefantes
Botswana
Este país es uno de los reductos más importantes de elefantes de toda África. Se estima que allí habitan unos 160.000 animales, lo que representa un aumento del 25% en los últimos 25 años, y lo que la ha llevado a convertirse hoy en día en el paraíso para estos paquidermos. Las grandes manadas se ubican en el norte húmedo (Botswana tiene el desierto del Kalahari al sur), en lo que conforma el Parque Nacional Chobe, el delta del Okavango, y los territorios vecinos de la Franja de Caprivi en Namibia y el Parque Nacional Wankie en Zimbabwe. Sin embargo Botswana, a pesar de los excelentes resultados que la caza deportiva le brindó a sus recursos naturales, hoy en día se encuentra lamentablemente inmersa en un en lento y paulatino proceso de prohibición de esta actividad.
Camerún
En Camerún conviven las dos especies de elefantes africanos que existen: la de sabana en el norte y la de foresta en el sur.  Se estima que entre ambas especies este país cuenta con unos 15.000 elefantes, sin embargo en estos momentos padece una fortísima agresión por parte de bandas armadas y muy bien organizadas de furtivos, que han puesto en alerta a la comunidad internacional y a las organizaciones conservacionistas y de caza deportiva de todo el planeta.
Mozambique
Antes de que Mozambique lograra su independencia de Portugal en el año 1975, se estimaba una población total de elefantes de alrededor de 60.000, ahora luego de los perjuicios logrados durante varios años de guerra civil e intenso furtivismo se estima en unos 20.000 ejemplares. Afortunadamente este país se ha recuperado para la cacería y se está transformando en un hábitat adecuado para los elefantes.
Namibia
Las mayores poblaciones de elefantes en este país, que se han duplicado en los últimos cuarenta años,  se encuentran en áreas bien definidas. La Franja del Caprivi, Bushmanland y Etosha. La primera, al norte limita con Angola, Zambia, Botswana y Zimbabwe. Allí las manadas se mueven libremente entre el delta del río Okavango en el oeste y el río Kwando en el este. En Bushmanland, un inmenso territorio situado al noroeste del país, frontera con Botswana, han salido monstruos de más de 100 libras, algo absolutamente extraordinario en los tiempos modernos. En Etosha, donde está ubicado uno de los parques nacionales más grandes del mundo, también se encuentran  manadas que han visto duplicado su tamaño en los últimos años. El gobierno de Namibia implementa con mucho éxito programas de cacerías de regulación de elefantes, llevadas a cabo por cazadores deportivos, para beneficio propio de sus poblaciones locales.
Sudáfrica
Los elefantes aquí han estado protegidos desde el siglo XIX, cuando se tomó conciencia de la presión de caza que los “marfileros” ejercían y que puso en peligro a la especie. Desde entonces los resultados de su conservación no han podido ser mejores. Entre el Parque Nacional Kruger, el Ado Elephant y otras reservas se calcula hoy una población total de 250.000 ejemplares.
Tanzania
Tanzania prohibió la caza deportiva en 1977 siguiendo el ejemplo de su vecina Kenia, y también siguiendo su ejemplo, fue testigo de inmensas masacres de animales por la codicia del marfil. En ese entonces había unos 300.000 elefantes en su territorio. Sin embargo, este país re abrió la caza deportiva, convirtiéndose ahora en la perla del África del Este y gracias a un buen manejo de conservación en sus extensos parques nacionales se calcula que casi se llega a unos 80.000 elefantes.
Zambia
Hace medio siglo aproximadamente habitaban unos 150.000 elefantes en ese país, conocido como Rodhesia del Norte. Ahora, luego de una muy intensa ofensiva de furtivismo se cree que quedan unos 30.000 ejemplares. Estos sobrevivientes pueden hallarse hoy en el valle del Luangwa, en el Zambezi y en el lago Mweru.
Zimbabwe
Antes de su independencia, el país llevaba a cabo una muy eficaz política de protección de elefantes. Eso hizo que en casi un siglo, se pasara de unos 5.000 ejemplares a unos 80.000. Lamentablemente hoy día, la crisis social y económica que afecta a esa nación africana, ha tenido se correlato en la falta de un manejo adecuado de sus recursos naturales, incluidos naturalmente, el elefante.

El verdadero enemigo del elefante
Para los que formamos parte de la comunidad de cazadores, decir que el furtivo es gran enemigo de la fauna silvestre -en cualquier parte del mundo-, es casi una verdad de Perogrullo. Sin embargo, para la opinión pública no informada adecuadamente, tal vez sin mucho interés en el tema y muchas veces proclive a opiniones reduccionistas, no hay mucha diferencia.
La noticia de una masacre de 450 paquidermos en Parque Nacional Bouba Ndjida  de Camerún disparó inmediatamente las críticas sobre la legalidad del la caza deportiva llevada a cabo tanto por reyes como por simples mortales de a pie, pero también por otra parte, ha puesto en alerta a las naciones sobre la causa original de este problema, que no es otra cosa que la necesidad de recurrir a fondos ilícitos. Así como lo hicieron en su tiempo los tiranos de turno en la época poscolonial, ahora el marfil es intercambiado por dinero, armas y municiones para apoyar a los conflictos de baja intensidad en países como Chad y Sudán.

Debate entre prohibición y raleo
En la actualidad las visiones sobre el manejo adecuado de la especie, no puede ser más divergente. Por un lado están los prohibicionistas, aquellos que creen que el elefante está en peligro de extinción en todo el continente y por lo tanto debe ser prohibida su caza deportiva de manera absoluta. Por el otro, están los que al contrario, observan el gran impacto ambiental que la sobrepoblación y la falta de espacio vital que afecta a esta especie, provoca en la riqueza biológica de numerosos ecosistemas, y proponen en algunas áreas operaciones de raleo para bajar la población a niveles de sustentabilidad biológica.
Naturalmente que la destrucción de los árboles es una actividad normal entre los elefantes, siempre lo ha sido. Pero antes, hace miles de años, una vez que desmontaban  un área, la abandonaban e iban en busca de nuevos bosques para alimentarse. Hoy ya no pueden hacer eso, simplemente porque fuera de ese parque o reserva viven cada vez más humanos que compiten por un espacio en donde vivir.
El raleo o “culling” se ha convertido en un tema sensible en el ámbito académico y político internacional, pero que a pesar de parecer paradójico, se está haciendo necesario  en lugares como Botswana, donde -desde hace unos años- se le está dando mayor prioridad a los safaris fotográficos que a los de cacería, con el consecuente impacto ambiental.
Este hecho que para muchos “ecologistas” es una buena noticia, es todo lo contrario para los biólogos y conservacionistas, ya que el aumento de la tasa demográfica de ejemplares en un medio ambiente de extensión constante, está provocando graves daños al medio ambiente y una importante pérdida de diversidad biológica, fenómeno que ya se está extendiendo a países vecinos. Por lo que algunos especialistas no descartan la necesidad de “ralear” ejemplares, como medida de control poblacional.
La “depredación” provocada por las grandes manadas de proboscídeos confinados a un territorio determinado como un parque nacional, provoca un daño ambiental sólo superado por el que produce el ser humano. Un par de datos más: en Murchison y en el legendario Parque Nacional de Tsavo en Kenia, (escenario de los famosos leones devoradores de hombres) los elefantes convirtieron los bosques en sabanas, lo que perjudicó a los elefantes, como así también a una enorme variedad de diversidad biológica. La culpa, claro está, no la tienen los pobres elefantes, sino el gran crecimiento de la población humana que provoca concentración y confinamiento de las grandes poblaciones de fauna silvestre en parques acotados. Botswana, por su parte, un país que suele emitir unas 400 licencias para cazar elefantes machos adultos por año, y que se encuentra en un proceso de reconversión de sus áreas de caza en reservas de avistamiento de fauna, ya se está viendo este  desbalance en la tasas de crecimiento de la población de elefantes. ¿Será cuestión de tiempo que el famoso delta del Okavango siga los pasos del célebre Tsavo?. 

