lunes, 13 de febrero de 2012

Entrevista a Juan Carlos Joy - Memorias del último Tigrero

Por Eber Gómez Berrade


Juan Carlos Joy tuvo el privilegio de ser uno de los más afamados cazadores profesionales de Sudamérica. Argentino de nacimiento, se estableció en Paraguay en la década del sesenta y se dedicó casi exclusivamente a la caza del jaguar cuando aún estaba permitida. Fue el fundador de Tiger Hill Safaris, guió personalmente a renombrados cazadores internacionales y fue amigo de personajes casi míticos de la cacería vernácula como Marmolín y Hugo Pesce.

En un viaje a Asunción y gracias a los buenos oficios de mi amigo el escribano Fernando Túrtola, Secretario del Capítulo Central Paraguay del Safari Club Internacional, tuve la oportunidad de compartir una charla con Joy en la casa donde vive con su familia no muy lejos de la capital paraguaya.
Allí me encontré con un interlocutor lúcido que matiza sus anécdotas y recuerdos con un agudo sentido del humor. Fue de la partida también Francisco Jara, su asistente de toda la vida quien comenzó a trabajar con Joy siendo muchachito y hoy, que peina unos sesenta y pico permanece leal como esperando aún las ordenes del viejo cazador a quien considera “su padre, su hermano y su amigo” según me confió en un momento de la charla.

Joy en tercera persona
Nació en Tornquist, provincia de Buenos Aires en 1925. Desde chico recorrió el país junto a su padre que trabajaba en Cementos San Martin, y quien era aficionado a la caza menor. Por aquel entonces, el bichito de la cacería no lo había picado aún, ni mucho menos imaginaba que algún día iba a convertirse en un cazador profesional de jaguares. En un tigrero.
En 1945 su destino comenzó a definirse. Se radicó en Asunción, Paraguay y allí se afincó definitivamente adoptando al país vecino como propio.
A mediados de la década del ´60, Joy tenía una empresa de turismo, ansias de aventuras y ninguna experiencia en caza mayor. Sólo cazaba patos y perdices con amigos los fines de semana, hasta que un día uno de sus compañeros lo incitó a cazar un yaguareté en el monte. Naturalmente aceptó y como él mismo dice “se largó a cazar un tigre sin saber donde tenía la cola”. La experiencia fue un fracaso naturalmente. No vio ni huellas. La segunda vez, no le fue mejor. Recién al tercer intento dio con el esquivo felino y lo abatió de un disparo certero. A partir de ese momento su vida tomó el curso para la cual estaba destinada y comenzó a cazar casi un tigre por semana. Como era obvio, de ahí a convertirse en un cazador profesional estaba solo a un paso.
Joy comenzó a organizar la que sería su empresa y pensaba llamarla Joy Jungle Safaris. Hasta que un día conoció a Bill Pickett, un cafetalero de la zona de Pedro Juan Caballero oriundo de los Estados Unidos, y a Marcelo Rubinstein, un chileno gerente de la desaparecida aerolínea Braniff Airways. Ellos también estaban armando su propia empresa de cacería y lo invitaron a sumarse. Aceptó de inmediato y así, en 1964 se creó Tiger Hill Safaris, una de las compañías de cacería más famosas de América del Sur. Algunos meses más tarde se incorporaría Hugo Pesce el cuarto socio de la empresa. Pesce era cazador, fotógrafo y aventurero, y había llegado al Paraguay con intenciones de dedicarse también a la caza profesional. 

¿Cómo fueron aquellos comienzos de Tiger Hill Safaris?
Fueron tiempos de trabajo intenso pero muy apasionante. Lo primero que hicimos fue definir cómo iba a ser la operación. Bill Pickett tenía una propiedad llamada Colina del Tigre, en donde con Marcelo Rubinstein tenían la intención de construir un parador, una especie de lodge de caza, pero yo los convencí de que no era una buena idea. Un lugar fijo sería indudablemente nuestra muerte económica porque requería mucho personal durante todo el año y nosotros solo teníamos una temporada de cuatro meses. Les dije que teníamos que ir detrás del jaguar, y no esperar que el animal venga a nosotros. Primó mi opinión y decidimos hacer campamentos. Hicimos todo nosotros mismos, desde las carpas hasta los catres. Fue mucho trabajo pero nos permitió tener una gran movilidad y un relativo confort para los clientes.


¿Los campamentos tenían la misma estructura que los campamentos africanos?
Sí, aunque en ese momento no lo sabíamos. Nuestro campamento consistía en una carpa individual para el cliente, otra para mí, dos para el personal, una destinada a depósito donde guardábamos todos los pertrechos, y por supuesto la carpa cocina, la carpa comedor que era muy grande y tenía doble techo y pared con mosquitero. Las carpas se montaban formando un semicírculo en limpios del monte que solían hacer los indios en sus excursiones de caza. Recuerdo que muchos años después cuando vi la película África Mía, me asombró ver en una escena del campamento, las mismas cosas que teníamos nosotros: mesas, platos, jarros de loza. Era todo exactamente igual. Pero le juro que nos copiamos. A lo mejor se copiaron ellos…

¿Y ustedes tenían también tanto personal como se estila en África?
No que va. Además del cazador profesional, el personal consistía en un cocinero, un ayudante y mi asistente Francisco. Me acuerdo que un día un cliente me criticó el servicio porque estaba acostumbrado a los campamentos africanos que tenían mucho personal nativo y probablemente más confort, en cambio nosotros teníamos solo el personal indispensable.

¿Cómo consiguieron los primeros clientes?
Bueno al principio nos orientamos a la clientela de los Estados Unidos. Nos ayudó mucho en términos de promoción, haber participado en unos documentales llamados “La Pesca del Dorado en el Paraguay” y “La caza de la Perdiz en el Paraguay”, para el programa de la American Sportsman. Ambas películas tuvieron mucho éxito y en una de ellas participó el actor Richard Crenna (conocido años después por tener el papel del coronel en la saga de las películas de Rambo)
Eso nos dio un gran impulso en el mercado americano, hasta que Estados Unidos comenzó a aplicar la ley de protección de los “spotted cats”, que prohibía la caza del jaguar. Y a partir de ahí viramos nuestra clientela a cazadores españoles, italianos, franceses y belgas.


¿Cuánto tiempo duraba un safari promedio de jaguar?
Yo empecé haciendo safaris de 21 y de 15 días. Pero con el tiempo me di cuenta que con dos semanas era suficiente y podía tener dos clientes por mes. Lo que no estaba mal, teniendo en cuenta que la temporada comenzaba en Mayo y finalizaba en Agosto, es decir que teníamos sólo cuatro meses completos de actividad.

¿Supongo que los cazadores internacionales famosos que ustedes recibieron también eran una buena promoción para la empresa?
Sí claro, además de Richard Crenna, pasaron por Tiger Hill el Conde Sacha de Montbel, autor del libro “Grandes Cacerías”, donde nos menciona a Tony de Almeida que operaba en el Pantanal brasileño y a mí como los mejores cazadores de Sudamérica; el Dr. Nicolás Franco; y el español Valentín de Madariaga y Oya, que fue premio Weatherby en 1977, y quien ya para esa época tenía 265 especies cazadas. Todos ellos ayudaron también a la promoción de nuestra empresa en Estados Unidos y Europa.

¿Cómo conoció a Hugo Pesce?
Un día Hugo se presentó en mi oficina. Estaba recién casado y venía de un pueblo a orillas del Paraná en el que vivía su esposa, una bella joven y noble húngara a la que apodaban Bipsi. Me contó sus planes de montar un negocio de safaris, y en ese momento pensé que era preferible incorporarlo a la sociedad que tenerlo de competencia. Lo invitamos a participar y aceptó convirtiéndose en el cuarto socio de Tiger Hill. El se encargaba de la operación de cacería a tiempo completo. Era un hombre muy callado, buen organizador y excelente fotógrafo. Sin embargo un año después abandonó la sociedad para crear su propia firma de safaris. Nos separamos muy amigablemente y sin problemas. Dividimos las cosas que teníamos de acuerdo a lo que cada uno había invertido. Hugo se llevó lo suyo e hicimos un convenio en el cual estipulábamos que no podíamos molestarnos ni compartir áreas en un radio de 15 km a la redonda de donde estuviera cada uno, y además que ambos podíamos utilizar las fotos que teníamos en común. Tengo un gran recuerdo de él y de su familia.

¿Y Marmolín llegó a trabajar en Tiger Hill?
No, pero pasó un tiempo en nuestro campamento luego de conocernos.  Augusto Mármol se llamaba, y era un tipo excepcional aunque había días que se levantaba con la mufa y se peleaba con todo el mundo era un tipo excelente. Yo lo quería como a un hermano. Lo conocí en una balsa cruzando el río Paraguay. El volvía de Asunción con un amigo llevando un repuesto para su Citroën 2CV que se había quedado en el camino. Lo acerqué hasta su auto y se vino con nosotros hasta el campamento en la Aguada La Faye. Allí cazó puma y jaguar y rápidamente se convirtió en un gran compañero de cacería. Al poco, tiempo viajó a África donde estuvo cazando en Angola, Sudáfrica y Sudán, en donde tuvo el accidente de tránsito en una ruta que lo llevo a prisión. Finalmente cuando volvió a Argentina falleció al poco tiempo en una operación quirúrgica.

