sábado, 28 de abril de 2012

Entrevista a Alberto Vázquez-Figueroa

Sobre elefantes, novelas y aventuras

Por Eber Gómez Berrade
  
Definir al escritor español Alberto Vázquez-Figueroa en pocas líneas es casi imposible. Para empezar digamos que es una de las plumas más prolíficas de habla hispana con más de un centenar de novelas publicadas. En su larga y aventurera vida ha sido buzo, corresponsal de guerra, inventor, cineasta y cazador de elefantes en el África central. Justamente de esa etapa conversamos mano a mano con quien -sin dudas- es una de las personalidades más atractivas de la literatura contemporánea.
Como presentación, vale decir que Alberto Vázquez-Figueroa nació en 1936 en Santa Cruz de Tenerife. Antes de cumplir un año, su familia fue deportada por motivos políticos al norte de África. Al poco tiempo su madre falleció y su padre enfermó. Así que fue enviado a vivir con un tío que era administrador civil de un fuerte militar en el desierto del Sahara. Allí aprendió a leer y escribir, y siendo niño se apasionó con La isla del Tesoro de Stevenson, El corazón de las tinieblas de Conrad y las creaciones de Julio Verne. Siendo adolescente volvió a España y estudió buceo, al recibir su habilitación se enroló con Jacques Cousteau con quien pasó dos años, y luego comenzó a trabajar de profesor de submarinismo en un buque escuela.
Navegó alrededor del mundo, participó en operaciones de rescate subacuático, y luego estudió periodismo. Cómo dice en el transcurso de la charla, su idea no era “pasarse la vida en una redacción sino ver mundo”. Volvió a África, pero esta vez al centro del continente. Allí luego de su experiencia como cazador, se convirtió en corresponsal de guerra, y se largó a cubrir las revoluciones en Guinea, Chad, Congo, República Dominicana, Bolivia, y Guatemala. A los 27 años escribía para La Vanguardia, y llegó a ser periodista joven mejor pagado de España.
Su primera novela fue Arena y Viento que escribió a los 16 años, recién comenzó a ganar dinero con la literatura a los 40 años cuando publicó Ebano. Y el reconocimiento literario le llegaría con Tuareg, según él, su mejor novela. A partir de ahí se convirtió literalmente en una “máquina de escribir”. Ya lleva más de cien títulos en su haber, más de 15 millones de ejemplares vendidos sólo en España, y es uno de los autores más traducidos en el mundo entero. Algunos de sus libros fueron llevados al cine en más de veinte películas, en las cuales participó como guionista o como director. Así fue que actores de la talla de Omar Shariff, Peter Ustinov, Mark Harmon, Michael Caine, Alberto de Mendoza, José Sacristán y William Holden, dieron vida a sus personajes en la pantalla grande. En los últimos años y paralelamente a su producción cultural, desarrolló una actividad completamente distinta: la de inventor. Así fue como un día se dio cuenta que utilizando el fenómeno de ósmosis inversa, se podía desalinizar agua de mar convirtiéndola en potable y generando al mismo tiempo energía eléctrica libre de contaminación y por sobre todo, barata. Su invento se transformó en proyecto, que hoy se disputan varios países del Oriente Medio.
Vázquez-Figueroa tiene miles de anécdotas, muchas muy extrañas; fue mordido por vampiros en el río Napo de la Amazonia, y desde entonces no puede comer ajo; fue atacado por una orca en las islas Galápagos; y un largo y sorprendente etcétera. Pero acá estamos, listos para conversar sobre lo que más nos interesa: la caza del elefante en África central.

¿Cuándo decidió convertirse en cazador de elefantes?
A mediados de la década del 60, poco tiempo después de terminar mis estudios en la Escuela de Periodismo volví a África, después de vivir mi niñez en el Sahara Español. En esa época no quería pasarme el resto de mi vida en la redacción de un periódico, escribiendo sobre cosas que nunca iba a presenciar. Cuando uno se ha criado en el desierto y se ha empapado de libros que le hablan de las maravillas del mundo quiere ir a verlo con sus propios ojos.
Así fue que llegué a la Guinea Española, y conocí en una partida de póquer a quien iba a ser un gran amigo mío, Mario Corcuera. Mario era piloto, comandante de Caravelle, y un muy buen cazador a quien llamaban para hacer operaciones de raleo de elefantes. Y un buen día me pidió que lo acompañara.

¿En qué circunstancias las autoridades solicitaban estas operaciones?
Como bien sabes los elefantes suponen un peligro para la subsistencia de algunos poblados, porque cuando llegan a viejos pierden su tercer juego de muelas y, al quedar desdentados, toman la costumbre de entrar en los campos de cultivo a comerse el maíz o la yuca muchas veces terminando con lo que esa aldea tiene para subsistir durante todo el año.
La tarea del cazador regulador, a diferencia del cazador profesional, es la de equilibrar los tantos. No se puede permitir que los elefantes acaben con los sembrados pero tampoco que se acabe con ellos. Además los elefantes viven casi ochenta años, cuando el resto de animales africanos vive quince años como máximo. Se beben en un solo día lo que beberían cincuenta animales diferentes. Por eso, hay momentos en que tienes que elegir entre matar elefantes o dejar morir a otras cincuenta especies diferentes. No se trata de matar por matar sino de balancear las poblaciones de diferentes especies.

¿Y cómo era el trabajo de regulación que realizaban?
Nos avisaban de que un macho viejo había pasado por un poblado y teníamos que darle caza. Tal vez esa aldea estaba a cuatro o cinco días de viaje y cuando llegábamos teníamos que seguirle la pista. Cuando se trata de cazar paquidermos, si no llevas un buen rastreador estás perdido, porque puedes seguir a una manada y cuando estás a punto de alcanzarlo, cae la noche y hay que detenerse, mientras que él, que no duerme más que un par de horas, sigue caminando y sacándote ventaja.

 ¿Cuánto tiempo duraban las cacerías aproximadamente?
Podían durar varios días e incluso semanas. Imagínate que cuando vas siguiendo huellas no puedes llevar más que el fusil y comida para tres días como mucho. Muchas veces el rececho se extendía más de lo planeado, y se convertía en una pesadilla, sin nada que comer y durmiendo en el suelo.
Cierto día estábamos tras un gran macho muy esquivo. Tanto fue así que al seguirlo nos quedamos sin comida. Finalmente cuando lo abatimos, nos comimos parte de su trompa. Según los nativos, la parte más sabrosa. Según yo, algo asqueroso con un aspecto como de callos a la madrileña pero malolientes. Bueno que no teníamos otra cosa a la mano. Al otro día me empecé a sentir mal del estómago. A la vuelta a la ciudad, consulté con un médico y me dijo que podía ser una indigestión o una amebiasis y me dio unas pastillas. No le creí, para mí era un envenenamiento de trompa de elefante. Casi un año después, estando en Río de Janeiro, me vuelvo a descomponer con dolores tremendos.  Fui a un médico, y le conté mi historia sobre el envenenamiento de trompa del elefante. El médico brasileño me miró desconcertado, me revisó y al rato me dijo, muy educadamente, “pues mire usted, lo que tiene es una apendicitis que se ha transformado en una peritonitis, así que de acá al quirófano”. Me salvé con lo justo.

¿Y qué armas usaban para cazar en la selva?
Yo utilizaba por aquel entonces un rifle doble Holland& Holland calibre 500. Una joya, y la mejor arma para elefantes de foresta. En esas operaciones debíamos tirar al cerebro. Mi amigo Mario tenía su Remington en calibre 30-06, lo que para mí se me hacía extremadamente liviano, pero en sus manos funcionaba a la perfección.
En una ocasión íbamos Mario, nuestro pistero Alf -al que años después mataron los de su propia tribu para comerle el corazón porque era un hombre muy valiente y además ligaba mucho con las chicas de su tribu- y yo. Cuando de repente nos salió un gorila de entre los árboles. Mario se quedó quieto, mientras que yo, que le había dado mi arma a Alf, le decía por lo bajo a Mario que le disparara. Pero el muy jodido, ni se movía mientras el simio rugía  y se daba golpes en el pecho. No sabía si quedarme allí parado o salir corriendo. Finalmente el gorila se dio media vuelta y se fue. Como si nada. En ese momento le reproché a mi compañero su falta de coraje por no haberle disparado, a lo que me respondió: ¿Recuerdas qué balas llevamos en el rifle?, me preguntó. Y ahí me acordé. En su fusil tenía balas sólidas para elefante, las que disparadas a tan corta distancia al gorila podría haberle dado tiempo de echársenos encima y aplastarnos el cráneo antes de caer muerto. En aquella época tenía mucho que aprender, y afortunadamente Mario era mejor cazador que yo.