El factor de la caza deportiva
El turismo cinegético y más precisamente los safaris de elefantes están, -allí donde se permite su caza-, estrictamente regulados por estados y organismos supranacionales, y se han convertido en una herramienta fantástica de conservación que incluye a la comunidad de cazadores organizados, organismos de conservación, científicos, autoridades gubernamentales y pobladores locales en un círculo virtuoso que además de velar por la supervivencia de las especies, ayuda también a mejorar la calidad de vida de aquellas poblaciones alejadas de los grandes centros urbanos.
Como vemos está lejos de ser una amenaza para la supervivencia de las especies de fauna silvestre. Todo lo contrario. Los países del oeste de África y Kenia han prohibido la caza deportiva hace años, sin embargo cuentan con los más altos índices de daño ambiental en sus parques nacionales y una tremenda pérdida de biodiversidad. En el sur del continente, proclive a la caza deportiva, las poblaciones de elefantes son estables y en algunos casos hasta se están incrementando hasta el punto de pensar en su raleo.
Por lo que queda demostrado que la caza deportiva nunca ha puesto en peligro de extinción a especie alguna, pero tampoco es un arma efectiva para el control de poblaciones de fauna silvestre, como es el caso de los conflictivos elefantes. 

sábado, 28 de abril de 2012

Entrevista a Alberto Vázquez-Figueroa

Sobre elefantes, novelas y aventuras

Por Eber Gómez Berrade
  
Definir al escritor español Alberto Vázquez-Figueroa en pocas líneas es casi imposible. Para empezar digamos que es una de las plumas más prolíficas de habla hispana con más de un centenar de novelas publicadas. En su larga y aventurera vida ha sido buzo, corresponsal de guerra, inventor, cineasta y cazador de elefantes en el África central. Justamente de esa etapa conversamos mano a mano con quien -sin dudas- es una de las personalidades más atractivas de la literatura contemporánea.
Como presentación, vale decir que Alberto Vázquez-Figueroa nació en 1936 en Santa Cruz de Tenerife. Antes de cumplir un año, su familia fue deportada por motivos políticos al norte de África. Al poco tiempo su madre falleció y su padre enfermó. Así que fue enviado a vivir con un tío que era administrador civil de un fuerte militar en el desierto del Sahara. Allí aprendió a leer y escribir, y siendo niño se apasionó con La isla del Tesoro de Stevenson, El corazón de las tinieblas de Conrad y las creaciones de Julio Verne. Siendo adolescente volvió a España y estudió buceo, al recibir su habilitación se enroló con Jacques Cousteau con quien pasó dos años, y luego comenzó a trabajar de profesor de submarinismo en un buque escuela.
Navegó alrededor del mundo, participó en operaciones de rescate subacuático, y luego estudió periodismo. Cómo dice en el transcurso de la charla, su idea no era “pasarse la vida en una redacción sino ver mundo”. Volvió a África, pero esta vez al centro del continente. Allí luego de su experiencia como cazador, se convirtió en corresponsal de guerra, y se largó a cubrir las revoluciones en Guinea, Chad, Congo, República Dominicana, Bolivia, y Guatemala. A los 27 años escribía para La Vanguardia, y llegó a ser periodista joven mejor pagado de España.
Su primera novela fue Arena y Viento que escribió a los 16 años, recién comenzó a ganar dinero con la literatura a los 40 años cuando publicó Ebano. Y el reconocimiento literario le llegaría con Tuareg, según él, su mejor novela. A partir de ahí se convirtió literalmente en una “máquina de escribir”. Ya lleva más de cien títulos en su haber, más de 15 millones de ejemplares vendidos sólo en España, y es uno de los autores más traducidos en el mundo entero. Algunos de sus libros fueron llevados al cine en más de veinte películas, en las cuales participó como guionista o como director. Así fue que actores de la talla de Omar Shariff, Peter Ustinov, Mark Harmon, Michael Caine, Alberto de Mendoza, José Sacristán y William Holden, dieron vida a sus personajes en la pantalla grande. En los últimos años y paralelamente a su producción cultural, desarrolló una actividad completamente distinta: la de inventor. Así fue como un día se dio cuenta que utilizando el fenómeno de ósmosis inversa, se podía desalinizar agua de mar convirtiéndola en potable y generando al mismo tiempo energía eléctrica libre de contaminación y por sobre todo, barata. Su invento se transformó en proyecto, que hoy se disputan varios países del Oriente Medio.
Vázquez-Figueroa tiene miles de anécdotas, muchas muy extrañas; fue mordido por vampiros en el río Napo de la Amazonia, y desde entonces no puede comer ajo; fue atacado por una orca en las islas Galápagos; y un largo y sorprendente etcétera. Pero acá estamos, listos para conversar sobre lo que más nos interesa: la caza del elefante en África central.

¿Cuándo decidió convertirse en cazador de elefantes?
A mediados de la década del 60, poco tiempo después de terminar mis estudios en la Escuela de Periodismo volví a África, después de vivir mi niñez en el Sahara Español. En esa época no quería pasarme el resto de mi vida en la redacción de un periódico, escribiendo sobre cosas que nunca iba a presenciar. Cuando uno se ha criado en el desierto y se ha empapado de libros que le hablan de las maravillas del mundo quiere ir a verlo con sus propios ojos.
Así fue que llegué a la Guinea Española, y conocí en una partida de póquer a quien iba a ser un gran amigo mío, Mario Corcuera. Mario era piloto, comandante de Caravelle, y un muy buen cazador a quien llamaban para hacer operaciones de raleo de elefantes. Y un buen día me pidió que lo acompañara.