¿Cuénteme qué armas usaba para la caza del jaguar?
Hubo una temporada en la que los clientes podían traer sus armas, así que yo los esperaba en la Aduana y me hacía responsable del uso y devolución del armamento. Cuando cayó el régimen de Stroessner ya no se podía ingresar con armas así que los clientes usaban las nuestras. Tenía un 300 Weatherby Magnum que para el Jaguar es perfecto, es demasiado grande para el puma pero ideal para el jaguar. Yo lo usaba para la caza de espera a la noche.
Después tenía un Mauser argentino deportivizado que para mí era un arma perfecta en calibre 7,65. En esos días convertíamos las balas militares en hollow point y las usábamos con gran efectividad. Y por último también usaba un 308 Winchester como arma de respaldo.

¿Conserva sus rifles?
Sí por supuesto. Esos me van a acompañar hasta el cajón.

Bueno por las dudas llévese el 7,65 que anda bien para todo….
Si, uno nunca sabe lo que irá a encontrar del otro lado

¿Alguna vez tuvo un accidente?
Usted sabe que no. Nunca tuve un accidente con jaguares, ni con víboras, nada. Una vez sola con Francisco tuvimos un susto que no pasó a mayores.
Un día se me ocurre invitar a cazar a un oficial militar de la base aeronáutica de Nueva Asunción, llamado Julio. Nos metimos en el monte y encontramos un tigre que por los perros se subió a un árbol. Antes de darle la orden a Julio para que dispare, le tomé varias fotos y luego sí, le disparó cinco tiros con su rifle y balas militares. El tigre saltó como si nada, corrió unos metros y se subió a otro árbol. Le digo que le vuelva a disparar y  me dice que se había quedado sin municiones. Ahí nomás le doy mi Mauser a Julio, le vuelve a tirar y el jaguar finalmente cae al suelo. Cuando empezamos a preparar el lugar para la foto, le digo a Francisco -que nunca usó armas de fuego- que cortara unos yuyos con el machete. En ese momento el tigre se levanta y comienza a correrlo. Francisco corre en mi dirección y de repente me encuentro frente al tigre herido, armado sólo con mi cámara de fotos. Gracias a Dios pasó al lado mío y cayó muerto a  unos pocos metros. Al verlo levantarse Julio le había vuelto a disparar con el Mauser pero la bala picada no salió. A Francisco y a mí nos dio un ataque de risa por la tensión supongo, pero a nuestro pobre amigo le dio un ataque de pavura.  Tuvimos mucha suerte ese día.

¿Se acuerdo cuántos jaguares cazó?
Sí claro, en Tiger Hill se cazaron 50 jaguares, y de esos yo debo haber cazado unos 40 más o menos. El más grande que cacé pesó 120 kilos. Pero el record ha sido de 165 kilos.

¿Los jaguares de Paraguay son más chicos que los del Matto Grosso?
Sí, pero por un tema del ambiente. Yo no comparto la idea de que existe una diferencia biológica dentro de la especie. Para mí todos son iguales, lo que pasa es que los del Chaco Paraguayo son más pequeños por la falta de agua y diferencia de alimentación. Allí difícilmente alcancen los 130 o 140 kilos que tienen los del Pantanal, el Matto Grosso y los de la región oriental del Paraguay.

¿Y si hablamos de peligrosidad, donde ubicaría al jaguar comparado con el tigre de Bengala o los felinos africanos?
No, los jaguares no tienen gran peligrosidad según mi experiencia. Claro que tampoco son como los pumas. En general el jaguar trata de poner distancia y tiene que estar herido para que cargue a un hombre. No es como el tigre de Bengala o el león que son antropófagos. La dificultad radica en sacarlo de la selva.

¿Por último, cómo ve la situación de conservación actual del jaguar?
Y es preocupante, porque cada día se lo está arrinconando más. Pero no es un problema de presión de caza, sino de desaparición del hábitat. Es cierto que en las estancias de Paraguay y Brasil existen problemas de convivencia con el hombre debido a que a los jaguares les resulta más fácil cazar un ternero o un caballo que un animal salvaje, pero considero que el daño que se está causando a las zonas selváticas, la deforestación indiscriminada que se lleva adelante en varios países en el continente y el avance de las áreas de cultivo, son los mayores responsables de la situación que amenaza a la especie.

Publicado en VIDA SALVAJE (Enero- Febrero 2012)

martes, 7 de febrero de 2012

Safariland vs. Ker & Downey - Semillero de leyendas





Por Eber Gómez Berrade

Las compañías de safaris Safariland Ltd. y Ker & Downey, fueron las dos más emblemáticas de la historia de la cacería en África durante el siglo XX.
Ambas firmas se establecieron en Nairobi, Kenia y se disputaron -hasta la prohibición de la caza en ese país- a los mejores cazadores profesionales de la época, muchos de los cuales hoy se han convertido en indiscutibles leyendas de los safaris africanos.

Los profesionales que figuraban en sus planteles guiaron a infinidad de celebridades internacionales, actores, políticos, marajás, periodistas, escritores, nobles y aristócratas, algunos se convirtieron en personajes de literatura y otros ayudaron a realizar las películas de romance y aventura con las que Hollywood deleitaba a los espectadores de la década del 40 y 50.

Safariland Ltd.
Si bien no fue ésta la primera empresa de caza deportiva en Kenia, fue sin dudas, la más importante. Comenzó sus operaciones allá por 1920, justo cuando Kenia pasó de ser un protectorado para convertirse en una colonia del imperio británico. En realidad fue casi la continuación de otra empresa anterior: Newland & Tarlton Safaris que había cerrado sus puertas tres años antes. Leslie Tarlton había participado en el largo safari del presidente estadounidense Theodore Roosevelt, lo que le reportó gran prestigio y una exclusiva lista de clientes.
Cazadores de todo el mundo arribaban a las costas de Mombasa dispuestos a pasar uno o dos meses de safari recorriendo Kenia, Uganda o Tanganica. Era la época de los champagne safaris, muy acorde a los años locos que vivía el mundo una vez que finalizó la Primera Guerra Mundial. Ese período no iba a durar mucho tiempo. La crisis del 29 y -diez años después-, el estadillo de la Segunda Guerra Mundial iban a modificar la industria de safaris considerablemente.
De todas maneras, Tarlton supo aprovechar la bonanza económica y se preparó contratando a una especie de dream team de cazadores blancos.
En primer lugar eligió a sus colegas R.J. Cunninghame y Bill Judd quienes lo habían acompañado en el safari presidencial de Roosevelt en 1909. Junto a ellos contrató a Alan Black, considerado hoy como el primer cazador blanco que tuvo Kenia. Convocó a Philip Percival, amigo y guía personal de Ernest Hemingway, quien lo inmortalizó en su novela “Las verdes colinas de África”, con el seudónimo de Pop. 
El staff de Safariland contó también con John Hunter, autor de varios clásicos de la literatura de safaris como “Cazador Blanco” y “África virgen”. Fueron parte de la empresa también Arthur Hoey, Sydney Waller, Wally King, George Outram y Pat Ayre, quien guió a la actual Reina Isabel de Inglaterra en su safari cuando aún no había accedido al trono del imperio y mantenía el rango de Princesa. La lista de cazadores blancos que fueron contratados a lo largo de la historia de la empresa continua con Alastair Gibbs, Jerry Dalton, Vivian Ward, el Coronel Dickenson, Andy Anderson, Tom Murray Smith, el Barón Bror von Blixen-Finecke (esposo de la escritora Karen Blixen autora de “África Mía”), el Honorable Denys Finch-Hatton, (amante de la misma escritora), y Syd Downey, quien se convertiría con el tiempo, en el principal competidor de su propio empleador.
Muchos de estos cazadores se alistaron para combatir en la Guerra de 1939, pero la firma se las ingenió para atravesar ese período y resurgir con fuerza una vez terminada la contienda. A esas alturas, la compañía contaba con una gran estructura y con un típico organigrama empresarial. Uno de sus directores del período de post guerra fue nada más y nada menos que Jim Corbett, el legendario cazador de tigres de la India, y autor de “Las fieras cebadas de Kumaon”. Corbett se había mudado a Kenia desde su India natal en 1947 al mismo tiempo que los británicos abandonaban su posesión colonial más preciada, y allí permaneció hasta su fallecimiento en 1955.
Durante décadas, Safariland organizó enormes safaris para clientes excéntricos como el del Aga Kahn, líder de una secta ismaelita musulmana, quien en una de sus expediciones exigió un campamento de dos hectáreas, con una pista de aterrizaje de 2000 metros, y comodidades suntuarias para agasajar a sus más de 40 invitados. Un despliegue similar al requerido por los estudios de Hollywood cuando filmaban en locación en el bush africano.
Es así que Safariland fue la responsable de la logística de “Las minas del Rey Salomón”, protagonizada por  Stewart Granger y Deborah Kerr; y de “Mogambo”, que tuvo a Clark Gable, Ava Gardner y Grace Kelly como figuras estelares. Dos películas que marcaron un hito en los filmes de aventuras rodados en el continente negro.

