lunes, 18 de febrero de 2013

Jim Corbett - El legendario Jim de la India

Por Eber Gómez Berrade
 
Jim Corbett es sinónimo de tigres, pero también es sinónimo de India. Una India en poder de los británicos, que desapareció a mediados del siglo pasado y que cobijó a personajes únicos y legendarios como él, que fue cazador de fieras  devoradoras de hombres, conservacionista, militar, escritor y casi un santón hindú para los nativos de Kumaon, su tierra de nacimiento y lugar en el mundo.

Si Corbett no hubiera sido real, sin dudas Rudyard Kipling lo hubiera tenido que inventar como un personaje más de su “Libro de la Selva”, o tal vez como otro compañero de “Kim”, recorriendo la jungla en medio de La Gran Partida, aquella guerra silenciosa entre Rusia y Gran Bretaña, que tan bien su pluma supo contar.  
James Edward Corbett, nació un 25 de Julio de 1875 en la India, más precisamente en el pueblo de Naini Tal, al pie del techo el mundo, el Himalaya. En esa época, la India era parte del Imperio Británico, por lo que aquellos que nacían allí y eran descendientes de británicos se los denominaba anglo-indios. Corbett era uno de ellos. Sus padres, Christopher William Corbett y Mary Jane, eran descendientes de irlandeses, pero lo cierto era que su familia, llevaba más de dos siglos viviendo en la tierra de Krishna. Ambos padres eran casados en segundas nupcias y los dos aportaron hijos a la relación. Jim fue el octavo de un total de catorce hermanos.
En esos días, la vida de una típica familia británica en India se diferenciaba mucho de la que podía vivir una en iguales condiciones en Inglaterra. En principio, allí los ingleses podían contar con una mayor cantidad de personal de servicio nativo, la vida era mucho más relajada, y cuando el calor y la humedad del verano apretaban, se iban a sus casas de verano en lugares más frescos en las montañas. Eso es lo que hacía la familia Corbett que vivía en la ciudad de Kaladhungi y cada verano lo pasaba en su casa de Naini Tal, una popular estación de ferrocarril ubicada a unos 20 kilómetros al norte en las estribaciones de Kumaon.
La casa de Kaladhungi estaba en medio de un bosque interminable. La de Naini Tal, más grande, espaciosa, fresca, tenía una excelente vista a los colosos del Himalaya, que podía disfrutarse cada tarde desde la gran galería externa. Digamos que era la típica casa que los ingleses construían en sus colonias tropicales, y que aún pueden encontrarse en el Delta del Tigre bonaerense.
Ambos lugares eran para el joven Jim, el paraíso en la Tierra, plagados de tigres, leopardos, osos negros, ciervos axis, sambar, pavos reales, monos e infinidad de aves.  Fue allí donde comenzó su amor por la naturaleza y se desarrolló su instinto de cazador.
Su primera arma, fue una gomera, con la cual ayudó a su primo a recolectar una gran colección de pájaros, para el libro que éste estaba escribiendo y que se llamó “Aves de Kumaon”. En retribución por su colaboración, su primo le regaló un viejo rifle de pólvora negra.
Jim era un muy buen tirador, a la muerte de su padre, él y su hermano mayor Tom estuvieron encargados de proveer carne para colaborar con la economía familiar. Así fue como un día se topó con un leopardo en plena selva. Lo abatió de un solo disparo. Tenía sólo 10 años en aquel entonces y sin saberlo, daba inicio a la leyenda de Corbett, el cazador de fieras cebadas de la India.
La necesidad de dinero en su casa, hizo que tuviera que abandonar la escuela antes de cumplir los 18 años para trabajar en el ferrocarril Bengal and North Western Railways en el Punjab.  Trabajó duro, se distinguió por sus buenas maneras y su compromiso, logrando al poco tiempo un ascenso al grado de inspector.

Las fieras cebadas
No fue hasta el año 1907 en el que Corbett cazó su primer animal antropófago. La tigresa de Champawat. Según los registros oficiales, esta hembra de tigre había atacado, matado y comido a 438 personas. Se había convertido en una pesadilla para los nativos y para las autoridades coloniales que habían puesto precio a su cabeza. El gobierno había asignado un gran número de shikaris (como se denominaba en India a los cazadores profesionales), Gurkhas (fuerzas nepalesas al servicio del ejército británico) y soldados estacionados en las cercanías de Champawat. Nadie la pudo encontrar. 
En una de sus vacaciones del ferrocarril, Corbett aceptó el convite para cazarla, pero puso dos condiciones: en primer lugar, que se fueran todos los cazadores del área, y luego que se retirara la recompensa. Siempre creyó que eliminar a una fiera cebada que asolaba una población era un deber, y no una profesión. Nunca en lo que serian sus 32 años de cazador, cobró por cazar animal alguno. La tigresa de Champawat finalmente cayó bajo el fuego de su viejo Martini Henry de pólvora negra.
A la tigresa de Champawat, le siguieron el leopardo de Panar -que acusaba unas 400 víctimas-; y una serie de felinos cebados conocidos por las áreas donde merodeaban tales como la fiera de Talla-Des, la de Mohan, la de Thak, la de Mukteshwar o la tigresa de Chowgarth. Otra famosa fiera fue el leopardo de Rudraprayag, que aterrorizó a los peregrinos hindúes por más de diez años, matando a unos 125 nativos en total, hasta que Jim terminó con él en Mayo de 1926. Este mítico leopardo, se convirtió en el protagonista principal del libro que lleva su nombre. En total, si se cuentan las víctimas registradas de todos estos devoradores de hombres, la escalofriante cifra pasa las 1500 personas.
Corbett llegó a la conclusión, luego de cuerear cada uno de estos felinos -tigres y leopardos-, de que se convertían en antropófagos debido a una enfermedad o herida que los incapacitaba para la cacería de antílopes u otras especies más difíciles de atrapar que el humano. Muchos habían sufrido heridas de armas de fuego de cazadores irresponsables o furtivos que usaban escopetas, otros por ejemplo, tenían heridas infectadas provocadas por espinas de puercoespines.
Gracias a sus éxitos como cazador de fieras antropófagas, la reputación de Corbett corrió por toda la India como reguero de pólvora.