¿En qué circunstancias las autoridades solicitaban estas operaciones?
Como bien sabes los elefantes suponen un peligro para la subsistencia de algunos poblados, porque cuando llegan a viejos pierden su tercer juego de muelas y, al quedar desdentados, toman la costumbre de entrar en los campos de cultivo a comerse el maíz o la yuca muchas veces terminando con lo que esa aldea tiene para subsistir durante todo el año.
La tarea del cazador regulador, a diferencia del cazador profesional, es la de equilibrar los tantos. No se puede permitir que los elefantes acaben con los sembrados pero tampoco que se acabe con ellos. Además los elefantes viven casi ochenta años, cuando el resto de animales africanos vive quince años como máximo. Se beben en un solo día lo que beberían cincuenta animales diferentes. Por eso, hay momentos en que tienes que elegir entre matar elefantes o dejar morir a otras cincuenta especies diferentes. No se trata de matar por matar sino de balancear las poblaciones de diferentes especies.

¿Y cómo era el trabajo de regulación que realizaban?
Nos avisaban de que un macho viejo había pasado por un poblado y teníamos que darle caza. Tal vez esa aldea estaba a cuatro o cinco días de viaje y cuando llegábamos teníamos que seguirle la pista. Cuando se trata de cazar paquidermos, si no llevas un buen rastreador estás perdido, porque puedes seguir a una manada y cuando estás a punto de alcanzarlo, cae la noche y hay que detenerse, mientras que él, que no duerme más que un par de horas, sigue caminando y sacándote ventaja.

 ¿Cuánto tiempo duraban las cacerías aproximadamente?
Podían durar varios días e incluso semanas. Imagínate que cuando vas siguiendo huellas no puedes llevar más que el fusil y comida para tres días como mucho. Muchas veces el rececho se extendía más de lo planeado, y se convertía en una pesadilla, sin nada que comer y durmiendo en el suelo.
Cierto día estábamos tras un gran macho muy esquivo. Tanto fue así que al seguirlo nos quedamos sin comida. Finalmente cuando lo abatimos, nos comimos parte de su trompa. Según los nativos, la parte más sabrosa. Según yo, algo asqueroso con un aspecto como de callos a la madrileña pero malolientes. Bueno que no teníamos otra cosa a la mano. Al otro día me empecé a sentir mal del estómago. A la vuelta a la ciudad, consulté con un médico y me dijo que podía ser una indigestión o una amebiasis y me dio unas pastillas. No le creí, para mí era un envenenamiento de trompa de elefante. Casi un año después, estando en Río de Janeiro, me vuelvo a descomponer con dolores tremendos.  Fui a un médico, y le conté mi historia sobre el envenenamiento de trompa del elefante. El médico brasileño me miró desconcertado, me revisó y al rato me dijo, muy educadamente, “pues mire usted, lo que tiene es una apendicitis que se ha transformado en una peritonitis, así que de acá al quirófano”. Me salvé con lo justo.

¿Y qué armas usaban para cazar en la selva?
Yo utilizaba por aquel entonces un rifle doble Holland& Holland calibre 500. Una joya, y la mejor arma para elefantes de foresta. En esas operaciones debíamos tirar al cerebro. Mi amigo Mario tenía su Remington en calibre 30-06, lo que para mí se me hacía extremadamente liviano, pero en sus manos funcionaba a la perfección.
En una ocasión íbamos Mario, nuestro pistero Alf -al que años después mataron los de su propia tribu para comerle el corazón porque era un hombre muy valiente y además ligaba mucho con las chicas de su tribu- y yo. Cuando de repente nos salió un gorila de entre los árboles. Mario se quedó quieto, mientras que yo, que le había dado mi arma a Alf, le decía por lo bajo a Mario que le disparara. Pero el muy jodido, ni se movía mientras el simio rugía  y se daba golpes en el pecho. No sabía si quedarme allí parado o salir corriendo. Finalmente el gorila se dio media vuelta y se fue. Como si nada. En ese momento le reproché a mi compañero su falta de coraje por no haberle disparado, a lo que me respondió: ¿Recuerdas qué balas llevamos en el rifle?, me preguntó. Y ahí me acordé. En su fusil tenía balas sólidas para elefante, las que disparadas a tan corta distancia al gorila podría haberle dado tiempo de echársenos encima y aplastarnos el cráneo antes de caer muerto. En aquella época tenía mucho que aprender, y afortunadamente Mario era mejor cazador que yo.

¿Tuvieron algún accidente con elefantes?
No, aunque lo más peligroso era cuando teníamos que seguir a un elefante que había entrado en un poblado y que había sido herido por los nativos que lo atacaban con lanzas o algún otro artilugio poco efectivo. Ahí la cosa se complicaba porque un elefante herido es peligrosísimo, no sólo por su fuerza sino también por su astucia. Los ejemplares viejos en especial son muy listos.  Si se dan cuenta que los sigues se meten en los cañaverales, y se protegen con el oído y el olfato de manera que cuando oye tus pisadas sobre las cañas, se te tira encima y acaba contigo
Recuerdo que a mi amigo Gianni Roghi lo mató uno de ellos en Bangui en 1967. Tardamos varios días en encontrar su cuerpo porque el elefante ocultó su cuerpo con ramas. Finalmente dimos con su cadáver cuando las hienas y los buitres lo destaparon. Roghi, era un famoso buceador italiano, autor de varios libros sobre submarinismo con el que coincidí en algunas inmersiones y en el Primer Congreso Mundial de Actividades Subacuáticas en el año 60. Era un tipo muy fuerte y muy simpático pero tenía poca experiencia en selva.

 ¿A pesar de no ser típicos “marfileros”, podían vender los colmillos que obtenían?
En algunos lugares como en la Guinea Española, sí estaba permitido venderlo. En otros países, dejábamos el animal y las autoridades se hacían cargo de todos los despojos.

¿Le pagaban bien por el marfil?
Generalmente no. Me acuerdo que Mario se quedó con unos colmillos muy grandes. A mí no me interesaban en absoluto. Nunca me ha interesado guardar objetos de mis viajes. La verdad es que viví toda mi vida yendo y viniendo y nunca me quedé con nada, a excepción de los negativos de mis fotos. Alguna vez le mandaba a mi padre algún recuerdo que él guardaba. Por eso creo que me deshice del Holland & Holland. Pero cuando llevas este tipo de vida, tienes que tener una absoluta libertad de movimiento. Creo que los recuerdos se llevan en la memoria.