Downey, el argentino

Hasta mediados de la década del 40, Safariland mantenía intacta su posición de liderazgo en Kenia. Sin embargo, al finalizar la guerra mundial, nuevos jugadores entraron al mercado ejerciendo una fuerte competencia, tanto en busca de clientes como de cazadores profesionales para contratar.
Sin lugar a dudas, la firma que se posicionó mejor en esta nueva etapa fue Ker & Downey Safaris Ltd., formada por dos socios con una visión tan clara del bush como de los negocios. 
Sydney Downey era argentino. O para ser más preciso Anglo-Argentino ya que nació en una estancia dedicada a la cría de ganado vacuno a unos 40 kilómetros de Buenos Aires en el año 1905. Su infancia y adolescencia la pasó cazando y montando a caballo en La Pampa, y fue aquí en nuestras tierras que surgió su gran pasión por la naturaleza y la caza.
Como era costumbre en la comunidad británica, fue enviado a Inglaterra para concurrir a la escuela en 1914. Allí permaneció hasta que cumplió los 19 años, cuando él y su familia se establecieron en Kenia para dedicarse al cultivo del café. Para ello la familia adquirió una plantación llamada Misarara Estate, ubicada al noroeste de Nairobi.
Como era de esperarse, el paisaje africano y la diversidad de fauna que contrastaba con la que hay en nuestra pampa húmeda, empujaron al joven Syd a convertirse inmediatamente en cazador. Pero no fue hasta el año 1927 que realizó su primer safari largo a orillas del río Mara, un área hoy conocida como el Masai Mara. Sus cualidades como cazador profesional lo llevaron a hacerse conocido internacionalmente, y a principios de los 30, ya tenía clientes provenientes de India, Dinamarca e Inglaterra.
Sin embargo decidió no ser freelance sino emplearse en una gran empresa outfitter, y naturalmente todos los caminos conducían hacia Safariland. Allí ingresó en 1933 bajo las órdenes directas de Leslie Tarlton.
Desde esa época Downey comenzó a trabajar con sus dos rastreadores negros: Gichuri un alto kikuyu de enorme fortaleza física que lo acompañaría hasta el año 1952 cuando la emergencia Mau Mau los separó definitivamente; y Mwangea, un orgulloso Kamba que se afilaba los dientes delanteros a la moda de los cazadores nativos, y de quien Downey aprendió muchas de las técnicas de caza que luego aplicaría con sus propios clientes.
Al estallar la guerra, Downey se alistó en el Segundo Batallón Etíope con asiento en Khartum, hoy Sudán. Años más tarde tuvo el raro privilegio de acompañar el Emperador Haile Selassie -descendiente directo según la tradición del Rey Salomón y de la Reina de Saba-, en su vuelta triunfal a Etiopía.
Con excepción del tiempo pasado en la guerra, Downey trabajó para Safariland hasta 1946, cuando se asoció con Donald Ker, otro de los grandes guías de caza de entonces.

Donald Ker
Nació en Gran Bretaña en 1905, y siendo pequeño se estableció con sus padres en Kenia. A los catorce años ya había cazado su primer león, y comenzó su actividad profesional cuando tenía alrededor de veinte. Sus primeros trabajos consistían en guiar expediciones de museos. El negocio marchaba muy bien, hasta que conoció al magnate Edgard Monsanto Queeney, presidente de la compañía de agroquímicos Monsanto. A partir de ese momento, el negocio marcharía increíblemente bien.  
Poco a poco fue ganando prestigio en la comunidad white hunters. En 1934 fue uno de los fundadores de la legendaria Asociación de Cazadores Profesionales del Este de África (EAPHA), y en 1958 se convirtió en su presidente.
Fue en 1936 que el destino lo llevó a conocer a quien sería su socio y amigo hasta la muerte, aunque el comienzo de la amistad estuvo lejos de ser auspicioso. En un safari en el área del Mara, más precisamente en las orillas del río Rupingazi, estaba acampando Downey cuando llegó Ker con un grupo de clientes. Al estar las instalaciones ocupadas, Ker no tuvo más remedio que levantar otro campamento a 8 kilómetros de allí. A los pocos días, ambos guías se encontraron tras una misma manada de búfalos. Por aquel entonces todo era libre y no había áreas delimitadas de cacería. La controversia se subsanó en un acuerdo de caballeros, pero no fue hasta que Ker elevó una queja formal a la EAPHA. Allí se estableció que como Downey había llegado primero al campamento tenía derecho a usarlo, y por lo tanto el que llegaba detrás debía buscar otro sitio para acampar. Esta discrepancia inicial finalmente se transformó en una gran amistad. Muchos años más tarde, cuando operaban varias empresas de safaris en Kenia,  Downey y Ker fueron fuertes impulsores de la creación de áreas y concesiones de caza en el país.
En 1939, al estallar la guerra, Ker -al igual que Downey-, se alistó en el ejército siendo designado como oficial del Escuadrón de Reconocimiento del Este de África.
En 1941 los británicos ocuparon finalmente Etiopía y allí ambos cazadores de uniforme se encontraron una vez más.  De hecho fue en un prostíbulo de Addis Abeba, capital de Etiopia donde entre otras cosas, Ker y Downey discutieron sus planes profesionales para cuando terminara la guerra. Downey quería volver a trabajar en Safariland, pero Ker, un poco más ambicioso no estaba de acuerdo. Lo quería a Downey como socio en una compañía de safaris. La guerra se extendió por cuatro años más, pero la semilla de la empresa más prestigiosa de safaris del siglo XX ya empezaba a germinar.

Ker & Downey Safaris Ltd.
Los inicios de la compañía fueron modestos. En 1946 se largaron a trabajar usando como  sede la casa de Ker en Nairobi. El staff estaba compuesto por ellos dos y por Frank Bowman, un colega y amigo de ambos. Sin embargo, un año más tarde, incorporaron a un nuevo socio, Jack Block. Un hombre de negocios que manejaba los hoteles más importantes de Nairobi. Eso y mudarse inmediatamente a un lugar mejor fue cuestión de minutos. Primero abrieron oficinas en el hotel Norlfolk y luego se mudaron al New Stanley.
Al igual que Safariland, ellos también querían tener entre su gente a lo más granado de los profesionales, y se generaban serias disputas entre ambas empresas por esta razón. Por supuesto, los guías también tenían alternativas, así que cuando no estaban conformes por algo, cruzaban la calle y se ofrecían en la competencia. Algunos de los profesionales contratados por Ker & Downey fueron Bill Ryan, Tony Henly, Harry Selby, John Sutton, Tony Archer, Fred Bartlett, Eric Rundgreen, Terry Mathews, John Kingsley-Heath, John Fletcher, Tony Seth-Smith y David Ommanney. Hoy con el paso del tiempo, puede decirse que ese fue otro dream team de leyendas. El primer gerente fue Ronnie Stevens y los directores fueron Jack Block y Sol Rabb.
Tanto Ker como Downey contaban con un prestigio personal muy alto. No solo como hombres de negocios sino como especialistas en el terreno. Ambos también supieron rodearse de celebridades y capitalizar las experiencias en beneficio de su propia empresa.
Los estudios de Hollywood los convocaron para la logística de varias películas y entre ellas, el film de United Artist, “The Macomber affair”, con Gregory Peck y que está basado en un cuento corto de Hemingway.
Fueron además amigos y guías de los cineastas Martin y Osa Johnson, trabaron una profunda amistad con Jack O´Connor, el editor de la revista Outdoor Life y ganador del premio Weatherby, quien realizó su primer safari en África y cazó su primer león en 1953 guiado personalmente por Ker.
Las experiencias del safari publicadas por O´Connor en la revista (más de una docena), tuvieron un impacto directo en las reservas de safaris de clientes norteamericanos deseosos de cazar en África. Tanto fue el efecto de la promoción, que la empresa decidió regalarle a O´Connor y a su esposa un safari a Tanganica como muestra de agradecimiento.
Ese mismo año, la empresa recibió como cliente a otro escritor americano, Robert Ruark. Para guiarlo eligieron a uno de los más jóvenes PH del staff, Harry Selby. Bueno, la historia es bien conocida a partir de ese momento. Selby se convirtió en una estrella al aparecer como héroe en los trabajos de Ruark. Ker & Downey se beneficiaron de esa popularidad que les acercaba  cada vez más clientes. Naturalmente Selby también se dio cuenta de eso y exigió una participación en el negocio, no como empleado sino como socio. La solicitud le fue negada. En pocas palabras, Selby renunció, creó su propia empresa, y luego de un tiempo, logró su objetivo al ser invitado a participar con sus viejos empleadores. Así nació Ker, Downey & Selby Safaris.