¿Tuvieron algún accidente con elefantes?
No, aunque lo más peligroso era cuando teníamos que seguir a un elefante que había entrado en un poblado y que había sido herido por los nativos que lo atacaban con lanzas o algún otro artilugio poco efectivo. Ahí la cosa se complicaba porque un elefante herido es peligrosísimo, no sólo por su fuerza sino también por su astucia. Los ejemplares viejos en especial son muy listos.  Si se dan cuenta que los sigues se meten en los cañaverales, y se protegen con el oído y el olfato de manera que cuando oye tus pisadas sobre las cañas, se te tira encima y acaba contigo
Recuerdo que a mi amigo Gianni Roghi lo mató uno de ellos en Bangui en 1967. Tardamos varios días en encontrar su cuerpo porque el elefante ocultó su cuerpo con ramas. Finalmente dimos con su cadáver cuando las hienas y los buitres lo destaparon. Roghi, era un famoso buceador italiano, autor de varios libros sobre submarinismo con el que coincidí en algunas inmersiones y en el Primer Congreso Mundial de Actividades Subacuáticas en el año 60. Era un tipo muy fuerte y muy simpático pero tenía poca experiencia en selva.

 ¿A pesar de no ser típicos “marfileros”, podían vender los colmillos que obtenían?
En algunos lugares como en la Guinea Española, sí estaba permitido venderlo. En otros países, dejábamos el animal y las autoridades se hacían cargo de todos los despojos.

¿Le pagaban bien por el marfil?
Generalmente no. Me acuerdo que Mario se quedó con unos colmillos muy grandes. A mí no me interesaban en absoluto. Nunca me ha interesado guardar objetos de mis viajes. La verdad es que viví toda mi vida yendo y viniendo y nunca me quedé con nada, a excepción de los negativos de mis fotos. Alguna vez le mandaba a mi padre algún recuerdo que él guardaba. Por eso creo que me deshice del Holland & Holland. Pero cuando llevas este tipo de vida, tienes que tener una absoluta libertad de movimiento. Creo que los recuerdos se llevan en la memoria.

¿En qué países siguieron la senda de los elefantes?
En varios. En la Guinea Española, el sur del Sudán, el Camerún, lo que hoy es la República Central Africana que era antes el Ubangui Chari, Uganda. Como cazador he recorrido buena parte del continente. Luego como periodista y corresponsal de guerra he podido visitar muchos lugares alejados de la mano de Dios, como Chad y el Congo. Más tarde he estado en Sudáfrica no cazando, sino trabajando para Televisión Española en plena época del apartheid. La verdad es que no me gustaba nada la situación racial que se vivía allí. Hacía poco que había ocurrido la revuelta de Soweto, cerca de Johannesburgo, donde veías las alambradas, los tanques, y decías joder, cuánto durará todo esto. Tengo muy malos recuerdos de ese país, excepto de las mujeres que eran bellísimas. 

¿Cuánto de usted tiene el personaje de Jonathan Rhin, aquel “marfilero” que buscaba al mítico elefante Abdullah en su novela Marfil?
Supongo que nada. Mira, en literatura los personajes tienen que ser independientes del autor. Es cierto que en mis primeros libros como Arena y Viento, o Bajo siete mares, hay mucho de mí, pero cuando te conviertes en novelista tienes que ser distinto de todos los personajes. En toda mi carrera debo haber creado más de mil personajes, y yo no puedo tener nada que ver con ellos.

¿Y en qué libros plasmó sus experiencias como cazador de elefantes?
Hay varios en los que he utilizado situaciones de aquellas épocas y de aquellos lugares, por ejemplo en África llora, África encadenada, Marfil, o en  Kalashnikov. Esas experiencias siempre han estado junto a mí, igual que las del desierto, las selvas sudamericanas o del océano, 

¿Leyó a los cazadores ingleses que han escrito sobre cacerías de elefantes?
Sí claro, sobre todo cuando era joven, me gustaba Hunter, Karamojo Bell, Pondoro Taylor, pero el que más me interesaba era Hemingway, tal vez por el carácter novelado de su escritura. Era un gran admirador de Hemingway a quien conocí siendo yo muy joven. Hasta que leo Las verdes colinas de África, donde explica cómo le pega un tiro a un búfalo en los pulmones para poder describir -en más de tres páginas- la agonía del animal cuando se va asfixiando, me pareció un hijo de puta y ya no pude mantener la admiración que le tenía. Un verdadero cazador debe intentar matar al animal que busca de una manera rápida y con el menor sufrimiento posible.  

¿Está al tanto de la situación actual que atraviesan los países de África central donde vivió?
Sí, de alguna manera. Hace unos cinco años publiqué mi libro Coltán, cuando en ese momento casi nadie sabía lo que era, ni para que se utilizaba la columbita y tantalita (de ahí el nombre coltán). Resultó que la extracción por parte de niños esclavos de este mineral estratégico (con lo que se hacen los procesadores por ejemplo), se convirtió en un grave flagelo en el Congo que además es causal de numerosos conflictos bélicos de baja intensidad que muchas veces se creen de origen étnico y no lo son. Sin embargo en estos momentos estoy más interesado en el presente de Europa.  La llegada del euro se ha convertido en un fracaso total, que recuerda a la situación que enfrentaron ustedes en Argentina hace unos diez años con su corralito y su crisis social y económica. Esto no quiere decir que no vuelva a escribir sobre África, pero por ahora estoy más enfocado en la problemática europea.

Muchos de sus libros tratan temas como el tráfico de sangre humana, la explotación del oro, del caucho, del marfil, del coltán, la trata de personas, la falta de agua potable, y ahora la crisis internacional. ¿Siente que su tarea como escritor además de entretener, es advertir a la sociedad sobre ciertos conflictos?
Mira, cuando investigué el tema del coltán, lo hice porque un mercenario amigo me contó de qué se trataba esa explotación. Yo vi buscadores de oro en África y en el Amazonas, así como buscadores de esmeraldas en Venezuela, donde yo mismo las busqué, pero nunca había visto algo similar como lo que sucede con el coltán. Y eso es sobre lo que quise escribir. Esa es mi labor, es lo que tengo que hacer. No aspiro al premio Nobel de literatura. Mi tarea es la de contar historias que casi siempre se ocultan a la opinión pública. Recuerda que me crié con los tuareg en la tradición del desierto, donde el que sabia contar una historia alrededor de la fogata era el importante de la tribu. Por eso me considero más un contador de historias que un escritor.


Publicado en Revista Vida Salvaje (Abril 2012)

domingo, 1 de abril de 2012

Caza Mayor - Diez claves para empezar la temporada


Por Eber Gómez Berrade

En estos momentos están comenzando las temporadas de caza en buena parte de planeta. En Argentina naturalmente Marzo es el mes de la brama de los ciervos colorados, al igual que lo es en Nueva Zelandia. En África, si bien las temporadas varían de acuerdo a cada país, Sudáfrica y Namibia están inaugurando el 2012. En Abril le seguirá Botswana, en Mayo, Zambia, y recién a mediados de año comenzará la caza en Mozambique, por nombrar solo algunos de los destinos de safaris más populares en el continente negro.
Cualquiera sea el lugar elegido por el cazador, hay algunas claves que siempre vale la pena tener en cuenta a la hora de comenzar con una de las etapas más excitantes de la cacería: la preparación.
A continuación, unas diez claves para empezar la temporada con todo, ya sea que vaya por uno de nuestros colorados, antílopes africanos, osos de Alaska o carneros asiáticos.

Las Diez Claves
1.- Hacer los deberes
Una vez que haya decidido las especies que irá a  cazar en temporada, comienza una etapa larga pero fructífera que es la de decidir a qué lugar irá y qué compañía o cazador profesional contratará.
Hacer estos deberes correctamente le ahorrará dolores de cabeza en el futuro y le permitirá disfrutar a pleno de una experiencia única. Para esto es buena idea estudiar la información disponible sobre la ubicación de los mejores trofeos, en qué áreas o países se encuentran, donde están las tasas de abate más económicas, evaluar las distancias y la logística que terminarán encareciendo la cacería, y por último analizar a las empresas de safaris o outfitters de cada lugar. Aquí, como en toda decisión de negocios, le sugiero que se guíe por el prestigio de la empresa, la confiabilidad y naturalmente por el “rendimiento” en términos de trofeos obtenidos. En este sentido considero que hay tres variables a tener en cuenta a la hora de decidirse por una empresa de safaris ya sea nacional o extranjera. En primer lugar el costo total de la cacería (que siempre será alto tratándose del dinero propio); Segundo el “lucro cesante”, es decir el costo extra que deberá afrontar por ausentarse de su actividad personal por el período que dure la cacería, que puede ser de 5 a 30 días dependiendo del lugar y lo que vaya a cazar; Y tercero, la ilusión, tal vez la más importante de las tres pero difícil de contabilizar. No hay peor sensación que volver de una cacería con el sabor amargo de la desilusión, ya sea por la baja calidad de los trofeos, por un servicio deficiente o simplemente porque la empresa contratada no respetó alguno de los términos prometidos.  
Afortunadamente, esta primera clave no es muy difícil de llevar adelante, sólo deberá averiguar sobre las distintas alternativas disponibles, asesorarse y consultar referencias. En el mundo de los safaris, también lo barato sale caro (como sucede en toda actividad), y en este mundo las “gangas” tampoco existen. Tenga presente que para las empresas de safaris esto es un negocio, y por lo tanto aunque resulte una obviedad, el cliente siempre recibirá en la misma proporción de lo que haya pagado.