Cazador y Conservacionista
Corbett no cazaba los tigres por gusto, simplemente para eliminar un riesgo a las poblaciones locales. De todas maneras, cuando cazaba lo hacía como un verdadero deportista. Siempre prefirió cazar solo, a lo sumo algunas veces lo acompañaba su pequeño perro Robin. Pocas veces optó por hacerlo con batidores, pero nunca le gustó la idea de la caza a lomos de elefante, tal como era la costumbre entre los británicos y ricos Marajaes.
Al leer sus relatos, uno puede tener una somera idea del riesgo que enfrentaba en cada shikar (que es como se le llamaba al safari en India), y no puede menos que quedar electrizado ante la idea de tener a un tigre antropófago a 10 metros de distancia. Naturalmente conocía a sus tigres y a su selva al dedillo. Era un excelente rastreador y anticipaba el comportamiento de los felinos. Además, claro, era (tenía que ser) un eximio tirador.
De los rifles que usó, siempre habló poco en sus libros. Allí sólo se mencionan algunos de sus favoritos tales como el doble 450/400 Nitro Express de la marca W.J. Jeffery & Co.; un .500 Express de pólvora negra, que aunque no lo menciona, tal vez sea de marca Rigby, ya que tenía una especial predilección por estos armeros ingleses; y un Westley Richards 275 Rigby, uno de sus preferidos y con los que a pesar de ser un calibre para especies de planicie, también abatió tigres y leopardos.
En 1920 recibió de regalo una filmadora y ese sería un punto clave en su vida. Comenzó a hacer tomas de los animales de la selva y quedó fascinado. Conocía tan bien a sus presas que comenzó a admirarlas, y finalmente decidió cambiar el rifle por la cámara, a menos que se convirtieran en un serio riesgo para la vida de los nativos.  
Sus documentales y fotografías, aunados a sus conocimientos y contactos en el gobierno colonial, hicieron que Corbett trabajara activamente para la protección del tigre de Bengala y de toda la fauna del subcontinente. Comenzó a dar charlas en escuelas y en diversas sociedades, explicando la necesidad del cuidado y protección del medio ambiente y de la fauna local. Ayudó a crear la Asociación para la Preservación de la Fauna en las Provincias Unidas (como se lo denominaba a esa zona en tiempos de los ingleses y que hoy es Uttar Pradesh). Impulsó la creación de la Conferencia para la Preservación de la Vida Silvestre en toda la India, y fue editor de la revista Vida Silvestre India.
Pero no caben dudas que su gran tarea en el campo de la conservación de la fauna, fue la creación del primer parque nacional que tuvo India, en las colinas de Kumaon. Se lo llamó Hailey National Park, en homenaje a Lord Malcolm Hailey, gobernador del Punjab y de las Provincias Unidas y defensor del nacionalismo indio. En el año 1957, dos años después de la muerte de Corbett, el parque fue renombrado como Jim Corbett National Park. Así se lo conoce hoy en día, y es afortunadamente mucho más grande que en aquel entonces. Por sus tierras y montañas pueden verse en la actualidad gran cantidad de elefantes, tigres, ciervos axis, jabalíes, ciervos sambar, muntjac, pangolines, y más de 600 especies diferentes de aves.
En 1968, otro gran reconocimiento le fue otorgado por la comunidad científica al valeroso cazador, el de denominar con su nombre a una de las cinco subespecies de tigre existentes en el mundo, el tigre de Indochina, que ahora se llama “panthera tigris corbetti” o simplemente el “tigre de Corbett”.

La India de Corbett
La relación que Jim tuvo con sus compatriotas indios, fue singular y a veces muy diferente de la que tenían otros anglo-indios con los nativos. Si bien Jim era un típico caballero inglés, -fiel súbdito de la Reina Victoria, quien era también Emperatriz de la India-, sentía por los nativos un afecto especial que siempre fue retribuido. A lo largo de su vida, ayudó a los más pobres cada vez que pudo. En cierta ocasión, compró una franja de tierra, la parceló y construyó casas para los sin techo. En la aldea de Chotti Haldwani, mandó construir una cerca de piedra para proteger los sembradíos y a sus habitantes de los animales del área. Proveyó alimentos, medicina, y hasta dinero a los necesitados. Se cuenta que una vez, le prestó casi su sueldo entero, unas 500 rupias a un poblador que había sido robado por su vecino mientras se encontraba de vacaciones. Al cabo de un año, esta persona le devolvió el dinero con más un 25% por el interés. Corbett se negó a recibir el dinero extra, aduciendo que en su país no se le cobraba interés a sus amigos.
Así fue como para muchos se convirtió en un santo, Carpett Sahib, lo llamaban, o sadhu, que significa sanador en idioma hindi. 
Siempre se sintió indio, pero también inglés. Puede sonar paradójico, pero era algo muy común entre las comunidades coloniales de aquel entonces. Se cuenta que un día, siendo joven, visitó Londres por primera vez. Había llegado a la capital del Imperio, al ombligo del mundo, y como no podía ser de otra manera, salió a recorrerla a pie. Al cabo de unas horas, decidió volver a su alojamiento, y para eso le preguntó a un policía donde quedaba el hotel. Naturalmente el “bobby” no sabía si lo estaba cargando, porque en Londres había infinidad de hoteles. Corbett no sabía el nombre y lo que era peor, la dirección de donde se alojaba. No le quedó otra que desandar el camino paso a paso por donde había caminado. Igual que lo hacía en la selva de Kumaon. Le costó un poco más de trabajo pero finalmente llegó. Tenía una memoria visual y auditiva excepcional que siempre lo ayudaba a rastrear leopardos heridos en la maraña, y ahora lo había rescatado sano y salvo de las entrañas de Picadilly Circus.  
Cuando estalla la Primera Guerra Mundial en 1914, Jim se alista en el ejército y al poco tiempo es enviado, a reclutar nativos de las colinas para convertirlos en soldados que ayudaran al esfuerzo de guerra de los británicos que luchaban denodadamente en varios frentes de batalla en el mundo contra el Imperio Alemán. En ese entonces fue ascendido al grado de Capitán.
En 1939, cuando comienza la Segunda Guerra Mundial, Corbett también sirvió en las filas del ejército, pero esta vez entrenando en técnicas de combate de selva a las tropas que serían enviadas al teatro de operaciones de Burma (hoy Myanmar) a luchar contra los japoneses. En 1943 contrajo tifus y fue dado de baja del ejército por enfermedad con el grado de Coronel, pasando muchos meses confinado a una silla de ruedas. El Gobierno británico de India le confirió la total libertad para recorrer todas las reservas naturales del país. En 1946 fue distinguido con la condecoración de Compañero del Imperio de la India.

La Independencia y su retiro en Kenia
La década del 40 fue una época de grandes cambios en el mundo. Fue la década de la Segunda Guerra Mundial, y consecuentemente de grandes transformaciones en el mapa internacional. Con la caída de los grandes imperios coloniales, la chispa del nacionalismo y de la búsqueda de independencia, encendería a las sociedades bajo la egida colonial. En India Gandhi creía fervientemente que se había terminado el tiempo de los ingleses en su país. Y tuvo razón. En 1947, el Mahatma consigue la independencia, pero también su división. Así se crea al mismo tiempo, un país vecino, Pakistán donde predomina la cultura islámica sobre la hindú. Fue exactamente en ese momento, en el que Corbett decidió dejar para siempre su país.
El y su hermana Maggie, (Corbett nunca se caso ni tuvo hijos), decidieron emigrar a Kenia, que quedaba aún bajo el poder británico.
Los hermanos se establecieron en Nyeri, un pequeño poblado a unos 200 kilómetros al norte de Nairobi. Allí vivieron en una casita que había pertenecido a Lord Baden Powell hasta su muerte, el creador -entre otras cosas- de los Boy Scouts. 
Como no podía ser de otra manera, su llegada a la capital mundial de los safaris, causó revuelo. Si bien aún no había escrito la mayor parte de sus libros, sus andanzas en la selva, dos de sus libros, y su trabajo militar con los soldados de Burma en la guerra, lo habían catapultado al lugar de leyenda viviente.
Al poco tiempo de su llegada, le fue ofrecido un puesto de director en Safariland, la empresa de safari más grande del este de África. Contó con la amistad de los cazadores profesionales más prestigiosos de la historia, y de algunas celebridades de Hollywood. Cuando el actor Stewart Granger filmó su ya clásica película “Las Minas del Rey Salomón”, no sólo descubrió su amor por la caza mayor, sino que se hizo admirador de Corbett. Tanto fue así que al poco tiempo, en 1959, decidió filmar la película “Harry Black y el Tigre”, que giraba en la vida de un ex coronel del ejército que cazaba fieras cebadas en las selvas de la India. 
En su estancia en Kenia, surgieron la mayoría de sus libros. Unos seis en total conforman su canon. Paralelamente tomó posesión, de Tree Tops, un hotel albergue construido enteramente sobre la copa de un ficus gigante. Desde allí, una gran galería permitía a los turistas disfrutar de una vista increíble de la fauna y geografía africana. Este parador, supo ser tan famoso, por la idea de su construcción como por estar manejado por el mismo Corbett, que la joven princesa Elizabeth II, heredera al trono de Inglaterra, fue de vacaciones allí junto a su marido en el año 1952, más precisamente el 5 de febrero.
Al día siguiente, la joven recibió la noticia del fallecimiento de su padre, el Rey Jorge VI. A partir de ese momento exacto, se convertiría en la reina que aún rige los destinos del pueblo británico, y que en 2012 celebró su jubileo de diamante por sus 60 años consecutivos en el trono.
Corbett lo escribiría más tarde en su libro Tree Tops: “por primera vez en la historia del mundo, una joven subió a un árbol siendo princesa, y bajó al día siguiente siendo una reina”.
Ese libro fue el último que escribió. Lo terminó de escribir el 6 de abril de 1955, y trece días más tarde, a los 80 años, murió de un ataque al corazón. Su obra y su legado ya estaban completos. Fue enterrado en el cementerio de la iglesia anglicana de San Pedro, en Nyeri. 
Su tumba y la de su hermana, fueron restauradas por última vez hace 10 años, y siguen siendo un hito de peregrinación para los amantes de los tigres, la India, la caballerosidad deportiva y la caza conservacionista.