El auge de la cacería en Kenia se mantuvo por unos veinte años más. En 1956 había solo seis empresas de safaris en el país. Además de los dos colosos Safariland y Ker& Downey, operaban African Hunting Safaris de Mombasa, Lawrence-Brown Safaris, Lunan´s White Hunters y Big Game Hunting Limited.  
Donald Ker se mantuvo guiando hasta el año 1973 y murió en 1981. Downey continuó al frente de la empresa hasta 1974. Falleció en 1983.
En 1977 el gobierno de Jomo Kenyatta decidió prohibir la cacería en todo el país. Una prohibición que se mantiene lamentablemente, dando por terminada una era histórica para los amantes de los safaris. Muchos cazadores de la empresa emigraron a Botswana, Zambia, o Tanzania. Otros se quedaron en Kenia convirtiéndose en guías de turismo. 
Luego de la muerte de sus fundadores, la compañía siguió su curso utilizando el mismo nombre. En 1985 Hollywood contrató sus servicios para la filmación de la película “Africa mía”, de Sidney Pollack con Meryl Streep y Robert Redford. El guía designado por la compañía para este trabajo fue el cazador John Sutton.




Sin rastros de la caza
En la actualidad ambas empresas Safariland y Ker & Downey aún existen. Ambas tienen sus oficinas bastante cerca una de otra, sobre Karen Road, (calle llamada así en homenaje a Karen Blixen) en la ciudad de Nairobi.
Hoy Safariland está en manos de Robert y William Carr-Hartley, y está dedicada a safaris turísticos en muchos países del Este y Sur de África. Se especializa en viajes de luna de miel, vacaciones y turismo aventura.
Ker & Downey Safaris Ltd. por su parte, ofrece servicios similares exclusivos para turistas. De la vieja escuela solo queda Tony Seth-Smith, quien se incorporó en 1963 como cazador profesional, y hoy es uno de los guías turísticos del staff.
En la actualidad los folletos comerciales de ambas empresas hacen hincapié en su larga tradición de safaris, recuerdan las celebridades que pasaron por sus campamentos, exhiben orgullosas la lista de películas que Hollywood filmó junto a ellos. Sólo una cosa olvidan mencionar en sus comunicaciones promocionales: que alguna vez, -no hace tanto tiempo- fueron prestigiosas compañías de safaris de caza mayor. Una tradición de las que sus fundadores estaban más que orgullosos, y de la que ahora ya no queda el menor rastro.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Trofeos de caza mayor - Largo o viejo, esa es la cuestión



Por Eber Gómez Berrade

Cuando se habla de trofeo de caza, normalmente se hace referencia a la longitud de cuernos, cornamentas, cráneos y colmillos de distintos animales de fauna silvestre. Ahora en África, debido a la necesidad de conservar la cantidad y calidad de poblaciones de diversas especies, se plantea un debate que obliga a revisar el concepto de la palabra trofeo, y que busca incorporar nuevas variables como edad y morfometría en los clásicos sistemas de medición.

Una rápida ojeada al diccionario nos indica que la etimología de la palabra trofeo proviene del latín trophaeum, que significa monumento, insignia o señal de victoria. Más actual es la acepción que lo define como: victoria o triunfo conseguido.

El origen de esta palabra proviene del ámbito de la guerra, y luego con el transcurso de la historia, fue derivando hacia el ámbito deportivo.

Para muchos cazadores la definición de un trofeo es algo muy subjetivo y tiene que ver más con el esfuerzo y los recuerdos de una cacería que con los despojos del animal abatido. Para otros, en cambio, la definición no puede ser más objetiva, ya que el trofeo será la sumatoria de medidas de determinadas partes características de un animal. Ambas visiones tienen su justificación y la mayoría de las veces son también complementarias.

La idea de medir trofeos de caza e inscribirlos en un registro surgió a fines del siglo XIX, más precisamente en 1892, cuando Rowland Ward, un afamado taxidermista de Londres, decidió armar una especie de  “mapa faunístico” que mostrara la calidad de trofeos obtenidos (cazados o simplemente recogidos en el terreno) en el mundo entero. Para eso ideó un libro de récords donde se registraban los trofeos que eran medidos mediante un método estandarizado también creado por él. Así surgió ese año la primera edición de su “Rowland Ward´s Records of Big Game”, con un ranking de especies de todos los continentes.

Muchos años después, en 1978, llegó desde Estados Unidos otro libro de records y otra manera de medir trofeos, el del Safari Club Internacional. Este sistema que también consideraba la fauna silvestre de todo el mundo, tomó como base el método de Ward pero lo perfeccionó incorporando nuevas mediciones que daban un panorama mucho más completo del trofeo a evaluar. Sumado a esto, el SCI también incorporó la premiación de los cazadores que alcancen las posiciones más altas en el ranking de mediciones. Provocando en algunos casos, que el “medio” de medir y registrar una pieza de caza, se transformara en un “fin” para el que sólo busca figurar en una posición más alta en dicho libro.

Si bien estos dos sistemas siguen siendo los más usados en la actualidad, existen otros libros de records y sistemas de medición como el Boone & Crockett ideado para la fauna norteamericana, el del Conseil International de la Chasse (CIC) base del sistema usado por nuestra Federación Argentina de Caza Mayor, el Pope & Young creado para registrar especies cazadas con arco, etc.

El debate actual
En el caso particular de África, la mayor presión cinegética que se ha evidenciado en las últimas décadas está impulsando nuevas políticas de control de fauna en los diversos países del continente, para mantener y en tal caso, mejorar la conservación de sus poblaciones en estado salvaje. Cada uno de estos departamentos de fauna, tiene hoy día, plena conciencia de que la caza es una herramienta fundamental en la conservación de las especies, y para que esto se verifique, debe ser ante todo sustentable y sostenible en el tiempo. Es decir, cada vez debe haber mayor cantidad y mejor calidad de trofeos.

En este punto, es donde en los últimos años comenzó a observarse un declive tanto de cantidad como de calidad en algunas especies, particularmente de caza peligrosa. Uno de esos casos, es el del búfalo africano (syncerus caffer), que si bien no sufre una declinación cuantitativa, existe el riesgo de que se vea  mermada la calidad de los trofeos, léase, de sus cornamentas. La conclusión a la que se ha arribado es que uno de los motivos de este paulatino declive, podría deberse a la caza de ejemplares de magnífica genética, pero aún en etapa reproductiva.

Los que abonan esta hipótesis argumentan que esto se debe a la influencia de los métodos de medición de los principales sistemas (Rowland Ward y Safari Club Internacional) que han inculcado la idea de que “más grande es mejor”. Una mirada a las fotos de los trofeos de búfalos que figuran primeros en los rankings permite observar detalles de cornamentas no demasiado sólidas sinónimos de machos aún inmaduros, lo que confirma esta hipótesis.

Es en este punto exacto donde la disyuntiva shakesperiana hace su ingreso a escena: la cuestión entre largo o viejo?.
¿Cómo debería ser considerado entonces un trofeo -en este caso de búfalo, aunque puede aplicarse a las demás especies-, para que además de complacer al cazador, sea a su vez una herramienta de selección positiva funcional a las estrategias de conservación?.

La respuesta no es fácil, y hay varias opiniones al respecto. En primer lugar están los que abogan por incluir la edad en la ecuación de medición. El Dr. Kevin Robertson, veterinario, cazador profesional y autor del famoso libro “The Perfect Shot”, es uno de los que proponen un cambio en este respecto, y sugiere que se contemple en la valuación el desarrollo de la protuberancia de los cuernos sobre el cráneo -conocido como boss-, que es un indicador de la edad del búfalo, lo que estimularía -si su hipótesis es correcta-, la caza de ejemplares maduros que han pasado ya su ciclo reproductivo.

Recordemos que la madurez de un búfalo africano se alcanza entre los 4 y los 5 años de edad. Para los 6 años aproximadamente las puntas de sus cuernos están afiladas y la cornamenta está separada a la altura de la frente, algo que se conoce en la jerga como cornamenta “verde”. La edad promedio alcanzada para esta especie es de alrededor de 15 a 16 años de vida. Por lo tanto, puede considerarse trofeo solo aquellos animales de más de 8 años de edad.