¿En qué países siguieron la senda de los elefantes?
En varios. En la Guinea Española, el sur del Sudán, el Camerún, lo que hoy es la República Central Africana que era antes el Ubangui Chari, Uganda. Como cazador he recorrido buena parte del continente. Luego como periodista y corresponsal de guerra he podido visitar muchos lugares alejados de la mano de Dios, como Chad y el Congo. Más tarde he estado en Sudáfrica no cazando, sino trabajando para Televisión Española en plena época del apartheid. La verdad es que no me gustaba nada la situación racial que se vivía allí. Hacía poco que había ocurrido la revuelta de Soweto, cerca de Johannesburgo, donde veías las alambradas, los tanques, y decías joder, cuánto durará todo esto. Tengo muy malos recuerdos de ese país, excepto de las mujeres que eran bellísimas. 

¿Cuánto de usted tiene el personaje de Jonathan Rhin, aquel “marfilero” que buscaba al mítico elefante Abdullah en su novela Marfil?
Supongo que nada. Mira, en literatura los personajes tienen que ser independientes del autor. Es cierto que en mis primeros libros como Arena y Viento, o Bajo siete mares, hay mucho de mí, pero cuando te conviertes en novelista tienes que ser distinto de todos los personajes. En toda mi carrera debo haber creado más de mil personajes, y yo no puedo tener nada que ver con ellos.

¿Y en qué libros plasmó sus experiencias como cazador de elefantes?
Hay varios en los que he utilizado situaciones de aquellas épocas y de aquellos lugares, por ejemplo en África llora, África encadenada, Marfil, o en  Kalashnikov. Esas experiencias siempre han estado junto a mí, igual que las del desierto, las selvas sudamericanas o del océano, 

¿Leyó a los cazadores ingleses que han escrito sobre cacerías de elefantes?
Sí claro, sobre todo cuando era joven, me gustaba Hunter, Karamojo Bell, Pondoro Taylor, pero el que más me interesaba era Hemingway, tal vez por el carácter novelado de su escritura. Era un gran admirador de Hemingway a quien conocí siendo yo muy joven. Hasta que leo Las verdes colinas de África, donde explica cómo le pega un tiro a un búfalo en los pulmones para poder describir -en más de tres páginas- la agonía del animal cuando se va asfixiando, me pareció un hijo de puta y ya no pude mantener la admiración que le tenía. Un verdadero cazador debe intentar matar al animal que busca de una manera rápida y con el menor sufrimiento posible.  

¿Está al tanto de la situación actual que atraviesan los países de África central donde vivió?
Sí, de alguna manera. Hace unos cinco años publiqué mi libro Coltán, cuando en ese momento casi nadie sabía lo que era, ni para que se utilizaba la columbita y tantalita (de ahí el nombre coltán). Resultó que la extracción por parte de niños esclavos de este mineral estratégico (con lo que se hacen los procesadores por ejemplo), se convirtió en un grave flagelo en el Congo que además es causal de numerosos conflictos bélicos de baja intensidad que muchas veces se creen de origen étnico y no lo son. Sin embargo en estos momentos estoy más interesado en el presente de Europa.  La llegada del euro se ha convertido en un fracaso total, que recuerda a la situación que enfrentaron ustedes en Argentina hace unos diez años con su corralito y su crisis social y económica. Esto no quiere decir que no vuelva a escribir sobre África, pero por ahora estoy más enfocado en la problemática europea.

Muchos de sus libros tratan temas como el tráfico de sangre humana, la explotación del oro, del caucho, del marfil, del coltán, la trata de personas, la falta de agua potable, y ahora la crisis internacional. ¿Siente que su tarea como escritor además de entretener, es advertir a la sociedad sobre ciertos conflictos?
Mira, cuando investigué el tema del coltán, lo hice porque un mercenario amigo me contó de qué se trataba esa explotación. Yo vi buscadores de oro en África y en el Amazonas, así como buscadores de esmeraldas en Venezuela, donde yo mismo las busqué, pero nunca había visto algo similar como lo que sucede con el coltán. Y eso es sobre lo que quise escribir. Esa es mi labor, es lo que tengo que hacer. No aspiro al premio Nobel de literatura. Mi tarea es la de contar historias que casi siempre se ocultan a la opinión pública. Recuerda que me crié con los tuareg en la tradición del desierto, donde el que sabia contar una historia alrededor de la fogata era el importante de la tribu. Por eso me considero más un contador de historias que un escritor.


Publicado en Revista Vida Salvaje (Abril 2012)

domingo, 1 de abril de 2012

Caza Mayor - Diez claves para empezar la temporada


Por Eber Gómez Berrade

En estos momentos están comenzando las temporadas de caza en buena parte de planeta. En Argentina naturalmente Marzo es el mes de la brama de los ciervos colorados, al igual que lo es en Nueva Zelandia. En África, si bien las temporadas varían de acuerdo a cada país, Sudáfrica y Namibia están inaugurando el 2012. En Abril le seguirá Botswana, en Mayo, Zambia, y recién a mediados de año comenzará la caza en Mozambique, por nombrar solo algunos de los destinos de safaris más populares en el continente negro.
Cualquiera sea el lugar elegido por el cazador, hay algunas claves que siempre vale la pena tener en cuenta a la hora de comenzar con una de las etapas más excitantes de la cacería: la preparación.
A continuación, unas diez claves para empezar la temporada con todo, ya sea que vaya por uno de nuestros colorados, antílopes africanos, osos de Alaska o carneros asiáticos.

Las Diez Claves
1.- Hacer los deberes
Una vez que haya decidido las especies que irá a  cazar en temporada, comienza una etapa larga pero fructífera que es la de decidir a qué lugar irá y qué compañía o cazador profesional contratará.
Hacer estos deberes correctamente le ahorrará dolores de cabeza en el futuro y le permitirá disfrutar a pleno de una experiencia única. Para esto es buena idea estudiar la información disponible sobre la ubicación de los mejores trofeos, en qué áreas o países se encuentran, donde están las tasas de abate más económicas, evaluar las distancias y la logística que terminarán encareciendo la cacería, y por último analizar a las empresas de safaris o outfitters de cada lugar. Aquí, como en toda decisión de negocios, le sugiero que se guíe por el prestigio de la empresa, la confiabilidad y naturalmente por el “rendimiento” en términos de trofeos obtenidos. En este sentido considero que hay tres variables a tener en cuenta a la hora de decidirse por una empresa de safaris ya sea nacional o extranjera. En primer lugar el costo total de la cacería (que siempre será alto tratándose del dinero propio); Segundo el “lucro cesante”, es decir el costo extra que deberá afrontar por ausentarse de su actividad personal por el período que dure la cacería, que puede ser de 5 a 30 días dependiendo del lugar y lo que vaya a cazar; Y tercero, la ilusión, tal vez la más importante de las tres pero difícil de contabilizar. No hay peor sensación que volver de una cacería con el sabor amargo de la desilusión, ya sea por la baja calidad de los trofeos, por un servicio deficiente o simplemente porque la empresa contratada no respetó alguno de los términos prometidos.  
Afortunadamente, esta primera clave no es muy difícil de llevar adelante, sólo deberá averiguar sobre las distintas alternativas disponibles, asesorarse y consultar referencias. En el mundo de los safaris, también lo barato sale caro (como sucede en toda actividad), y en este mundo las “gangas” tampoco existen. Tenga presente que para las empresas de safaris esto es un negocio, y por lo tanto aunque resulte una obviedad, el cliente siempre recibirá en la misma proporción de lo que haya pagado.