2.- Conocer las especies a cazar
Hay una escena de la película The Macomber affair, basada en un cuento de Ernest Hemingway, donde el protagonista, un cliente estadounidense llamado Francis Macomber, le pregunta a su cazador profesional, un inglés llamado Wilson (interpretado por Gregory Peck), “y dígame, ese animal de ahí, no lo conozco, qué es?, señalando una cabeza colgada sobre la pared de un bar de Nairobi. A lo que Gregory Peck responde “…el gran kudú”, con cara de que tendrá por delante un largo y aburrido safari. Está claro que Macomber, que había llegado a Kenia a realizar su primera experiencia africana no tenía ni la más remota idea de lo que iba a cazar. Me imagino que, si ni siquiera conocía el nombre del más paradigmático antílope africano, mucho menos sabría de comportamiento, hábitos de alimentación, temporada de celo, huellas, etc. de los animales de su lista.  
Conocer estas características de las especies a cazar, le permitirá disfrutar aun más la cacería, tomar decisiones en cuanto a la forma de cazarlas y complementarse mejor con el guía o el cazador profesional. Para él será un placer poder guiar a un cliente que sabe lo que hace y conoce al animal que busca.  Para esto hay dos fuentes de conocimientos, la experiencia en el campo y la lectura. En el primer caso, no hay mucho que decir. En el segundo, si el objetivo es el colorado pampeano o patagónico, le sugiero un par de libros sobre este emblemático trofeo argentino. El más antiguo es “El ciervo colorado” de Esteban Lyka, que tiene por subtítulo, “Su especie, vida, costumbres y cacería”. Exactamente de lo que aquí se trata. El otro libro de lectura obligada es “El ciervo rojo argentino” de mi querido amigo el Dr. Juan Campomar. La primera edición está agotada y se ha convertido casi en un incunable. Por suerte hay una segunda edición en camino.

En el caso de que el destino sea algún país extranjero, ahí tal vez la cosa se complique un poco más a la ahora de buscar información sobre la ecología de las especies cazables. Lamentablemente es poco lo que se puede encontrar en idioma castellano sobre animales de África, Alaska, Asia u Oceanía, a no ser que sean viejos libros de aventuras y relatos de caza. Pruebe en estos casos de buscar información en atlas o guías de mamíferos de las diferentes regiones del globo. Otra fuente interesante de consulta son los libros de récords. Tanto los del Safari Club Internacional como el de Rowland Ward, tienen apartados taxonómicos de cada una de las especies de cada continente. Por último, otra buena fuente de material de consulta la encontrará en artículos de revistas especializadas como ésta, y por supuesto navegando en internet. Seguramente encontrará allí algo que le sea de utilidad.

3.- Buen estado físico
Siempre es bueno estar en estado. Obvio. Pero mucho mejor es estarlo antes de empezar a recorrer mallines en busca del macho bramador, o antes de seguir las huellas de un huidizo antílope en el medio del bush. La realidad es que para los argentinos, la temporada de caza comienza en muchos lugares cuando terminan las vacaciones. O sea, peor imposible. Los kilos demás acumulados en los meses veraniegos y la natural vida sedentaria moderna hace cuesta arriba todo esfuerzo de estar en condiciones físicas aptas, a menos que se prepare antes para la temporada cinegética. Por supuesto que antes de buen estado físico hay que tener un buen estado de salud. Ya hemos hablado en una nota sobre la salud en el safari, pero nunca es malo recordarlo. Aproveche este tiempo para ponerse al día y decídase a hacer el postergado chequeo médico, la consulta con algún especialista, conseguir lentes de repuesto, obtener las recetas de medicamentos que deberá usar en el viaje, y un largo o corto etcétera según sea cada caso en particular.  

4.- Vacunas para todos
Tener un programa actualizado de vacunación es fundamental a la hora de decidir en qué lugar iniciará la temporada de caza. Podemos decir que existen dos clases de vacunas: las “todo terreno”, y las específicas de cada región. Las primeras son las clásicas que necesitará para cualquier actividad al aire libre en cualquier parte del mundo, desde Canadá, hasta Bariloche, pasando por África y Nueva Zelandia. Me refiero a la del tétanos, a las de la hepatitis, los refuerzos de gammaglobulina, etc. Las específicas dependerán de las regiones a las que vaya, y ahí el menú es mucho más amplio: fiebre amarilla, tifus, para-tifoidea, cólera, rabia, o profilaxis contra la malaria. La única forma de saber qué tipo de vacuna inocularse es consultando a un medico infectólogo. No hay otra. Evite  “auto prescribirse” tal o cual vacuna en base a lo que leyó en algún libro, revista o sitio de internet, tampoco copie lo que hizo su amigo durante su safari del año pasado. La elección de la vacuna específica para cada organismo es algo que sólo un médico puede prescribir, ya que tomará en cuenta las reacciones que cada droga utilizada provocará en cada organismo en particular.

5.- Los papeles en orden
Trate de no comenzar la temporada de caza “flojo de papeles”, y más aún si viaja al extranjero. Ojo, no se asuste que no hablo de ponerse al día con la AFIP, sino a tener en regla toda la documentación relacionada con la cacería. Por ejemplo, el pasaporte y demás documentos nacionales deberán estar  actualizados, y por disposición del gobierno deben usarse sólo aquellos que digan Mercosur en su portada. Si visita un país en el que se requiera visa, asegúrese de tramitarla con el suficiente tiempo de antelación.
Cuando hablo de papeles, también me refiero a su cartilla de la fiebre amarilla, los seguros médicos y de asistencia al viajero, las permisos del Renar para la exportación temporaria del arma, los pasajes de avión, los permisos de caza si en Argentina, los formularios que deba completar para el outfitter, y algo también importante: todos aquellos papeles relacionados con la contratación de la cacería, desde el folleto del operador, los emails intercambiados, la lista de precios, el contrato, etc. De esa manera, evitará cualquier mal entendido a la hora de tratar directamente con la empresa de safaris. Una carpeta donde tenga todo esto en copia de papel, le servirá además de respaldo para lo que almacene en su computadora.

6.- El arma ideal
La elección del arma es directamente proporcional a la elección de la especie que va a cazar en esta temporada. Con esto me refiero no sólo al calibre requerido, sino también al tipo de acción del fusil. Claramente esto siempre dependerá del gusto del usuario, pero a mi criterio hay dos claves básicas: Tener el calibre adecuado (y un poco más si es posible) para el animal a buscar, y la acción adecuada para no correr riesgos innecesarios. Me explico,  si tuviera un monotiro lo dejaría para cazar especies de planicie, pero no para la caza de osos o de algunos de los big five, aunque sea de grueso calibre. Dicho esto, el arma ideal para llevar -siempre que cumpla con estos dos requisitos previos-, es aquella con la que uno se sienta más seguro y cómodo al momento de disparar.

7.- Que munición llevar
La elección de la munición adecuada para un safari da para varios artículos y algunos libros más. Sin embargo, desde mi experiencia, muchas veces nos tenemos que conformar con lo que hay en el mercado en ese momento. Si llegó a la conclusión que una punta más pesada es lo que usted necesita para abatir alguno de los cinco grandes, es probable que se convenza de elegir la munición Kynoch o tal vez las más pesadas Norma African PH. El problema es que son casi imposibles de conseguir en Argentina.
Aquí también aparece la disyuntiva factory versus recarga. Esta es otra gran disquisición cuasi filosófica y hay tantas hipótesis como situaciones a las que se enfrenta el cazador-recargador. La realidad es que abatir al trofeo que tanto se buscó con una munición de autor, es un placer extra que se agrega a la cacería. Pero evalúe el riesgo de fallas en una cacería cara y en el extranjero. Donde no dudaría en usar las factory (pero probadas con anterioridad y la de mejor calidad que consiga) es en los safaris de caza peligrosa. Así disminuirá el riesgo de mal funcionamiento, nunca desparecerá del todo dicho sea de paso. Esta será su última línea de defensa y el mejor seguro de vida que pueda tener en un momento de riesgo.
En cualquier de los casos, no es conveniente ahorrar en municiones. Ni en calidad ni en cantidad. Practique con las mismas que usará en la cacería. La misma marca y el mismo peso de punta. Memorice la tabla balística y acostúmbrese a disparar con ellas en todo tipo de ocasión, y recuerde jamás mezclar munición en un safari. Hacerlo puede resultarle caro y en algunos casos, peligrosísimo.