En realidad, en la comunidad de cazadores profesionales hay consenso en buscar ejemplares adultos que ya hayan abandonado las manadas de cría (breeding herds) y se muevan solitarios por el monte. En África a estos machos se los conoce como dagga boys. Desde el punto de vista de la cacería, son los que ofrecen un mayor desafío por su astucia y agresividad, lo que los convierte para muchos, en el trofeo ideal. Sin embargo, la realidad indica que la demanda de cazadores ansiosos de obtener el trofeo más largo ejerce de hecho, una fuerte presión sobre los profesionales que deben evaluar las cornamentas en el campo.

Una propuesta creativa
En vista de esta situación, una solución sería incluir el factor etario en las ecuaciones de medición, así de esta manera, el mejor trofeo para ser inscripto en un libro de récords, sería no solo grande, sino también viejo.

El problema es cómo incorporar esa variable en la ecuación.
Hace poco menos de un año, un grupo de colegas de la Asociación de Cazadores Profesionales de Namibia (NAPHA), liderado por Kai-Uwe Denker de Bushmanland y el cazador profesional sudafricano Ronnie Rowland idearon una propuesta ingeniosa: medir la longitud de ambos cuernos y el ancho de ambas protuberancias (bosses) medidos en su parte más ancha, sumar además el ancho del boss y la longitud del cuerno más largo, y aplicar por último un coeficiente multiplicador.

Con este sistema, la suma final de los valores de los cuernos debería multiplicarse por un coeficiente determinado de acuerdo a la edad del animal.

Así por ejemplo, para machos de entre 8 y 10 años, el factor multiplicador será 1, para aquellos de entre 10 y 13 años, será 1.1 y para los que hayan pasado los 13 años de edad, el factor multiplicador a utilizar será el 1.12. Los animales más jóvenes de 8 años, no se considerarían trofeos. De esta manera, se estaría incluyendo convenientemente el factor edad en la ecuación, valorando así los ejemplares más viejos.

Si bien esta solución no deja de ser interesante tiene el problema de que fuerza al medidor oficial del sistema en cuestión (RW o SCI) a juzgar la edad del animal cazado para luego definir el valor del coeficiente multiplicador, algo que puede llegar a ser muy difícil para la persona que no tenga la debida experiencia ni conocimiento como el caso de biólogos o cazadores profesionales.  

Los carnívoros en riesgo
No sólo los búfalos padecen la situación que los hace apetecibles al cazador sólo por el hecho de tener cuernos largos, independientemente de su edad. Otro caso típico de selección inversa se da en la actualidad con los felinos africanos. Originalmente el trofeo de los grandes gatos se medía de la punta de la nariz hasta la punta de la cola. El RW y el SCI implementaron con mejor criterio un método que aplican a todos los carnívoros, y que consiste en la sumatoria del ancho y el largo del cráneo. Sin embargo aquí también se da una vez más la relación “más grande es mejor”.

De manera similar con las poblaciones de búfalos, los felinos se han visto afectados por la presión de la demanda de cazadores deportivos, pero en este caso en particular también padecen otros factores recesivos. De acuerdo al último reporte del Niassa Carnivore Project de Mozambique, las poblaciones de leones están siendo afectadas por varios factores tales como la reducción del hábitat, enfermedades como la rabia, y hasta por trampas colocadas por pobladores locales.

Esta luz amarilla en la situación de los felinos ha provocado que en los países donde aún se puede cazar leones en libertad -tales como Mozambique, Namibia, Zambia, Tanzania, etc.- las autoridades de fauna están implementando serios controles para verificar una regulación aún más seria. Es así que se incentiva la caza de individuos de 7 u 8 años de edad, imponiéndose un mínimo legal de 6 años para abatirlo. A esa edad es cuando el macho ha pasado la etapa reproductiva y ha alcanzado el esplendor de su madurez. Entre los 7 y los 8 años, usualmente el macho de manada es derrocado por un nuevo alfa lo que lo empuja a convertirse en un solitario que podrá sobrevivir uno o dos años más por sus propios medios. 

Está presión se da también con el leopardo en numerosas regiones africanas, y es conocido el caso de Namibia, que recientemente ha modificado su legislación de caza, que apunta a detener una selección inversa por parte de granjeros y cazadores deportivos. Para esto, la autoridad de fauna de ese país conformó una comisión especial de análisis de situación de predadores e impuso el año pasado una nueva regulación que entre otras cosas obliga al deportista a abatir machos adultos exclusivamente en una cantidad bastante conservadora establecida por CITES (Convención sobre el comercio de especies amenazadas de fauna y flora silvestre). De esta manera, se busca mejorar no solo la cantidad, sino también la calidad genética de sus trofeos que son, por otra parte, uno de los más buscados del continente.

Se enriquece la discusión
Como si esto fuera poco, en el ámbito académico internacional se ha comenzado a analizar una alternativa que ya no sólo incluye el factor edad en el trofeo, sino que también incorpora las características morfométricas de las especies.

El argumento para ésta teoría radica en los estudios que se llevan a cabo en la actualidad que analizan la relación que tiene el “trofeo” de cada animal con su herencia genética y el ambiente en el que habita. Esta posición impulsada desde la socio biología descarta de plano los valores estéticos del trofeo otorgados por el hombre tales como ocurre en la medición de cornamentas de ciervos del CIC con las características de “perlado” o de “belleza”, pero valora positivamente las cualidades funcionales de dichos trofeos para el animal y para la especie. En otras palabras, para estos biólogos, el trofeo debe ser considerado el símbolo de status del animal mismo, y no del cazador que lo cazó. 

Cómo se puede observar, las cartas están sobre la mesa y el debate está aún lejos de definirse. Si bien, los departamentos de fauna y el CITES juegan un rol preponderante en la conservación de especies, el cazador deportivo así como el profesional, son también actores principales en este escenario y por lo tanto responsables. Ellos son la demanda que debe lidiar con una oferta cada vez más escasa y en riesgo.

Es cierto que se impone una modificación de los sistemas de mediciones vigentes y más populares entre los cazadores, que sin dudas deberá incluir el factor etario en la valoración del animal cazado, ya sea a través de multiplicadores u otros métodos de reconocimiento. Pero también es cierto que se impone a corto plazo una revisión del concepto general de trofeo de caza. En mi opinión, a la hora de juzgar un trofeo, cualquiera sea éste, se deberían incorporar además dos variables fundamentales a la ecuación que no están relacionadas con la edad ni con la morfometría intrínseca del animal. Me refiero por un lado a la calidad del lance cinegético, y por el otro al grado de peligrosidad si estamos frente a fauna peligrosa. Sin dudas, estas variables son extremadamente subjetivas y están muy alejadas de cualquier característica biológica, pero una vez que sean tenidas en cuenta, justificarán el concepto de trofeo en toda su extensión, es decir, “algo que se ha obtenido con esfuerzo y que recuerda una victoria”, claro que no una victoria sobre el animal abatido, sino sobre el mismo cazador.















jueves, 27 de octubre de 2011

Jorge Alves de Lima. Aventuras de un White Hunter brasileño

Por Eber Gómez Berrade

Sobran los dedos de una mano para contar los cazadores profesionales sudamericanos que operaron en el continente africano. El brasileño Jorge Alves de Lima es uno de ellos. Cazador profesional, buscador de marfil, explorador, aventurero y viajero incansable, fue también uno de los impulsores de la caza deportiva en Angola y Mozambique. Su carrera en África no fue larga. Si bien tuvo el privilegio de ser parte de la era de oro de los safaris, también fue testigo de una época trágica plagada de caos político y guerras civiles que pusieron fin a su carera.