2.- Conocer las especies a cazar
Hay una escena de la película The Macomber affair, basada en un cuento de Ernest Hemingway, donde el protagonista, un cliente estadounidense llamado Francis Macomber, le pregunta a su cazador profesional, un inglés llamado Wilson (interpretado por Gregory Peck), “y dígame, ese animal de ahí, no lo conozco, qué es?, señalando una cabeza colgada sobre la pared de un bar de Nairobi. A lo que Gregory Peck responde “…el gran kudú”, con cara de que tendrá por delante un largo y aburrido safari. Está claro que Macomber, que había llegado a Kenia a realizar su primera experiencia africana no tenía ni la más remota idea de lo que iba a cazar. Me imagino que, si ni siquiera conocía el nombre del más paradigmático antílope africano, mucho menos sabría de comportamiento, hábitos de alimentación, temporada de celo, huellas, etc. de los animales de su lista.  
Conocer estas características de las especies a cazar, le permitirá disfrutar aun más la cacería, tomar decisiones en cuanto a la forma de cazarlas y complementarse mejor con el guía o el cazador profesional. Para él será un placer poder guiar a un cliente que sabe lo que hace y conoce al animal que busca.  Para esto hay dos fuentes de conocimientos, la experiencia en el campo y la lectura. En el primer caso, no hay mucho que decir. En el segundo, si el objetivo es el colorado pampeano o patagónico, le sugiero un par de libros sobre este emblemático trofeo argentino. El más antiguo es “El ciervo colorado” de Esteban Lyka, que tiene por subtítulo, “Su especie, vida, costumbres y cacería”. Exactamente de lo que aquí se trata. El otro libro de lectura obligada es “El ciervo rojo argentino” de mi querido amigo el Dr. Juan Campomar. La primera edición está agotada y se ha convertido casi en un incunable. Por suerte hay una segunda edición en camino.

En el caso de que el destino sea algún país extranjero, ahí tal vez la cosa se complique un poco más a la ahora de buscar información sobre la ecología de las especies cazables. Lamentablemente es poco lo que se puede encontrar en idioma castellano sobre animales de África, Alaska, Asia u Oceanía, a no ser que sean viejos libros de aventuras y relatos de caza. Pruebe en estos casos de buscar información en atlas o guías de mamíferos de las diferentes regiones del globo. Otra fuente interesante de consulta son los libros de récords. Tanto los del Safari Club Internacional como el de Rowland Ward, tienen apartados taxonómicos de cada una de las especies de cada continente. Por último, otra buena fuente de material de consulta la encontrará en artículos de revistas especializadas como ésta, y por supuesto navegando en internet. Seguramente encontrará allí algo que le sea de utilidad.

3.- Buen estado físico
Siempre es bueno estar en estado. Obvio. Pero mucho mejor es estarlo antes de empezar a recorrer mallines en busca del macho bramador, o antes de seguir las huellas de un huidizo antílope en el medio del bush. La realidad es que para los argentinos, la temporada de caza comienza en muchos lugares cuando terminan las vacaciones. O sea, peor imposible. Los kilos demás acumulados en los meses veraniegos y la natural vida sedentaria moderna hace cuesta arriba todo esfuerzo de estar en condiciones físicas aptas, a menos que se prepare antes para la temporada cinegética. Por supuesto que antes de buen estado físico hay que tener un buen estado de salud. Ya hemos hablado en una nota sobre la salud en el safari, pero nunca es malo recordarlo. Aproveche este tiempo para ponerse al día y decídase a hacer el postergado chequeo médico, la consulta con algún especialista, conseguir lentes de repuesto, obtener las recetas de medicamentos que deberá usar en el viaje, y un largo o corto etcétera según sea cada caso en particular.  

4.- Vacunas para todos
Tener un programa actualizado de vacunación es fundamental a la hora de decidir en qué lugar iniciará la temporada de caza. Podemos decir que existen dos clases de vacunas: las “todo terreno”, y las específicas de cada región. Las primeras son las clásicas que necesitará para cualquier actividad al aire libre en cualquier parte del mundo, desde Canadá, hasta Bariloche, pasando por África y Nueva Zelandia. Me refiero a la del tétanos, a las de la hepatitis, los refuerzos de gammaglobulina, etc. Las específicas dependerán de las regiones a las que vaya, y ahí el menú es mucho más amplio: fiebre amarilla, tifus, para-tifoidea, cólera, rabia, o profilaxis contra la malaria. La única forma de saber qué tipo de vacuna inocularse es consultando a un medico infectólogo. No hay otra. Evite  “auto prescribirse” tal o cual vacuna en base a lo que leyó en algún libro, revista o sitio de internet, tampoco copie lo que hizo su amigo durante su safari del año pasado. La elección de la vacuna específica para cada organismo es algo que sólo un médico puede prescribir, ya que tomará en cuenta las reacciones que cada droga utilizada provocará en cada organismo en particular.

5.- Los papeles en orden
Trate de no comenzar la temporada de caza “flojo de papeles”, y más aún si viaja al extranjero. Ojo, no se asuste que no hablo de ponerse al día con la AFIP, sino a tener en regla toda la documentación relacionada con la cacería. Por ejemplo, el pasaporte y demás documentos nacionales deberán estar  actualizados, y por disposición del gobierno deben usarse sólo aquellos que digan Mercosur en su portada. Si visita un país en el que se requiera visa, asegúrese de tramitarla con el suficiente tiempo de antelación.
Cuando hablo de papeles, también me refiero a su cartilla de la fiebre amarilla, los seguros médicos y de asistencia al viajero, las permisos del Renar para la exportación temporaria del arma, los pasajes de avión, los permisos de caza si en Argentina, los formularios que deba completar para el outfitter, y algo también importante: todos aquellos papeles relacionados con la contratación de la cacería, desde el folleto del operador, los emails intercambiados, la lista de precios, el contrato, etc. De esa manera, evitará cualquier mal entendido a la hora de tratar directamente con la empresa de safaris. Una carpeta donde tenga todo esto en copia de papel, le servirá además de respaldo para lo que almacene en su computadora.