El tigre y sus libros
Las obras que dejó Jim Corbett como escritor no son más de seis volúmenes.
Al leerlas uno advierte que su estilo está marcado por los grandes narradores de su época, como Stevenson, Conrad o Ridder Haggard. Fue sin dudas además, admirador de su compatriota Rudyard Kipling, con quien compartía su amor por la selva y el folklore de sus habitantes. 
El común denominador en cada uno sus obras son los protagonistas: en todos los casos, los animales y los habitantes de India. Sus relatos de cacería son sobrios, despojados de sangre y escenas macabras, pero también despojados de heroísmo y presunción. Son sí, realistas y transportan al lector hacia la fría y oscura espera del tigre a medianoche en la selva. En sus páginas, el lector está solo con Corbett, y él sólo con su rifle, su morral, su lámpara de querosene y a veces, con Robin, su perro. 

Man eaters of Kumaon (Las fieras cebadas de Kumaon)
Fue publicado en 1944 con una muy buena crítica en Gran Bretaña y Estados Unidos. En 1948 ya había sido traducido a 9 idiomas y 6 dialectos indios.

The man eating Leopard of Rudraprayag (El leopardo devorador de hombres de Rudraprayag)
Se publicó en 1948 y relata los estragos que esta fiera perpetró entre los años 1918 y 1926, situación que incluso fue mencionada en el Parlamento Británico.

My India (Mi India)
Se publicó en 1952 y narra las historias de su vida entre los nativos de India y es junto a Jungle Lore una de sus obras autobiográficas.

Jungle Lore
Publicado en 1953 es lo más cercano a una narración autobiográfica de sus años de infancia y juventud, así como de la descripción general de los habitantes de Kumaon

The Temple Tiger (El templo del tigre)
Publicado en 1954 cuenta las historias de varios devoradores de hombres que Corbett pudo cazar. 

Tree Tops
Publicado en 1955, cuenta sus experiencias en Nyeri, Kenia, en su casa construida en la cima de la copa de un ficus, que fue visitada en 1952 por Elizabeth II, heredera entonces al trono británico.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Los “diez pequeños” grandes de África

 
Por Eber Gómez Berrade
 
No es un lugar común decir que África ofrece alternativas para todos los gustos. La vastedad del continente negro brinda opciones de fauna muy variada y con diversos grados de desafío.
Sin dudas que si hablamos de caza peligrosa nos referimos a los famosos “Cinco Grandes”, pero si nos referimos a la caza de planicie, podemos encontrar otra categoría compuesta por antílopes pigmeos que ofrece al cazador esfuerzos y dificultades aún mayores. Los “Diez Pequeños” antílopes de África. 
  
Dentro de la amplísima variedad faunística distribuida en el continente Africano, los cazadores y naturalistas han agrupado la fauna cinegética en distintas categorías para su identificación en el ámbito deportivo. Más allá de la taxonomía biológica que tiende a ordenar a los organismos en un sistema de clasificación, (usualmente con nombres en latín) estableciendo especies, subespecies y familias, los cazadores tenemos nuestras propias categorías. Así solemos dividir la cacería en: caza peligrosa, de planicie, de montaña, etc. Si nos enfocamos en África particularmente, la caza peligrosa (de especies que en su comportamiento incluyen el ataque ante una agresión o amenaza) está dada por los Cinco Grandes (León, Leopardo, Rinoceronte, Búfalo y Elefante). Hoy en día esta categoría fue mutando incorporando al Hipopótamo y al Cocodrilo y quitando de ella a los Rinocerontes debido a su estado de protección. Por otra parte, la caza de especies de planicie (que incluye antílopes, suidos, cebras, etc.), ha encontrado a su vez clasificaciones que ayudan a los cazadores a agrupar sus trofeos. Así podemos definir a los “Tres Grandes” de los antílopes espiralados, y a los “Diez Pequeños” antílopes pigmeos de África o “Tiny Ten” como se los conoce en idioma inglés.
Esta categorización, naturalmente es subjetiva, ya que las especies de los  denominados antílopes enanos, o pigmeos que habitan en el continente, son más que diez, pero por esa razón se los acota a los que se encuentran en los países australes, que -por otra parte- constituyen el destino más popular para los cazadores deportivos que realizan safaris en tierras africanas.
Estos diminutos y elusivos antílopes de tamaño similar a nuestras corzuelas o guasunchos, son: el Damara Dik-Dik, el Blue Duiker, el Bush Duiker, el Red Forest Duiker, el Cape Grysbok, el Sharpe's Grysbok, el Klipspringer, el Oribi, el Steenbok y el Suni.
 
Complemento o Especialidad?
La inclusión de cualquiera de estos en la lista de especies a obtener en un safari va a depender de los gustos de cada cazador así como de los territorios donde realice sus cacerías.
Muchas veces los cazadores no los buscan de manera especial, sino como complemento de su lista de trofeos, como sí pueden hacerlo con el Kudú, el Oryx o el Impala por nombrar algunas de las especies más populares que habitan las planicies. En estos casos, serán cazados sólo si se tiene la oportunidad de hacerlo en las áreas donde se encuentren las demás especies, y-naturalmente- si la suerte y la Madre Naturaleza lo permiten. En cambio, aquellos deportistas que se orienten en cazar la totalidad de este grupo, como una especialidad entre su colección de trofeos, deberán como mínimo visitar unos tres o cuatro países del sur de África, ya que por su distribución geográfica no podrán ser logrados en un solo safari que se realice en una sola área.
Un dato no menor, es la dificultad que representan estos pequeños animalitos para cazarlos. Esto hace que sea más frecuente tomar la oportunidad si se ve algún macho representativo en la zona de caza, que ir especialmente a buscarlo, lo que además conlleva un alto riesgo de pérdida de tiempo y oportunidades.
 
Características de su cacería
En términos generales, y si bien las diez especies son distintas y habitan lugares diferentes, todos tienen en común su pequeñez, un efectivo camuflaje con el medio, una alta sensibilidad en sus mecanismos de alarma y una gran velocidad de escapatoria. Todo esto combinado, conforma una de las cacerías más desafiantes y deportivas que existen en África, y por ende, también las que menor grado de éxito reportan si son realizadas -como deben ser- de manera ética y legal.
Así algunas especies pueden ser cazadas al acecho y otras recechándolas. En algunos casos solo bastará apostarse en aguadas, en otras recorrer picadas silenciosamente al amanecer, y en otras trepar riscos y colinas para encontrar lo que uno busca. En este sentido, la evaluación del trofeo en el campo es fundamental, en primer lugar para identificar el género del ejemplar, es decir si es macho o hembra, y luego para asegurarse que el tamaño de su cornamenta alcance el mínimo establecido como trofeo según la regulación particular del país donde se lo esté cazando. Si el cazador además quisiera inscribirlo en algunos de los Libros de Records disponibles tales como el del Safari Club Internacional o el del Rowland Ward, tendrá además que asegurarse que califiquen de acuerdo a cada uno de sus parámetros. Una tarea particularmente difícil teniendo en cuenta, las características biológicas y el comportamiento de cada uno de los Diez Pequeños.       
En cuanto a las distancias de disparo, variarán de acuerdo al terreno y la modalidad de caza que se elija, siendo en términos generales tiros de corta a media distancia. Lo que no variará seguramente, es la velocidad con el que cazador deberá disparar, una vez que se haya asegurado de las características mencionadas y tenga la aprobación del Cazador Profesional que lo acompañe. 
 