Jorge Alves de Lima Filho, nació en Brasil en 1926, proveniente de una familia acomodada de San Paulo. Cómo muchos adolescentes de su condición, sus padres lo enviaron a estudiar a los Estados Unidos para completar una educación patricia que había comenzado en su tierra natal.
Su afición por la caza nació seguramente persiguiendo catetos, capibaras, maracayás, sussuaranas y panteras. Luego, pasó a los ciervos cola blanca y mountain lions de América del Norte. Pero lo que a él lo desvelaba -como a la mayoría de los cazadores-, eran los grandes trofeos que vagaban libremente por el continente africano.
Su oportunidad apareció a la edad de 21 años, al finalizar sus estudios, cuando decidió probar suerte en África, y hacia allí se dirigió junto a dos de sus amigos y compañeros de cacería.
Partió de Nueva York a Londres, donde compró un doble Holland & Holland 500/465, al que le hizo grabar su nombre en una pieza de plata incrustada en la culata y en el cuero del estuche. Una obra de arte. Completaba su armero dos rifles Springfield 30-06.
Una vez en Londres, sus planes eran viajar a Paris y de allí navegar hacia el África Ecuatorial Francesa. Cuando llegó a Europa, se dio cuenta que le habían perdido todo el equipo que había comprado para esta primera expedición. No sería esta la única gran pérdida material que iba a padecer a lo largo de su vida.
De hecho, unos 21 años después, su venerable doble H&H iba a ser confiscado en Brasil por el gobierno y -según le aseguraron- “arrojado al mar”, con la excusa de que era un calibre prohibido. Por supuesto que nunca creyó semejante mentira.
Así llegó a Fort Archambault, una pequeña población a orillas del río Chari. En aquellos tiempos de colonias europeas, esa región era conocida como Ubangui- Chari (hoy República Centro Africana). Gracias a una carta de recomendación dio con un guide de chasses, o cazador profesional, quien lo invitó a un safari con un cliente durante dos meses. Tiempo que para Alves, fue suficiente para aprender sobre la caza del elefante y para decidir que eso era lo que más quería en su vida: Convertirse en un cazador de marfil.
Así fue como su nueva profesión lo llevaría a recorrer inexplorados parajes e ignotas aldeas en busca del oro blanco.
Sus safaris lo llevaron luego al Congo Belga y al Sudán Anglo Egipcio, y paralelamente a la caza de elefantes, Alves también obtuvo bongos, eland de Lord Derby, roan, kudus, leopardos, leones, hipopótamos, búfalos cafres y de foresta. Cazó en la zona conocida como Barotseland, que estaba conformada por Rodhesia del Norte (hoy Zambia), y los ríos Kwando  y Zambezi al sur. Allí no había ningún asentamiento europeo, solo aborígenes de la tribu Barotse. En esa área, obtuvo su mejor trofeo de león.
Con el dinero que obtenía de la venta del marfil, Alves pudo comprarse su primer vehículo de safari y vivir más o menos bien haciendo lo que más le gustaba: cazar y explorar.
Las limitaciones y restricciones hacia el comercio del marfil, sumada a la visita de su hermano Eduardo y su tío Anesio, un fazendeiro de Brasil muy rico, a la localidad de Ubangui-Chari para participar en un safari, marcaron de alguna manera, el inicio de su carrera como cazador profesional, que con el correr de los años sería muy exitosa. Al poco tiempo de guiar a sus parientes, su lista de clientes incluía empresarios y playboys -mayormente brasileños e italianos-, que llegaban a África deseosos de realizar un safari guiado por un compatriota suyo.

Cazador Profesional
A comienzos de los años ´50, Alves desembarcó en Tanganika (hoy Tanzania) en el este africano. Un paisaje totalmente diferente a las junglas y savanas del centro del continente y donde además se encontraba la crema de los cazadores profesionales. Allí Jorge o “George” como comenzaron a llamaros sus colegas, supo ganarse un lugar de prestigio gracias a sus conocimientos, pero también a sus maneras aristocráticas, su cultura, y su savoir faire, que entre otras cosas le permitía pasar del inglés al portugués, francés, español o italiano en una misma conversación prácticamente sin esfuerzo alguno. En sus años en el bush, también logró dominar una docena de dialectos nativos. Una personalidad así, sumado a su más de metro ochenta de estatura, no pasaba desapercibida fácilmente en el ambiente de la caza de origen anglo sajón.
En los años 50, el epicentro de este mundo estaba en Kenia, que -antes de la prohibición de la caza deportiva en 1977-, era el centro neurálgico de los safaris. Fue allí donde conoció a los propietarios de una de las dos compañías de safaris más importantes de África: los legendarios Ker & Downey, en sus oficinas del Hotel New Stanley de Nairobi.
En esta compañía trabajaba lo más granado de los cazadores profesionales, entre ellos Stan Lawrence-Brown, con quien Alves se asociaría comercialmente más tarde.
De Kenia pasó a Mozambique (colonia Portuguesa en aquel entonces), donde conoció a José Pardal, el renombrado autor de “Cambaco”, a Adelino Serra Pires, famoso cazador profesional de aquel país y ferviente difusor de la caza deportiva durante la época colonial y a Harry Manners, cazador de marfil y autor de “Kambaku” (no confundir con el título anterior).
Mozambique era en esa época un vergel de fauna silvestre, especialmente en los viejos distritos de Manica y Sofala, donde gracias a la abundancia de alimento, era posible ver interminables manadas de sables, cebras, waterbucks y elands. Otro lugar elegido por Alves para sus cacerías fue el río Rovuma, en la frontera con Tanzania, que hoy conforma la Reserva Niassa. En sus relatos, el brasileño menciona que allí obtuvo leones cebados, búfalos y naturalmente infinidad de hipopótamos.
Mientras estuvo en el este africano, Alves recorrió brevemente Uganda, Kenia -donde según afirma pasó más tiempo en Nairobi que en el bush-, y en Tanganika donde ejerció como cazador profesional free lance, para luego sí, asociarse a la compañía de Lawrence-Brown que contaba con oficinas en Nairobi y Arusha.
Inquieto como siempre, sus viajes de entonces lo llevaron también al Congo Belga en el centro del continente y a Angola en el sudoeste. Podría decirse que este fue el punto de inicio real de su carrera como empresario en la industria cinegética.
Fue así que luego de esa primera experiencia como socio de una compañía de safaris, Alves decidió probar suerte con su propio emprendimiento y creó Kirongozi Angola Safaris y Kirongozi Tanganika (que desactivaría más tarde para enfocarse exclusivamente en las colonias portuguesas).
A decir verdad, la mayoría del tiempo, lo pasaba con sus clientes en Angola (la otra colonia portuguesa existente en África). Era natural que siendo brasileño y con mayoría de clientes de ese país existiera una fuerte atracción hacia enclaves portugueses. Tanto fue así, que luego de un tiempo, decidió abrir una tercera sede de su organización en Mozambique. Con un pie en estos países, Alves podía garantizar a su selecta clientela internacional, un vastísimo menú de especies para cazar.
Angola contaba con rinocerontes magníficos, y era uno de los pocos países donde un deportista podía conseguir una licencia para cazarlos. Había también leones, leopardos y elefantes en abundancia, así como una enorme cantidad de especies de planicie clasificadas en los libros de récords. Los leones de Angola se caracterizaban por tener una muy buena melena, debido al clima frío y a la falta de montes espinosos. Los elefantes de esa región solían ser más pesados y masivos que los encontrados en el este del continente, y en cuanto a las especies de planicie, era uno de los pocos lugares donde habitaba el sable real y se podía cazar al esquivo sitatunga.
Por otra parte, Mozambique, ofrecía un complemento ideal al deportista, ya que allí podía encontrar mejores kudus, nyalas y búfalos.
La estrategia de Alves se basaba en tres puntos concretos. Por un lado, disponer de una amplia variedad de lugares y de especies para atraer a sus clientes, que ya empezaban a buscar algo diferente a lo que se cazaba habitualmente en Kenia y Tanzania. Moverse en territorios portugueses en donde sus clientes de Portugal y Brasil iban a sentirse más cómodos, y aprovechar las conexiones que existían entre ambos destinos. Había vuelos comerciales periódicos entre Luanda (capital de Angola) y Lourenco Marques (capital de Mozambique). Incluso, Alves ofrecía la opción de hacer ese trayecto entre capitales en vuelos privados, haciendo escala en Livingstone, Rhodesia del Norte (hoy Zambia) para ver las fabulosas cataratas Victoria, una de las grandes atracciones turísticas de esa parte del continente.
Muy pronto, ambas colonias portugueses se pusieron de moda entre los cazadores deportivos y el negocio fue una mina de oro. Los intereses de Alves en conseguir nuevas concesiones de caza no se detuvieron, e intentó obtener para su empresa las márgenes del río Rovuma, en la Reserva Niassa, donde tanto había cazado diez años atrás. En las negociaciones que resultaban de intercambiar concesiones, Alves conoció al Barón Werner von Alvensleben quien era propietario de Mozambique Safariland, y quien terminó proponiéndole una participación del 25% de su compañía.
El Barón era un reconocido cazador profesional, muy culto y refinado pero también muy honesto, y lo más importante, contaba con una extensa y prestigiosa lista de clientes en su haber, tales como Aristóteles Onassis, Jack O´Connor, Robert Ruark, el Rey Juan Carlos de España, y Valerie Giscard d´Éstaing, ex presidente de Francia.  
Esta relación comercial se extendió hasta mediados de la década del ’60, cuando el brasileño decidió dar por terminada su operación en Mozambique y abandonar el país.