6.- El arma ideal
La elección del arma es directamente proporcional a la elección de la especie que va a cazar en esta temporada. Con esto me refiero no sólo al calibre requerido, sino también al tipo de acción del fusil. Claramente esto siempre dependerá del gusto del usuario, pero a mi criterio hay dos claves básicas: Tener el calibre adecuado (y un poco más si es posible) para el animal a buscar, y la acción adecuada para no correr riesgos innecesarios. Me explico,  si tuviera un monotiro lo dejaría para cazar especies de planicie, pero no para la caza de osos o de algunos de los big five, aunque sea de grueso calibre. Dicho esto, el arma ideal para llevar -siempre que cumpla con estos dos requisitos previos-, es aquella con la que uno se sienta más seguro y cómodo al momento de disparar.

7.- Que munición llevar
La elección de la munición adecuada para un safari da para varios artículos y algunos libros más. Sin embargo, desde mi experiencia, muchas veces nos tenemos que conformar con lo que hay en el mercado en ese momento. Si llegó a la conclusión que una punta más pesada es lo que usted necesita para abatir alguno de los cinco grandes, es probable que se convenza de elegir la munición Kynoch o tal vez las más pesadas Norma African PH. El problema es que son casi imposibles de conseguir en Argentina.
Aquí también aparece la disyuntiva factory versus recarga. Esta es otra gran disquisición cuasi filosófica y hay tantas hipótesis como situaciones a las que se enfrenta el cazador-recargador. La realidad es que abatir al trofeo que tanto se buscó con una munición de autor, es un placer extra que se agrega a la cacería. Pero evalúe el riesgo de fallas en una cacería cara y en el extranjero. Donde no dudaría en usar las factory (pero probadas con anterioridad y la de mejor calidad que consiga) es en los safaris de caza peligrosa. Así disminuirá el riesgo de mal funcionamiento, nunca desparecerá del todo dicho sea de paso. Esta será su última línea de defensa y el mejor seguro de vida que pueda tener en un momento de riesgo.
En cualquier de los casos, no es conveniente ahorrar en municiones. Ni en calidad ni en cantidad. Practique con las mismas que usará en la cacería. La misma marca y el mismo peso de punta. Memorice la tabla balística y acostúmbrese a disparar con ellas en todo tipo de ocasión, y recuerde jamás mezclar munición en un safari. Hacerlo puede resultarle caro y en algunos casos, peligrosísimo.

8.- Equipo de caza apropiado
Si ya es un veterano de bramas, no hace falta describir aquí lo que deberá llevar a su cacería. Si viaja al exterior, le sugiero que se ponga en contacto con su profesional o empresa outfitter para que ellos le recomienden algunas cosas que deberán ser infaltables en su lista de equipo. Recuerde que si sale en Marzo o incluso en Abril, es el fin de la temporada de lluvias en varios países del África austral, así que no es mala idea llevarse un quipo de agua para resistir los últimos chubascos tropicales. La clave aquí es no complicarse demasiado. Recuerde que si no va a acampar a algún parque nacional andino, los cotos privados y las operaciones de safaris en nuestro país como en el exterior ofrecen servicio de lavandería diario. Por eso con dos mudas de ropa es suficiente. Una lista de chequeo, le será de mucha ayuda al ir tildando cada cosa al momento de armar su bolso y lo mismo al volverlo a armar en el campamento.
En cuanto a artefactos ópticos y tecnológicos, una pocas palabras. Que sean de la mejor calidad y lo menos complicado posible. Si utiliza mira telescópica, que sea la mejor que pueda obtener. Recuerde que los binoculares son la herramienta fundamental para el cazador profesional que debe evaluar el trofeo en el campo, pero la mira lo es para el cazador que deberá ubicar la bala en el lugar indicado. Es cierto que a medida que pasa el tiempo, cada vez hay aparatos más y más sofisticados. Pues no se complique demasiado. La arena, la tierra, la lluvia, el barro, el frío y el calor extremo atentan contra la delicadeza tecnológica, por lo que es muy bueno depender lo menos posible de estas maravillas tecnológicas bajo las duras condiciones que imperan en un safari de caza mayor.

9.- Entrenar antes de la cacería
Es algo que parece obvio pero no pasa habitualmente. Está perfecto probar el rifle en el polígono de tiro, alinear la mira, probar la munición que llevará. Todo eso está muy bien, pero una vez hecho esto. Váyase de la mesa de reglaje. Si puede ir a un campo mejor, si no, los recorridos de caza que ofrecen algunos clubes de tiro servirán perfectamente. Qué hacer entonces?. Simple, disparar a brazo alzado y con apoyos inestables como trípodes y bípodes. Pruebe a diferentes distancias, a blancos fijos y móviles. Aproveche a disparar en todas las posiciones, de pie, rodilla en tierra, sentado, y cuerpo a tierra. Trate de duplicar los tiros ya sea que dispare con un fusil de cerrojo como con un doble. Y por último, si no lleva telémetro o no tiene un binocular con ese artilugio incluido, pruebe de estimar distancias como se hacía antes: a ojo. Prueba y error. La clave del entrenamiento es ganar “horas campo”. Y eso significa alejarse de las mesas de café, de reglaje y de la biblioteca.

10.- Expectativas razonables
Por último, pero no por eso menos importante como dice el dicho inglés, está el tema de ser razonable con las expectativas que tenga antes de arrancar la temporada. No vaya a cazar con la idea de lograr el récord del mundo, sino de disfrutar de una experiencia memorable. Nunca está demás decir que lo importante en el deporte de la caza es el lance cinegético. No el trofeo.
No hay nada peor para un guía de caza que tener un cliente esclavo de la cinta métrica o del ranking de los libros de records. Ya todos sabemos lo que decía Ortega y Gasset, aquello de que la clave más importante de nuestra actividad es estar cazando, no cazar. 

lunes, 13 de febrero de 2012

Entrevista a Juan Carlos Joy - Memorias del último Tigrero

Por Eber Gómez Berrade


Juan Carlos Joy tuvo el privilegio de ser uno de los más afamados cazadores profesionales de Sudamérica. Argentino de nacimiento, se estableció en Paraguay en la década del sesenta y se dedicó casi exclusivamente a la caza del jaguar cuando aún estaba permitida. Fue el fundador de Tiger Hill Safaris, guió personalmente a renombrados cazadores internacionales y fue amigo de personajes casi míticos de la cacería vernácula como Marmolín y Hugo Pesce.