8.- Equipo de caza apropiado
Si ya es un veterano de bramas, no hace falta describir aquí lo que deberá llevar a su cacería. Si viaja al exterior, le sugiero que se ponga en contacto con su profesional o empresa outfitter para que ellos le recomienden algunas cosas que deberán ser infaltables en su lista de equipo. Recuerde que si sale en Marzo o incluso en Abril, es el fin de la temporada de lluvias en varios países del África austral, así que no es mala idea llevarse un quipo de agua para resistir los últimos chubascos tropicales. La clave aquí es no complicarse demasiado. Recuerde que si no va a acampar a algún parque nacional andino, los cotos privados y las operaciones de safaris en nuestro país como en el exterior ofrecen servicio de lavandería diario. Por eso con dos mudas de ropa es suficiente. Una lista de chequeo, le será de mucha ayuda al ir tildando cada cosa al momento de armar su bolso y lo mismo al volverlo a armar en el campamento.
En cuanto a artefactos ópticos y tecnológicos, una pocas palabras. Que sean de la mejor calidad y lo menos complicado posible. Si utiliza mira telescópica, que sea la mejor que pueda obtener. Recuerde que los binoculares son la herramienta fundamental para el cazador profesional que debe evaluar el trofeo en el campo, pero la mira lo es para el cazador que deberá ubicar la bala en el lugar indicado. Es cierto que a medida que pasa el tiempo, cada vez hay aparatos más y más sofisticados. Pues no se complique demasiado. La arena, la tierra, la lluvia, el barro, el frío y el calor extremo atentan contra la delicadeza tecnológica, por lo que es muy bueno depender lo menos posible de estas maravillas tecnológicas bajo las duras condiciones que imperan en un safari de caza mayor.

9.- Entrenar antes de la cacería
Es algo que parece obvio pero no pasa habitualmente. Está perfecto probar el rifle en el polígono de tiro, alinear la mira, probar la munición que llevará. Todo eso está muy bien, pero una vez hecho esto. Váyase de la mesa de reglaje. Si puede ir a un campo mejor, si no, los recorridos de caza que ofrecen algunos clubes de tiro servirán perfectamente. Qué hacer entonces?. Simple, disparar a brazo alzado y con apoyos inestables como trípodes y bípodes. Pruebe a diferentes distancias, a blancos fijos y móviles. Aproveche a disparar en todas las posiciones, de pie, rodilla en tierra, sentado, y cuerpo a tierra. Trate de duplicar los tiros ya sea que dispare con un fusil de cerrojo como con un doble. Y por último, si no lleva telémetro o no tiene un binocular con ese artilugio incluido, pruebe de estimar distancias como se hacía antes: a ojo. Prueba y error. La clave del entrenamiento es ganar “horas campo”. Y eso significa alejarse de las mesas de café, de reglaje y de la biblioteca.

10.- Expectativas razonables
Por último, pero no por eso menos importante como dice el dicho inglés, está el tema de ser razonable con las expectativas que tenga antes de arrancar la temporada. No vaya a cazar con la idea de lograr el récord del mundo, sino de disfrutar de una experiencia memorable. Nunca está demás decir que lo importante en el deporte de la caza es el lance cinegético. No el trofeo.
No hay nada peor para un guía de caza que tener un cliente esclavo de la cinta métrica o del ranking de los libros de records. Ya todos sabemos lo que decía Ortega y Gasset, aquello de que la clave más importante de nuestra actividad es estar cazando, no cazar. 

lunes, 13 de febrero de 2012

Entrevista a Juan Carlos Joy - Memorias del último Tigrero

Por Eber Gómez Berrade


Juan Carlos Joy tuvo el privilegio de ser uno de los más afamados cazadores profesionales de Sudamérica. Argentino de nacimiento, se estableció en Paraguay en la década del sesenta y se dedicó casi exclusivamente a la caza del jaguar cuando aún estaba permitida. Fue el fundador de Tiger Hill Safaris, guió personalmente a renombrados cazadores internacionales y fue amigo de personajes casi míticos de la cacería vernácula como Marmolín y Hugo Pesce.

En un viaje a Asunción y gracias a los buenos oficios de mi amigo el escribano Fernando Túrtola, Secretario del Capítulo Central Paraguay del Safari Club Internacional, tuve la oportunidad de compartir una charla con Joy en la casa donde vive con su familia no muy lejos de la capital paraguaya.
Allí me encontré con un interlocutor lúcido que matiza sus anécdotas y recuerdos con un agudo sentido del humor. Fue de la partida también Francisco Jara, su asistente de toda la vida quien comenzó a trabajar con Joy siendo muchachito y hoy, que peina unos sesenta y pico permanece leal como esperando aún las ordenes del viejo cazador a quien considera “su padre, su hermano y su amigo” según me confió en un momento de la charla.

Joy en tercera persona
Nació en Tornquist, provincia de Buenos Aires en 1925. Desde chico recorrió el país junto a su padre que trabajaba en Cementos San Martin, y quien era aficionado a la caza menor. Por aquel entonces, el bichito de la cacería no lo había picado aún, ni mucho menos imaginaba que algún día iba a convertirse en un cazador profesional de jaguares. En un tigrero.
En 1945 su destino comenzó a definirse. Se radicó en Asunción, Paraguay y allí se afincó definitivamente adoptando al país vecino como propio.
A mediados de la década del ´60, Joy tenía una empresa de turismo, ansias de aventuras y ninguna experiencia en caza mayor. Sólo cazaba patos y perdices con amigos los fines de semana, hasta que un día uno de sus compañeros lo incitó a cazar un yaguareté en el monte. Naturalmente aceptó y como él mismo dice “se largó a cazar un tigre sin saber donde tenía la cola”. La experiencia fue un fracaso naturalmente. No vio ni huellas. La segunda vez, no le fue mejor. Recién al tercer intento dio con el esquivo felino y lo abatió de un disparo certero. A partir de ese momento su vida tomó el curso para la cual estaba destinada y comenzó a cazar casi un tigre por semana. Como era obvio, de ahí a convertirse en un cazador profesional estaba solo a un paso.
Joy comenzó a organizar la que sería su empresa y pensaba llamarla Joy Jungle Safaris. Hasta que un día conoció a Bill Pickett, un cafetalero de la zona de Pedro Juan Caballero oriundo de los Estados Unidos, y a Marcelo Rubinstein, un chileno gerente de la desaparecida aerolínea Braniff Airways. Ellos también estaban armando su propia empresa de cacería y lo invitaron a sumarse. Aceptó de inmediato y así, en 1964 se creó Tiger Hill Safaris, una de las compañías de cacería más famosas de América del Sur. Algunos meses más tarde se incorporaría Hugo Pesce el cuarto socio de la empresa. Pesce era cazador, fotógrafo y aventurero, y había llegado al Paraguay con intenciones de dedicarse también a la caza profesional. 

¿Cómo fueron aquellos comienzos de Tiger Hill Safaris?
Fueron tiempos de trabajo intenso pero muy apasionante. Lo primero que hicimos fue definir cómo iba a ser la operación. Bill Pickett tenía una propiedad llamada Colina del Tigre, en donde con Marcelo Rubinstein tenían la intención de construir un parador, una especie de lodge de caza, pero yo los convencí de que no era una buena idea. Un lugar fijo sería indudablemente nuestra muerte económica porque requería mucho personal durante todo el año y nosotros solo teníamos una temporada de cuatro meses. Les dije que teníamos que ir detrás del jaguar, y no esperar que el animal venga a nosotros. Primó mi opinión y decidimos hacer campamentos. Hicimos todo nosotros mismos, desde las carpas hasta los catres. Fue mucho trabajo pero nos permitió tener una gran movilidad y un relativo confort para los clientes.


¿Los campamentos tenían la misma estructura que los campamentos africanos?
Sí, aunque en ese momento no lo sabíamos. Nuestro campamento consistía en una carpa individual para el cliente, otra para mí, dos para el personal, una destinada a depósito donde guardábamos todos los pertrechos, y por supuesto la carpa cocina, la carpa comedor que era muy grande y tenía doble techo y pared con mosquitero. Las carpas se montaban formando un semicírculo en limpios del monte que solían hacer los indios en sus excursiones de caza. Recuerdo que muchos años después cuando vi la película África Mía, me asombró ver en una escena del campamento, las mismas cosas que teníamos nosotros: mesas, platos, jarros de loza. Era todo exactamente igual. Pero le juro que nos copiamos. A lo mejor se copiaron ellos…

¿Y ustedes tenían también tanto personal como se estila en África?
No que va. Además del cazador profesional, el personal consistía en un cocinero, un ayudante y mi asistente Francisco. Me acuerdo que un día un cliente me criticó el servicio porque estaba acostumbrado a los campamentos africanos que tenían mucho personal nativo y probablemente más confort, en cambio nosotros teníamos solo el personal indispensable.

¿Cómo consiguieron los primeros clientes?
Bueno al principio nos orientamos a la clientela de los Estados Unidos. Nos ayudó mucho en términos de promoción, haber participado en unos documentales llamados “La Pesca del Dorado en el Paraguay” y “La caza de la Perdiz en el Paraguay”, para el programa de la American Sportsman. Ambas películas tuvieron mucho éxito y en una de ellas participó el actor Richard Crenna (conocido años después por tener el papel del coronel en la saga de las películas de Rambo)
Eso nos dio un gran impulso en el mercado americano, hasta que Estados Unidos comenzó a aplicar la ley de protección de los “spotted cats”, que prohibía la caza del jaguar. Y a partir de ahí viramos nuestra clientela a cazadores españoles, italianos, franceses y belgas.