Período postcolonial
Alves de Lima llegó a África luego de la Segunda Guerra Mundial y tuvo la suerte de vivir la última parte de lo que los cazadores denominamos “los años dorados”. Esa época retratada tantas veces en la literatura y en las películas de Hollywood, y en la que han vivido grandes cazadores hoy convertidos en leyendas. Sin embargo, también tuvo el triste privilegio de asistir a un período obscuro de desintegración política y social, que ocupó el lugar que las potencias europeas iban dejando en su retirada. La descolonización de la mayor parte de los países africanos fue muy traumática, y estuvo plagada de movimientos nacionalistas que veían en la guerra de guerrilla la herramienta más adecuada para lograr sus objetivos políticos, siempre respaldados por la omnipresente Unión Soviética.
Puede decirse que este período duró desde la llamada Emergencia Mau Mau en Kenia en la década del ’50, hasta los conflictos que azotaron el Congo, las Rhodesias, Sudáfrica, Namibia, Angola y Mozambique y que se extendieron por más de treinta años.
Es al comienzo de este período que Alves logró sus mayores logros profesionales y económicos en sus compañías de safaris, y por lo tanto esos éxitos no duraron mucho. A mediados de la década del ’60, su empresa Kirongozi Angola comenzó a tener problemas con el gobierno y a sufrir los embates del flagelo del terrorismo, debiendo afrontar severas pérdidas materiales sin derecho a recibir indemnización alguna. Todo aquello que había sido considerado un emprendimiento exitoso, se tornó rápidamente en una pesadilla.
Kirongozi Mozambique y Safariland Mozambique tampoco estuvieron ajenas a este proceso. En 1963 la lucha entre el Frente de Libertacao de Mocambique (Frelimo), y la Resistencia Nacional de Mozambique (Renamo) sumió al país en un caos sangriento que destruyó la industria del turismo y de los safaris en particular.

África en el recuerdo
De esta manera concluyó la operación de Mozambique. Sólo quedaba Angola. Pero no por mucho tiempo más.
Un día, hacia fines de 1969, Alves de Lima viajó a Brasil desde su concesión angoleña. Cinco días después de su llegada, estando en San Paulo, fue informado que su campamento había sido atacado por terroristas, y que todo su personal había sido asesinado. Las instalaciones fueron incendiadas y destruidas. La pérdida fue total.
Ese fue el fin para Alves de Lima. El fin de su operación en Angola y el fin de su vida en África. Nunca más volvió.
Desde entonces se estableció en Brasil. Hoy tiene 85 años de edad y vive plácidamente en una cómoda fazenda del interior del país. Ha atravesado dos matrimonios y mantiene su afición por la caza, en especial por la de los grandes felinos. Alves tuvo el privilegio de no solo haber cazado grandes leones y leopardos, sino también jaguares y tigres de Bengala en India. En su rancho tiene tres leones y cuatros tigres en cautiverio.
Sus historias de vida y de safaris están plasmadas en sus dos libros: “In the company of adventure”, y en “Chassing the horizon”, publicados a partir de 2006 por Trophy Room Books.
Allí, en su rancho -que se llama Kirongozi, como el nombre de su organización de safaris que lo acompaño en los años felices en su amada África- aún añora aquellos días de aventuras en la tierra donde según él, quedaron no solo su alma, sino también sus ganas de vivir.

Publicado en Revista Vida Salvaje
Octubre 2011

martes, 13 de septiembre de 2011

John Sharp, un cazador de novela



Por Eber Gómez Berrade


John Sharp es uno de los grandes cazadores profesionales que aún quedan activos en el continente africano. Legendario para muchos y arquetípico para algunos, se ha convertido -en sus más de treinta años de carrera- en una figura distintiva de la cacería en Zimbabwe.
Aún hoy, con casi sesenta años en su haber, mantiene el fisic du rol del Gran Cazador Blanco que el imaginario supo construir en historias de aventuras hasta un poco pasada la mitad del siglo XX.
Tal vez por esa razón, el famoso escritor de best sellers Wilbur Smith no tardó en tomarlo como modelo para uno de sus personajes de ficción más emblemáticos: el coronel  Sean Courtney. A su vez la firma de The Courteney Boot Company, exclusivos fabricantes del calzado de safaris lo eligió también como modelo para sus campañas gráficas.
De porte recio y maneras inglesadas, es un interlocutor interesante que refleja desde el principio de la charla, una gran pasión por la caza peligrosa y un profundo conocimiento de la situación de la industria de los safaris.

Sharp nació en Sudáfrica en 1952 y desde 1977 está al frente de su empresa John Sharp Safaris, haciéndolo todo prácticamente solo, como le gusta decir -“de manera artesanal”-  exactamente como se hacía en los inicios de la historia de los safaris africanos. Es él quien recibe al cliente en el aeropuerto, el que pilotea su propio avión hasta el área de caza, el que lo guía en toda la cacería y el que lo despide finalmente en el aeropuerto.

Así lo viene haciendo desde que comenzó a cazar profesionalmente. Sus safaris lo han llevado por distintos países africanos como Tanzania, Botswana, Zambia, Mozambique y Zimbabwe. Pero fue allí, en lo que era antes Rhodesia del Sur donde encontró su lugar en el mundo. Allí obtuvo su licencia y comenzó a operar su empresa. Cuando el país se convirtió en Zimbabwe a principios de la década del 80, decidió quedarse y hacer su vida en esas tierras. 
Actualmente complementa su trabajo en el bush con una intensa actividad ejecutiva en diversas asociaciones profesionales. Es uno de los fundadores de la Asociación Africana de Cazadores Profesionales (APHA), en la que ocupa actualmente un cargo en el Comité Ejecutivo, y es además miembro de la Asociación de Cazadores Profesionales de Zimbabwe.
Decido comenzar la entrevista hablando de su relación con Wilbur Smith, ya que no son muchos los cazadores profesionales africanos que han creado una relación literaria con escritores famosos.
Los casos más conocidos son Robert Ruark con Harry Selby y Ernest Hemingway con Philip Percival. En el caso de Sharp, su relación con el famoso novelista pasó estrictamente por la ficción. Su nombre nunca fue mencionado en los libros pero su figura fue tomada como modelo de uno de los personajes en un par de novelas.

¿Cómo surgió esa relación de amistad con Wilbur Smith?
Wilbur Smith es un buen amigo mío. Comenzó siendo cliente y luego fuimos afianzando nuestra amistad a lo largo de muchos años de safaris. A diferencia de Ruark quien catapultó a Selby a la fama con nombre y apellido, Smith me tomó como modelo en sus libros de ficción. El personaje que él ideó fue el de Sean Courtney, un cazador profesional sudafricano que fue creado en base a mi persona. Courtney al igual que yo, había pasado por las fuerzas armadas de Rhodesia, era piloto de avión y manejaba una concesión de caza en Zimbabwe, entre otras coincidencias. Sean Courtney aparece primero como protagonista en la novela “Tiempo de morir”, y luego como personaje secundario en “El zorro dorado”.

Esta amistad lo debe haber impulsado en su carrera…
Ciertamente no como a Selby, pero sí fue una gran experiencia y un gran honor haber servido de modelo a un personaje de ficción de un escritor tan reconocido como Smith. Desafortunadamente en la época en que ambos comenzamos a cazar juntos, también comenzó una fuerte corriente anti-caza en el mundo entero. Si usted recuerda, en la contratapa de los primeros libros de Smith aparecía una breve reseña biográfica donde se destacaba su afición por la caza mayor. Bueno, eso fue eliminado luego por la editorial para evitar la pérdida de lectores. Por supuesto que Smith continúa cazando pero ya no lo publicita como antes. De todas maneras, en muchas de sus obras escribe sobre cacería y siempre refleja la visión que los cazadores tenemos sobre la conservación y el manejo sustentable de la fauna silvestre.


¿Y qué tal es cómo cliente?
Muy bueno debo decir. Es un excelente tirador, es una gran persona para compartir un campamento. Es muy inteligente, muy culto y posee un sentido del humor muy fino. Pero por sobre todo es un apasionado de la naturaleza y disfruta tanto de la observación de la vida silvestre como de la caza en sí misma. Con él hemos compartido muchas cacerías maravillosas. Juntos hemos cazado leones, elefantes, búfalos y hemos estado codo a codo en situaciones de riesgo cuando hemos sido cargados por alguno de estos animales. Y esas experiencias también fueron llevadas a sus novelas.

Hablando de modelos, ha sido también la cara de la campaña publicitaria de calzado de safaris. ¿Cómo lo eligieron para eso?
Sí, es así, la firma The Courteney Boot Company, de Bulawayo en Zimbabwe me eligió ya hace varios años como modelo en sus publicidades. Yo no sólo conocía sus productos sino que los usaba también. Nunca recomendaría algo que yo mismo no use. Un día veníamos de cazar un elefante de 70 libras cerca del Zambezi con el fotógrafo profesional de la empresa, que además es un buen amigo mío. Tuvimos que cruzar un curso de agua y fue allí que a él se le ocurrió recrear la escena vadeando el río, con mis botas en la mano y delante de los porteadores que llevaban los colmillos. Fue una gran fotografía y se convirtió en la imagen corporativa de la compañía. El problema es que a veces asusta un poco a los clientes. Algunos creen que para cazar conmigo deben tener una condición física extraordinaria, o que se verán sometidos a vaya a saber qué tipo de sufrimientos.

¿Y no es así…?
Bueno, en realidad la caza como yo la practico es a pie, y algunos veces demanda un esfuerzo físico extra al cazador, especialmente en animales peligrosos. Pero cada uno de mis safaris es organizado a la medida del cliente, y de acuerdo a los requerimientos y aptitudes que cada uno tenga. Jamás someto a ninguna persona más allá de sus capacidades. Un safari no es un campamento del ejército. Uno está ahí para disfrutar y lo debe hacer según su paso. Mi trabajo es lograr que el cliente disfrute lo mejor posible sin exceder sus límites.