Armas y municiones
La cuestión de las armas para cazarlos requiere un apartado especial. Si hablamos de calibres mínimos para abatir cualquiera de estas especies de antílopes, podremos partir del viejo 22LR, 22 Magnum y de ahí para arriba. Estos calibres requerirán sí, de una buena identificación de puntos de impacto vital, lo que sumaría más complicaciones al ya complicado lance cinegético. Por otra parte, debo aclarar que el uso de estos calibres no está permitido en muchos países africanos a los visitantes extranjeros que ingresan por sus aduanas, como es el caso de la mayoría de los deportistas que realizan safaris en África.
Muchas veces se utilizan escopetas, provistas por las empresas outfitters de safaris, si se va a buscar alguna especie específicamente. En estos casos de “tiro al vuelo”, no cuenta demasiado la identificación de los puntos de impacto vitales, ya que la energía de los perdigones a corta distancia serán suficiente para detener a un animalito de 15 kg de peso en promedio.
Por último, está la opción de lo que llamo “los demás calibres”. Es decir, que se le tirará con lo que se tiene a mano. Esta situación se da particularmente en los casos que se cacen estos antílopes pigmeos como complemento de otras especies. Es decir que si el cazador está buscando un Impala y tiene un 270 Win o un 30-06 Springfield, si está detrás de un  Oryx y cuenta con un 300 Win Mag o si persigue a un Eland y tiene a la mano un venerable 375 H&H, y en algún momento se le aparece un Steenbok o un Duiker apropiado dándole la oportunidad, podrá usarlo también con toda tranquilidad sin fijarse mucho en la precisión de su disparo. Sin embargo, aquí creo que vale la pena un pequeño consejo, y es tratar de disparar en el cuarto trasero del animal. La energía entregada en esa parte, será sufrientemente letal, pero dejará sin dañar la  parte de la cabeza y pecho, que son las más delicadas a la hora de montar la taxidermia, ya sea de pecho o de cuerpo entero.  
Por último, si decide realizar un safari exclusivo de estos pigmeos, o sólo dedicarle una jornada en su cacería, y tiene la posibilidad de elegir la punta de su munición, no dude en usar sólidas. Así generará un menor daño en la piel del trofeo. Recuerde que la energía de cualquiera de los calibres usados para especies de planicie, es más que suficiente para abatir a cualquiera de estas diez especies. Si en cambio, sólo cuenta con munición blanda, elija la que tenga la punta más pesada lo que le dará una menor expansión en su balística terminal.
  
Los “Pequeños Diez” grandes del Sur de África
 
Damara Dik Dik
Nombre científico: Madoqua kirkii damarensis
Otras denominaciones y subespecies: Existen varias subespecies de antílope Dik Dik en África, entre las cuales pueden mencionarse las de Erlanger, Cordeaux, Salt, Swayne, Phillips, Guenther y  Kirk.
Distribución: El Damara Dik Dik se distribuye desde la región tribal de Namibia denominada Damaraland (tierra de los Damaras) y el Kaokoveld hasta las márgenes del río Cunene al sur de Angola.
Hábitat de cacería: Estos antílopes suelen ser encontrados en bosques cerrados de acacias, cubiertos entre ramas espinosas, y en valles entre colinas de piedra calizas. Suelen pasar la mitad del tiempo descansando, en horarios diurnos entre las 7 y las 19 horas, moviéndose para alimentarse de noche, comportamiento que intensifica en épocas de mucho calor.
Medidas corporales promedio: 38 a 40 cm de porte y de 4.5 a 5.5 kg. de peso.
Cornamenta récord en el Rowland Ward: 4 1/8 de pulgada obtenida en Namibia en 1980.
 
Blue Duiker
Nombre científico: Cephalophus monticola
Otras denominaciones y subespecies: Los Duikers son una de las especies de antílopes más prolíficas y variadas del continente africano, entre las  que se encuentran las subespecies de Aders, Peters, Bay, Gabon, Red, Harvey, Black, Ogilby, Black-fronted, Red-flanked, Yellow-backed, Abbot, Zebra, Blue, Jentink, Simpson, Maxwell, Southern Bush, Bush, Angola Bush, Western Bush, y East African Bush.
Distribución: Junto con el Bush Duiker, este antílope se distribuye en amplias regiones boscosas del África subsahariana, a excepción de las áreas de selvas lluviosas, especialmente en las regiones del sur del continente.
Hábitat de cacería: Es frecuente verlos en bosques densos donde encuentran un buen refugio, moviéndose entre aguadas y pasos o caminos abiertos. Las frescas horas del amanecer suelen ser las mejores para cazarlos.
Medidas corporales promedio: 35.5 cm de porte y de 4.5 a 6.5 kg. de peso.
Cornamenta récord en el Rowland Ward: 2 7/8 de pulgada obtenida en Zaire en 1972, y de los cazados en el sur del continente, el ejemplar que cazó Vaughan Kirby en la Provincia del Cabo de Sudáfrica en el año 1898.
 
Bush Duiker
Nombre científico: Sylvicapra grimmia grimmia
Otras denominaciones y subespecies: Esta especie  es conocida también con el nombre de Southern Bush, Grey o Common.
Distribución: Se distribuye en Sudáfrica, Botswana, Namibia, Mozambique, Zambia y Zimbabwe. 
Hábitat de cacería: Estos antílopes naturalmente prefieren la cobertura de densas zonas boscosas, pero al tener un hábitat tan amplio, también puede ubicárselos en pastizales altos, en medio de valles y cursos de ríos secos. Medidas corporales promedio: 66 cm de porte y 13.6 kg. de peso.
Cornamenta récord en el Rowland Ward: 7 1/8 de pulgada obtenida en el Transvaal en el año 1921.
 
Red Forest Duiker
Nombre científico: Cephalophus natalensis
Otras denominaciones y subespecies: Conocido también como Red Duiker, Natal Duiker o Natal Red Duiker.
Distribución: Se distribuye en la actual provincia de KwaZulu-Natal en Sudáfrica, Mozambique, Malawi, este de Zimbabwe y sur de Tanzania.
Hábitat de cacería: Es uno de las duikers menos difíciles de encontrar ya que en su área de distribución no hay tanta cantidad de bosques y matorrales cerrados para refugiarse. Suelen moverse en grupos pequeños de no más de cinco o seis ejemplares, lo que les da en cambio un seguro de alerta en caso de peligro.   
Medidas corporales promedio: 46 a 48 cm de porte y 16 a 18 kg. de peso.
Cornamenta récord en el Rowland Ward: 4 1/8 de pulgada obtenida en Mufindi, Tanzania en 1970.
 