En un viaje a Asunción y gracias a los buenos oficios de mi amigo el escribano Fernando Túrtola, Secretario del Capítulo Central Paraguay del Safari Club Internacional, tuve la oportunidad de compartir una charla con Joy en la casa donde vive con su familia no muy lejos de la capital paraguaya.
Allí me encontré con un interlocutor lúcido que matiza sus anécdotas y recuerdos con un agudo sentido del humor. Fue de la partida también Francisco Jara, su asistente de toda la vida quien comenzó a trabajar con Joy siendo muchachito y hoy, que peina unos sesenta y pico permanece leal como esperando aún las ordenes del viejo cazador a quien considera “su padre, su hermano y su amigo” según me confió en un momento de la charla.

Joy en tercera persona
Nació en Tornquist, provincia de Buenos Aires en 1925. Desde chico recorrió el país junto a su padre que trabajaba en Cementos San Martin, y quien era aficionado a la caza menor. Por aquel entonces, el bichito de la cacería no lo había picado aún, ni mucho menos imaginaba que algún día iba a convertirse en un cazador profesional de jaguares. En un tigrero.
En 1945 su destino comenzó a definirse. Se radicó en Asunción, Paraguay y allí se afincó definitivamente adoptando al país vecino como propio.
A mediados de la década del ´60, Joy tenía una empresa de turismo, ansias de aventuras y ninguna experiencia en caza mayor. Sólo cazaba patos y perdices con amigos los fines de semana, hasta que un día uno de sus compañeros lo incitó a cazar un yaguareté en el monte. Naturalmente aceptó y como él mismo dice “se largó a cazar un tigre sin saber donde tenía la cola”. La experiencia fue un fracaso naturalmente. No vio ni huellas. La segunda vez, no le fue mejor. Recién al tercer intento dio con el esquivo felino y lo abatió de un disparo certero. A partir de ese momento su vida tomó el curso para la cual estaba destinada y comenzó a cazar casi un tigre por semana. Como era obvio, de ahí a convertirse en un cazador profesional estaba solo a un paso.
Joy comenzó a organizar la que sería su empresa y pensaba llamarla Joy Jungle Safaris. Hasta que un día conoció a Bill Pickett, un cafetalero de la zona de Pedro Juan Caballero oriundo de los Estados Unidos, y a Marcelo Rubinstein, un chileno gerente de la desaparecida aerolínea Braniff Airways. Ellos también estaban armando su propia empresa de cacería y lo invitaron a sumarse. Aceptó de inmediato y así, en 1964 se creó Tiger Hill Safaris, una de las compañías de cacería más famosas de América del Sur. Algunos meses más tarde se incorporaría Hugo Pesce el cuarto socio de la empresa. Pesce era cazador, fotógrafo y aventurero, y había llegado al Paraguay con intenciones de dedicarse también a la caza profesional. 

¿Cómo fueron aquellos comienzos de Tiger Hill Safaris?
Fueron tiempos de trabajo intenso pero muy apasionante. Lo primero que hicimos fue definir cómo iba a ser la operación. Bill Pickett tenía una propiedad llamada Colina del Tigre, en donde con Marcelo Rubinstein tenían la intención de construir un parador, una especie de lodge de caza, pero yo los convencí de que no era una buena idea. Un lugar fijo sería indudablemente nuestra muerte económica porque requería mucho personal durante todo el año y nosotros solo teníamos una temporada de cuatro meses. Les dije que teníamos que ir detrás del jaguar, y no esperar que el animal venga a nosotros. Primó mi opinión y decidimos hacer campamentos. Hicimos todo nosotros mismos, desde las carpas hasta los catres. Fue mucho trabajo pero nos permitió tener una gran movilidad y un relativo confort para los clientes.


¿Los campamentos tenían la misma estructura que los campamentos africanos?
Sí, aunque en ese momento no lo sabíamos. Nuestro campamento consistía en una carpa individual para el cliente, otra para mí, dos para el personal, una destinada a depósito donde guardábamos todos los pertrechos, y por supuesto la carpa cocina, la carpa comedor que era muy grande y tenía doble techo y pared con mosquitero. Las carpas se montaban formando un semicírculo en limpios del monte que solían hacer los indios en sus excursiones de caza. Recuerdo que muchos años después cuando vi la película África Mía, me asombró ver en una escena del campamento, las mismas cosas que teníamos nosotros: mesas, platos, jarros de loza. Era todo exactamente igual. Pero le juro que nos copiamos. A lo mejor se copiaron ellos…

¿Y ustedes tenían también tanto personal como se estila en África?
No que va. Además del cazador profesional, el personal consistía en un cocinero, un ayudante y mi asistente Francisco. Me acuerdo que un día un cliente me criticó el servicio porque estaba acostumbrado a los campamentos africanos que tenían mucho personal nativo y probablemente más confort, en cambio nosotros teníamos solo el personal indispensable.

¿Cómo consiguieron los primeros clientes?
Bueno al principio nos orientamos a la clientela de los Estados Unidos. Nos ayudó mucho en términos de promoción, haber participado en unos documentales llamados “La Pesca del Dorado en el Paraguay” y “La caza de la Perdiz en el Paraguay”, para el programa de la American Sportsman. Ambas películas tuvieron mucho éxito y en una de ellas participó el actor Richard Crenna (conocido años después por tener el papel del coronel en la saga de las películas de Rambo)
Eso nos dio un gran impulso en el mercado americano, hasta que Estados Unidos comenzó a aplicar la ley de protección de los “spotted cats”, que prohibía la caza del jaguar. Y a partir de ahí viramos nuestra clientela a cazadores españoles, italianos, franceses y belgas.


¿Cuánto tiempo duraba un safari promedio de jaguar?
Yo empecé haciendo safaris de 21 y de 15 días. Pero con el tiempo me di cuenta que con dos semanas era suficiente y podía tener dos clientes por mes. Lo que no estaba mal, teniendo en cuenta que la temporada comenzaba en Mayo y finalizaba en Agosto, es decir que teníamos sólo cuatro meses completos de actividad.

¿Supongo que los cazadores internacionales famosos que ustedes recibieron también eran una buena promoción para la empresa?
Sí claro, además de Richard Crenna, pasaron por Tiger Hill el Conde Sacha de Montbel, autor del libro “Grandes Cacerías”, donde nos menciona a Tony de Almeida que operaba en el Pantanal brasileño y a mí como los mejores cazadores de Sudamérica; el Dr. Nicolás Franco; y el español Valentín de Madariaga y Oya, que fue premio Weatherby en 1977, y quien ya para esa época tenía 265 especies cazadas. Todos ellos ayudaron también a la promoción de nuestra empresa en Estados Unidos y Europa.