¿Cuánto tiempo duraba un safari promedio de jaguar?
Yo empecé haciendo safaris de 21 y de 15 días. Pero con el tiempo me di cuenta que con dos semanas era suficiente y podía tener dos clientes por mes. Lo que no estaba mal, teniendo en cuenta que la temporada comenzaba en Mayo y finalizaba en Agosto, es decir que teníamos sólo cuatro meses completos de actividad.

¿Supongo que los cazadores internacionales famosos que ustedes recibieron también eran una buena promoción para la empresa?
Sí claro, además de Richard Crenna, pasaron por Tiger Hill el Conde Sacha de Montbel, autor del libro “Grandes Cacerías”, donde nos menciona a Tony de Almeida que operaba en el Pantanal brasileño y a mí como los mejores cazadores de Sudamérica; el Dr. Nicolás Franco; y el español Valentín de Madariaga y Oya, que fue premio Weatherby en 1977, y quien ya para esa época tenía 265 especies cazadas. Todos ellos ayudaron también a la promoción de nuestra empresa en Estados Unidos y Europa.

¿Cómo conoció a Hugo Pesce?
Un día Hugo se presentó en mi oficina. Estaba recién casado y venía de un pueblo a orillas del Paraná en el que vivía su esposa, una bella joven y noble húngara a la que apodaban Bipsi. Me contó sus planes de montar un negocio de safaris, y en ese momento pensé que era preferible incorporarlo a la sociedad que tenerlo de competencia. Lo invitamos a participar y aceptó convirtiéndose en el cuarto socio de Tiger Hill. El se encargaba de la operación de cacería a tiempo completo. Era un hombre muy callado, buen organizador y excelente fotógrafo. Sin embargo un año después abandonó la sociedad para crear su propia firma de safaris. Nos separamos muy amigablemente y sin problemas. Dividimos las cosas que teníamos de acuerdo a lo que cada uno había invertido. Hugo se llevó lo suyo e hicimos un convenio en el cual estipulábamos que no podíamos molestarnos ni compartir áreas en un radio de 15 km a la redonda de donde estuviera cada uno, y además que ambos podíamos utilizar las fotos que teníamos en común. Tengo un gran recuerdo de él y de su familia.

¿Y Marmolín llegó a trabajar en Tiger Hill?
No, pero pasó un tiempo en nuestro campamento luego de conocernos.  Augusto Mármol se llamaba, y era un tipo excepcional aunque había días que se levantaba con la mufa y se peleaba con todo el mundo era un tipo excelente. Yo lo quería como a un hermano. Lo conocí en una balsa cruzando el río Paraguay. El volvía de Asunción con un amigo llevando un repuesto para su Citroën 2CV que se había quedado en el camino. Lo acerqué hasta su auto y se vino con nosotros hasta el campamento en la Aguada La Faye. Allí cazó puma y jaguar y rápidamente se convirtió en un gran compañero de cacería. Al poco, tiempo viajó a África donde estuvo cazando en Angola, Sudáfrica y Sudán, en donde tuvo el accidente de tránsito en una ruta que lo llevo a prisión. Finalmente cuando volvió a Argentina falleció al poco tiempo en una operación quirúrgica.

¿Cuénteme qué armas usaba para la caza del jaguar?
Hubo una temporada en la que los clientes podían traer sus armas, así que yo los esperaba en la Aduana y me hacía responsable del uso y devolución del armamento. Cuando cayó el régimen de Stroessner ya no se podía ingresar con armas así que los clientes usaban las nuestras. Tenía un 300 Weatherby Magnum que para el Jaguar es perfecto, es demasiado grande para el puma pero ideal para el jaguar. Yo lo usaba para la caza de espera a la noche.
Después tenía un Mauser argentino deportivizado que para mí era un arma perfecta en calibre 7,65. En esos días convertíamos las balas militares en hollow point y las usábamos con gran efectividad. Y por último también usaba un 308 Winchester como arma de respaldo.

¿Conserva sus rifles?
Sí por supuesto. Esos me van a acompañar hasta el cajón.

Bueno por las dudas llévese el 7,65 que anda bien para todo….
Si, uno nunca sabe lo que irá a encontrar del otro lado

¿Alguna vez tuvo un accidente?
Usted sabe que no. Nunca tuve un accidente con jaguares, ni con víboras, nada. Una vez sola con Francisco tuvimos un susto que no pasó a mayores.
Un día se me ocurre invitar a cazar a un oficial militar de la base aeronáutica de Nueva Asunción, llamado Julio. Nos metimos en el monte y encontramos un tigre que por los perros se subió a un árbol. Antes de darle la orden a Julio para que dispare, le tomé varias fotos y luego sí, le disparó cinco tiros con su rifle y balas militares. El tigre saltó como si nada, corrió unos metros y se subió a otro árbol. Le digo que le vuelva a disparar y  me dice que se había quedado sin municiones. Ahí nomás le doy mi Mauser a Julio, le vuelve a tirar y el jaguar finalmente cae al suelo. Cuando empezamos a preparar el lugar para la foto, le digo a Francisco -que nunca usó armas de fuego- que cortara unos yuyos con el machete. En ese momento el tigre se levanta y comienza a correrlo. Francisco corre en mi dirección y de repente me encuentro frente al tigre herido, armado sólo con mi cámara de fotos. Gracias a Dios pasó al lado mío y cayó muerto a  unos pocos metros. Al verlo levantarse Julio le había vuelto a disparar con el Mauser pero la bala picada no salió. A Francisco y a mí nos dio un ataque de risa por la tensión supongo, pero a nuestro pobre amigo le dio un ataque de pavura.  Tuvimos mucha suerte ese día.

¿Se acuerdo cuántos jaguares cazó?
Sí claro, en Tiger Hill se cazaron 50 jaguares, y de esos yo debo haber cazado unos 40 más o menos. El más grande que cacé pesó 120 kilos. Pero el record ha sido de 165 kilos.

¿Los jaguares de Paraguay son más chicos que los del Matto Grosso?
Sí, pero por un tema del ambiente. Yo no comparto la idea de que existe una diferencia biológica dentro de la especie. Para mí todos son iguales, lo que pasa es que los del Chaco Paraguayo son más pequeños por la falta de agua y diferencia de alimentación. Allí difícilmente alcancen los 130 o 140 kilos que tienen los del Pantanal, el Matto Grosso y los de la región oriental del Paraguay.

¿Y si hablamos de peligrosidad, donde ubicaría al jaguar comparado con el tigre de Bengala o los felinos africanos?
No, los jaguares no tienen gran peligrosidad según mi experiencia. Claro que tampoco son como los pumas. En general el jaguar trata de poner distancia y tiene que estar herido para que cargue a un hombre. No es como el tigre de Bengala o el león que son antropófagos. La dificultad radica en sacarlo de la selva.

¿Por último, cómo ve la situación de conservación actual del jaguar?
Y es preocupante, porque cada día se lo está arrinconando más. Pero no es un problema de presión de caza, sino de desaparición del hábitat. Es cierto que en las estancias de Paraguay y Brasil existen problemas de convivencia con el hombre debido a que a los jaguares les resulta más fácil cazar un ternero o un caballo que un animal salvaje, pero considero que el daño que se está causando a las zonas selváticas, la deforestación indiscriminada que se lleva adelante en varios países en el continente y el avance de las áreas de cultivo, son los mayores responsables de la situación que amenaza a la especie.

Publicado en VIDA SALVAJE (Enero- Febrero 2012)

martes, 7 de febrero de 2012

Safariland vs. Ker & Downey - Semillero de leyendas





Por Eber Gómez Berrade

Las compañías de safaris Safariland Ltd. y Ker & Downey, fueron las dos más emblemáticas de la historia de la cacería en África durante el siglo XX.
Ambas firmas se establecieron en Nairobi, Kenia y se disputaron -hasta la prohibición de la caza en ese país- a los mejores cazadores profesionales de la época, muchos de los cuales hoy se han convertido en indiscutibles leyendas de los safaris africanos.

Los profesionales que figuraban en sus planteles guiaron a infinidad de celebridades internacionales, actores, políticos, marajás, periodistas, escritores, nobles y aristócratas, algunos se convirtieron en personajes de literatura y otros ayudaron a realizar las películas de romance y aventura con las que Hollywood deleitaba a los espectadores de la década del 40 y 50.