Sharpe Grysbok
Nombre científico: Raphicerus sharpei
Otras denominaciones y subespecies: Es llamado también Southern Grysbok. Existe la especie de Grysbok de Sharpe y el Steenbuck que también es de la familia de los raphicerus.
Distribución: Se distribuye en los distritos costeros de la Provincia del Cabo en Sudáfrica.
Hábitat de cacería: Se lo encuentra abundantemente en densas áreas boscosas cercanas a Port Elizabeth y Addo, donde se encuentra el Addo National Park. La mejor hora de cacería es al atardecer cuando sale a espacios abiertos para alimentarse. No precisa visitar aguadas para hidratarse ya que suele ser suficiente con el líquido que obtiene de hojas y frutas. Se mueven casi siempre solos.
Medidas corporales promedio: 56 cm de porte y 11 kg. de peso.
Cornamenta récord en el Rowland Ward: 5 1/4 de pulgada obtenida en Western Cape, Sudáfrica en 1988.
 
Cape Grysbok
Nombre científico: Raphicerus melanotis
Otras denominaciones y subespecies: Conocido también Northern Grysbok. Distribución: Desde las provincias del norte de Sudáfrica hasta Zimbabwe, Malawi, Zambia, Mozambique y parte de Tanzania.
Hábitat de cacería: El mejor lugar para su caza es en zonas montañosas y de colinas. Suele encontrárselos solos durante el día echados en la base de paredes y acantilados pequeños, donde su coloración hacía muy difícil identificarlo. También suelen usar cuevas de Aardvarks (similares a las que cavan nuestros peludos pero más grandes) para esconderse. Como sí necesitan de líquido, pueden usarse apostaderos en aguadas. 
Medidas corporales promedio: 56 cm de porte y 11.5 kg. de peso.
Cornamenta récord en el Rowland Ward: 4 1/8 de pulgada obtenida en Massingir, en Mozambique en el año 1967.
 
Klipspringer
Nombre científico: Oreotragus oreotragus
Otras denominaciones y subespecies: El nombre klipspringer significa “saltador de rocas” en idioma Holandés y Afrikaans.
Distribución: Desde la provincia del Cabo en Sudáfrica, hasta Nigeria, y de Etiopía hasta el este de Somalia.
Hábitat de cacería: solo en regiones montañosas y acantilados, teniendo comportamientos similares a chivos y cabras de montaña. Durante el día suele vérselos en pares, echados en la base de paredes, en pozos de agua o a la sombra de matorrales en las colinas. Las mejores horas para su cacería es la mañana temprano y el atardecer.
Medidas corporales promedio: 51 a 56 cm de porte y 18 kg. de peso.
Cornamenta récord en el Rowland Ward: 6 3/8 de pulgada obtenida en Transvaal, Sudáfrica en 1993.
 
Oribi
Nombre científico: Ourebia ourebi
Otras denominaciones y subespecies: Existe otra clase de Oribi en el norte de Kenia conocido como de Haggard.
Distribución: Vastas áreas aisladas en los países subsaharianos excepto en las regiones de selva lluviosas del Centro y Occidente de África.
Hábitat de cacería: Puede ubicárselos en aguadas o en sus cercanías durante las horas más calurosas del día. Utiliza los pastizales altos como refugio y tienen un gran sentido de alarma.
Medidas corporales promedio: 56 a 66 cm de porte y 17 a 20.5 kg. de peso.
Cornamenta récord en el Rowland Ward: 7 1/2 de pulgada obtenida en Zomba, Malawi en el año 1898.
 
Steenbok
Nombre científico: Raphicerus campestris
Otras denominaciones y subespecies: Es el tercer miembro del grupo de los raphicerus (junto con el Sharpe y Cape Grysbok). Se lo conoce también con los nombres de Steinbuck y  Steinbok. 
Distribución: Desde la Provincia del Cabo en Sudáfrica, hasta Botswana, Zimbabwe, Zambia, Mozambique, Tanzania, el centro de Kenia, Namibia y sudeste de Angola.
Hábitat de cacería: Es muy común en los países del África austral y puede encontrárselos, en bosques cerrados y matorrales achaparrados. Se mueven en solitario excepto en la época de celo, y las mejor horas para su caza es la del amanecer, a la vera de caminos y picadas (similar a nuestras corzuelas). 
Medidas corporales promedio: 56 cm de porte y 13.5 kg. de peso.
Cornamenta récord en el Rowland Ward: 7 1/2 de pulgada obtenida en la Provincia del Cabo en Sudáfrica en el año 1909.
 
Suni de Livingstone
Nombre científico: Neotragus moschatus livingstonianus
Otras denominaciones y subespecies: Existe el Suni (a secas), de nombre científico Neotragus moschatus moschatus que habita la zonas de los Aberdares, Monte Kenia y río tana en Kenia.
Distribución: la especie de Livingstone se distribuye desde la Provincia de KwaZulu-Natal en Sudáfrica hasta Mozambique, Zambia y Zimbabwe.
Hábitat de cacería: Habita en matorrales densos donde encuentra buen refugio, y se hidrata de las plantas y hojas con las que se alimenta, por lo tanto no precisa visitar aguadas. Es solitario aunque se los suele ver en pares también y tiene un gran sentido de alarma lo que hace dificultosa su cacería. 
Medidas corporales promedio: 35.5 a 38 cm de porte y 4.5 a 7 kg. de peso.
Cornamenta récord en el Rowland Ward: 5 1/4 de pulgada obtenida en Mozambique en 1971.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Caza con halcones, un arte de Reyes y Emires

Por Eber Gómez Berrade

La caza mediante el entrenamiento y uso de aves rapaces es una de las artes más antiguas practicada por el hombre. Al igual que la caza mayor o la esgrima, la cetrería se debate entre la definición de arte y deporte, y cuenta también con una historia milenaria.
Con orígenes comprobados en las planicies de China y Mongolia unos 2000 años antes de Cristo, la cetrería ha pasado de ser una herramienta para la subsistencia, a un arte de reyes, marahaes, emires y sultanes, y -en el presente- un deporte conservacionista patrimonio de la humanidad.
La caza con aves de presa tiene varios nombres en español: cetrería, halconería y altanería. Todos indican lo mismo: el arte de cazar mediante el uso de aves rapaces, mayormente diversas especies de halcones propiamente entrenados para esa tarea. Esta actividad milenaria cuenta con adeptos en todo el mundo y se ha convertido además en un excelente instrumento de conservación.
Un viaje a los países del golfo Pérsico me permitió observar de cerca este antiquísimo arte y ser testigo de la maestría con que son adiestrados halcones peregrinos, que cuentan hoy con un valor promedio de 18.000 dólares cada uno para quien los quiera comprar.
Si bien es cierto que esta especie de rapaz es la preferida por su agresividad, fortaleza y forma de volar que la hace alcanzar una velocidad de 180 km por hora, convirtiéndola en el ave más rápida de la Tierra, también son entrenadas otras especies de halcones, así como gavilanes, águilas, azores, lechuzas y búhos.
Las presas más buscadas para estos raptores -dependiendo sean de alto o bajo vuelo- son otras aves como palomas, patos, avutardas; conejos, liebres y ratones; y algunos mamíferos de porte mediano y pequeño como gacelas y antílopes.
En los países del Golfo, así como en Siria, Irak o Irán, se utilizan perros en las partidas de cetrería, particularmente los de raza Saluki, muy similar a los galgos, tal vez más rápidos ya que son capaces de correr a 40 km por hora, lo cual los hace aptos para cazar gacelas y antílopes en las planicies, y tienen una historia casi común de ayuda mutua en los desiertos del Oriente Medio y del Magreb africano.
Según la tradición islámica, el halcón es un compañero del cazador, y el perro su sirviente. Por esa razón les es permitido (halal) a los musulmanes comer la carne de las presas que cazan.