¿Cómo conoció a Hugo Pesce?
Un día Hugo se presentó en mi oficina. Estaba recién casado y venía de un pueblo a orillas del Paraná en el que vivía su esposa, una bella joven y noble húngara a la que apodaban Bipsi. Me contó sus planes de montar un negocio de safaris, y en ese momento pensé que era preferible incorporarlo a la sociedad que tenerlo de competencia. Lo invitamos a participar y aceptó convirtiéndose en el cuarto socio de Tiger Hill. El se encargaba de la operación de cacería a tiempo completo. Era un hombre muy callado, buen organizador y excelente fotógrafo. Sin embargo un año después abandonó la sociedad para crear su propia firma de safaris. Nos separamos muy amigablemente y sin problemas. Dividimos las cosas que teníamos de acuerdo a lo que cada uno había invertido. Hugo se llevó lo suyo e hicimos un convenio en el cual estipulábamos que no podíamos molestarnos ni compartir áreas en un radio de 15 km a la redonda de donde estuviera cada uno, y además que ambos podíamos utilizar las fotos que teníamos en común. Tengo un gran recuerdo de él y de su familia.

¿Y Marmolín llegó a trabajar en Tiger Hill?
No, pero pasó un tiempo en nuestro campamento luego de conocernos.  Augusto Mármol se llamaba, y era un tipo excepcional aunque había días que se levantaba con la mufa y se peleaba con todo el mundo era un tipo excelente. Yo lo quería como a un hermano. Lo conocí en una balsa cruzando el río Paraguay. El volvía de Asunción con un amigo llevando un repuesto para su Citroën 2CV que se había quedado en el camino. Lo acerqué hasta su auto y se vino con nosotros hasta el campamento en la Aguada La Faye. Allí cazó puma y jaguar y rápidamente se convirtió en un gran compañero de cacería. Al poco, tiempo viajó a África donde estuvo cazando en Angola, Sudáfrica y Sudán, en donde tuvo el accidente de tránsito en una ruta que lo llevo a prisión. Finalmente cuando volvió a Argentina falleció al poco tiempo en una operación quirúrgica.

¿Cuénteme qué armas usaba para la caza del jaguar?
Hubo una temporada en la que los clientes podían traer sus armas, así que yo los esperaba en la Aduana y me hacía responsable del uso y devolución del armamento. Cuando cayó el régimen de Stroessner ya no se podía ingresar con armas así que los clientes usaban las nuestras. Tenía un 300 Weatherby Magnum que para el Jaguar es perfecto, es demasiado grande para el puma pero ideal para el jaguar. Yo lo usaba para la caza de espera a la noche.
Después tenía un Mauser argentino deportivizado que para mí era un arma perfecta en calibre 7,65. En esos días convertíamos las balas militares en hollow point y las usábamos con gran efectividad. Y por último también usaba un 308 Winchester como arma de respaldo.

¿Conserva sus rifles?
Sí por supuesto. Esos me van a acompañar hasta el cajón.

Bueno por las dudas llévese el 7,65 que anda bien para todo….
Si, uno nunca sabe lo que irá a encontrar del otro lado

¿Alguna vez tuvo un accidente?
Usted sabe que no. Nunca tuve un accidente con jaguares, ni con víboras, nada. Una vez sola con Francisco tuvimos un susto que no pasó a mayores.
Un día se me ocurre invitar a cazar a un oficial militar de la base aeronáutica de Nueva Asunción, llamado Julio. Nos metimos en el monte y encontramos un tigre que por los perros se subió a un árbol. Antes de darle la orden a Julio para que dispare, le tomé varias fotos y luego sí, le disparó cinco tiros con su rifle y balas militares. El tigre saltó como si nada, corrió unos metros y se subió a otro árbol. Le digo que le vuelva a disparar y  me dice que se había quedado sin municiones. Ahí nomás le doy mi Mauser a Julio, le vuelve a tirar y el jaguar finalmente cae al suelo. Cuando empezamos a preparar el lugar para la foto, le digo a Francisco -que nunca usó armas de fuego- que cortara unos yuyos con el machete. En ese momento el tigre se levanta y comienza a correrlo. Francisco corre en mi dirección y de repente me encuentro frente al tigre herido, armado sólo con mi cámara de fotos. Gracias a Dios pasó al lado mío y cayó muerto a  unos pocos metros. Al verlo levantarse Julio le había vuelto a disparar con el Mauser pero la bala picada no salió. A Francisco y a mí nos dio un ataque de risa por la tensión supongo, pero a nuestro pobre amigo le dio un ataque de pavura.  Tuvimos mucha suerte ese día.

¿Se acuerdo cuántos jaguares cazó?
Sí claro, en Tiger Hill se cazaron 50 jaguares, y de esos yo debo haber cazado unos 40 más o menos. El más grande que cacé pesó 120 kilos. Pero el record ha sido de 165 kilos.

¿Los jaguares de Paraguay son más chicos que los del Matto Grosso?
Sí, pero por un tema del ambiente. Yo no comparto la idea de que existe una diferencia biológica dentro de la especie. Para mí todos son iguales, lo que pasa es que los del Chaco Paraguayo son más pequeños por la falta de agua y diferencia de alimentación. Allí difícilmente alcancen los 130 o 140 kilos que tienen los del Pantanal, el Matto Grosso y los de la región oriental del Paraguay.

¿Y si hablamos de peligrosidad, donde ubicaría al jaguar comparado con el tigre de Bengala o los felinos africanos?
No, los jaguares no tienen gran peligrosidad según mi experiencia. Claro que tampoco son como los pumas. En general el jaguar trata de poner distancia y tiene que estar herido para que cargue a un hombre. No es como el tigre de Bengala o el león que son antropófagos. La dificultad radica en sacarlo de la selva.

¿Por último, cómo ve la situación de conservación actual del jaguar?
Y es preocupante, porque cada día se lo está arrinconando más. Pero no es un problema de presión de caza, sino de desaparición del hábitat. Es cierto que en las estancias de Paraguay y Brasil existen problemas de convivencia con el hombre debido a que a los jaguares les resulta más fácil cazar un ternero o un caballo que un animal salvaje, pero considero que el daño que se está causando a las zonas selváticas, la deforestación indiscriminada que se lleva adelante en varios países en el continente y el avance de las áreas de cultivo, son los mayores responsables de la situación que amenaza a la especie.

Publicado en VIDA SALVAJE (Enero- Febrero 2012)