Safariland Ltd.
Si bien no fue ésta la primera empresa de caza deportiva en Kenia, fue sin dudas, la más importante. Comenzó sus operaciones allá por 1920, justo cuando Kenia pasó de ser un protectorado para convertirse en una colonia del imperio británico. En realidad fue casi la continuación de otra empresa anterior: Newland & Tarlton Safaris que había cerrado sus puertas tres años antes. Leslie Tarlton había participado en el largo safari del presidente estadounidense Theodore Roosevelt, lo que le reportó gran prestigio y una exclusiva lista de clientes.
Cazadores de todo el mundo arribaban a las costas de Mombasa dispuestos a pasar uno o dos meses de safari recorriendo Kenia, Uganda o Tanganica. Era la época de los champagne safaris, muy acorde a los años locos que vivía el mundo una vez que finalizó la Primera Guerra Mundial. Ese período no iba a durar mucho tiempo. La crisis del 29 y -diez años después-, el estadillo de la Segunda Guerra Mundial iban a modificar la industria de safaris considerablemente.
De todas maneras, Tarlton supo aprovechar la bonanza económica y se preparó contratando a una especie de dream team de cazadores blancos.
En primer lugar eligió a sus colegas R.J. Cunninghame y Bill Judd quienes lo habían acompañado en el safari presidencial de Roosevelt en 1909. Junto a ellos contrató a Alan Black, considerado hoy como el primer cazador blanco que tuvo Kenia. Convocó a Philip Percival, amigo y guía personal de Ernest Hemingway, quien lo inmortalizó en su novela “Las verdes colinas de África”, con el seudónimo de Pop. 
El staff de Safariland contó también con John Hunter, autor de varios clásicos de la literatura de safaris como “Cazador Blanco” y “África virgen”. Fueron parte de la empresa también Arthur Hoey, Sydney Waller, Wally King, George Outram y Pat Ayre, quien guió a la actual Reina Isabel de Inglaterra en su safari cuando aún no había accedido al trono del imperio y mantenía el rango de Princesa. La lista de cazadores blancos que fueron contratados a lo largo de la historia de la empresa continua con Alastair Gibbs, Jerry Dalton, Vivian Ward, el Coronel Dickenson, Andy Anderson, Tom Murray Smith, el Barón Bror von Blixen-Finecke (esposo de la escritora Karen Blixen autora de “África Mía”), el Honorable Denys Finch-Hatton, (amante de la misma escritora), y Syd Downey, quien se convertiría con el tiempo, en el principal competidor de su propio empleador.
Muchos de estos cazadores se alistaron para combatir en la Guerra de 1939, pero la firma se las ingenió para atravesar ese período y resurgir con fuerza una vez terminada la contienda. A esas alturas, la compañía contaba con una gran estructura y con un típico organigrama empresarial. Uno de sus directores del período de post guerra fue nada más y nada menos que Jim Corbett, el legendario cazador de tigres de la India, y autor de “Las fieras cebadas de Kumaon”. Corbett se había mudado a Kenia desde su India natal en 1947 al mismo tiempo que los británicos abandonaban su posesión colonial más preciada, y allí permaneció hasta su fallecimiento en 1955.
Durante décadas, Safariland organizó enormes safaris para clientes excéntricos como el del Aga Kahn, líder de una secta ismaelita musulmana, quien en una de sus expediciones exigió un campamento de dos hectáreas, con una pista de aterrizaje de 2000 metros, y comodidades suntuarias para agasajar a sus más de 40 invitados. Un despliegue similar al requerido por los estudios de Hollywood cuando filmaban en locación en el bush africano.
Es así que Safariland fue la responsable de la logística de “Las minas del Rey Salomón”, protagonizada por  Stewart Granger y Deborah Kerr; y de “Mogambo”, que tuvo a Clark Gable, Ava Gardner y Grace Kelly como figuras estelares. Dos películas que marcaron un hito en los filmes de aventuras rodados en el continente negro.

Downey, el argentino

Hasta mediados de la década del 40, Safariland mantenía intacta su posición de liderazgo en Kenia. Sin embargo, al finalizar la guerra mundial, nuevos jugadores entraron al mercado ejerciendo una fuerte competencia, tanto en busca de clientes como de cazadores profesionales para contratar.
Sin lugar a dudas, la firma que se posicionó mejor en esta nueva etapa fue Ker & Downey Safaris Ltd., formada por dos socios con una visión tan clara del bush como de los negocios. 
Sydney Downey era argentino. O para ser más preciso Anglo-Argentino ya que nació en una estancia dedicada a la cría de ganado vacuno a unos 40 kilómetros de Buenos Aires en el año 1905. Su infancia y adolescencia la pasó cazando y montando a caballo en La Pampa, y fue aquí en nuestras tierras que surgió su gran pasión por la naturaleza y la caza.
Como era costumbre en la comunidad británica, fue enviado a Inglaterra para concurrir a la escuela en 1914. Allí permaneció hasta que cumplió los 19 años, cuando él y su familia se establecieron en Kenia para dedicarse al cultivo del café. Para ello la familia adquirió una plantación llamada Misarara Estate, ubicada al noroeste de Nairobi.
Como era de esperarse, el paisaje africano y la diversidad de fauna que contrastaba con la que hay en nuestra pampa húmeda, empujaron al joven Syd a convertirse inmediatamente en cazador. Pero no fue hasta el año 1927 que realizó su primer safari largo a orillas del río Mara, un área hoy conocida como el Masai Mara. Sus cualidades como cazador profesional lo llevaron a hacerse conocido internacionalmente, y a principios de los 30, ya tenía clientes provenientes de India, Dinamarca e Inglaterra.
Sin embargo decidió no ser freelance sino emplearse en una gran empresa outfitter, y naturalmente todos los caminos conducían hacia Safariland. Allí ingresó en 1933 bajo las órdenes directas de Leslie Tarlton.
Desde esa época Downey comenzó a trabajar con sus dos rastreadores negros: Gichuri un alto kikuyu de enorme fortaleza física que lo acompañaría hasta el año 1952 cuando la emergencia Mau Mau los separó definitivamente; y Mwangea, un orgulloso Kamba que se afilaba los dientes delanteros a la moda de los cazadores nativos, y de quien Downey aprendió muchas de las técnicas de caza que luego aplicaría con sus propios clientes.
Al estallar la guerra, Downey se alistó en el Segundo Batallón Etíope con asiento en Khartum, hoy Sudán. Años más tarde tuvo el raro privilegio de acompañar el Emperador Haile Selassie -descendiente directo según la tradición del Rey Salomón y de la Reina de Saba-, en su vuelta triunfal a Etiopía.
Con excepción del tiempo pasado en la guerra, Downey trabajó para Safariland hasta 1946, cuando se asoció con Donald Ker, otro de los grandes guías de caza de entonces.

Donald Ker
Nació en Gran Bretaña en 1905, y siendo pequeño se estableció con sus padres en Kenia. A los catorce años ya había cazado su primer león, y comenzó su actividad profesional cuando tenía alrededor de veinte. Sus primeros trabajos consistían en guiar expediciones de museos. El negocio marchaba muy bien, hasta que conoció al magnate Edgard Monsanto Queeney, presidente de la compañía de agroquímicos Monsanto. A partir de ese momento, el negocio marcharía increíblemente bien.  
Poco a poco fue ganando prestigio en la comunidad white hunters. En 1934 fue uno de los fundadores de la legendaria Asociación de Cazadores Profesionales del Este de África (EAPHA), y en 1958 se convirtió en su presidente.
Fue en 1936 que el destino lo llevó a conocer a quien sería su socio y amigo hasta la muerte, aunque el comienzo de la amistad estuvo lejos de ser auspicioso. En un safari en el área del Mara, más precisamente en las orillas del río Rupingazi, estaba acampando Downey cuando llegó Ker con un grupo de clientes. Al estar las instalaciones ocupadas, Ker no tuvo más remedio que levantar otro campamento a 8 kilómetros de allí. A los pocos días, ambos guías se encontraron tras una misma manada de búfalos. Por aquel entonces todo era libre y no había áreas delimitadas de cacería. La controversia se subsanó en un acuerdo de caballeros, pero no fue hasta que Ker elevó una queja formal a la EAPHA. Allí se estableció que como Downey había llegado primero al campamento tenía derecho a usarlo, y por lo tanto el que llegaba detrás debía buscar otro sitio para acampar. Esta discrepancia inicial finalmente se transformó en una gran amistad. Muchos años más tarde, cuando operaban varias empresas de safaris en Kenia,  Downey y Ker fueron fuertes impulsores de la creación de áreas y concesiones de caza en el país.
En 1939, al estallar la guerra, Ker -al igual que Downey-, se alistó en el ejército siendo designado como oficial del Escuadrón de Reconocimiento del Este de África.
En 1941 los británicos ocuparon finalmente Etiopía y allí ambos cazadores de uniforme se encontraron una vez más.  De hecho fue en un prostíbulo de Addis Abeba, capital de Etiopia donde entre otras cosas, Ker y Downey discutieron sus planes profesionales para cuando terminara la guerra. Downey quería volver a trabajar en Safariland, pero Ker, un poco más ambicioso no estaba de acuerdo. Lo quería a Downey como socio en una compañía de safaris. La guerra se extendió por cuatro años más, pero la semilla de la empresa más prestigiosa de safaris del siglo XX ya empezaba a germinar.