Entrenando aves para cazar
El entrenamiento de halcones y otras aves rapaces varía de acuerdo a las especies. El primer paso para realizar esta actividad es naturalmente la obtención del ave, que hoy en día se realiza casi siempre mediante la compra en un criadero. La modalidad de criar aves es relativamente reciente en la historia de la cetrería, ya que históricamente siempre se utilizaba la captura de animales silvestres en la naturaleza.
Una vez obtenida el ave, se establecerá un período de acostumbramiento del animal para que pueda ser manejado por su propietario, mediante el uso de diferentes técnicas que deberán ser precisamente aprendidas y practicadas bajo la supervisión del maestro halconero.
Los ojos del ave serán cubiertos con una capucha de cuero colocada sobre su cabeza (algunas veces con exquisitas ornamentaciones y diseños), que servirá para relajar al animal y evitar el estrés durante el curso del entrenamiento. De esta forma, como otras técnicas de domesticación, el animal se acostumbrará al contacto del halconero y estará listo para la etapa del aprendizaje.
Cuando se comprueba que el ave ha perdido el miedo y se ha hecho dócil, el halconero comenzará una serie de ejercicios muy similares al adiestramiento de otros animales, utilizando el alimento como incentivo y señuelos colocados en distintas posiciones y circunstancias.
Una vez superada esta etapa, el ave podrá ser llevada al campo para realizar vuelos cortos, de manera de inculcar la respuesta incondicional a los señuelos, y una vez que responda a las direcciones del halconero, ya podrá emprender vuelos y capturas libre de ataduras.

Una historia de miles de años
Como sucedió con la caza mayor deportiva, la necesidad de proveerse de alimentos, dio paso a la práctica como actividad social de recreación y condición social. De esa manera reyes, zares, emperadores europeos, marahaes, emires y sultanes orientales practicaban el arte de cazar con aves.
Los comienzos de la cetrería estuvieron relacionados con una forma de ayuda a la caza de subsistencia. Se cree que comenzó (como casi todas las cosas) en China unos 2000 años antes de Cristo. Desde allí pasó a Japón, India, Arabia, Persia y Turquía y casi como la caza mayor, también se convirtió en un signo de estatus social y real, que distinguía a los dignatarios de sus cortesanos.
En Mongolia también las clases gobernantes disfrutaron de la caza con rapaces, convirtiéndose en un importante bastión de la actividad.
En la India, por ejemplo, los marahaes usaban el halcón peregrino unos 600 años antes de Cristo, y esta práctica se extendió hasta la década del 1940 al finalizar el período de la colonización británica conocida como el Raj.
Naturalmente, los viajeros occidentales que se adentraron por el Asia Menor y el Lejano Oriente, no tardaron en incorporarla a sus costumbres convirtiéndola en un deporte. Marco Polo cuenta, por ejemplo, sobre la cacería llevada a cabo por el Kublai Kan con aves de presa y acompañando por una partida de 10.000 ayudantes, entre porteadores y batidores.
El arte de la caza con halcones llegó a Europa durante la época de las Cruzadas. Allí los “cruzados” establecidos en Tierra Santa aprendieron el arte, entre otras muchas cosas, de los árabes, y lo llevaron con ellos de vuelta a Europa luego de las diferentes derrotas que sufrieron a manos de los musulmanes en las varias cruzadas que se llevaron a cabo
Aquí también las Cruzadas ayudaron para conectar Oriente con Occidente, lo que convirtió a cristianos caballeros en entusiastas halconeros, como el caso del rey de Inglaterra, Ricardo Corazón de Leon, quien viajaba siempre con su halcón. Años después, otro compatriota suyo, el famoso rey Enrique VIII, así como el Emperador Napoleón se sumaron a las filas de los aficionados al arte de la halconería. Por ese entonces, muchas aves usadas en cetrería solían ser capturadas en Holanda, la península escandinava, Islandia y Groenlandia.
En la Inglaterra medieval, también fue utilizada para ascender en la escala social, y tanto fue su auge que en 1486, el Priorato de Sopwell escribió unas normas que regulaban la actividad, a las que denominaron El libro de San Albano, y que establecía las reglas para poseer aves y practicar dicha actividad. Imponiendo por ejemplo, el castigo de cortarles las manos a aquel que tuviera un ave superior a su rango social de nobleza.

Halcones y libros
La cetrería está presente en la literatura desde hace cientos de años. Hay registros que datan del siglo IX, sobre un pequeño tratado sobre el cuidado de las aves de presa conocido como Anónimo de Vercelli. El emperador Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico,  escribió un tratado en latín sobre ornitología, entrenamiento de aves y caza en el siglo XI. En el 1325 el príncipe Juan Manuel de España, compiló un volumen sobre temas de cacería basado en la obra de Federico II al que tituló El libro de la caza con aves. Con un nombre similar, Libro de la caza de las aves, el poeta castellano Pedro López de Ayala publicó en el siglo IV el que sería el tratado definitivo sobre la cetrería ibérica, hasta el siglo XX.
Mi primera aproximación a la literatura de halconería fue un raro libro publicado en Londres en 1852 por el explorador, traductor y erudito británico Sir Richard Francis Burton, quien se inició en el arte de la cetrería en sus días de juventud en Francia, y quien escribió Falconry in the Valley of the Indus (Cetrería en el Valle del Indo), donde relata sus experiencias en este deporte mientras viajaba por la provincia de Sinde, en la actual Pakistán.
Más cerca en la historia, y en nuestra cultura, el español Félix Rodríguez de la Fuente, también fue un cultor de la halconería ibérica. De la Fuente, fue entre muchas otras cosas tales como naturalista, escritor, divulgador y guía de safaris fotográficos, el autor en 1965, de un clásico que tituló El arte de la cetrería.
Seguramente por la convivencia que árabes y españoles tuvieron durante 800 años, es que este deporte se popularizó tanto en España. Sin embargo, su auge fue decayendo hasta casi desaparecer, y no fue hasta mediados del siglo XX, que Don Félix la reintrodujo en el reino, trabajando con un sistema de aves silvestres tal cual como se hacía en la antigüedad.

El presente de un arte conservacionista
Si bien la era de oro de la halconería en Europa terminó naturalmente con el advenimiento de las armas de fuego, ha tenido un resurgimiento tanto en Europa continental como en las islas Británicas durante el siglo XX.
En el subcontinente Indio, la partición de la India británica en India y Pakistán en 1947, así como las sucesivas guerras en Afganistán durante el siglo XX y XXI, hicieron que este arte ya no sea tan frecuentemente practicado allí. De hecho en Pakistán la cetrería fue prohibida en 1950, aunque una década más tarde se permitió a los extranjeros puedan practicarla convirtiéndose en una interesante fuentes de ingreso de turismo cinegético.
Corrió mejor suerte en el Medio Oriente donde aún hoy es muy popular entre la nobleza y las clases acomodadas de los diversos reinos y emiratos, donde se utilizan aves de criadero, lo que ha prevenido a numerosas especies del inexorable camino de la extinción.
En África la cetrería es practicada legalmente en todas las provincias de Sudáfrica. Allí por ejemplo, la actividad es administrada por clubes provinciales, que pertenecen a la South African Falconry Asociation, quienes velan para que la actividad se realice bajo estrictos normas legales y apropiados códigos de ética.
En Zimbabwe, por su parte, también es legal aunque cuenta con menos adeptos que en su vecino del sur. Si vamos al este africano, encontraremos halconeros en Tanzania, que es otro lugar donde la cetrería es practicada, mayormente en las afueras de Dar es Salam donde se cazan diversas variedades de gacelas, así como en el Sudán donde se realizan cacerías de plumas. Ambos países cuentan con la ventaja de estar muy cerca de la península arábiga y es un destino tradicional para los árabes provenientes del Reino de Arabia Saudita y los Emiratos.
Las presas más buscadas para la cetrería en África son las gacelas del este, como las de Thompson, Grant, Speke y Nuemann;  los antílopes medianos como impala, springbock; y los antílopes más pequeños como duiker, steenbuck o dik dik.
Para los árabes el trofeo de pluma más codiciado en las tierras árabes es sin dudas, la houbara, una especie de ave grande de la familia de las avutardas (bustard), muy común en las regiones del Golfo Pérsico. En África en cambio, he visto a los árabes ir con sus halcones detrás de la avutarda kori (kori bustard), casi un trofeo de caza mayor a juzgar por su tamaño y peso.
En Argentina la cetrería cuenta también con entusiastas adeptos, quienes se dedican a la cría, entrenamiento, caza, y además control ecológico de plagas aviarias (léase palomas y/o patos) en silos, sembrados y aeropuertos