¿Con quién se siente más cómodo, con clientes principiantes o con experimentados cazadores?
Disfruto con cada uno de mis clientes porque disfruto mucho de lo que hago. Para mí, mi trabajo es un sueño hecho realidad. Mucha gente que tiene un sueño pasa la vida tratando de lograrlo, y yo soy muy afortunado de poder vivirlo. Me gusta realizar mis safaris con personas que compartan mi visión de la caza mayor. Que se comporten éticamente y demuestren un absoluto respeto por la vida silvestre. Para mí la manera apropiada de cazar es hacerlo a pie, recechando la pieza, dándole la oportunidad de escaparse o atacar. Por eso me gusta también tener la oportunidad de recibir deportistas nóveles, para educarlos en la cacería como debe ser. En general es gente que viene con una mente abierta y que quiere aprender. La caza mayor es un deporte noble y debería practicarse noblemente.

¿Debería practicarse…?
Y… desafortunadamente en cada negocio hay personas que hacen las cosas bien y otras que las hacen mal. Si hablamos de ética deportiva, cada uno tiene su conjunto de valores y muchas veces se manejan conceptos en una línea gris. Los cazadores ya tenemos muchos problemas con la gente que está en contra de la caza, por lo tanto todo comportamiento antideportivo por parte nuestra, no hace más que alimentar las posiciones de los que están en contra de este deporte. Siempre trato de enseñar, especialmente a los que recién se inician, la manera correcta de cazar, rastreando el animal, caminando y nunca disparando desde el vehículo. Afortunadamente hay mucha gente que quiere hacer las cosas bien y es muy reconfortante ver a viejos clientes que comenzaron conmigo, cazar como es debido.

¿El premio John Sharp que usted patrocina, tiene que ver con su interés de poder difundir esa manera ética de cazar?
Exactamente, es una manera de difundir la actividad fomentando los criterios de ética deportiva. Este premio surgió en realidad de una idea de mi amigo Robin Hurt de Tanzania quien ya había creado en la Asociación Africana de Cazadores Profesionales, el Robin Hurt Award for Non Dangerous Game (que galardonaba al mejor trofeo de caza no peligrosa). Robin, que fue miembro de la famosa y lamentablemente desaparecida Asociación de Cazadores Profesionales del Este de África (East African Professional Hunters Association) siempre ha estado muy consustanciado con la creación de nuevos instrumentos para promover la actividad. Y bueno, en vista de su iniciativa, me propuso patrocinar la versión de caza peligrosa bajo el nombre de John Sharp Award for Dangerous Game, y sinceramente estoy muy orgulloso de haberlo hecho.

¿Cuál es el criterio de selección que se tiene en cuenta para otorgarlo?
En primer lugar el trofeo presentado debe alcanzar una muy buena puntuación en el libro de récords de Rowland Ward. Luego se evalúa la forma en que fue cazado, que por supuesto debe enmarcarse en los códigos de ética que establece la Asociación, y por último se evalúa también el grado de dificultad de la cacería. 
Paradójicamente la última edición la he ganado yo mismo por un león que cacé el año pasado, y con ésta ya lo he recibido dos veces desde su creación. Le aclaro que en estos casos no participe del comité de selección…

¿Cuál es el animal que más le gusta cazar?
Estrictamente hablando debo confesar que soy un adicto a la adrenalina. Por lo tanto lo que más disfruto es la caza de animales peligrosos. Me gusta por supuesto cazar especies de planicie también. Todos los animales constituyen un desafío para el verdadero cazador. Pero debo reconocer que nada se compara con la sensación que se siente al ver venir un animal peligroso directamente hacia uno con intenciones de matarlo.

¿Y cuál es su arma favorita?
Bueno la verdad es que soy muy afortunado en esto también, porque tengo un hermoso rifle doble, calibre 470NE, marca Rigby original. Lo recibí como regalo y es una obra de arte. Fue construido en 1927, tiene platina larga y eyectores automáticos. Es absolutamente formidable. Sinceramente no puedo pensar en un arma mejor que esa, que además es ideal para tiros de back up.

¿Qué arma le recomendaría a una persona que va por primera vez a un safari africano?
Bueno eso depende de lo que quiera cazar. Las leyes de Zimbabwe establecen que el calibre mínimo que un cazador puede usar especialmente para ciertos animales peligrosos como búfalos, elefantes, hipopótamos, o incluso animales de piel dura es el 375 H&H Magnum. Pero en realidad, lo más importante para cualquier clase de animal es que el cazador este acostumbrado a disparar con su rifle. Por ejemplo, no se puede llevar a África un arma de la cual uno tenga miedo al retroceso. Lo más importante es que el cazador practique antes de viajar, dispare a menudo, esté completamente familiarizado con su arma y pueda tirar bien desde trípodes o bípodes. Es fundamental que aprenda a disparar rápido pero además con precisión. Mi concejo es que practique antes de ir al safari. De esa manera disfrutará de una experiencia fantástica sin tener que enfrentarse a posibles inconvenientes desagradables.

Usted hace años que opera en Zimbabwe, ¿cómo está la situación actual de la fauna silvestre en ese país?
Uhh…, Zimbabwe en estos momentos tiene muchos problemas. Los políticos han tomado la mayor parte de las áreas de caza, lo que no es bueno para la fauna. Cada vez hay menos control y nadie puede decirles a los políticos y funcionarios lo que deben hacer. La mala administración de las áreas de caza y el furtivismo se han convertido en un problema muy grave.
Afortunadamente yo opero en una concesión privada denominada Bubye Valley que es realmente un santuario de la fauna silvestre. Tiene una extensión de 500.000 hectáreas que son administradas exclusivamente por privados, por lo que se ha convertido realmente en un paraíso de la caza. Es sin dudas, la mejor área en la que he cazado. Tenemos leopardos, leones, búfalos, chitas, rinocerontes blancos y negros, y muchas especies de planicie con una calidad de trofeos excepcional. Somos actualmente los custodios de los pocos rinocerontes que aún quedan en Zimbabwe. Tenemos unos 150 que forman el cuarto grupo más grande que queda en África hoy en día.

¿Participa de la lucha contra el furtivismo?
Hoy en día trato de combatir contra este flagelo a través de mi trabajo en las distintas asociaciones profesionales a las que pertenezco ya que tengo poco tiempo para dedicarlo a la lucha anti furtivos en el terreno. Pero hasta no hace mucho he participado en redadas junto a las fuerzas anti furtivos en las que hemos arrestado a gente envuelta en actividades de caza ilegal de rinocerontes, en su mayoría provenientes de Sudáfrica. Lamentablemente los europeos en Sudáfrica son los cerebros detrás de estas actividades, y cuentan muchas veces con la complicidad de algunos ministros del gobierno de Zimbabwe.

¿Y qué cree que pasará en el futuro en ese país?
La verdad es que el futuro no luce muy promisorio. Los gobiernos de países del tercer mundo están más preocupados en hacer dinero que en proteger la fauna silvestre. Me refiero especialmente a lo que pasa actualmente en Zimbabwe donde la corrupción ha tomado el control. Es muy difícil para los que intentamos mejorar esta situación a través de organizaciones de caza deportiva luchar con funcionarios corruptos que ostentan altas posiciones en las administraciones de los parques nacionales. La única solución a esta crisis deberá venir desde la política. Esperemos que esto cambie antes de que sea demasiado tarde.

Por último, ¿se siente una leyenda de África?
Noo, para nada. Siempre he sido una persona muy modesta que ama su trabajo. Es cierto que mucha gente se ha referido a mí en esos términos y la verdad es que no sé por qué. Aún no he logrado entenderlo.


“Había otro hombre sentado atrás, muy próximo a ella, en ese pequeño escondite que formaban los arbustos. Era un cazador profesional. Aunque su padre ya había compartido  con él una docena de safaris, Claudia lo conocía hacía cuatro días, desde el momento en que llegó a Harare, capital de Zimbabwe, en un vuelo comercial de South African Airways. Desde allí el cazador los trasladó en su Beechcraft Baron bimotor hasta ese vasto y remoto coto de caza, próximo a la frontera con Mozambique, que el gobierno de Zimbabwe le otorgaba en concesión. Se llamaba Sean Courtney”.
De la novela “Tiempo de Morir” de Wilbur Smith


La opinión de su amigo Wilbur Smith
“He cazado con muchos de los mejores cazadores profesionales que operan actualmente en África, pero John Sharp es mi guía preferido en el terreno. He enfrentado cargas de leones en dos oportunidades teniendo a John a mi lado y sé que él no es sólo un experto tirador, sino que además no tiene miedo a nada y transmite un completo sentimiento de confianza”.