Ker & Downey Safaris Ltd.
Los inicios de la compañía fueron modestos. En 1946 se largaron a trabajar usando como  sede la casa de Ker en Nairobi. El staff estaba compuesto por ellos dos y por Frank Bowman, un colega y amigo de ambos. Sin embargo, un año más tarde, incorporaron a un nuevo socio, Jack Block. Un hombre de negocios que manejaba los hoteles más importantes de Nairobi. Eso y mudarse inmediatamente a un lugar mejor fue cuestión de minutos. Primero abrieron oficinas en el hotel Norlfolk y luego se mudaron al New Stanley.
Al igual que Safariland, ellos también querían tener entre su gente a lo más granado de los profesionales, y se generaban serias disputas entre ambas empresas por esta razón. Por supuesto, los guías también tenían alternativas, así que cuando no estaban conformes por algo, cruzaban la calle y se ofrecían en la competencia. Algunos de los profesionales contratados por Ker & Downey fueron Bill Ryan, Tony Henly, Harry Selby, John Sutton, Tony Archer, Fred Bartlett, Eric Rundgreen, Terry Mathews, John Kingsley-Heath, John Fletcher, Tony Seth-Smith y David Ommanney. Hoy con el paso del tiempo, puede decirse que ese fue otro dream team de leyendas. El primer gerente fue Ronnie Stevens y los directores fueron Jack Block y Sol Rabb.
Tanto Ker como Downey contaban con un prestigio personal muy alto. No solo como hombres de negocios sino como especialistas en el terreno. Ambos también supieron rodearse de celebridades y capitalizar las experiencias en beneficio de su propia empresa.
Los estudios de Hollywood los convocaron para la logística de varias películas y entre ellas, el film de United Artist, “The Macomber affair”, con Gregory Peck y que está basado en un cuento corto de Hemingway.
Fueron además amigos y guías de los cineastas Martin y Osa Johnson, trabaron una profunda amistad con Jack O´Connor, el editor de la revista Outdoor Life y ganador del premio Weatherby, quien realizó su primer safari en África y cazó su primer león en 1953 guiado personalmente por Ker.
Las experiencias del safari publicadas por O´Connor en la revista (más de una docena), tuvieron un impacto directo en las reservas de safaris de clientes norteamericanos deseosos de cazar en África. Tanto fue el efecto de la promoción, que la empresa decidió regalarle a O´Connor y a su esposa un safari a Tanganica como muestra de agradecimiento.
Ese mismo año, la empresa recibió como cliente a otro escritor americano, Robert Ruark. Para guiarlo eligieron a uno de los más jóvenes PH del staff, Harry Selby. Bueno, la historia es bien conocida a partir de ese momento. Selby se convirtió en una estrella al aparecer como héroe en los trabajos de Ruark. Ker & Downey se beneficiaron de esa popularidad que les acercaba  cada vez más clientes. Naturalmente Selby también se dio cuenta de eso y exigió una participación en el negocio, no como empleado sino como socio. La solicitud le fue negada. En pocas palabras, Selby renunció, creó su propia empresa, y luego de un tiempo, logró su objetivo al ser invitado a participar con sus viejos empleadores. Así nació Ker, Downey & Selby Safaris.

El auge de la cacería en Kenia se mantuvo por unos veinte años más. En 1956 había solo seis empresas de safaris en el país. Además de los dos colosos Safariland y Ker& Downey, operaban African Hunting Safaris de Mombasa, Lawrence-Brown Safaris, Lunan´s White Hunters y Big Game Hunting Limited.  
Donald Ker se mantuvo guiando hasta el año 1973 y murió en 1981. Downey continuó al frente de la empresa hasta 1974. Falleció en 1983.
En 1977 el gobierno de Jomo Kenyatta decidió prohibir la cacería en todo el país. Una prohibición que se mantiene lamentablemente, dando por terminada una era histórica para los amantes de los safaris. Muchos cazadores de la empresa emigraron a Botswana, Zambia, o Tanzania. Otros se quedaron en Kenia convirtiéndose en guías de turismo. 
Luego de la muerte de sus fundadores, la compañía siguió su curso utilizando el mismo nombre. En 1985 Hollywood contrató sus servicios para la filmación de la película “Africa mía”, de Sidney Pollack con Meryl Streep y Robert Redford. El guía designado por la compañía para este trabajo fue el cazador John Sutton.




Sin rastros de la caza
En la actualidad ambas empresas Safariland y Ker & Downey aún existen. Ambas tienen sus oficinas bastante cerca una de otra, sobre Karen Road, (calle llamada así en homenaje a Karen Blixen) en la ciudad de Nairobi.
Hoy Safariland está en manos de Robert y William Carr-Hartley, y está dedicada a safaris turísticos en muchos países del Este y Sur de África. Se especializa en viajes de luna de miel, vacaciones y turismo aventura.
Ker & Downey Safaris Ltd. por su parte, ofrece servicios similares exclusivos para turistas. De la vieja escuela solo queda Tony Seth-Smith, quien se incorporó en 1963 como cazador profesional, y hoy es uno de los guías turísticos del staff.
En la actualidad los folletos comerciales de ambas empresas hacen hincapié en su larga tradición de safaris, recuerdan las celebridades que pasaron por sus campamentos, exhiben orgullosas la lista de películas que Hollywood filmó junto a ellos. Sólo una cosa olvidan mencionar en sus comunicaciones promocionales: que alguna vez, -no hace tanto tiempo- fueron prestigiosas compañías de safaris de caza mayor. Una tradición de las que sus fundadores estaban más que orgullosos, y de la que ahora ya no queda el menor rastro.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Trofeos de caza mayor - Largo o viejo, esa es la cuestión



Por Eber Gómez Berrade

Cuando se habla de trofeo de caza, normalmente se hace referencia a la longitud de cuernos, cornamentas, cráneos y colmillos de distintos animales de fauna silvestre. Ahora en África, debido a la necesidad de conservar la cantidad y calidad de poblaciones de diversas especies, se plantea un debate que obliga a revisar el concepto de la palabra trofeo, y que busca incorporar nuevas variables como edad y morfometría en los clásicos sistemas de medición.

Una rápida ojeada al diccionario nos indica que la etimología de la palabra trofeo proviene del latín trophaeum, que significa monumento, insignia o señal de victoria. Más actual es la acepción que lo define como: victoria o triunfo conseguido.

El origen de esta palabra proviene del ámbito de la guerra, y luego con el transcurso de la historia, fue derivando hacia el ámbito deportivo.

Para muchos cazadores la definición de un trofeo es algo muy subjetivo y tiene que ver más con el esfuerzo y los recuerdos de una cacería que con los despojos del animal abatido. Para otros, en cambio, la definición no puede ser más objetiva, ya que el trofeo será la sumatoria de medidas de determinadas partes características de un animal. Ambas visiones tienen su justificación y la mayoría de las veces son también complementarias.

La idea de medir trofeos de caza e inscribirlos en un registro surgió a fines del siglo XIX, más precisamente en 1892, cuando Rowland Ward, un afamado taxidermista de Londres, decidió armar una especie de  “mapa faunístico” que mostrara la calidad de trofeos obtenidos (cazados o simplemente recogidos en el terreno) en el mundo entero. Para eso ideó un libro de récords donde se registraban los trofeos que eran medidos mediante un método estandarizado también creado por él. Así surgió ese año la primera edición de su “Rowland Ward´s Records of Big Game”, con un ranking de especies de todos los continentes.

Muchos años después, en 1978, llegó desde Estados Unidos otro libro de records y otra manera de medir trofeos, el del Safari Club Internacional. Este sistema que también consideraba la fauna silvestre de todo el mundo, tomó como base el método de Ward pero lo perfeccionó incorporando nuevas mediciones que daban un panorama mucho más completo del trofeo a evaluar. Sumado a esto, el SCI también incorporó la premiación de los cazadores que alcancen las posiciones más altas en el ranking de mediciones. Provocando en algunos casos, que el “medio” de medir y registrar una pieza de caza, se transformara en un “fin” para el que sólo busca figurar en una posición más alta en dicho libro.

Si bien estos dos sistemas siguen siendo los más usados en la actualidad, existen otros libros de records y sistemas de medición como el Boone & Crockett ideado para la fauna norteamericana, el del Conseil International de la Chasse (CIC) base del sistema usado por nuestra Federación Argentina de Caza Mayor, el Pope & Young creado para registrar especies cazadas con arco, etc.

El debate actual
En el caso particular de África, la mayor presión cinegética que se ha evidenciado en las últimas décadas está impulsando nuevas políticas de control de fauna en los diversos países del continente, para mantener y en tal caso, mejorar la conservación de sus poblaciones en estado salvaje. Cada uno de estos departamentos de fauna, tiene hoy día, plena conciencia de que la caza es una herramienta fundamental en la conservación de las especies, y para que esto se verifique, debe ser ante todo sustentable y sostenible en el tiempo. Es decir, cada vez debe haber mayor cantidad y mejor calidad de trofeos.