Patrimonio de la humanidad
Gracias a una iniciativa de los Emiratos Árabes, la cetrería fue reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, quien ha recomendado que se  garantice la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial presente en el territorio del los estados miembros. La propuesta fue avalada por España, Qatar, Siria, Mongolia, Republica Checa, Eslovaquia, Marruecos, Francia, Bélgica, Corea y Arabia Saudita.
La supervivencia de las aves rapaces muchas veces se ve afectada por la intensa presencia de DDT en el medioambiente, lo que afecta la dureza y calidad de los huevos, poniendo en peligro la sustentabilidad de varias especies. Sin embargo existen varios grupos de conservación de halcones como Falcons International, fundada por deportistas árabes, la Agencia Ambiental de Abu Dhabi, y la Falcon Fundation International de Pakistán que se han reunido para implementar programas de investigación y conservación que incluyen la liberación de halcones a la naturaleza, provenientes de criaderos y de decomisos de cazadores furtivos.
Tradicionalmente las aves de presa era capturadas en la naturaleza y luego de una o dos temporadas de caza, liberadas nuevamente en sus hábitats naturales. Hoy en día, y desde mediados del siglo XX aproximadamente,  muchos halconeros utilizan aves de criadero pero también se utilizan algunas capturadas de la naturaleza, ya que gracias a los censos biológicos, se ha establecido que existe un número suficiente de algunas especies que pueden ser capturadas para estos propósitos. Esta medida desalienta el tráfico ilegal de aves, reduce el número de aves exóticas en cautiverio, y alienta a los halconeros a convertirse en parte importante en la conservación de las aves de presa.

martes, 30 de octubre de 2012

Decálogo de la Etiqueta en el Safari

Por Eber Gómez Berrade

El safari de caza mayor es una actividad social y deportiva, regida por las reglas de cortesía habituales en cualquier actividad humana. Sin embargo, hay algunas normas no escritas, gestos y detalles caballerescos que hacen que -más allá del éxito final de la cacería-, ésta se transforme en una experiencia enriquecedora para todos los integrantes del safari, desde el cliente mismo hasta el cazador profesional y el personal de campamento.
Lo que sigue es un breve decálogo de consideraciones de comportamiento, que -como indica el significado de la palabra “cortesía”-, no hace más que demostrar que se manifiesta atención, respeto o afecto por sus semejantes.

1.- Reglas de seguridad del campamento
Existe un viejo dicho atribuido al general ateniense Alcibíades que reza: “Donde fueres haz lo que vieres”. En lo que se refiere a las reglas de seguridad de un campamento de caza mayor, ya sea tanto en África, como en La Pampa o Kamchatka, lo importante es adecuarse a las normas de seguridad que allí se establecen. En líneas generales, el cazador que accede a un safari Africano ya tiene una vasta experiencia en su propio país. Esto significa que ha aprendido y aplicado algunas reglas básicas en todo lo que al uso de las armas. Sin embargo, como aquello de “cada maestrito con su librito”, es aconsejable en estos casos seguir las instrucciones o recomendaciones del cazador profesional sobre esta materia.
Para eso, la etiqueta del cazador considerado, exige que no sólo se respeten las normas mínimas de seguridad como la de no llevar bala en la recámara en el campamento o en el vehículo, ni apuntar a nadie aún con el arma descargada, etc. etc., sino también considerar algunas otras cuestiones pensando en terceros. Por ejemplo, es un buen detalle el mantener el cerrojo abierto ni bien se ingresa al campamento. De esa forma, no solo el cazador sino todos los que estén alrededor sabrán indiscutiblemente que el arma está desactivada y no representa un riesgo potencial.
En segundo lugar, es un buen gesto de cortesía llevar desmontado el disparador del fusil -aunque esté sin bala en recámara- mientras el rifle esté en el soporte del vehículo, por una razón similar: evitará la preocupación de terceros al desconocer si hay o no bala en recámara.
Si llegase a viajar en el asiento del acompañante dentro de la cabina del vehículo, coloque siempre la boca del cañón apuntando hacia abajo aunque el fusil esté descargado. Es un detalle de consideración para con el rastreador o la persona que vaya parada detrás en la caja, que le evitará el stress de ver como el cañón le apunta a su cabeza, aunque sepa que el arma está vacía. 
Otro detalle de buenos modales, es ser cuidadoso con el arma que alquila. Si bien es la que estará usando y le caben las generales de la ley para el uso de cualquier fusil, recuerde que casi siempre los rifles de alquiler son propiedad del cazador profesional para quien son herramientas de trabajo, por lo tanto ofrecer limpiarlo o mostrarse atento al cuidado del mismo, será otro gesto muy apreciado y agradecido por el profesional.
Como última consideración de este apartado, le sugiero que le haga caso al guía en todo lo que respecta a temas de seguridad, ya que esa materia es de total y exclusiva responsabilidad del guía, y muy especialmente si se encuentra en un campamento de caza peligrosa.

2.- Mentalidad del personal del campamento
Muchas veces la cultura de los habitantes de África se diferencia bastante con la nuestra, y muchas otras, la de ellos mismos también se diferencian entre sí.
Esto puede llamar la atención en especial a aquellos que pisan por primera vez el continente. Allí se encontrarán con nativos de raza negra muy serviciales, de trato cortés y profundas creencias religiosas. Exactamente igual que los nativos de raza blanca. Los primeros, podrán rezar a sus antepasados cada noche pidiendo que el cazador pueda obtener el trofeo buscado, ya que eso representa una gran alegría para ellos, mejores propinas al final del safari y proteínas aseguradas para su aldea. Los blancos, en cambio, podrán dar gracias por los alimentos recibidos ante cada comida, o no realizar ninguna actividad con armas los días domingo, especialmente si practican la fe protestante, y en especial aquellos de ascendencia boer que suelen ser miembros de la Iglesia Reformada Holandesa. En cada caso, la comprensión es la mejor actitud para demostrar el debido respeto a sus creencias.

3.- Estado físico y condiciones de tiro mínimas indispensables
En estas páginas ya hablamos de la importancia de tener un estado físico adecuado y de contar también con habilidades de tiro afines a las exigencias de la cacería. En ambos casos, hice hincapié en las ventajas que estar preparado en todo sentido ofrece al mismo cazador. Desde el punto de vista del profesional e incluso de los asistentes, que el cliente esté a la altura de la circunstancias es fundamental a la hora de ver su trabajo coronado con el éxito.
Seguir las huellas de cualquier animal en el bush, ya sea de planicie o de caza peligrosa, es una tarea demandante tanto física como mentalmente. En estos casos, el cliente cuenta con una ventaja que es la ansiedad y la excitación por estar detrás de su pieza. El personal de safari, por su parte, cuenta con la familiaridad y el entrenamiento que le otorga su diaria actividad. Sin embargo, todos se enfrentan más tarde o más temprano a los rigores del cansancio. Ayuda mucho al espíritu de equipo, comprobar que el cazador está en poder de un estado físico adecuado que le permite alcanzar la meta aunque sea con esfuerzo. Naturalmente a la hora del disparo, también ayuda mucho que demuestre sus condiciones como tirador. Con esto no quiero decir que no pueda fallar. Eso en definitiva no es lo importante. La clave en estos casos es estar a la altura de la cacería, no solo para el obvio beneficio propio, sino también como una forma de valorar y respetar el arduo trabajo del resto del equipo del safari.

4.- Puntualidad
Un safari cuenta con reglas más o menos establecidas al inicio del mismo. Algunas de ellas tienen que ver con los tiempos para determinadas actividades. En general, el toque de diana se hace antes del amanecer, hay un horario fijo para el desayuno y para el comienzo en sí de la jornada de caza. Naturalmente como es su safari y consecuentemente sus vacaciones, el cazador deberá estar de acuerdo en el cronograma establecido, pero una vez acordado, deberá ser respetado. Recuerde que si el desayuno está pautado para las 5 de la mañana, el personal de cocina deberá estar al pie del cañón a las 4. Lo mismo ocurre con el personal de campo, conductor, rastreadores, guardaparques, y el propio profesional que estarán listo a la hora señalada para la partida. Todo está perfectamente ordenado en un campamento de safari, por lo que también es un gesto de cortesía respetar sus horarios en la medida que esto sea posible.

5.- Regateo
La industria de safaris en África deja actualmente poco lugar a la improvisación. Todo está perfectamente organizado desde el primer momento; desde la gestión de los permisos de caza, la asignación del personal del campamento, los guardaparques que actuarán como rangers en las áreas de cacería, la logística y administración, la asignación de guías locales para cada cliente, etc. Esto hace por otra parte, que poco sea lo que se puede regatear u obtener del operador que ya no esté especificado en las condiciones de contratación. Si tiene que negociar algo, hágalo antes con la persona a cargo expresándole sus requerimientos. Pero también recuerde que el tratar de regatear con el guía para obtener alguna ventaja extra, como disminución de precios, posibilidad de cazar especies no establecidas en los permisos, o simplemente obtener una ventaja en cualquier otra circunstancia en detrimento del propio profesional o de la empresa outfitter, no solo no tendrá resultados positivos, sino que dejará al cazador mal parado a los ojos del equipo que trabaja duro para lograr un safari exitoso.

6.- Respeto y cortesía
Las reglas normales de cortesía y civilidad se aplican en cualquier campamento de cacería al igual que en cualquier otra circunstancia. No hay mucho que ahondar sobre este particular. En lo personal jamás he tenido ningún problema con cazadores en este respecto. Al contrario, la relación que se forja entre clientes y el equipo de asistentes es admirable. Tal vez sea por nuestra cálida cultura latina o tal vez por el alto nivel educativo con el que contamos. De cualquier forma, al final del safari, las despedidas siempre son emotivas y afectuosas. He visto sí, ver tratar como simples sirvientes al personal de color por parte de algunos cazadores extranjeros, algo que a estas alturas ha quedado afortunadamente fuera de lugar del continente africano.   

7.- Paciencia
La paciencia es -sin dudas- una de las principales virtudes con las que debe contar un cazador. Esto está clarísimo, pero debe tenerse más en cuenta aún si luego de cuatro días de estar recorriendo kilómetros a pie en busca de algún esquivo trofeo, no se ha podido dar con él y sólo se han disparado los tiros para regular el rifle. Las situaciones pueden ser más que variadas: sólo se ven huellas de los animales buscados en el área, no se encuentra el trofeo que uno busca en particular, se han perdido las oportunidades de cazarlo al acercarse, los animales han abandonado el área de caza y muchas situaciones por el estilo. En cualquiera de estos casos, solo cabe analizar la situación junto al profesional, buscar nuevas estrategias y ser paciente. Pero además de estas tres condiciones, le sugiero como detalle de cortesía, que le haga saber a su guía, que comprende cabalmente la situación y que como buen cazador, no se desesperará si el resultado no es el buscado. Este gesto de caballerosidad será muy apreciado por el profesional quien -estoy seguro- hará todo el esfuerzo posible para que usted cace lo que está buscando. Como dicen los ingleses, él hará la “milla extra” para que esto suceda, pero con la confianza de que están entre caballeros que entienden y comparten uno de los pilares fundamentales de la deportividad de esta actividad: la incerteza de la caza.

8.- Expectativas racionales
No me refiero aquí a la teoría económica de este mismo nombre, sino a la actitud que debería tener el cazador a la hora de buscar los distintos trofeos en su safari. Expectativas racionales y razonables deberían ser las que se tienen cuando se inicia la cacería en cualquier parte del mundo.
Es naturalmente muy deprimente darse cuenta en el lugar, que las medidas de trofeo que uno busca no existen allí. La solución es obviamente averiguar con anterioridad los niveles promedios de los trofeos representativos en esa región. 
Para eso puede recabar información en los libros de récords existentes, preguntarle a algún amigo que haya cazado en esa área recientemente, o hablar con su cazador profesional sobre las expectativas que tiene y conocer cuál es su opinión al respecto. Esta información, si es conocida de antemano, evitará desilusiones al cliente y presiones extras al profesional que puedan opacar la magnífica experiencia que un safari africano representa. 

9.- Comunicación con el cazador profesional
Esto es fundamental para garantizar el éxito de un safari. La comunicación con guía debe ser fluida desde mucho antes que comience la cacería. Ya sea por correo electrónico o personalmente, pregúntele, asesórese sobre todo lo que considere necesario: alojamiento, comodidades, tipo de geografía, forma de cazar, calidad de trofeos esperados, y todo lo que se le ocurra. De la misma manera, una vez iniciado el safari, mantenga la comunicación con él y participe en las decisiones, estrategias y planes de acción que deberán tomar en conjunto. La confianza con su guía le permitirá tal vez señalarle a él cosas que deberían mejorar o perfeccionar en la operación, así como también expresarle aquello en lo que concuerda o le parece bien. Este ida y vuelta ayudará mucho al profesional en su trabajo con las naturales consecuencias en el éxito final de la cacería.  

10.- Propinas justas
No hace mucho hablamos también sobre las maneras posibles de estimar una propina correcta para el personal del safari. Algo que en estos días, si bien es voluntario, es también una regla no escrita de uso común en los safaris internacionales. En este caso, quisiera señalar, que una norma de etiqueta importante en el campamento, es aceptar las sugerencias del cazador profesional en este respecto. Con esto quiero decir que si bien las propinas son absolutamente voluntarias, existe siempre un rango en el que se mueven los valores del dinero a otorgar al personal. Por esa razón, trate de ajustarse a los usos y costumbres en este sentido. Una propina inferior a la media, puede ser tomada como una muestra de disconformidad por parte del cliente, algo que no está mal si realmente existiera esa disconformidad en el servicio o en la atención. Pero también un exceso en los valores de la propina, puede traer aparejados problemas para el guía profesional o la empresa outfitter, en especial cuando se trata del personal nativo. Para ilustrar una situación de este estilo, me permito contar el caso de un rastreador que al día siguiente que se fuera el cliente del campamento, vino a pedir los 250 dólares que le faltaban de su propina. Al preguntarle de qué estaba hablando, ya que el dinero había sido entregado en mano, contestó que el cliente le había dejado 100 dólares (que era el monto usual para gratificaciones en aquel lugar), pero que otro cliente le había dejado 350 dólares al otro rastreador del equipo por un período similar de safari. Lo que no entendía el rastreador, era que las propinas eran un regalo voluntario, y no un derecho adquirido. Explicado esto, se solucionó su humor y no pasó a mayores. Pero lo que el cliente nunca supo, fue que generó una situación de tensión gracias a su excesiva generosidad.