En este punto, es donde en los últimos años comenzó a observarse un declive tanto de cantidad como de calidad en algunas especies, particularmente de caza peligrosa. Uno de esos casos, es el del búfalo africano (syncerus caffer), que si bien no sufre una declinación cuantitativa, existe el riesgo de que se vea  mermada la calidad de los trofeos, léase, de sus cornamentas. La conclusión a la que se ha arribado es que uno de los motivos de este paulatino declive, podría deberse a la caza de ejemplares de magnífica genética, pero aún en etapa reproductiva.

Los que abonan esta hipótesis argumentan que esto se debe a la influencia de los métodos de medición de los principales sistemas (Rowland Ward y Safari Club Internacional) que han inculcado la idea de que “más grande es mejor”. Una mirada a las fotos de los trofeos de búfalos que figuran primeros en los rankings permite observar detalles de cornamentas no demasiado sólidas sinónimos de machos aún inmaduros, lo que confirma esta hipótesis.

Es en este punto exacto donde la disyuntiva shakesperiana hace su ingreso a escena: la cuestión entre largo o viejo?.
¿Cómo debería ser considerado entonces un trofeo -en este caso de búfalo, aunque puede aplicarse a las demás especies-, para que además de complacer al cazador, sea a su vez una herramienta de selección positiva funcional a las estrategias de conservación?.

La respuesta no es fácil, y hay varias opiniones al respecto. En primer lugar están los que abogan por incluir la edad en la ecuación de medición. El Dr. Kevin Robertson, veterinario, cazador profesional y autor del famoso libro “The Perfect Shot”, es uno de los que proponen un cambio en este respecto, y sugiere que se contemple en la valuación el desarrollo de la protuberancia de los cuernos sobre el cráneo -conocido como boss-, que es un indicador de la edad del búfalo, lo que estimularía -si su hipótesis es correcta-, la caza de ejemplares maduros que han pasado ya su ciclo reproductivo.

Recordemos que la madurez de un búfalo africano se alcanza entre los 4 y los 5 años de edad. Para los 6 años aproximadamente las puntas de sus cuernos están afiladas y la cornamenta está separada a la altura de la frente, algo que se conoce en la jerga como cornamenta “verde”. La edad promedio alcanzada para esta especie es de alrededor de 15 a 16 años de vida. Por lo tanto, puede considerarse trofeo solo aquellos animales de más de 8 años de edad.

En realidad, en la comunidad de cazadores profesionales hay consenso en buscar ejemplares adultos que ya hayan abandonado las manadas de cría (breeding herds) y se muevan solitarios por el monte. En África a estos machos se los conoce como dagga boys. Desde el punto de vista de la cacería, son los que ofrecen un mayor desafío por su astucia y agresividad, lo que los convierte para muchos, en el trofeo ideal. Sin embargo, la realidad indica que la demanda de cazadores ansiosos de obtener el trofeo más largo ejerce de hecho, una fuerte presión sobre los profesionales que deben evaluar las cornamentas en el campo.

Una propuesta creativa
En vista de esta situación, una solución sería incluir el factor etario en las ecuaciones de medición, así de esta manera, el mejor trofeo para ser inscripto en un libro de récords, sería no solo grande, sino también viejo.

El problema es cómo incorporar esa variable en la ecuación.
Hace poco menos de un año, un grupo de colegas de la Asociación de Cazadores Profesionales de Namibia (NAPHA), liderado por Kai-Uwe Denker de Bushmanland y el cazador profesional sudafricano Ronnie Rowland idearon una propuesta ingeniosa: medir la longitud de ambos cuernos y el ancho de ambas protuberancias (bosses) medidos en su parte más ancha, sumar además el ancho del boss y la longitud del cuerno más largo, y aplicar por último un coeficiente multiplicador.

Con este sistema, la suma final de los valores de los cuernos debería multiplicarse por un coeficiente determinado de acuerdo a la edad del animal.

Así por ejemplo, para machos de entre 8 y 10 años, el factor multiplicador será 1, para aquellos de entre 10 y 13 años, será 1.1 y para los que hayan pasado los 13 años de edad, el factor multiplicador a utilizar será el 1.12. Los animales más jóvenes de 8 años, no se considerarían trofeos. De esta manera, se estaría incluyendo convenientemente el factor edad en la ecuación, valorando así los ejemplares más viejos.

Si bien esta solución no deja de ser interesante tiene el problema de que fuerza al medidor oficial del sistema en cuestión (RW o SCI) a juzgar la edad del animal cazado para luego definir el valor del coeficiente multiplicador, algo que puede llegar a ser muy difícil para la persona que no tenga la debida experiencia ni conocimiento como el caso de biólogos o cazadores profesionales.  

Los carnívoros en riesgo
No sólo los búfalos padecen la situación que los hace apetecibles al cazador sólo por el hecho de tener cuernos largos, independientemente de su edad. Otro caso típico de selección inversa se da en la actualidad con los felinos africanos. Originalmente el trofeo de los grandes gatos se medía de la punta de la nariz hasta la punta de la cola. El RW y el SCI implementaron con mejor criterio un método que aplican a todos los carnívoros, y que consiste en la sumatoria del ancho y el largo del cráneo. Sin embargo aquí también se da una vez más la relación “más grande es mejor”.

De manera similar con las poblaciones de búfalos, los felinos se han visto afectados por la presión de la demanda de cazadores deportivos, pero en este caso en particular también padecen otros factores recesivos. De acuerdo al último reporte del Niassa Carnivore Project de Mozambique, las poblaciones de leones están siendo afectadas por varios factores tales como la reducción del hábitat, enfermedades como la rabia, y hasta por trampas colocadas por pobladores locales.

Esta luz amarilla en la situación de los felinos ha provocado que en los países donde aún se puede cazar leones en libertad -tales como Mozambique, Namibia, Zambia, Tanzania, etc.- las autoridades de fauna están implementando serios controles para verificar una regulación aún más seria. Es así que se incentiva la caza de individuos de 7 u 8 años de edad, imponiéndose un mínimo legal de 6 años para abatirlo. A esa edad es cuando el macho ha pasado la etapa reproductiva y ha alcanzado el esplendor de su madurez. Entre los 7 y los 8 años, usualmente el macho de manada es derrocado por un nuevo alfa lo que lo empuja a convertirse en un solitario que podrá sobrevivir uno o dos años más por sus propios medios. 

Está presión se da también con el leopardo en numerosas regiones africanas, y es conocido el caso de Namibia, que recientemente ha modificado su legislación de caza, que apunta a detener una selección inversa por parte de granjeros y cazadores deportivos. Para esto, la autoridad de fauna de ese país conformó una comisión especial de análisis de situación de predadores e impuso el año pasado una nueva regulación que entre otras cosas obliga al deportista a abatir machos adultos exclusivamente en una cantidad bastante conservadora establecida por CITES (Convención sobre el comercio de especies amenazadas de fauna y flora silvestre). De esta manera, se busca mejorar no solo la cantidad, sino también la calidad genética de sus trofeos que son, por otra parte, uno de los más buscados del continente.

Se enriquece la discusión
Como si esto fuera poco, en el ámbito académico internacional se ha comenzado a analizar una alternativa que ya no sólo incluye el factor edad en el trofeo, sino que también incorpora las características morfométricas de las especies.

El argumento para ésta teoría radica en los estudios que se llevan a cabo en la actualidad que analizan la relación que tiene el “trofeo” de cada animal con su herencia genética y el ambiente en el que habita. Esta posición impulsada desde la socio biología descarta de plano los valores estéticos del trofeo otorgados por el hombre tales como ocurre en la medición de cornamentas de ciervos del CIC con las características de “perlado” o de “belleza”, pero valora positivamente las cualidades funcionales de dichos trofeos para el animal y para la especie. En otras palabras, para estos biólogos, el trofeo debe ser considerado el símbolo de status del animal mismo, y no del cazador que lo cazó. 

Cómo se puede observar, las cartas están sobre la mesa y el debate está aún lejos de definirse. Si bien, los departamentos de fauna y el CITES juegan un rol preponderante en la conservación de especies, el cazador deportivo así como el profesional, son también actores principales en este escenario y por lo tanto responsables. Ellos son la demanda que debe lidiar con una oferta cada vez más escasa y en riesgo.

Es cierto que se impone una modificación de los sistemas de mediciones vigentes y más populares entre los cazadores, que sin dudas deberá incluir el factor etario en la valoración del animal cazado, ya sea a través de multiplicadores u otros métodos de reconocimiento. Pero también es cierto que se impone a corto plazo una revisión del concepto general de trofeo de caza. En mi opinión, a la hora de juzgar un trofeo, cualquiera sea éste, se deberían incorporar además dos variables fundamentales a la ecuación que no están relacionadas con la edad ni con la morfometría intrínseca del animal. Me refiero por un lado a la calidad del lance cinegético, y por el otro al grado de peligrosidad si estamos frente a fauna peligrosa. Sin dudas, estas variables son extremadamente subjetivas y están muy alejadas de cualquier característica biológica, pero una vez que sean tenidas en cuenta, justificarán el concepto de trofeo en toda su extensión, es decir, “algo que se ha obtenido con esfuerzo y que recuerda una victoria”, claro que no una victoria sobre el animal abatido, sino sobre el mismo cazador.